• No se han encontrado resultados

e l temor de Montesquieu

In document Las Fuertes Raíces del Evangelio (página 55-61)

E

l Barón de Montesquieu (1689–1775) fue el pensador de la Ilustración más influyente en la concepción del sistema democrático liberal que hoy es paradigma universal para la organización de un Estado. Era francés, pero sus ideas eran amadas en Inglaterra y leídas con devoción patriótica por los padres fundadores de los Estados Unidos. Y se impusieron casi como un dogma en todo el mundo. Aún hoy son una línea roja que no se puede cruzar. A nosotros se nos enseño desde la escuela lo esencial de su pensamiento: para garantizar la libertad, un Estado debe organizarse en torno a tres poderes - ejecutivo, legislativo y judicial- separados e

independientes, de modo que cada uno sirva de

contrapeso a los otros. Una de las máximas de Montesquieu reza: "El gobierno debería establecerse de modo que ningún hombre pueda temer a otro". Pero su pensamiento fue un poco más complejo que esto, y, en contra lo que se cree, su paradigma no era la república, sino la monarquía constitucional. ¿Por qué? Pues una de sus ideas fundamentales era que la república se fundamenta en la virtud de sus

ciudadanos. Y descubrió luego de extensos estudios

corroborados por minuciosas observaciones que este presupuesto imprescindible –la virtud de los

la república se transforme en una caricatura del buen

gobierno cuya fórmula él aspirada encontrar. Y

advertía otro enemigo para la república: el

crecimiento de la población. Según su pensamiento la

república por su propia naturaleza requería una implicación profunda de los ciudadanos en la elección de sus representantes, a los que debía de sentirse próximo, y esto solo podía suceder en poblaciones pequeñas o acotadas. Y por esta razón pensaba que esta sistema de gobierno dependía de condiciones muy inestables y entonces -para Montesquieu- la monarquía constitucional tenía la ventaja de quitar a los ciudadanos el peso de la práctica constante de la virtud –esto es, la búsqueda del interés público por encima del particular, según su concepción- en lo que respecta a la elección del principal cargo de gobierno. Y al abdicar del derecho de elección a favor de un monarca en el que depositaba su confianza para promover leyes justas y

sabias y llevar adelante los temas del país liberaba

tiempo para atender sus problemas particulares. Pero había un contrapeso al poder del rey –concepto también constante en su pensamiento- ya que estaban las leyes generales, la constitución y demás normativas del Estado a las que este rey debía de someterse como uno más, además del escrutinio y

corresponsabilidad de las cámaras legislativas cuyos

miembros sí eran electos por voto individual de los ciudadanos. Un ejemplo de este sistema monárquico

constitucional que a Montesquieu le parecía más

práctico que la república estaría explicitado en el juramento de los reyes de Aragón ante Dios, el Justicia y las Cortes bajo la fórmula:

“Nos, que cada uno de nosotros somos igual que vos y todos juntos más que vos, te hacemos Rey si cumples nuestros fueros y los haces cumplir, si no, no”.

Ahora bien, según los presupuestos antedichos ¿existen hoy condiciones para la democracia liberal o la república? El crecimiento de la población y el decaimiento de la virtud ciudadana parecen contestar que no. Por otra parte, su obra cúspide “El espíritu de las leyes” fue escrita en 1748 y muchas cosas son radicalmente diferentes hoy.

Veamos otro perfil más cercano a estas líneas: cuando Montesquieu buscaba las claves para estructurar un estado que fuera ajeno al régimen monárquico despótico -el Ancien régime– dicen que encontró su inspiración en Isaías 33, 22:

"Porque YaHWéH es nuestro juez, YaHWéH es nuestro legislador, YaHWéH es nuestro Rey, él mismo nos salvará"

Y a partir de este pasaje discernió cuales podrían ser las columnas básicas de la organización de un Estado. “Todo estaría perdido si el mismo hombre… ejerciese estos tres poderes: el de hacer las leyes, el de ejecutar las resoluciones públicas y el de juzgar los delitos o las diferencias de los particulares" (El Espíritu de las leyes)

Hoy estas afirmaciones nos parecen obvias pero en su momento, cuando se buscaba una fórmula duradera para sustituir el Ancien régime y su sistema de monarquía absolutista al que se atribuía fundamento divino, se estaba comenzando de cero. Eran días agitados en la búsqueda de un nuevo

paradigma que tuviera bases de tal modo firmes y

convincentes que pudiera darse la vida en su defensa. Y el sistema de contrapesos definido por Montesquieu –o que él puso de relevancia en forma brillante- galvanizó el pensamiento de la época pareciéndoles a todos un modelo con los fundamentos apropiados para edificar un mundo nuevo en donde la libertad

personal estuviese garantizada. Y sin detenerse a

meditar sobre el temor de Montesquieu por el peligro del decaimiento de la virtud ciudadana, sus contemporáneos y aquellos de las generaciones siguientes influidos por sus escritos, cerraron filas en torno a este modelo de gobierno que imaginaron eterno por su intrínseca consistencia racional y moral.

Y así la democracia liberal –o la república- se impusieron como lo definitivo y aún hoy sus paradigmas están vigentes, aunque es fácil demostrar que en sus escasas dos centurias de vida - y un poco más en algunos casos- se han producido muchos tropezones, grietas y pausas, que han complicado y atorado su funcionamiento efectivo, en parte debido a las razones que adelantó el propio Montesquieu.

En ‘Las Cartas Persas’, que fue su primer libro, Montesquieu ilustra su pensamiento en forma dinámica en la ‘Fábula de los Trogloditas’ y vale recordarla brevemente. En ella unos seres apartados del mundo –los trogloditas- experimentan con distintos modos de autogobernarse. Y luego de probar con uno fundamentado en el individualismo más craso, esto es, el predominio absoluto del interés propio

sobre el interés público o ajeno, que casi los lleva a su eutoextinción deben volver a comenzar ¿pero cómo lo

harían ya que habían quedado solo unos pocos y en torno a que ideas reordenar de nuevo su existencia? Y entonces descubren un pequeño grupo que se había apartado del conjunto en el comienzo de esa experiencia suicida y que parecía feliz viviendo según normas opuestas, es decir de acuerdo a un sistema consensuado en que el bien común prevalecía

sobre el particular. Y a partir de este pequeño grupo

recomienzan. Y si bien el nuevo orden tiene un éxito destacable y todos pueden ejercer, dentro de ese marco, una libertad efectiva y respetada, al cabo de un tiempo también fracasa ¿porqué?, pues por el hecho comprobado de que la virtud ciudadana es una mochila

demasiado pesada de llevar, según el pensamiento de

Montesquieu, y entonces buscan y encuentran a un

anciano sabio al que le piden que acepte ser su rey.

Este accede luego de muchas reticencias no sin antes decirles:

“¡Oh día desventurado!, ¿por qué he vivido yo tanto?” “Bien veo, trogloditas, que ya empieza a seros pesada vuestra virtud.

Este es el continuo temor de Montesquieu: el precoz

decaimiento de la virtud en el ciudadano común, sin la

cual es imposible edificar y garantizar un buen gobierno. Pero, claro, esto hoy no se recuerda.

8

In document Las Fuertes Raíces del Evangelio (página 55-61)

Documento similar