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LA CAZA DEL VENADO

In document Operacion Paititi (página 80-102)

Estupenda sugerencia. Por ahí se llegaría a la larga, río abajo, a la ciudadela escondida y como la mañana estaba fresca, además de haber dormido bien, al menos yo, y con el estómago satisfecho, los dos marchamos playas abajo siguiendo el curso del río. Caminando por las arenosas y pedregosas playas, despejadas por trechos y llenas de arbustos en otros, los que teníamos que sortear abriéndonos trocha con la ayuda del machete de Eliseo, herramienta esta que formaba parte importante de su cotidiano atuendo; instrumento que no abandonaba su mano derecha, a menos que se tratara de estar sentados descansando o acampando por las noches y a la hora de las meriendas. Sujeto a la correa de mis pantalones tenía yo una chaveta de montañés, que desde muy pequeño había acostumbrado cargarla conmigo en cualquier hora del día, siempre que estaba en la selva.

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LA CAZA DEL VENADO

Estupenda sugerencia. Por ahí se llegaría a la larga, río abajo, a la ciudadela escondida y como la mañana estaba fresca, además de haber dormido bien, al menos yo, y con el estómago satisfecho, los dos marchamos playas abajo siguiendo el curso del río. Caminando por las arenosas y pedregosas playas, despejadas por trechos y llenas de arbustos en otros, los que teníamos que sortear abriéndonos trocha con la ayuda del machete de Eliseo, herramienta esta que formaba parte importante de su cotidiano atuendo; instrumento que no abandonaba su mano derecha, a menos que se tratara de estar sentados descansando o acampando por las noches y a la hora de las meriendas. Sujeto a la correa de mis pantalones tenía yo una chaveta de montañés, que desde muy pequeño había acostumbrado cargarla conmigo en cualquier hora del día, siempre que estaba en la selva.

Alrededor de las diez de la mañana nos detuvimos en seco al avistar en la playa, a unos doscientos metros más abajo, un par de venados con el pelaje rojizo y sin cuernos, características de los venados de la selva. Tranquilamente bebían de las aguas del río y no habían advertido nuestra cercanía. Con mucho sigilo y casi a gatas, nos desplazamos hasta el borde de la playa en relación con el bosque, procurando escondernos con las ramas y arbustos.

Eliseo me hizo una seña, que yo comprendí como que debía quedarme quieto y en silencio, mientras él se deslizaba por entre los arbustos. Así lo hice y él también continuó avanzando, acercándose a su presa. Se deslizaba sigilosamente, agazapado como el mejor de los felinos, sin producir ruido alguno que pudieran captar los finísimos oídos de los venados. Sus movimientos eran lentos y cuidadosos como los de un gato a la conquista del ratón. Caminaba tan encorvado que su cuerpo era una escuadra. De ratos iba a gatas. Yo lo observaba en silencio mientras también miraba a los venados, con el arma lista para dispararles si advertía que trataban de escapar, aunque a esa distancia difícilmente podría acertar el tiro, no obstante mi envidiable puntería. Eliseo ya se había perdido de mi vista y habían transcurrido varios minutos, los que me parecían largas e interminables horas.

Los venados disponen de un finísimo oído y perciben el más ligero movimiento extraño, advierten el peligro con asombrosa facilidad. Hubiera bastado que yo tosiera un tanto fuerte, a pesar de la distancia, para que de un par de brincos alcanzaran las espesuras del tupido bosque, desapareciendo raudamente del escenario.

Seguramente Eliseo estaba ya bastante cerca del par de ejemplares, porque estos se inquietaron un poco y girando sus cabezas de un lado al otro, orientaban sus orejas como antenas de radar, como percibiendo el inminente peligro. Dieron algunos pasos como preparándose a emprender la fuga, cuando de pronto se dejó escuchar el fuerte sonido explosivo de la escopeta. Era el certerísimo tiro efectuado por Eliseo. Vi al más grande dar un brinco por los aires y caer al suelo, volviéndose a incorporar con un segundo salto de unos dos metros de alto, para luego quedarse inmóvil en el sitio, tendido en el suelo. Al otro ni lo advertí, seguramente con el espantoso estruendo del disparo escapó velozmente introduciéndose en el monte.

Corrí playas abajo al encuentro del venado caído, brincando los troncos cruzados sobre la arena y tropezando con algunas piedras.

Alrededor de las diez de la mañana nos detuvimos en seco al avistar en la playa, a unos doscientos metros más abajo, un par de venados con el pelaje rojizo y sin cuernos, características de los venados de la selva. Tranquilamente bebían de las aguas del río y no habían advertido nuestra cercanía. Con mucho sigilo y casi a gatas, nos desplazamos hasta el borde de la playa en relación con el bosque, procurando escondernos con las ramas y arbustos.

Eliseo me hizo una seña, que yo comprendí como que debía quedarme quieto y en silencio, mientras él se deslizaba por entre los arbustos. Así lo hice y él también continuó avanzando, acercándose a su presa. Se deslizaba sigilosamente, agazapado como el mejor de los felinos, sin producir ruido alguno que pudieran captar los finísimos oídos de los venados. Sus movimientos eran lentos y cuidadosos como los de un gato a la conquista del ratón. Caminaba tan encorvado que su cuerpo era una escuadra. De ratos iba a gatas. Yo lo observaba en silencio mientras también miraba a los venados, con el arma lista para dispararles si advertía que trataban de escapar, aunque a esa distancia difícilmente podría acertar el tiro, no obstante mi envidiable puntería. Eliseo ya se había perdido de mi vista y habían transcurrido varios minutos, los que me parecían largas e interminables horas.

Los venados disponen de un finísimo oído y perciben el más ligero movimiento extraño, advierten el peligro con asombrosa facilidad. Hubiera bastado que yo tosiera un tanto fuerte, a pesar de la distancia, para que de un par de brincos alcanzaran las espesuras del tupido bosque, desapareciendo raudamente del escenario.

Seguramente Eliseo estaba ya bastante cerca del par de ejemplares, porque estos se inquietaron un poco y girando sus cabezas de un lado al otro, orientaban sus orejas como antenas de radar, como percibiendo el inminente peligro. Dieron algunos pasos como preparándose a emprender la fuga, cuando de pronto se dejó escuchar el fuerte sonido explosivo de la escopeta. Era el certerísimo tiro efectuado por Eliseo. Vi al más grande dar un brinco por los aires y caer al suelo, volviéndose a incorporar con un segundo salto de unos dos metros de alto, para luego quedarse inmóvil en el sitio, tendido en el suelo. Al otro ni lo advertí, seguramente con el espantoso estruendo del disparo escapó velozmente introduciéndose en el monte.

Corrí playas abajo al encuentro del venado caído, brincando los troncos cruzados sobre la arena y tropezando con algunas piedras.

En ese mismo momento vi salir a Eliseo del bosque portando la escopeta, y con pasos ligeros dirigiéndose hasta la presa conseguida. En su acecho había llegado hasta muy cerca del lugar por los venados escogido. Con qué habilidad lo habría hecho, que no se percataron de la presencia de su cazador, sino hasta que estuviera demasiado cerca como para no errar el tiro, y sonara el disparo mortal que dio en el costado del semental de la pareja, perforándole la región del corazón y destrozándolo entero.

Eliseo se detuvo a unos tres metros del venado caído y cuando yo llegué cerca de él, me hizo una enérgica seña de alto colocándome la mano sobre mi pecho, al tiempo que decía:

-¡No te acerques mucho, niño!, aún puede estar vivo. Cuando están solamente heridos son peligrosos, porque pueden saltar y darte una patada que te rompería muchos huesos.

Obedecí y ambos nos quedamos unos segundos observando al animal tendido en la arena, hasta que lo vimos sacudirse fuerte y estirar las patas muy tensamente, dando señal con tal actitud que acababa de morir.

-Ya murió -dijo Eliseo-, ahora podemos acercarnos.

Diciendo esto agarró la delantera, mientras yo me quedé unos segundos más, hasta comprobar su muerte definitiva, cuando Eliseo agarrando una de las patas la tiró haciendo un giro para que se volteara al otro lado, enseñando en el costado anverso un enorme forado, por donde le había salido el puñado de postas con que había sido cargado el cartucho de la escopeta.

-¡Caray, le has dado con la carga para tigre! -exclamé asombrado-, casi lo pulverizas todo.

-Tú, niño, has hecho las cargas de la escopeta; esto tenía mucha pólvora y mucho perdigón grueso, estas son postas (municiones de gran calibre, solamente usadas para fieras o animales grandes). -Los cartuchos colorados están cargados como para tigre o sachavaca -expliqué-, los amarillos son para animales menores y los verdes para las aves. La escopeta tenía puesto uno colorado.

-¿Tigre o sachavaca? Como para matar un elefante querrás decir. Casi me rompe la clavícula con la pateada -Comentó Eliseo sobándose entre el pecho y el

En ese mismo momento vi salir a Eliseo del bosque portando la escopeta, y con pasos ligeros dirigiéndose hasta la presa conseguida. En su acecho había llegado hasta muy cerca del lugar por los venados escogido. Con qué habilidad lo habría hecho, que no se percataron de la presencia de su cazador, sino hasta que estuviera demasiado cerca como para no errar el tiro, y sonara el disparo mortal que dio en el costado del semental de la pareja, perforándole la región del corazón y destrozándolo entero.

Eliseo se detuvo a unos tres metros del venado caído y cuando yo llegué cerca de él, me hizo una enérgica seña de alto colocándome la mano sobre mi pecho, al tiempo que decía:

-¡No te acerques mucho, niño!, aún puede estar vivo. Cuando están solamente heridos son peligrosos, porque pueden saltar y darte una patada que te rompería muchos huesos.

Obedecí y ambos nos quedamos unos segundos observando al animal tendido en la arena, hasta que lo vimos sacudirse fuerte y estirar las patas muy tensamente, dando señal con tal actitud que acababa de morir.

-Ya murió -dijo Eliseo-, ahora podemos acercarnos.

Diciendo esto agarró la delantera, mientras yo me quedé unos segundos más, hasta comprobar su muerte definitiva, cuando Eliseo agarrando una de las patas la tiró haciendo un giro para que se volteara al otro lado, enseñando en el costado anverso un enorme forado, por donde le había salido el puñado de postas con que había sido cargado el cartucho de la escopeta.

-¡Caray, le has dado con la carga para tigre! -exclamé asombrado-, casi lo pulverizas todo.

-Tú, niño, has hecho las cargas de la escopeta; esto tenía mucha pólvora y mucho perdigón grueso, estas son postas (municiones de gran calibre, solamente usadas para fieras o animales grandes). -Los cartuchos colorados están cargados como para tigre o sachavaca -expliqué-, los amarillos son para animales menores y los verdes para las aves. La escopeta tenía puesto uno colorado.

-¿Tigre o sachavaca? Como para matar un elefante querrás decir. Casi me rompe la clavícula con la pateada -Comentó Eliseo sobándose entre el pecho y el

hombro derechos, donde se apoya la culata de la escopeta para disparar. Levantamos el venado para llevarlo junto a la corriente del río y comenzar la tarea de sacarle la piel mientras estuviera todavía con el cuerpo tibio.

-Y ahora ¿qué vamos a hacer con tanta carne? -Comenté poniéndome de cuclillas junto al venado y contem- plando su enorme cuerpo.

-Haremos chalona, niño -Dispuso alegremente, como si hacerlo fuera parte del juego, de ese juego infantil convertido en algo serio, y no poco serio, tratándose de Paititi.

Para hacer chalona la carne se corta en filetes grandes, los que se unta con gran cantidad de sal y se lo deja expuesto al sol sobre una piedra muy caliente del río. Ese es el proceso para hacer la chalona de la selva. La chalona de la sierra pueda que tenga otro procedimiento; siempre lo habíamos consumido en casa, pero era la que traían los arrieros procedentes de Paucartambo, y allí llegaba de las provincias altas, donde los rayos solares no hacen su trabajo sino acompañados del frío y las heladas, que

caracteriza a estas regiones también llamadas punas, y lo hacen de cordero, por eso es casi blanca; en cambio la cecina la hacen de res o de alpaca y es roja oscura.

-Una parte comemos ahora y otra nos llevamos asada para el camino -Terminó diciendo Eliseo.

-Aun así, yo creo que esto es un desperdicio. Siento remordimiento sabiendo que tendremos que abandonar mucha carne que se echará a perder -Terminé diciendo algo consternado y un poco triste.

-No te hagas problema por eso, niño. Siempre hay otro animal que anda buscando qué comer. Ya vendrán y nos agradecerán el haberles dejado su parte. Aquí en la selva nada se echa a perder, niño. Dentro de un par de días sólo huesos quedarán esparcidos por doquier. Los gallinazos, los tigres, las hormigas, hasta las mariposas, todos, todos dan cuenta de lo que encuentran a su paso. Así son acá -Terminó diciendo. Comprendí que estaba en lo cierto. Qué bien me hizo saber que en la selva todo lo natural se recicla, nada se echa a perder. Que así se

hombro derechos, donde se apoya la culata de la escopeta para disparar. Levantamos el venado para llevarlo junto a la corriente del río y comenzar la tarea de sacarle la piel mientras estuviera todavía con el cuerpo tibio.

-Y ahora ¿qué vamos a hacer con tanta carne? -Comenté poniéndome de cuclillas junto al venado y contem- plando su enorme cuerpo.

-Haremos chalona, niño -Dispuso alegremente, como si hacerlo fuera parte del juego, de ese juego infantil convertido en algo serio, y no poco serio, tratándose de Paititi.

Para hacer chalona la carne se corta en filetes grandes, los que se unta con gran cantidad de sal y se lo deja expuesto al sol sobre una piedra muy caliente del río. Ese es el proceso para hacer la chalona de la selva. La chalona de la sierra pueda que tenga otro procedimiento; siempre lo habíamos consumido en casa, pero era la que traían los arrieros procedentes de Paucartambo, y allí llegaba de las provincias altas, donde los rayos solares no hacen su trabajo sino acompañados del frío y las heladas, que

caracteriza a estas regiones también llamadas punas, y lo hacen de cordero, por eso es casi blanca; en cambio la cecina la hacen de res o de alpaca y es roja oscura.

-Una parte comemos ahora y otra nos llevamos asada para el camino -Terminó diciendo Eliseo.

-Aun así, yo creo que esto es un desperdicio. Siento remordimiento sabiendo que tendremos que abandonar mucha carne que se echará a perder -Terminé diciendo algo consternado y un poco triste.

-No te hagas problema por eso, niño. Siempre hay otro animal que anda buscando qué comer. Ya vendrán y nos agradecerán el haberles dejado su parte. Aquí en la selva nada se echa a perder, niño. Dentro de un par de días sólo huesos quedarán esparcidos por doquier. Los gallinazos, los tigres, las hormigas, hasta las mariposas, todos, todos dan cuenta de lo que encuentran a su paso. Así son acá -Terminó diciendo. Comprendí que estaba en lo cierto. Qué bien me hizo saber que en la selva todo lo natural se recicla, nada se echa a perder. Que así se

refleja la evidencia del ciclo que demanda la evolución de las especies.

Ocupados en dicha tarea estuvimos hasta que el sol se colocó en el cenit. Hicimos asado y almorzamos esta vez con rabadilla y rabo de venado, la presa más apetitosa y exquisita de este animal asado al fuego directo.

11

LA TEMPESTAD

Después de merendar platicando animadamente, sentados en media playa, no sin antes darnos un buen baño en las aguas frescas del río Pantiacolla, nos tendimos en la arena, aprovechando la sombra que proyectaba la frondosa copa de un enorme árbol de pisonay, que cerca de la orilla sobrevivía a las crecientes exhibiendo su colorida floresta. Fumamos mientras contemplábamos algunas nubes blancas y muy altas, decorando el azul profundo del firmamento con sus enigmáticas figuras, que perduran el tiempo escaso que duran algunos sueños. Allí fue cuando Eliseo me preguntó sobre la vida del colegio, queriendo saber qué destino me esperaba con la educación que estaba recibiendo en la ciudad, a lo que expliqué diciéndole que nunca estuve de acuerdo con los estudios en los colegios, con la vida de la ciudad; que en la selva se aprendía mejor sobre la vida.

refleja la evidencia del ciclo que demanda la evolución de las especies.

Ocupados en dicha tarea estuvimos hasta que el sol se colocó en el cenit. Hicimos asado y almorzamos esta vez con rabadilla y rabo de venado, la presa más apetitosa y exquisita de este animal asado al fuego directo.

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LA TEMPESTAD

Después de merendar platicando animadamente, sentados en media playa, no sin antes darnos un buen baño en las aguas frescas del río Pantiacolla, nos tendimos en la arena, aprovechando la sombra que proyectaba la frondosa copa de un enorme árbol de pisonay, que cerca de la orilla sobrevivía a las crecientes exhibiendo su colorida floresta. Fumamos mientras contemplábamos algunas nubes blancas y muy altas, decorando el azul profundo del firmamento con sus enigmáticas figuras, que perduran el tiempo escaso que duran algunos sueños. Allí fue cuando Eliseo me preguntó sobre la vida del colegio, queriendo saber qué destino me esperaba con la educación que estaba recibiendo en la ciudad, a lo que expliqué diciéndole que nunca estuve de acuerdo con los estudios en los colegios, con la vida de la ciudad; que en la selva se aprendía mejor sobre la vida.

Que en la selva estaba mi verdadera felicidad y que la ciudad sólo me atormentaba. Desde que me llevaron por primera vez a estudiar, a la edad de ocho años y medio, esperaba contando los días en el almanaque, para que llegara la temporada de vacaciones escolares y poder reunirme con mi familia, mi naturaleza, mi cuna; encontrarme con la libertad de poder andar descalzo, lejos de las matemáticas, el algebra y la geometría. Me enronchaba la piel de alergia tan sólo con pensar en los tediosos desfiles y saludos a la bandera, sus castigos por llegar tarde o no cumplir con las tareas, que son un verdadero martirio, porque le roban a los niños y los jóvenes preciosos minutos de juego y diversión, terrenos éstos muy fértiles para la creación y en consecuencia para que florezca la imaginación. Luego, con harta carga de melancolía agregaba diciendo cómo extrañaba mis gallinas cuando estaba en la ciudad; mi gallo, Chaplín el mejor perro del mundo, mi carabina y mis anzuelos; cómo extrañaba mi paraíso estando en el colegio. Cómo extrañaba los ríos, los montes y las fogatas, las estrellas y las nubes, las lluvias y las tardes para dormir sobre la arena del río

In document Operacion Paititi (página 80-102)