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E L R EAL E STUDIO DE M INERALOGÍA DE M ADRID

L A M INERÍA Y M INERALOGÍA

2.3.2. E L R EAL E STUDIO DE M INERALOGÍA DE M ADRID

Clavijo y Herrgen vieron en la lamentable situación creada por la marcha de Chavaneau la ocasión idónea para impulsar e institucionalizar definitivamente la enseñanza de la mineralogía en nuestro país.

El 3 de junio de 1798 Clavijo dirigió al Secretario de Estado Francisco de Saavedra y Sangronis (1746-1819) un extenso oficio, titulado Medios de hacer útil para la prosperidad de la nación

española, el Real Gabinete de Historia Natural. En él exponía que el

Gabinete era en esos momentos uno de los mejores de Europa pero que sin embargo, únicamente servía para “entretener la ociosidad o la

curiosidad de mujeres, niños y hombres que no saben en que emplear el tiempo”. A continuación reivindicaba que a las enseñanzas de

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química e historia natural que en esos momentos se impartían en el Gabinete, se sumaran las de mineralogía. Clavijo no entendía porqué en los laboratorios de química de Madrid y Segovia había profesores encargados de la enseñanza de esta disciplina, mientras que no ocurría lo mismo para la mineralogía. Según él, ésta era tan importante para la economía como la química y a cuya enseñanza debería preceder. En colaboración con Herrgen, ambos habían elaborado un plan en el que razonaban la necesidad de crear una Escuela de Mineralogía, así como las actividades que debía desarrollar.

Entre éstas figuraba como fundamental la utilización de la

Orictognosia de Widenmann como libro de texto, obra que ya había

sido traducida por el propio Herrgen y cuya publicación había sido financiada por el Gobierno. Sin embargo para que esta obra tuviera una utilidad real en la enseñanza, pensaban que era necesario preparar en el Gabinete colecciones sistemáticas de minerales, organizadas lógicamente con arreglo a la clasificación expuesta en la misma. Igualmente solicitaban recibir todos aquellos trabajos que se publicaban en Europa con el objeto de ir actualizando este texto. A partir de estos trabajos también se traducirían y publicarían periódicamente todos los nuevos descubrimientos realizados, tanto los extranjeros como los nacionales.

Para poner en marcha el proyecto era necesaria la contratación de un profesor, puesto para el que Clavijo propuso a Herrgen de quien no escatimó elogios. Aconsejó que el ahora colector del Real Gabinete, fuera igualado en categoría y sueldo al resto de profesores contratados por el Gobierno (Barreiro, 1992).

El proyecto propuesto no se hizo esperar, y por una Real Orden de 13 de junio de 1798 Herrgen fue ascendido al empleo de profesor de la Escuela de Mineralogía, con el correspondiente aumento de sueldo.

Se creó así esta nueva institución denominada Real Estudio de Mineralogía y ubicada en la antigua casa que habitara Chavaneau en

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la calle del Turco. Pero en contra de los deseos de Clavijo, esta nueva Escuela dependía del Ministerio de Estado y no del Real Gabinete de Historia Natural, al carecer éste del necesario laboratorio químico. A diferencia de lo ocurrido en la etapa anterior, esta nueva vinculación le impedía a Herrgen la utilización del Laboratorio Químico Metalúrgico, adscrito al Ministerio de Hacienda. Un problema al que estuvo buscando una salida durante casi un año y que se solucionó en 1799. Ese año, una Real Orden de 18 de abril estableció que todos los laboratorios de química se refundiesen en uno sólo, que pasaba a depender del Ministerio de Estado y cuya dirección fue encargada a Luis Proust9. Con esta resolución Herrgen podría utilizar sin ningún problema el Laboratorio Químico Metalúrgico a cargo de Joaquín Cabezas.

Desde sus inicios Herrgen trabajó para que el Real Estudio de Mineralogía fuese dotado de importantes medios para impartir tanto las clases prácticas como teóricas. Además de contar con la recién aparecida revista Anales de Historia Natural de la que era co-editor, continuó con la elaboración y traducción de textos con los que apoyar sus enseñanzas, como fue la redacción de la Descripción geognóstica

de las rocas que componen la parte sólida del globo terrestre

(Herrgen, 1802b), publicada en 1802 a expensas del Gobierno. También se dedicó a formar una biblioteca especializada en mineralogía como apoyo a la enseñanza, para lo cual adquirió las obras más importantes publicadas hasta el momento. Asimismo,

9 En esos momentos había cuatro laboratorios de química que dependían del Estado.

El Ministerio de Hacienda tenía dos en la calle del Turco en Madrid, el Laboratorio Químico Metalúrgico dirigido interinamente por Joaquín Cabezas y el Laboratorio de Química Aplicada a las Artes dirigido por Domingo García Fernández. El Ministerio de Guerra tenía a su cargo el Laboratorio de Química y Metalurgia de la Academia de Artillería de Segovia dirigido por Luis Proust. Por último, en la calle de Alcalá se encontraba el Real Laboratorio de Química dependiente del Ministerio de Estado bajo la dirección de Pedro Gutiérrez Bueno (1743-1822). La Real Orden de 18 de abril de 1799 suprimió los dos últimos y refundió los dos primeros en uno sólo (Rumeu, 1979).

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mantuvo correspondencia con los más notables mineralogistas de Francia y Alemania con objeto de estar al día de todas las novedades acaecidas en Europa.

Con todos los medios preparados, inició las clases el día 24 de marzo de 1800 con la lectura de un discurso inaugural. Durante el periodo que Herrgen estuvo al frente del Real Estudio de Mineralogía, realizó una brillante labor en numerosos aspectos, siendo el responsable de que la enseñanza de la mineralogía en España alcanzara en esos momentos un nivel muy superior a la impartida en Francia.

Su segundo curso se inició en febrero de 1802 y hasta el mes de junio Herrgen explicó la parte teórica de la orictognosia, comenzando con las clases de los minerales que comprendían las tierras, piedras y sales. Durante parte de junio se realizaron ejercicios prácticos que consistían en descripciones mineralógicas según el sistema de Werner. En octubre explicó las dos restantes clases de minerales, los combustibles y los metales, hasta terminar en diciembre la orictognosia. Posteriormente, explicó veinte lecciones de geognosia entre mediados de abril y finales de mayo de 1803 en que acabó el curso (Herrgen, 1802a).

Ese mismo año propuso al Secretario de Estado un nuevo plan de estudios para la mineralogía. En líneas generales Herrgen proponía que en el Real Estudio se impartieran la orictognosia, geognosia, minería práctica y mineralurgia, disciplina esta última que se enseñaría por primera vez en España. Por otro lado, en las minas de Almadén se cursarían parte de las enseñanzas de la minería práctica. Su propuesta final era la creación de una auténtica carrera que permitiera a sus alumnos ocupar cualquier plaza técnica en la explotación minera.

Se conocen algunos de los alumnos que pasaron por el Estudio de Mineralogía, destacando a sus discípulos aventajados que con el tiempo también se dedicaron a la enseñanza de la mineralogía como

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fueron, Ramón Gil de la Quadra, Martín de Párraga, Ramón Espiñeyra, José Gil, Sánchez Cisneros y Donato García Nogueruela (1782-1855) que sustituyó a Herrgen en la cátedra de mineralogía tras su fallecimiento.

En 1806 el Estudio de Mineralogía fue sometido a una importante reorganización. Herrgen se encargó de la enseñanza de la geognosia, Martín de Párraga asumió la orictognosia y por último, Ramón Espiñeyra fue designado ayudante de dirección. En esos años los cadetes de la Academia de Minas de Almadén acudían al Estudio de Mineralogía para cursar los estudios teóricos que en él se impartían. Una vez concluidos sus estudios en Madrid, regresaban a Almadén para complementar su formación con un intenso aprendizaje práctico.

El Real Estudio de Mineralogía estuvo funcionando hasta su clausura en 1808 como consecuencia de la Guerra de la Independencia.

2.4.

L

A CREACIÓN DEL

R

EAL

G

ABINETE DE

H

ISTORIA

N

ATURAL DE

M

ADRID Y SU RELACIÓN CON LA

MINERALOGÍA VALENCIANA

Al inicio del apartado anterior ya hemos visto que entre los proyectos planteados por Antonio de Ulloa a su regreso a Madrid en 1751, figuraba la creación en la Casa de la Geografía de un Gabinete de Historia Natural. Su organización y dirección le fue encomendada a Bowles, quien inicialmente debía formar un gabinete al estilo de los existentes en otros países europeos y que sirviera además de centro docente (sobre el origen e historia del Real Gabinete de Historia Natural de Madrid, pueden consultarse Méndez, 1780; Hernández

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Pacheco, 1944; Amorós, 1963; Calatayud, 1986, 1987, 1988a, 1988b; Barreiro, 1992; Parra y Pelayo, 1996; Quintanilla, 1999).

En esta ocasión también se tomaron inmediatamente las medidas oportunas para planificar la formación del Gabinete, destacando todas aquellas destinadas a la adquisición de ejemplares con los que iniciar las colecciones. Con este fin se cursaron escritos a todas las posesiones de la Corona para que remitiesen muestras de sus productos naturales más característicos. Asimismo, fueron llegando a la Casa de la Geografía ejemplares que estaban repartidos en otras dependencias oficiales, en su mayoría procedentes de envíos de América. Por último, Bowles también debía contribuir a esta tarea mediante la recolección de materiales durante sus excursiones.

Tras la marcha definitiva de Antonio de Ulloa en 1755, el administrador Eugenio Reygosa se quedó al frente de la institución, cuyo personal ya era consciente de la situación de abandono en la que se encontraba. Tal y como supuso Antonio de Ulloa, el Secretario de Estado Ricardo Wall y Devreux (1694-1777), sustituto del depuesto Marqués de la Ensenada, no tardó en fijar su atención en la Casa de la Geografía. Ricardo Wall siempre manifestó sus dudas sobre la utilidad de esta institución, razón por la que nada más acceder a la Secretaria de Estado solicitó la elaboración de varios informes acerca de los trabajos realizados hasta ese momento. Las conclusiones finales no pudieron ser más demoledoras al establecer que el Estado había gastado grandes sumas de dinero en el proyecto, sin obtener a cambio nada útil acorde a las cantidades invertidas. Respecto a los técnicos contratados, el informe indicaba que sus trabajos no estuvieron al nivel esperado a pesar de los generosos sueldos que se les asignaron. Estos resultados fueron la excusa perfecta que necesitaba Ricardo Wall para iniciar el despido de todos los técnicos extranjeros contratados y poner así fin a la Casa de la Geografía.

En 1757 sólo quedaba Bowles, al que se le asignó la tarea de custodiar y ampliar las colecciones del Gabinete de Historia Natural.

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Reygosa intentó por todos los medios mantener en pie la institución creada por Antonio de Ulloa, pero no tardó en recibir una serie de órdenes que iban a representar su progresivo desmantelamiento. Se empezó por reducir el espacio alquilado en la casa de la calle de la Magdalena, para a continuación ordenar el reparto de sus libros e instrumentos científicos entre otros centros públicos. Finalmente, poco antes de la muerte de Fernando VI, Reygosa recibió el mandato de reunir todos los enseres que aún quedaban en la Casa de la Geografía y depositarlos en los almacenes de los Reales Aposentos. A partir de ese momento Reygosa sólo pudo contentarse con mantener en el mejor estado posible todas estas pertenencias, tarea que tras su muerte en 1763 pasó a manos de su hijo Francisco.

En 1766 Francisco Pérez Bayer (1699-1781) preceptor de los infantes reales, recomendó al agustino Enrique Flórez como la persona idónea para enseñar ciencias naturales al Príncipe de Asturias, el futuro Rey Carlos IV. Flórez era consciente de la importancia de crear en España un Gabinete de Historia Natural y no tardó en convencer a Carlos III de la necesidad de al menos, montar uno de estos gabinetes como apoyo en las enseñanzas de su hijo.

Sin más dilaciones, el Rey envió una Real Orden al hijo de Reygosa para que pusiera a disposición de Flórez todos los materiales procedentes de la Casa de la Geografía que aún custodiaba. El agustino visitó los almacenes de los Reales Aposentos y tomó todo lo que consideró oportuno para iniciar las colecciones. Con esta medida, parecía evidente que Carlos III había tomado la decisión de crear su propio Gabinete de historia natural, tomando como base el iniciado unos años antes por Antonio de Ulloa y Bowles bajo las órdenes de su hermano Fernando VI.

En aquellos años residía en París Pedro Franco Dávila, un español oriundo de la localidad ecuatoriana de Guayaquil. Desde su llegada a Francia en 1740 había iniciado la formación de una colección de historia natural, que en esos momentos era una de las

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mejores del país equiparable a la del mismo Rey Luis XV. La reputación de su colección fue tal, que dejó de ser un simple coleccionista para convertirse en uno de los expertos con mayor prestigio de la época (Pimentel, 2003).

En 1753 Dávila ya estableció contactos con Antonio de Ulloa con el propósito de ofrecer sus colecciones al Marqués de la Ensenada, pero en aquella ocasión todos sus intentos acabaron fracasando. Años más tarde, motivos de salud y económicos obligaron a Dávila a poner en venta su gabinete, para lo que editó un catálogo de todas sus colecciones constituido por tres volúmenes, publicados en París en 1767. Lo elaboró entre 1763 y 1766, contando con la ayuda del mineralogista francés Louis Romé de L’Isle (1736-1790) para la parte correspondiente a la historia natural. Aunque no hubo nadie interesado en comprar la totalidad de la colección, sí llegó a vender ejemplares sueltos con lo que poder hacer frente a sus deudas económicas.

Al tener noticia del interés de Carlos III por formar su propio gabinete privado, Dávila se apresuró ese mismo año a ofrecerle la venta del suyo enviándole un ejemplar del catálogo.

El Rey a través de su Secretario de Estado Jerónimo Grimaldi y Pallavicini (1720-1786), pidió consejo a Flórez sobre la oferta de Dávila. Éste informó favorablemente al comprender que su adquisición sería un magnífico estímulo para que el Rey iniciara la formación del Real Gabinete de Historia Natural, un proyecto que en tantas ocasiones había reclamado.

A pesar de la respuesta favorable de Flórez, Carlos III rechazó la oferta; en cambio, aceptó la idea del agustino de crear un Real Gabinete de Historia Natural al igual que el resto de las coronas europeas. Una institución abierta al público y que fuera un exponente de la inmensas riquezas de sus dominios. Para ello, recurrió al igual que hizo su hermano, a recabar las producciones de sus propios territorios.

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Flórez no perdió el contacto con Dávila y en vista de que el Gabinete seguía adelante, en diciembre de 1768 le propuso que se desplazará a Madrid e intentara personalmente ofrecer de nuevo su colección al monarca, comprometiéndose a actuar como intermediario en las negociaciones. Finalmente aceptó la invitación de Flórez y a finales de 1771 se trasladó a Madrid. Siguiendo los consejos de sus allegados y con el temor de sufrir una nueva negativa, Dávila se olvidó de las pretensiones económicas. En esta ocasión su propuesta fue donar sus colecciones a cambio de la concesión del cargo de director vitalicio del futuro Real Gabinete y de un sueldo conforme al puesto.

Nuevamente el Rey y Grimaldi pidieron consejo a Flórez, quien en un razonado informe volvió a expresarles la conveniencia de adquirir dichas colecciones. Tras su lectura, Carlos III acordó el 17 de octubre de 1771 la adquisición del gabinete de Dávila así como nombrarle director asignándole un sueldo anual de 1.000 doblones. A continuación se dieron las órdenes oportunas a la embajada de París para que se procediera al envío de las colecciones por cuenta de la Real Hacienda.

Desde que finalizara el proyecto de Antonio de Ulloa, diversos naturalistas como el botánico José Celestino Mutis (1732-1808), habían solicitado a Carlos III la creación de un Gabinete de Historia Natural a semejanza del resto de países europeos. Pero sin duda fue Flórez quien consiguió cambiar la actitud del monarca, que en los últimos años se había caracterizado por la indiferencia, los rechazos y las dudas. Tras no pocos años de perseverancia consiguió finalmente convencer al Rey de la importancia y la imagen de prestigio que le otorgaría dicha institución.

A comienzos de noviembre Dávila regresó a la capital francesa, en donde comenzó a embalar toda su colección que fue enviándola en cajones a Madrid. Los envíos finalizaron en el verano de 1772, en total unos 250 cajones en cuyo interior había una mezcla

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de objetos de ciencia y de antigüedades reunidos a lo largo de 27 años. Por la variedad de su contenido el gabinete de Dávila estaba más en la línea del los Gabinetes de curiosidades típicos del Renacimiento que de los gabinetes ilustrados. Una vez finalizada esta tarea que le ocupó casi un año, Dávila se trasladó definitivamente a España a comienzos de octubre.

A medida que iban llegando los cajones estos se depositaron en el palacio del Buen Retiro, a la espera de decidir el emplazamiento para el nuevo Real Gabinete de Historia Natural. Tras varias vicisitudes buscando el local adecuado que albergara las colecciones, en mayo de 1773 se llegó a un acuerdo en la operación de compra del palacio de Goyeneche situado en la calle Alcalá. Tras las necesarias reformas, este edificio no sólo acogió el Real Gabinete de Historia Natural sino también a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. A esta última le adjudicaron los sótanos, el piso bajo, el principal y dos tercios de las buhardillas. Y al Gabinete el segundo piso y el tercio restante de las buhardillas, lugar en donde se estableció la vivienda de Dávila tal y como se acordó en su nombramiento de director.

Las obras de remodelación duraron casi dos años, lo que retrasó hasta junio de 1775 el traslado definitivo del material almacenado en el palacio del Buen Retiro. A partir de entonces Dávila ocupó su vivienda de la calle Alcalá desde donde comenzó las tareas de desembalar, repartir y ordenar los objetos de la colección en sus salas respectivas. Trabajos que se interrumpieron con la llegada del invierno debido a las bajas temperaturas que había que soportar en todas las dependencias del edificio. Unas obras todavía sin acabar unido a las características de sus salas, hacían casi imposible calentar su interior en un invierno particularmente frío.

En los años de espera desde su llegada a España en 1772 hasta el inicio del traslado, Dávila continuó gestionando la adquisición de ejemplares. Una de las nuevas colecciones que incorporó fue lo que

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aún quedaba del antiguo Gabinete de la Casa de la Geografía. El 7 de abril de 1773 Carlos III firmó una Real Orden dirigida a Francisco Reygosa informándole que debía poner a disposición de Dávila todo cuanto aún custodiaba.

Una vez puesto en marcha, Carlos III estaba dispuesto a formar un museo que fuese en su clase verdadero modelo, capaz de competir con los mejores del mundo. Para ello no bastarían las colecciones de Dávila, parte de las cuales habían sufrido daños irreparables durante los años que estuvieron almacenadas. El Rey contribuyó al enriquecimiento del Gabinete con notables donaciones destacando la del Tesoro del Delfín, denominado así por haber pertenecido al Gran Delfín Luis, hijo de Luis XIV de Francia, y padre del rey Felipe V. El Tesoro llegó a España en calidad de herencia paterna del primer