EL JUICIO UNIVERSAL
1. E L J UICIO DEL ÚLTIMO DÍA EN LA S AGRADA E SCRITURA
a) El juicio divino en el Antiguo Testamento (i) Unión de los conceptos de soberano y juez
Conviene situar la idea del juicio final en un marco más amplio de conceptos veterotestamentarios; concretamente, dentro de estas coor- denadas:
— La concepción, en el ámbito del antiguo Medio Oriente, de la unidad en la persona del soberano de las funciones de gobierno y de juicio1. Esta visión unitaria (donde juzgar forma parte del ejercicio de
dominio) lleva a que, en la medida en que se desarrolla la esperanza en el Reino de Dios, madure también la idea de un Juicio final.
— La concepción de un Dios que no queda indiferente ante la con- ducta moral de los hombres. Es ésta una de las ideas maestras del Anti- guo Testamento, que lleva a incluir en la actividad divina, la discrimi- nación entre el bien y el mal y la retribución2.
En este suelo ideológico germina la asociación conceptual entre el Dios de Israel y el acto de juzgar.
El verbo que se utiliza más habitualmente para expresar esta acción es saphat, y tiene un sentido variado: puede significar según el contexto decidir, juzgar, dominar, gobernar, vindicar, salvar. Tiene la connotación de ser una actividad ejercida por el soberano, quien aplicando la ley rei- vindica los derechos de los débiles, libera a los oprimidos, y pacifica al pueblo. Otros términos relacionados, pero menos frecuentemente usados en el Antiguo Testamento son: din, que significa juzgar, castigar, litigar o hacer justicia; y rib, que puede significar disputar, pleitear o querellarse según los casos.
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1. Cfr. Am 2, 3; Os 7, 7; Ex 2, 14; 1 S 8, 20; 2 S 15, 4.6; Sb 3, 8.
2. Recuérdense las imágenes en la literatura profética: del pastor que selecciona su rebaño (cfr. Ez 34, 17-22); del agricultor que aventa la cosecha (cfr. Jr 15, 7; So 1, 2); del horno de fundición (cfr. Ez 22, 18-20). Recuérdese también la insistencia veterotestamentaria sobre la retribución: en la litera- tura profética, la advertencia de que Dios exterminará toda impiedad (p. ej. Is 2, 12-18; 13, 9; Jr 46, 10; So 1, 4-18); en la literatura sapiencial, la esperanza de recompensa del justo (cfr. p. ej. Pr 24, 12; Si 16, 12-14; Sal 62, 13); en el Pentateuco, los relatos de aniquilación/salvación que jalonan la histo- ria humana (Gn 6, 5-7, 24: la destrucción con el diluvio de la raza humana pervertida, exceptuada la familia de Noé; Gn 11: la dispersión de los orgullosos constructores de Babel; Gn 19: la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra, salvándose Abraham y Lot).
(ii) Hacia la noción de un juicio escatológico
Como ya se ha dicho, la idea de un acto divino judicial está estre- chamente asociada a la del ejercicio de soberanía por parte de Dios. La expectación primitiva del juicio –al igual que la de la parusía– parece que tuvo sabor terreno, nacionalista y optimista: se esperaba que Dios poderoso aplicara un castigo a naciones vecinas, particularmente las enemigas del pueblo elegido (cfr. Am 1, 3 - 2, 3; Is 13, 1-23, 18; Ez 25, 1-32, 32; 28, 26; Jr 46-49; So 1-3). Sin embargo, los profetas (ya a par- tir del siglo VIIIa. C.) intentan matizar tal visión del juicio de Dios, ad-
virtiendo al pueblo –confiado en su elección, infiel a la alianza– que Dios citará a su pueblo también delante de su tribunal (cfr. Am 2, 4-16; Os 1-3; 4, 1-5; Is 3, 13-15; Mi 6, 1-5; Jr 2, 9.35; Ez 20, 36; Ml 3, 5), y emitirá una sentencia condenatoria (cfr. Am 5, 18; Am 6, 8; Ez 5, 10.15; 11, 9; 16, 41). Añaden que Dios puede servirse de pueblos como de fuerzas naturales a modo de instrumentos de castigo (cfr. Jr 25, 9; 46-51; Is 10, 5; 13, 10). Aun con tales moniciones, los profetas inclu- yen una promesa de salvación: la ira de Dios tiene un fin saludable para el hombre: «Venid, pues, y disputemos –dice Yahveh–: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fue- ren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán» (Is 1, 18). El juicio traerá purificación al pueblo, y dejará un resto santo y fiel (cfr. Am 3, 12; 5, 15; 9, 8-10; Is 4, 2-3; 6, 13; 7, 3; 10, 19-21; 28; 5-6; 37, 4; 37, 31-32; Mi 4, 7; 5, 2; So 2, 7.9).
Al llegar sucesivas debacles nacionales –la ruina del reino del nor- te, la caída del reino del sur y la deportación babilónica–, el pueblo en- tiende que ha sido castigado por su infidelidad. Los profetas del exilio, aun cuando hablen de punición, añaden que es correctiva: Dios, cuan- do juzga, no sólo descubre el pecado y lo castiga, sino que lo hace con el fin de alejar a los hombres de sus pecados: «¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado –oráculo del Señor Yahveh– y no más bien en que se convierta de su conducta y viva?» (Ez 18, 23). Detrás de la severidad del castigo se esconden la gracia y misericordia de Dios.
Para subrayar que el juicio divino se ordena a la salud, los profetas recurren al símil del fuego (o también de la fragua o del crisol) (cfr. Jr 9, 6; Is 48, 10)3. La metáfora del fuego, que purifica o destruye lo im-
puro, resulta apta para evocar la actividad santa de Dios, que destierra el pecado y purifica lo impuro4.
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3. La imagen es utilizada ya en textos más antiguos, como Is 1, 25; 10, 17.
4. El carácter intrínsecamente segregador de la santidad divina –que se asemeja a un fuego que produce efectos variados en diversos materiales– halla expresión magistral en el Salmo 68, 2-4: «¡Ál- cese Dios, sus enemigos se dispersen, huyan ante su faz los que le odian! Cual se disipa el humo, los
La estructura del libro de Ezequiel es ilustrativa del esquema de pu- nición y subsiguiente salvación. En él se pueden distinguir cuatro partes. Los primeros capítulos (4-24) recogen amenazas dirigidas al pueblo in- fiel, antes del asedio de las huestes babilónicas. Vienen después (caps. 25-32) oráculos contra las naciones enemigas de Israel, prometiéndoles un castigo. Los siguientes capítulos (33-39) contienen pronunciamientos proféticos dirigidos de nuevo al pueblo durante y después del asedio, ya con la promesa consoladora de un porvenir mejor después del castigo di- vino. Los últimos capítulos (40-48) completan el cuadro de promesa, va- ticinando el futuro restablecimiento de la nación.
En el libro de Jeremías puede apreciarse un esquema parecido de castigo-recuperación. El profeta, testigo de la persistencia en el pecado y el olvido de Dios del pueblo (cfr. Jr 5, 23; 11, 10), declara que tanta infidelidad trae necesariamente el castigo y la desgracia (cfr. 5, 19; 16, 11-13; 30,12-15). Sin embargo, la última palabra de Dios sobre el pue- blo no es la destrucción sino la restauración: en la sección que se llama Libro de la Consolación (Jr 30, 1 - 33, 26) se afirma que cuando los hombres se arrepienten, Dios se apiada de ellos y los salva. El Señor re- conducirá al pueblo compungido a su tierra, y lo protegerá. Establecerá con él una nueva alianza, interior y eterna, que impedirá futuras rebeldí- as y castigos.
Los escritos proféticos después del exilio subrayan fuertemente la discontinuidad entre mundo presente y eón futuro: sus oráculos in- cluyen descripciones catastróficas del Día de Yahveh (cfr. Ml 3, 23; Za 14, 1; Is 24). No es un cuadro de puro terror, sin embargo, ya que in- cluye una promesa de renovación.
La sección apocalíptica del libro de Isaías (Is 24-27) vaticina que, tras la sacudida del cosmos producida por la venida del Señor, llegarán la victoria de Dios y un banquete mesiánico para los justos; y comenzará la era de salvación definitiva. De modo análogo, Zacarías (Za 12, 1-14, 21) profetiza la futura renovación y esplendor de Jerusalén, y la conversión completa del pueblo a Dios (12, 10-13, 9); por su parte Joel habla de la futura restauración de Sión y abundancia de bienes (Jl 4, 18-21), acom- pañada por una efusión del espíritu de Dios sobre el pueblo (3, 1-2).
El libro de Daniel, redactado hacia el final de la época veterotesta- mentaria, ofrece datos de especial interés sobre el juicio final. El cap. 7 narra la visión apocalíptica del «Anciano», que se sienta en su trono celeste rodeado de gloria y de ángeles (vv. 9-10). En su presencia se abren los libros (v. 10: simboliza que Dios, cuando pronuncia senten- cia, tiene presentes todas las obras de los hombres). Se acerca «uno
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disipas; como la cera se derrite al fuego, perecen los impíos ante Dios. Mas los justos se alegran y exultan ante la faz de Dios, y saltan de alegría».
como Hijo del hombre» y acepta el imperio universal (v. 13), y reciben su condena los imperios hostiles al dominio divino. De esta manera queda instalado el reinado eterno del Altísimo y sus santos (v. 27)5. En
Daniel se destaca el carácter universal y definitivo del juicio6. El pro-
tagonista es Dios (acompañado por el misterioso Hijo del hombre), que viene, triunfa, juzga, y retribuye a los pueblos.
Podemos concluir diciendo que en el Antiguo Testamento hay una actitud ambivalente ante la perspectiva del juicio final. Hay temor, a la vez que anhelo. Temor, por una parte, porque existe la convicción de que Dios no deja impune el pecado; y deseo, por otra, porque las expe- riencias del pueblo en relación con Yahveh –incluidas las experiencias dolorosas de la historia– enseñan a creer que toda intervención divina tiene una pretensión salvífica de fondo.
b) Cristo Juez en el Nuevo Testamento
En los Sinópticos el anuncio del krima (juicio)/krino (juzgar) ve- nidero aparece como parte importante del mensaje del Señor y, antes que él, de Juan el Bautista. Juan prepara al pueblo recordándole con fuerza sobre el juicio de Dios (cfr. Mt 3, 7-12; Lc 3, 7-18). En la línea de los profetas del Antiguo Testamento, anuncia como inminente la ira de Dios, que lanzará a los pecadores al fuego inextinguible, y que sólo se podrá aplacar por la conversión en el tiempo presente. Por su parte, Jesús:
— Vincula estrechamente el juicio con el Reino: en sus discursos, deja claro que el establecimiento glorioso del Reino coincide con el momento en que un acto divino instaura la perfecta justicia (cfr. Mt 13, 30; 25, 31-46), recompensando a todos los hombres que hayan existido (cfr. Mt 10, 15; 11, 24; 12, 41).
— Describe este juicio escatológico como teniendo dos posibles resultados, diametralmente opuestos7.
— Se sitúa Él en el centro del misterio (una novedad con respecto al Antiguo Testamento). Ciertamente, en ocasiones habla de su Padre
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5. Dentro de este contexto de soberanía se sitúa Dn 12, 2 donde se afirma que los hombres reci- birán recompensas diversas en el día de la resurrección: algunos, la gloria y otros, el oprobio.
6. Lo mismo sucede en los escritos apócrifos de carácter apocalíptico de la época: cfr. Henoc etiópico 16, 1; 19, 1; 90, 20-27; 91, 15; 4 Esd 7, 31-35.51-58.69-74.
7. Las parábolas sobre el Reino así como el discurso escatológico están repletos de símiles de «separación», tomadas del mundo pastoral (separación de ovejas y cabras); del mundo agrícola (sepa- ración del trigo y la cizaña); del mundo de la pesca (selección de los peces capturados por la red ba- rredera); de la experiencia vital (distinción entre el gozo y el llanto); de la experiencia local (asigna- ción a la derecha e izquierda); etc.
como el Juez (cfr. Mt 6, 4.6.18; 10, 28; 18, 35; Lc 12, 5; 18, 7-8); sin embargo, con frecuencia atribuye a sí mismo el acto de juzgar. Jesús se presenta sin ambages como el Hijo del hombre de la profecía de Da- niel, que juzgará a todos los hombres en el Último Día (cfr. Mt 7, 22- 23; 13, 41-43; 16, 27; 25, 31-46).
Estas ideas se hallan concentradas en uno de los cuadros más memorables que ha dejado Jesús: la escenificación del Juicio Final, consignada en Mt 25, 31-46 y par. De este cuadro grandioso se pueden extraer las siguientes enseñanzas básicas: (1) la humanidad entera que- dará separada en dos grupos –los unidos a Cristo y los que no– al tér- mino de la historia; (2) la pertenencia de cada hombre a un grupo u otro guardará correspondencia con sus obras –buenas o malas– hechas en vida (especialmente las referentes a la caridad); (3) el Hijo del hom- bre presidirá el misterio: pronunciará cómo las acciones de cada uno –sobre todo, en lo referente al mandamiento de caridad– han definido su situación soteriológica.
Estos mismos elementos pueden apreciarse en el libro de los He- chos de los Apóstoles. Se nota especialmente el cristocentrismo: los Apóstoles predican al Señor como protagonista del juicio del último día, porque Dios mismo le ha puesto como juez del fin de los tiempos (cfr. Hch 10, 42-43); y porque la conversión y la fe en Jesús es el ca- mino para escapar a la sentencia condenatoria (cfr. Hch 2, 38-41; 3, 19-21).
El cristocentrismo es también notable en las cartas paulinas. Tan- to es así, que en las epístolas de San Pablo el Día de Yahveh, el día del juicio del Antiguo Testamento, se transmuta terminológicamente en el «día del Señor» (= Jesús) (cfr. 1 Co 1, 8; 5, 5; 2 Coro 1, 14; 1 Ts 5, 2; 2 Tés 2, 2; Hb 10, 25). San Pablo afirma que Jesucristo será nuestro Juez (cfr. Rm 2, 16), y que todos los hombres habremos de comparecer ante su tribunal (cfr. 2 Co 5, 10). El Señor será perfecto retribuidor: castiga- rá a los impíos en un fuego fulminante mediante el soplo de su boca (2 Ts 1, 7 ss.; 2, 8; cfr. 1 Co 15, 24-28).
También encontramos constancia en San Pablo del carácter ambi- valente del Juicio. En algunas de sus cartas (cfr. 1 Ts 1, 10; 5, 9; Rm 1, 18; 2, 51), habla del día de la cólera de Dios, y en Flp 2, 12 muestra una actitud de temor con respecto al día final8. En otros momentos,
San Pablo habla con acento más positivo, asegurando que Jesús prote- gerá a los fieles contra la ira de Dios (cfr. 1 Ts 1, 10; también 4, 16-18). Por debajo de esta actitud –en parte esperanzada y en parte temerosa– encontramos la convicción de que la divina administración de justicia
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en el último día será perfecta. El Señor sabrá dar la exacta retribución a cada uno: «Él [el Señor] iluminará los secretos de las tinieblas y pon- drá de manifiesto los designios de los corazones. Entonces recibirá cada cual del Señor la alabanza que le corresponda» (1 Co 4, 5).
San Juan se hace eco del juicio que ejercerá el Hijo del hombre en el día de la resurrección (cfr. Jn 5, 22.27-47; 12, 48). Sin embargo –quizá sea éste el rasgo más sobresaliente de su doctrina sobre nuestro tema–, habla también de una anticipación del juicio. Apunta repetidas veces a la crisis que la presencia de Jesús ya provoca en los corazones humanos. El Señor anuncia la división de los hombres en el momento actual (cfr. Jn 3, 18-21; 9, 39), al adoptarse con respecto a Él una acti- tud de fe o de incredulidad (cfr. Jn 8, 24). Así, Jesús puede afirmar que el juicio ya ha tenido lugar (cfr. Jn 5, 25; 12, 31): el que no cree ya ha sido condenado y el que cree, en cambio, ya ha pasado de la muerte a la vida (Jn 5, 24). Los hombres, incluso en el momento presente, ya pueden clasificarse, como hijos de la luz o de las tinieblas; como hijos de la verdad o de la mentira; como hijos de Dios o del diablo (cfr. 1 Jn 3, 1 - 4, 6). Según esta teología joánica del juicio, un individuo se pier- de por la dureza de su corazón: por obstinarse en no creer en Jesús. La perdición aparece entonces como una especie de autocondenación.
Vale la pena anotar, además, la línea positiva o soteriológica que recorre el Cuarto Evangelio. Cristo declara no haber venido para juzgar al mundo (cfr. Jn 3, 17; 12, 47) (en sentido de condenar), sino para dar la vida a los muertos (cfr. Jn 3, 17; 10, 10) e iluminar a los que cami- nan en las tinieblas (cfr. Jn 12, 46). El mismo mensaje salvífico reapa- rece, bajo otro ropaje, en el libro del Apocalipsis: al cabo de las des- cripciones de diversas catástrofes (caps. 6 ss.), se llega a la descripción del Juicio (20, 11-15), que desemboca en el cuadro final de la Jerusalén celestial (caps. 21 ss.): símbolo de un mundo finalmente renovado y salvado.
Como resumen de la doctrina neotestamentaria, podemos afirmar que la figura de Jesucristo aparece como central en el misterio del jui- cio universal. Como Hijo de Dios encarnado e inmolado, se yergue como suprema revelación de la intención divina de salvar a los hom- bres. La salvación que trae constituye el núcleo positivo de la esperan- za cristiana en su futuro retorno para reinar y juzgar. El Salvador será el Juez. Ello no invalida, sin embargo, la dimensión discriminadora del misterio. La aproximación divina para salvar a los hombres puede en- contrar una respuesta positiva o negativa por parte de las criaturas li- bres. Así da lugar a dos situaciones soteriológicas finales: la comunión perpetua con Dios, o la alienación eterna. Esta segunda posibilidad es más una autocondenación que una violenta imposición por parte del Juez.