1.4 Marshall Mcluhan: las extensiones del ser humano y la ―aldea global‖
1.4.3 La Aldea global y la percepción unificada
La aldea global representa la culminación de una deriva histórica, de un desarrollo civilizatorio en torno a tecnologías de la comunicación que tras haber recorrido los senderos del tribalismo en un inicio, después la individualización marcada por la imprenta que daría lugar al aparecimiento del Estado nacional, la revolución industrial, y la dinámica capitalista de la economía , termina transformándose retribalizándose en una aldea global con el aparecimiento de la tecnología electrónica en todas sus manifestaciones, siendo la luz eléctrica el estandarte de este avance. La electricidad puede ser entendida como ―la red neuronal‖ o la red sensitiva de la humanidad expandida y complejizada. Las distancias se contraen y relativizan, la sociedad se cierra al abrir los individuos que antes estaban sumidos sobre sí mismos cuya percepción también se reunifica:
La tecnología electrónica rompe con el hombre fragmentado de la imprenta. Volverá al hombre integral, de percepción unificada, al hombre tribal. Estamos, pues, ante una segunda era orgánica de la cultura. (Marin, García y San Román 2003, 177)
Este proceso genera por un lado una nueva red de información y comunicación que peculiarmente podríamos situar en la emergencia del Internet en la década de 1990, casi 30 años después de la publicación del libro de McLuhan, una red descentrada de enorme complejidad y quizás la revolución comunicativa de nuestra época. Y por otro lado el proceso genera una descomposición o desintegración de las formas de percepción y organización previas, en este momento tiene una especial importancia la forma en que se revierten la expansión mecánica, la unidireccionalidad y la soberanía centralizada entre otros elementos:
En condiciones de velocidad eléctrica, las soberanías departamentales se han disuelto tan rápidamente como las soberanías nacionales. La obsesión por los antiguos patrones de expansión mecánica y unidireccional desde un centro hacia los márgenes ha dejado de tener relevancia en nuestro mundo eléctrico. La electricidad no centraliza sino que descentraliza. Es como la diferencia entre los ferrocarriles y una red de suministro eléctrico: los primeros necesitan estaciones y grandes centros urbanos. La energía eléctrica, disponible tanto en la granja como
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en el despacho de dirección, permite que cualquier lugar sea un centro y no requiere grandes agregados. Este principio se aplica en su totalidad en la edad eléctrica. (McLuhan 1996, 55 y 56)
La aldea global representa para McLuhan, por lo tanto, un “un punto de ruptura, en que el sistema se convierte de repente en otro, o bien franquea un punto de no retorno en sus
procesos dinámicos” (McLuhan 1996, 133), es decir, desde este punto en particular de la
historia humana no hay reversibilidad posible, hay muchas posibilidades abiertas pero ninguna de ellas conduce al estado previo del sistema. Estos cambios que se operan a nivel global dejan a la gran mayoría de individuos en una situación de gran susceptibilidad e imprevisibilidad, las transformaciones generan un ambiente de ignorancia latente sobre los cambios que se producen en las estructuras sociales, las estructuras cognitivas, mentales y emocionales de los individuos así mismo como en sus relaciones, este proceso rápido y simultáneo nos deja ante un mundo nunca antes experimentado, y una sensación de perplejidad de la que ni los más ―ilustrados‖ pueden escapar:
Sin embargo, la aceleración de la edad electrónica es tan perturbadora para el alfabetizado y lineal occidental como lo fueron los caminos romanos del papel para los aldeanos tribales. La presente aceleración no es una lenta explosión hacia afuera, desde el centro hasta los márgenes, sino una implosión instantánea y una fusión mutua del espacio y de las funciones. Nuestra civilización especializada y fragmentada, con su estructura centro-margen, está experimentando de repente un nuevo e instantáneo montaje de todos sus elementos en un todo orgánico. Éste es el nuevo mundo de la aldea global. (McLuhan 1996, 110)
En este punto, McLuhan pone énfasis nuevamente en los impactos sensoriales de las nuevas tecnologías de la comunicación, nos presenta una realidad que impulsada por las tecnologías eléctricas entra en una fase implosiva donde todo queda implicado, todo tiende a convertirse en información o a asimilarse a ella. De alguna forma la sociedad se vuelve una aldea gigantesca, un todo orgánico, donde la tecnología como extensión del cuerpo alcanza su punto máximo y se extiende como un sistema nervioso total, donde las reservas, prejuicios y desconfianzas que podemos tener ante él juegan un papel mínimo, como ya antes ha sucedido respecto a los cambios tecnológicos radicales en otros procesos
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históricos expansivos. La conciencia del individuo sobre el ser humano como especie y como identidad genérica se ha transformado e intensificado de alguna forma, alterando la política, el pensamiento social y la vida cotidiana para siempre:
Tras tres mil años de explosión especialista y de creciente especialización y alienación en las extensiones tecnológicas del cuerpo, nuestro mundo, en un drástico cambio de sentido, se ha vuelto agente de compresión. Eléctricamente contraído, el globo no es más que una aldea. La velocidad eléctrica con que se juntaron todas las funciones sociales y políticas en una implosión repentina ha elevado la conciencia humana de la responsabilidad en un grado intenso. Es este factor implosivo el que afecta a la condición del negro, del adolescente y de ciertos otros grupos. Ya no pueden ser contenidos, en el sentido político de asociación limitada. Ahora están implicados en nuestras vidas, y nosotros en la suya, gracias a los medios eléctricos. (McLuhan 1996, 27)
En referencia a la ambición moderna (y especialmente posmoderna) de aspirar a conocer y
experimentar la ―totalidad‖ de la realidad, McLuhan desarrolla un interesante argumento que apunta a la posibilidad de localizar en la tecnología eléctrica la fuente última de esta aspiración a lo total, tanto en el ámbito del pensamiento como en relación a la naturaleza, el mundo interno y los demás individuos:
La actual aspiración a la totalidad, empatía y profundidad de la conciencia es un adjunto natural de la tecnología eléctrica. La edad de la industria mecánica que nos precedió encontró en la afirmación vehemente de la perspectiva individual un modo de expresión natural. Todas las culturas y edades tienen un modelo preferido de percepción y conocimiento que suelen prescribir para todo y a todos. La marca característica de nuestra época es su repulsión hacia las pautas impuestas. De repente, nos hemos vuelto ansiosos de que la gente y las cosas declaren su ser en su totalidad. (McLuhan 1996, 77).
Así, McLuhan analiza procesos complejos en los que los medios juegan un papel vital y en los que sin embargo casi no se les ha conferido un papel. Por ejemplo: a los procesos de
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―colonización ideológica‖, tantas veces analizados, McLuhan aplica su metodología
―materialista tecnológica‖ de análisis, como resultado tenemos una posibilidad de
comprensión imprevista: al observarlos desde este ángulo distinto y sin embargo complementario, podemos implicar en el análisis sociológico un análisis cognitivo- tecnológico de estos procesos. Este enfoque permite comprender la profundidad y violencia de estos cambios a nivel simbólico, cognitivo y material:
De nada les servirán a los pueblos orientales las reservas culturales y espirituales que puedan tener respecto a nuestra tecnología. Los efectos de la tecnología no se producen al nivel de las opiniones o de los conceptos, sino que modifican los índices sensoriales, o pautas de percepción, regularmente y sin encontrar resistencia. El artista serio es el único que puede toparse impunemente con la tecnología, sólo porque es un experto consciente de los cambios en la percepción sensorial. (McLuhan 1996, 39)
Así, McLuhan plantea una visión novedosa, tanto para su época como para la nuestra, de la historia humana y del carácter definitorio que tiene en esta los cambios tecnológicos, en particular, las tecnologías de la comunicación. El tiempo, y el afán categorizador de muchos estudiosos, lo ha situado en la rama de los ―optimistas‖ respecto al desarrollo tecnológico y a nuestra era, condición que le valió un ascenso tan rápido como su propia desaparición de la esfera intelectual pública. Sin embargo, nos queda un llamado que permanece latente en la sociología actual:
Solo seremos capaces de ver las revolucionarias transformaciones producidas por los nuevos medios en la medida en que pongamos el acento sobre los medios en lugar de hacerlo sobre el contenido. Es por esto que el medio es el verdadero mensaje. (Marin, García y San Román 2003, 174)
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