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L A R EAL S OCIEDAD B ASCONGADA DE A MIGOS DEL P AÍS

L A M INERÍA Y M INERALOGÍA

3.1.1. L A R EAL S OCIEDAD B ASCONGADA DE A MIGOS DEL P AÍS

Y EL SEMINARIO PATRIÓTICO DE VERGARA

El origen de las Sociedades Económicas en España tuvo lugar conforme al modelo desarrollado en otros países europeos. Los ilustrados españoles no tardaron en conocer las actividades de las recién creadas Sociedad de Agricultura, Comercio y Artes de Bretaña (1757), Real Sociedad de Dublín (1762) o Sociedad Económica de Berna (1762). Viendo el importante papel que éstas desempeñaban en la sociedad, creyeron en la conveniencia de fundar en nuestro país sociedades equivalentes, utilizando las surgidas en Europa como modelo que imitar.

En España el proceso que dio lugar a la primera de estas sociedades hay que situarlo en 1763, año al que se remontan los antecedentes que dieron origen a la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País (V. Llombart, 1979; Enciso, 1989). Una Sociedad que merece una mención especial, no sólo por ser la primera en España y un modelo a seguir por el resto, sino también porque desde su fundación tuvo entre sus principales objetivos la enseñanza y la investigación científica, tareas cuyos logros traspasaron nuestras

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fronteras (entre los numerosos trabajos publicados sobre el origen e historia de la Sociedad Bascongada pueden consultarse Soraluce, 1880; Urquijo, 1930, 1931, 1997; Elorza, 1972; Patronato, 1972; Silvan, 1985; Recarte, 1990; Sarrailh, 1992; Uría, 1998; Anes, 1999; Pellón y Román, 1999; Torales, 2001).

Sus inicios se remontan a las tertulias de Azcoitia, donde nobles, clérigos y otras personalidades se reunían para hablar de ciencia, literatura, artes, historia y cuestiones de actualidad política y social. Estas reuniones fueron reglamentadas en forma de Academia en 1748 y articuladas poco después con las tertulias de Azpeitia. Su patrocinador fue Javier María de Munibe, Conde de Peñaflorida (1723-1785), en cuya casa se estableció esta primera Academia.

En las Juntas generales de la provincia de Guipúzcoa, celebradas en la localidad de Villafranca a principios de julio de 1763, el Conde de Peñaflorida y quince individuos más, presentaron el “Plan de una sociedad económica, o académica de agricultura, ciencias y artes útiles; y comercio, adaptado a las circunstancias y Economía Particular de la muy noble y muy leal Provincia de Guipúzcoa”. El proyecto había sido elaborado por un grupo de ilustrados encabezados por el Conde de Peñaflorida; Joaquín de Eguía y Aguirre, Marqués de Narros (1733-1803); Manuel Ignacio de Altuna (1722-1762) y José María de Aguirre, Marqués de Montehermoso. Se trataba en todos los casos de personas que por su situación social y económica habían viajado por Europa, conociendo el nivel industrial y cultural de otros países. A su regreso a España se sintieron tan desolados ante el panorama que presentaba el País Vasco, que decidieron elaborar un proyecto para implantar en él las reformas ilustradas.

En su “Discurso preliminar” fundamentaron la necesidad de crear una sociedad en la provincia de Guipúzcoa a semejanza de las existentes en Europa, cuyo objetivo era el cultivo de la economía, la agricultura, las ciencias y artes útiles y el comercio económico.

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Tras superar algunas dificultades iniciales, en diciembre de 1764 se declararon Amigos del País y presentaron al Rey su proyecto definitivo en el que fueron incluidas todas las provincias vascas. El 7 de febrero de 1765 realizaron su Asamblea General preparatoria y el 8 de abril el ministro informaba por carta al Conde de Peñaflorida de la autorización concedida por Carlos III.

Conocedores de los ejemplos y las actuaciones de las sociedades europeas, la Sociedad Bascongada tomó como base la Real Sociedad de Dublín para dar contenidos a su plan de reformas, mientras que la sociedad bretona fue el modelo elegido para su organización interna.

En el artículo primero de sus estatutos aprobados el 10 de agosto de 1773, se establecían con claridad sus objetivos:

“El objeto de esta Sociedad es el de cultivar la inclinación,

y el gusto de la nación Bascongada hacia las Ciencias, bellas letras, y Artes, corregir y pulir las costumbres, desterrar el ocio, la ignorancia y sus funestas consecuencias”.

Unos principios que el Conde de Peñaflorida plasmó en el “Discurso preliminar” que leyó en la Asamblea General preparatoria, en él demostraba la utilidad de las ciencias modernas, las matemáticas, la historia natural, la física y las ciencias prácticas.

La Sociedad Bascongada mostró desde sus inicios una gran preocupación por la educación de los jóvenes, al entender que de su buena formación cultural, científica y moral, dependía el futuro del país. Con este fin mandaron al extranjero a los hijos de algunos socios y becaron a varios jóvenes para su formación científica en los centros más prestigiosos de Europa.

En su deseo de contar con una buena Escuela o Colegio, se trabajó hasta ver hecho realidad uno de sus grandes proyectos, la

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creación el 4 de noviembre de 1776 del Real Seminario Patriótico de Vergara (sobre el origen y las actividades científicas realizadas en el Seminario Patriótico de Vergara pueden consultarse Uriarte, 1856; Fages, 1909; Urquijo, 1945 ; Silvan, 1953, 1964, 1969, 1985, 1987, 1992; Mendiola, 1961; Gago, 1978; Pellón et al., 1994; Román, 1996, 2000; Llombart et al., 2008).

Esta institución representó el primer centro de investigación en España, convirtiéndose en un centro cultural de primer nivel en Europa, en el que se contó con extraordinarios profesores y científicos procedentes de otros países europeos. Fue también un colegio moderno y modélico, en el que se dio especial importancia a los estudios especializados de ciencias naturales, física, matemáticas, lenguas vivas y agricultura. Sus alumnos no superaban los 14 años de edad y permanecían en el centro de 2 a 4 años cursando estudios básicos para realizar posteriormente otras carreras superiores. La denominación de Seminario se debió a que el edificio que ocupaba era un espléndido inmueble que había pertenecido a los jesuitas y que fue donado por el Rey a la Sociedad para este fin. Dentro de sus proyectos de investigación y docencia también crearon el Laboratorium

Chemicum, el Gabinete de Mineralogía y la Real Escuela Metalúrgica

de Vergara.

El 15 de septiembre de 1777 el Rey Carlos III aprobó la creación por la Sociedad Bascongada de dos cátedras, una de química y metalurgia, y otra de mineralogía y ciencias subterráneas, ambas incluidas en el plan de estudios del Seminario de Vergara. Las dos cátedras más el laboratorio de química y el gabinete de mineralogía, fueron financiados por la Corona a cambio de un servicio de espionaje industrial. Las dotaciones anuales estaban constituidas por 15.000 reales de vellón para cada catedrático, 6.000 para el laboratorio químico y 3.000 para el gabinete de mineralogía.

La creación de ambas cátedras se debió a los intereses comunes de la Sociedad Bascongada y del Ministerio de Marina. El

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interés de la primera era mejorar la tecnología de la industria minera y metalúrgica del País Vasco, con el propósito añadido de intentar institucionalizar la enseñanza de las ciencias que suministraban el soporte teórico a estas dos industrias. Por otro lado, la Marina tenía serios problemas metalúrgicos en sus fábricas de cañones de guerra, situación que le obligaba a comprarlos a la fábrica de Carron en Escocia. A partir de los informes emitidos por los técnicos de la Marina con el fin de solucionar este grave problema, se entablaron una serie de reuniones secretas entre el Ministerio y los directores de la Sociedad Bascongada, el Conde de Peñaflorida y el Marqués de Narros. En ellas se trataron los siguientes asuntos: el envío de dos espías, uno a la fábrica de Carron y otro a las minas y ferrerías del norte de Europa, así como la creación de las cátedras de química y mineralogía. Los informes del Ministerio de Marina habían dejado patente el deterioro que sufría toda la industria del hierro en España, tanto la pública como la privada. En esos momentos la mejor solución al problema pasaba por la Sociedad Bascongada, en concreto apoyando los proyectos de desarrollo científico y tecnológico puestos en marcha, de ahí la aprobación de las dos cátedras.

Tras su creación, el Conde de Peñaflorida y el Marqués de Narros comenzaron las gestiones para contratar a los científicos que debían hacerse cargo de la enseñanza. La falta de institucionalización de las ciencias experimentales en nuestro país y su escaso desarrollo en las academias científicas, les obligó a buscarlos en diferentes ciudades europeas.

Los encargados de hacerlo fueron precisamente los hijos de ambos, que en ese momento se encontraban viajando por Europa, pensionados por la propia Sociedad Bascongada para estudiar diversas disciplinas científicas.

En ninguno de los casos la tarea de encontrar profesores con un nivel de conocimientos adecuado fue sencilla. Para la cátedra de química se contó finalmente con el químico francés Luis Proust, tras

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renunciar a última hora la primera persona escogida para el cargo. Mucho más difícil fue encontrar en Europa al profesor adecuado para la cátedra de mineralogía. Después de numerosos intentos fallidos, los pensionados se decidieron por el español Fausto Delhuyar, que por aquel entonces se encontraba estudiando en París. Pero al no tener los conocimientos adecuados de mineralogía, tuvo que ser pensionado a diversos centros de Europa para llevar a cabo su formación como catedrático de esta disciplina, en especial a la prestigiosa Escuela de Minas de Freiberg. Su hermano Juan José Delhuyar y Lubice (1754- 1796) fue el espía científico contratado y realizó parte de su viaje en compañía de Fausto, así ambos viajaron juntos a Freiberg para estudiar en su Escuela de Minas (Palacios, 1992; Román, 1996, 2000).

La manera como se habían llevado todas estas gestiones creó malestar entre los socios de la Sociedad Bascongada, lógicamente al tratarse de un asunto secreto no habían podido ser debidamente informados. Para evitar que el problema creado fuera a mayores, una Real Orden de 26 de marzo de 1778 vinculó las nuevas cátedras al Seminario Patriótico de Vergara.

Luis Proust llegó a Vergara el 2 de noviembre de 1778, dedicando los meses siguientes a montar el laboratorio y a preparar su plan de enseñanza, dando inicio a sus clases el 20 de mayo de 1779. No tardaron en aparecer las primeras tensiones con los responsables del Seminario de Vergara, situación ante la cual Proust renunció a su cátedra en junio de 1780 y regresó a París (Silvan, 1964). De su puesto se encargó el también francés Francisco Chavaneau que en esos momentos ocupaba la cátedra de física (Laborde, 1980).

El Conde de Peñaflorida estaba ansioso por empezar las clases de mineralogía, razón por la que obligó a Fausto Delhuyar a interrumpir su viaje por Europa y regresar anticipadamente a Vergara. Llegó en octubre de 1781, pero el inicio de su labor docente en la cátedra sufrió una cierta demora y no comenzó hasta avanzado el año 1782.

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A principios de 1783 concluyó la operación de espionaje lo que motivó el regresó a Vergara de Juan José, procedente del norte de Europa. A partir de ese momento el Seminario de Vergara vivió gracias a sus profesores e investigadores los años de mayor esplendor. Ese mismo año de 1783 los trabajos de investigación de los hermanos Delhuyar en el conocido Laboratorium Chemicum les permitieron descubrir un nuevo elemento químico, el wolframio. A finales de año Juan José abandonó definitivamente Vergara con destino a América. Tras su marcha, su hermano Fausto siguió dedicado a su cargo de catedrático, a la publicación de la Memoria sobre el aislamiento del wolframio y a sus investigaciones, colaborando con Chavaneau en sus estudios sobre la platina (Román, 1996; 2000).

El año de 1785 fue triste para Fausto. A la muerte en enero del Conde de Peñaflorida, se sumó el escaso éxito de sus clases, traducido en un exiguo número de alumnos. Hastiado de la situación, abandonó su cátedra a finales de año. En 1786, Chavaneau fue el primero en desarrollar un método para purificar el platino y hacerlo maleable, logro que le valió su traslado inmediato a Madrid. El proyecto del Seminario de Vergara fue languideciendo por diferentes factores hasta quedarse sin alumnos. Este modelo de docencia e investigación científica no fue fácil de seguir por las futuras Sociedades Económicas. Los inconvenientes que había que superar eran complejos y diversos. Uno de los más importantes fue el económico, las generosas subvenciones aportadas por la Corona a la Sociedad Bascongada no se repetirán en el futuro. Por este motivo las nuevas Sociedades no pudieron costear con sus escasos fondos económicos la contratación de profesores cualificados, la compra de materiales de investigación e incluso la edición de publicaciones periódicas.

Por otro lado estaba la dificultad que suponía el aprendizaje de estas enseñanzas científicas y el temor de la respuesta de las Universidades al considerar intrusas a estas instituciones.

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