LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS
1. U NIÓN CON D IOS Y ESPERANZA DE VIDA EN LA S AGRADA E SCRITURA
a) La formación gradual de la esperanza de resurrección en Israel La esperanza veterotestamentaria en la resurrección se encuadra dentro de las coordenadas generales de la fe del Antiguo Testamento. Concretamente, se sitúa en el contexto de:
— La confianza en un poder divino que se ejerce en beneficio de los hombres1. Según esto, Dios, creador del mundo y liberador del
pueblo de Israel, es capaz de obrar nuevos prodigios a favor de los suyos2.
— La concepción de la vida como esencialmente relacionada con Dios3. Según esto, la intimidad con Dios, viviente y vivificador, cons-
tituye el fundamento sólido de la esperanza de alcanzar una plenitud de vida.
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1. Cfr. capítulo III, epígrafe 1a.
2. De hecho, algunos oráculos proféticos emplean la imagen de resurrección para expresar la es- peranza de un restablecimiento de la nación: Os 1-3 («El Señor… nos sanará… nos curará... en dos días nos hará revivir, y al tercero nos levantará»); Ez 37, 1-10 (visión de un campo lleno de huesos, que por mandato divino se conjuntan y se recubren de carne, hasta constituir una muchedumbre viva). Y también Is 26, 19 («Revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán, despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo; porque rocío luminoso es tu rocío, y la tierra echará de su seno las sombras»), aunque no hay total unanimidad en su interpretación porque algunos exegetas piensan que puede tratarse de la resurrección universal, mientras que otros consideran probable que se refiere, al igual que Ez 37, a una anhelada resurrección nacional.
A pesar de estos fundamentos remotos, la formulación explícita de la resurrección de los muertos es de aparición tardía en el Antiguo Testamento. Aparece al final de un largo proceso de revelación, propi- ciada por factores históricos concretos: (1) la entrada en crisis del es- quema primitivo de retribución (puramente terrenal); (2) el desenca- denamiento de la persecución religiosa bajo Antíoco IV Epífanes en el siglo II a. C.
(i) La crisis del esquema de retribución terrenal
Si bien la fe en un Dios justo, que premia a los buenos y castiga a los malos, es un elemento estructural del Antiguo Testamento, la con- cepción de retribución parece tener inicialmente una forma tosca: se afirma que la conducta recta, la piedad, o la fidelidad a la alianza reci- ben el premio de una larga vida en la tierra (cfr. Ex 20, 12; Pr 3, 2), mientras que la impiedad es castigada con una pronta muerte (cfr. Dt 28, 20; Ez 3, 18; Pr 24, 20). El horizonte es restringido, terrenal. El an- helo del justo es gozar de muchos años de vida en la tierra (longevidad: cfr. Gn 15, 15; 35, 29), y una vida larga es considerada como señal de bendición divina (cfr. Gn 15, 15; 25, 8; Dt 5, 16; 30, 19; Pr 3, 1-2), mientras que una muerte prematura es tomada como una maldición (cfr. Dt 30, 15-20).
Las carencias de este esquema simplista llevan a que –sobre todo a partir del destierro babilónico– surjan reflexiones críticas. El libro de Job presenta en toda su crudeza el drama del inocente que sufre en esta vida, y muestra la incongruencia de la noción de una retribución pura- mente terrenal. En los monólogos de Job así como en sus diálogos con sus amigos y con Dios (cfr. Jb 3, 1-26; 4, 1-27, 23), queda claro que las desgracias de Job no se deben a sus culpas; más bien obedecen a los planes insondables de Dios. Es ésta una forma más honda de entender las vicisitudes de la condición humana.
Por su parte, Eclesiastés califica de «vanidad de vanidades» (Qo 1, 2) todo esfuerzo humano en esta vida, porque la muerte acaba con to- dos: sabios y necios. Una conducta sensata no supone, en definitiva, ventaja con respecto a un comportamiento necio. Con esta crítica al va- lor de los afanes de los seres mortales, el autor deja patente la pobreza de una perspectiva puramente terrenal de plenitud.
Estos libros dejan clara la necesidad de una formulación más satis- factoria de la retribución. Parte de la respuesta queda esbozada ya en algunos Salmos. En concreto, los Salmos denominados místicos (16, 49 y 73) aseguran que el triunfo terrenal de los impíos y el sufrimiento de los justos es sólo una porción del cuadro. Las cosas no quedan ahí: el justo posee la confianza de que Dios no le dejará en el sheol, sino
que le sacará y le hartará de gozo perdurable en su presencia. Así, estos Salmos insinúan la posibilidad de una continuación de la relación vital del justo con Dios, más allá de la muerte. Hay un atisbo de un horizon- te ultraterrenal de retribución.
Una respuesta más cabal se formula en uno de los libros sapien- ciales más tardíos del Antiguo Testamento. El libro de Sabiduría, re- dactado en el ámbito helénico posiblemente en la segunda mitad del siglo I a. C., habla de la esperanza en la inmortalidad o incorruptibili-
dad. Exhorta a obrar rectamente, porque el juez divino retribuye a los hombres según sus obras. Asegura que los ricos y poderosos se equivo- can al pensar que la vida es breve y que la muerte es desaparición (cfr. Sb 2). Tal error les lleva a obrar inicuamente con los demás (cfr. 2, 1- 11) y a conspirar contra el justo (cfr. 2,12-20), pero ellos yerran en sus suposiciones, porque la muerte no es el fin. La muerte del justo es una ilusión, porque «las almas de los justos están en manos de Dios» (3, 1- 9); esto lo descubrirán los malos después de morir (cfr. 4,16 - 5,23), cuando los justos, ensalzados, les confronten como jueces en el tribu- nal celestial4.
(ii) La persecución de Antíoco IV Epífanes y la fe en la resurrección de los muertos
La persecución bajo Antíoco IV Epífanes constituye el motivo in- mediato de la explicitación de la fe en la resurrección de los muertos. El martirio de tantos fieles agudiza la paradoja de la santidad del justo y su terrible suerte terrenal. Se abre camino la respuesta: Dios, fiel, jus- to y poderoso, resucitará a los hombres en el último día, para otorgar- les retribución perfecta.
Esta idea se plasma en la literatura apocalíptica, que florece en los momentos de persecución. El libro de Daniel anima a los judíos a man- tenerse fieles a su religión, confiando en Dios Juez que dará finalmen- te a cada uno su merecido. Cuando llegue el fin, dice, «muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán» (12, 2), para dos destinos diferentes: la vida eterna o el oprobio eterno. La terminología empleada (vida eterna) y la descripción en el versículo siguiente (v. 3) de la gloria de los justos deja claro que aquí no se está hablando sim- plemente de un retorno a la vida en las mismas condiciones terrenales de antes, sino del acceso de los justos a una existencia inconmensura-
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4. Aunque el libro no deja del todo claro si el sujeto de la inmortalidad es el alma (concepto que utiliza el hagiógrafo) o el hombre completo, lo importante es la expresión de fe en una retribución que llega más allá de la muerte.
blemente mejor. De este modo, se asegura a los fieles de Yahveh que participarán de una victoria final5.
La línea resurreccional encuentra su continuación y culminación en el libro segundo de los Macabeos, que narra la historia de la persecu- ción de Antíoco IV Epífanes. Este rey, con su proyecto de helenizar Je- rusalén y sus costumbres, obliga a los judíos a violar la ley mosaica co- miendo carne de cerdo. Un grupo de hombres y mujeres fieles deciden desobedecerle y mantenerse leales a Dios. El capítulo 7 narra la firmeza de una madre y sus siete hijos ante el martirio: profesan la confianza de ser reivindicados ante el tribunal divino, y la esperanza de recuperar en el futuro sus miembros y su vida (vv. 9.11.14). La resurrección corporal que esperan opere Dios en ellos es una réplica a la destrucción obrada por sus perseguidores: la resurrección restablecerá la justicia6. Antíoco
recibirá castigo por su inicuo proceder (vv. 14, 17, 19): los hermanos le advierten que para él no habrá resurrección a la vida (v. 14)7.
En conclusión, podemos decir que, aunque haya tardado en ser formulada, la resurrección de los muertos está en realidad «grabada dentro de la lógica de los conceptos veterotestamentarios»8. Se apoya
en los atributos de Dios que el pueblo va reconociendo progresivamen- te en la historia: poder ilimitado; amor indefectible; justicia perfecta. Yahveh es creador y señor de la vida; fiel a la alianza con su pueblo; y retribuidor cabal. La fe en estos atributos divinos hace que una forma concreta de esperanza –la resurrección de los muertos– brote en mo- mentos difíciles, de debacle nacional o persecución.
b) Cristo, primicia de la resurrección
Las líneas fundamentales de la revelación sobre la resurrección ha- llan continuidad en el Nuevo Testamento (con términos como anásta- sis y egeiro). Y, de hecho, parece que la fe en la resurrección estaba muy generalizada en los tiempos de Jesús: los fariseos (cfr. Hch 23, 6) y otros muchos contemporáneos (cfr. Jn 11, 24) la esperaban. Jesús mismo enseña firmemente esta verdad. Un momento importante es su
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5. Es relevante también el apunte de una resurrección con otro signo («para el oprobio» (v. 2): la existencia perdurable aparece así extensible a los impíos, si bien no supone plenitud alguna.
6. De nuevo, encontramos la doctrina de resurrección en función de la doctrina sobre la justicia divina: la administración de ésta es tan perfecta, que restituye los miembros corporales a aquellos que los perdieron por su fidelidad a la Alianza.
7. Aquí, más que una negación de la resurrección del impío, estamos ante una explicitación de lo ya insinuado en Dn 12, a saber: el sentido último de la resurrección y vida eterna. Lejos de Dios, una
existencia imperecedera carece de sentido.
8. Cfr. R. MARTIN-ACHARD, «Resurrection», en D.N. FREEDMAN(ed.), The Anchor Bible Dictio-
disputa con los saduceos, que negaban la resurrección (cfr. Mt 22, 23 y par; también Hch 23, 7-8). El Señor comienza su respuesta calificando de error la postura de los saduceos: «Vosotros no conocéis ni las Escri- turas ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error» (Mc 12, 24).
— Se equivocan, en primer lugar, en su intelección de las Escritu- ras; concretamente, en su manera de concebir la forma de vida futura. Esa vida no se puede comparar con la actual terrena, en la que se pade- cen tantas necesidades; se asemeja más a la de los ángeles.
— Se equivocan, en segundo lugar, al no reconocer todo el alcan- ce del poder divino. Es interesante la alusión a Ex 3, 6 («Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob»): con ello Jesús reve- la que los patriarcas (y cualquiera que sea fiel a Dios) no desaparecen, al morir, de la vista de Dios, sino que continúan presentes ante Él y unidos a Él. Pueden, por tanto, aguardar la resurrección futura. Jesús anota decididamente aquí la dimensión «teogénica» de la resurrección: la esperanza se basa en el Dios vivo, que «no es un Dios de muertos sino de vivos» (Mc 12, 27): Él puede otorgar una forma de existencia al hombre muy superior a la actual.
En el Nuevo Testamento hay también una importante novedad con respecto al Antiguo Testamento. Se trata del lugar central que ocupa la persona de Cristo, y su propio resucitar, en el misterio de la resurrección. Jesús muestra, ya en su vida pública, que posee un poder capaz de vencer la enfermedad y la muerte (cfr. Mc 5, 35-43; Lc 7, 11-17). Las resurrecciones que realiza dan una idea del alcance de la dynamis divi- na en Él (cfr. Mc 5, 21-42; Lc 7, 11-17). Con tales obras, prepara las mentes de los discípulos para creer más adelante en su victoria pascual. Para Jesús su propia muerte/resurrección está constantemente en el punto de mira; así consta de manera clara en su predicación. Jesús ha- bla con antelación de su pasión y glorioso retorno a la vida (cfr. Mc 8, 31; 9, 31; 10,33-34). Promete resucitar al tercer día después de su muerte, como está prefigurado en el «signo de Jonás» (Mt 12, 39-40).
La narración de Mc 15,40-16,8 es un relato cuidadosamente cons- truido para dar testimonio de la muerte, sepultura y resurrección de Je- sús: en ella brilla la verdad de que el mismo que padeció y murió, resu- citó. El centurión certifica su fallecimiento; las mujeres presencian su sepultura, y la subsiguiente desaparición de su cuerpo de la tumba; los Apóstoles le encuentran de nuevo vivo...9.
También es de interés Lc 24,7.26.36, que ofrece una especie de primera teología de la resurrección del Señor. A los discípulos que
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9. Otros testimonios sobre el resucitado: María Magdalena y otras mujeres (cfr. Mt 28, 8; Lc 24, 9); los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24, 13-35).
caminan hacia Emaús, Jesús explicita la relación íntima –no simple- mente secuencial– entre los sufrimientos y la exaltación del Mesías. Aparece el verbo dei/’edei, «fue necesario», dejando con esta expre- sión entrever que muerte y resurrección forman parte de la lógica divi- na, integran un único plan10.
Los Sinópticos proporcionan información adicional sobre Jesús re- sucitado: identidad (mantiene las heridas de la pasión); materialidad (come; se le puede tocar); distinción misteriosa (en forma y aparien- cia); agilidad (apariciones y desapariciones repentinas); sutileza (entra y sale por donde quiera). Estas características son un esbozo de la con- dición escatológica que espera a todo hombre. Muestran que la resu- rrección no consiste en la simple recuperación de la vida terrenal, sino en un nuevo modo de existir11.
En el libro de los Hechos se puede apreciar que tanto la resurrec- ción de Jesús como la resurrección universal constituyen elementos fun- damentales de la predicación cristiana primitiva: los Apóstoles son, bá- sicamente, testigos del Resucitado (cfr. Hch 1, 22; 4, 33; 17, 18). Pablo se considera también pregonero, aunque tardío, de la resurrección (cfr. Hch 23, 6; 24, 15.21). Hay constancia, además, de la resistencia del am- biente helénico ante el mensaje resurreccional (cfr. Hch 17, 18.32).
En líneas generales, hallamos en las epístolas paulinas dos afirma- ciones centrales: (1) la realidad de la resurrección de Cristo, garantía de la victoria sobre la muerte para sus discípulos; (2) la incoación de este triunfo en la vida terrenal, en la medida en que el individuo se in- corpora sacramental y eclesialmente al Resucitado.
Un lugar especial merece la carta a los Romanos, donde San Pablo establece el paralelismo Adán - Cristo. El hecho de que la vida humana es mortal y perecedera (cfr. 6, 12; 8, 11.21) indica, según el Apóstol, que se halla bajo la sombra del pecado. La doble esclavitud –a la muer- te, al pecado– deriva causalmente de la caída de Adán (cfr. 5, 12-14)12.
De esta esclavitud nos libera el nuevo Adán, Cristo (cfr. 5, 14.18; 6, 12-14). El momento que señala el final del señorío de la muerte y del pecado sobre los hombres es justamente la resurrección del Señor: allí prevalece el señorío divino (cfr. 14, 9)13.
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10. Evoca al Mesías isaiánico, que se abaja hasta la muerte (punto de máxima identificación con los hombres [cfr. Is 53, 4]), y a la vez, punto de inflexión o momento en que la trayectoria descenden- te se trueca en ascendente y victoriosa (cfr. Is 53, 10). El abajamiento y la entrada en gloria aparecen como dos momentos de un único movimiento.
11. De hecho, las características del Resucitado que hemos enumerado son evocados por San Pa- blo en su tratado sobre los cuerpos gloriosos (cfr. 1 Co 15).
12. Cfr. también 1 Co 15, 20-22.
13. Cristo resucitado aparece como el lugar primigenio donde el poder divino vence a la muerte (cfr. 2 Co 13, 4). Nos encontramos, como en los Sinópticos, con un fuerte centramiento de los concep-
El misterio pascual configura decisivamente la doctrina paulina de la salvación. La confesión de la muerte/resurrección de Jesús ocu- pa un lugar muy destacado en sus cartas14. Especial atención merece 1
Co 15, lugar principal de la doctrina paulina sobre la resurrección. San Pablo responde detenidamente a la herejía de que no hay resurrec- ción de los muertos (vv. 12.13). Al elaborar su refutación, el Apóstol acude en primer lugar a la convicción, compartida por todos los cristia- nos, de la resurrección de Cristo de entre los muertos (vv. 1-11). Una vez más, la doctrina de la resurrección universal queda radicada en la fe en la resurrección del Señor: si Jesús no ha resucitado, vana es nues- tra fe, no hay triunfo sobre el pecado y la muerte, no habrá resurrec- ción general (vv. 13-19). En cambio, si Jesús resucitó –como efectiva- mente sucedió–, podemos estar seguros de que el poder divino nos resucitará en el último día (vv. 20-22). Cristo es, en este sentido, las primicias de los que durmieron (v. 20). A diferencia de Adán, por Cris- to viene no la muerte, sino la resurrección (vv. 21-22)15.
Lo mismo que en Adán todos mueren, así también «en Cristo» to- dos recibirán la vida (v. 22)16: aparece aquí la resurrección universal
como corolario de la Resurrección de Jesús. Entre nuestra resurrección y la del Señor existe una relación de causalidad por solidaridad: revivi- mos en (partícula griega en) Cristo. He aquí un dato importante de es- catología. Trátese de la resurrección del Señor o de los discípulos, en definitiva sólo hay un único misterio unitario, debido al Espíritu vivifi- cante, que obra lo mismo en la Cabeza y en el Cuerpo17.
El recurso al término primicia (v. 20)18refuerza la idea, digamos
complexiva o extensiva, del misterio de resurrección. Indica que la re- surrección de Jesús integra un misterio pascual «más amplio», abar- cando la humanidad entera. Se trata del restablecimiento, de todo el li- naje humano, en la corriente de Vida que Adán había interrumpido. Si éste, con su pecado, cerró el cauce de Vida para los hombres en la his- toria, Cristo lo abre de nuevo19.
Otro punto que trata detenidamente San Pablo en 1 Co 15 es el es- tado en que resucitarán los muertos (v. 35). El Apóstol aclara la rela-
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tos de vida/resurrección en Cristo; de hecho, cabe hablar de una cristologización, en San Pablo, de los conceptos de vida y resurrección.
14. Cfr. los himnos y símbolos en: Flp 2, 6-11 (Jesús se abaja, es exaltado después); Rm 1, 3-4 (el Hijo de Dios, constituido con poder por la resurrección de la muerte); Rm 4, 24 (Jesús, entregado por nuestras transgresiones, resucitado para nuestra justificación). Una formulación semejante encontra- mos en 1 Co 15,3-4; 1 Ts 4, 14: murió, resucitó.
15. Aquí es relevante el uso de la partícula diá (= per en la traducción latina), que revela un nexo no sólo ejemplar, sino causal. Nuestra plenitud de vida tiene origen en Cristo como causa.
16. Cfr. también 1 Ts 4, 14. 17. Cfr. también Rm 8, 9-11.
18. Cfr. también Rm 8, 29; Col 1, 18: «primogénito». 19. Cfr. también Rm 5, 10; 6, 8.
ción entre el cuerpo carnal y el que resucitará en el último día, recu- rriendo a tres contrastes: (1) la pequeña simiente y la planta llegada a la madurez (vv. 36-38) (misterio de identidad/transformación); (2) los cuerpos terrestres (psychiká) y los cuerpos celestes (pneumatiká) (vv. 39-44) (misterio de semejanza/diferencia); (3) descendencia del primer Adán y descendencia del último Adán, que es espíritu vivificante (pneuma zoopoioún, en sentido de fuerza) (vv. 45-50) (misterio de do- ble descendencia).
Aunque no pretende ni puede desvelar completamente el misterio, San Pablo ayuda a comprender que, mediante la resurrección: (1) el hombre adquirirá cualidades que lo elevarán por encima de las contin- gencias de la vida mortal, haciéndolo semejante a los habitantes del cielo20; (2) este salto de calidad en la existencia no implica, sin embar-
go, una ruptura total con la historia presente ni con el cuerpo actual; y finalmente (3) la transfiguración del cuerpo no es un misterio aislado, sino que se inserta en la historia de progresiva vivificación de la huma- nidad por parte de Dios.
Cabe apuntar finalmente la visión incoativa de San Pablo de la re-