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LA MONTAÑA DE PANTIACOLLA

In document Operacion Paititi (página 102-158)

Aun teníamos qué desayunar, pues todavía sobraban algunos trozos de venado que no pudimos acabar en la cena anterior. Luego hizo su aparición Eliseo portando en su mano un picuro, aunque no de gran tamaño, pues no era adulto, condición esta que lo pone en un nivel de primera en la escala gourmet de la selva.

-Y ahora ¿Qué comemos Eliseo?, ¿picuro o el venado que nos sobró anoche? -Dije en un tono que expresaba algo de sarcasmo.

-Picuro, niño, porque venado ya no hay, me lo comí a media noche porque sentí hambre Contestó y se fue a la orilla del río a preparar lo que había cazado dejándome la respuesta a mi comen- tario.

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LA MONTAÑA DE PANTIACOLLA

Aun teníamos qué desayunar, pues todavía sobraban algunos trozos de venado que no pudimos acabar en la cena anterior. Luego hizo su aparición Eliseo portando en su mano un picuro, aunque no de gran tamaño, pues no era adulto, condición esta que lo pone en un nivel de primera en la escala gourmet de la selva.

-Y ahora ¿Qué comemos Eliseo?, ¿picuro o el venado que nos sobró anoche? -Dije en un tono que expresaba algo de sarcasmo.

-Picuro, niño, porque venado ya no hay, me lo comí a media noche porque sentí hambre Contestó y se fue a la orilla del río a preparar lo que había cazado dejándome la respuesta a mi comen- tario.

Yo encendí la hoguera y procedimos a limpiarlo quemando sus cerdas en el fuego. Colocamos dos postes a los costados de la fogata, con unos tronquillos que fui a cortarlos con el machete, para luego insertar en ellos una barra horizontal encima del fuego, atravesando el picuro en ella como lo hacen en el cine. Lamentamos no contar con su guarnición de yuca sancochada, con lo que su exquisita carne fina cobra un valor insuperable de sabor.

El desayuno se consumó y la marcha se reinició siempre por la orilla, hasta más o menos las once de la mañana, en que nos detuvimos a beber agua del río y al no soportar más el solazo que nos quemaba la cabeza y la espalda, nos desvestimos y entramos a un remanso para nadar y remojarnos. Nos sentamos a descansar encima de una piedra de regular tamaño que estaba casi en la mitad del cause, luego de mojarla echándole varias veces agua con las manos hasta que se enfriara, pues parecía una plancha de lavandería; así dejamos que nuestros cuerpos mojados se vaporizaran al contacto con los rayos del sol. Al minuto se levantó Eliseo para ir a traer un cigarrillo encendido, que lo fumamos alternadamente mientras desatábamos una conversación:

-¿Dónde quedará el aguajal? -Pregunté mirando el cerro que a la izquierda del río se elevaba.

-Por aquí podemos seguir, pero el aguajal ya hemos pasado. La señora nos dijo que estaba a medio día y ya hemos caminado dos y medio; pero por aquí debe haber otro aguajal cerca, esta mañana vi excremento de sachavaca en la playa, y eso me indica con seguridad que está muy cerca su comedero.

Diciendo esto me pidió le alcanzara el cigarrillo ya casi por la mitad, el cual se lo fumó con mucho deleite, como lo suelen hacer los que no son fumadores compulsivos. Qué lejos estábamos de la casa y mis padres no sabían nada de esto. Comentamos haciendo juicios sobre lo que estarían pensando que estábamos en el Cusco. Una sensación de remordimiento fue apoderándose de mí, tal vez queriendo nacer un atisbo de culpabilidad. Si algo sucediera no tendrían noticias de nosotros, pensé. Comencé a sentir nostalgia. No debí haber hecho esto tal vez, pero quizás llegue al Paititi y entonces mi sueño se habrá cumplido, me consolaba pensando. Ya mi cerebro se dejaba nuevamente absorber por el misterio que quería descorrer, y con disimulo, como haciendo una charla sin interés, pregunté a Eliseo:

Yo encendí la hoguera y procedimos a limpiarlo quemando sus cerdas en el fuego. Colocamos dos postes a los costados de la fogata, con unos tronquillos que fui a cortarlos con el machete, para luego insertar en ellos una barra horizontal encima del fuego, atravesando el picuro en ella como lo hacen en el cine. Lamentamos no contar con su guarnición de yuca sancochada, con lo que su exquisita carne fina cobra un valor insuperable de sabor.

El desayuno se consumó y la marcha se reinició siempre por la orilla, hasta más o menos las once de la mañana, en que nos detuvimos a beber agua del río y al no soportar más el solazo que nos quemaba la cabeza y la espalda, nos desvestimos y entramos a un remanso para nadar y remojarnos. Nos sentamos a descansar encima de una piedra de regular tamaño que estaba casi en la mitad del cause, luego de mojarla echándole varias veces agua con las manos hasta que se enfriara, pues parecía una plancha de lavandería; así dejamos que nuestros cuerpos mojados se vaporizaran al contacto con los rayos del sol. Al minuto se levantó Eliseo para ir a traer un cigarrillo encendido, que lo fumamos alternadamente mientras desatábamos una conversación:

-¿Dónde quedará el aguajal? -Pregunté mirando el cerro que a la izquierda del río se elevaba.

-Por aquí podemos seguir, pero el aguajal ya hemos pasado. La señora nos dijo que estaba a medio día y ya hemos caminado dos y medio; pero por aquí debe haber otro aguajal cerca, esta mañana vi excremento de sachavaca en la playa, y eso me indica con seguridad que está muy cerca su comedero.

Diciendo esto me pidió le alcanzara el cigarrillo ya casi por la mitad, el cual se lo fumó con mucho deleite, como lo suelen hacer los que no son fumadores compulsivos. Qué lejos estábamos de la casa y mis padres no sabían nada de esto. Comentamos haciendo juicios sobre lo que estarían pensando que estábamos en el Cusco. Una sensación de remordimiento fue apoderándose de mí, tal vez queriendo nacer un atisbo de culpabilidad. Si algo sucediera no tendrían noticias de nosotros, pensé. Comencé a sentir nostalgia. No debí haber hecho esto tal vez, pero quizás llegue al Paititi y entonces mi sueño se habrá cumplido, me consolaba pensando. Ya mi cerebro se dejaba nuevamente absorber por el misterio que quería descorrer, y con disimulo, como haciendo una charla sin interés, pregunté a Eliseo:

-Y tú, ¿llegaste a ir alguna vez al Paititi? -No, niño, pero mi padre sí. Él decía que ese pueblo de los antiguos queda por aquí adentro, tal vez sea por estos sitios - Decía, y al decir, dejaba sentir algo en su tono de voz, como un resuello de melancolía que yo traducía como que no estábamos muy lejos ya.

-Este cerro, ¿qué se llama? -Pregunté mirando al cerro al que me sugiriera subir rato antes.

-Pantiacolla Pronunció.

Un salto brusco dio mi corazón. Esa montaña que quedaba frente a mí, tan cerca de mis manos, era nada menos que el mismísimo Pantiacolla. No sé si sentí cierto temor o quizás una emoción desmedida, pero ciertamente alteró la cadencia del palpitar de mi corazón. Era el Pantiacolla. Eso quería decir que tal vez estábamos muy cerca del Paititi. Quizás caminando un poco más encontraríamos el gran portón y descenderíamos por aquellos escalones de piedra. Tal vez esta se situaba a la manera de Machupijchu, en la cima de aquel cerro imponente y majestuoso que se erguía desde la playa opuesta a la que estábamos, poblado de árboles añosos y gigantes. Era el Pantiacolla, nada más ni nada menos; ahí estaba como un

coloso, como un gigante que cuida la selva y sus misterios desde los tiempos de la creación. Pensé todo eso en silencio, contemplando atónito la grandeza de tal cerro, haciéndose aún más grande desde el momento en que Eliseo me dijera que así se llamaba, pues tomaba una importancia muy especial desde entonces para mi objetivo.

Eliseo interrumpió el silencio para decirme mientras se ponía de pie:

-Espérame aquí un rato niño, voy a traer algo para comer, ya está cerca las doce, tenemos que descansar bien y alimentarnos para subir al Pantiacolla. Allí encontraremos sachavaca. Ya regreso, no demoro -, y tomando al paso la carabina desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

Me zambullí en las aguas y me puse a nadar mientras mi compañero estaba ausente, pues el calor del medio día hacía arder el cuerpo y la cabeza. Estuve metido en el agua todo el tiempo que demoró en volver. No había escuchado disparo alguno, tal vez porque el sonido que producía la carabina, como que era de calibre veintidós, era muy débil en relación con

-Y tú, ¿llegaste a ir alguna vez al Paititi? -No, niño, pero mi padre sí. Él decía que ese pueblo de los antiguos queda por aquí adentro, tal vez sea por estos sitios - Decía, y al decir, dejaba sentir algo en su tono de voz, como un resuello de melancolía que yo traducía como que no estábamos muy lejos ya.

-Este cerro, ¿qué se llama? -Pregunté mirando al cerro al que me sugiriera subir rato antes.

-Pantiacolla Pronunció.

Un salto brusco dio mi corazón. Esa montaña que quedaba frente a mí, tan cerca de mis manos, era nada menos que el mismísimo Pantiacolla. No sé si sentí cierto temor o quizás una emoción desmedida, pero ciertamente alteró la cadencia del palpitar de mi corazón. Era el Pantiacolla. Eso quería decir que tal vez estábamos muy cerca del Paititi. Quizás caminando un poco más encontraríamos el gran portón y descenderíamos por aquellos escalones de piedra. Tal vez esta se situaba a la manera de Machupijchu, en la cima de aquel cerro imponente y majestuoso que se erguía desde la playa opuesta a la que estábamos, poblado de árboles añosos y gigantes. Era el Pantiacolla, nada más ni nada menos; ahí estaba como un

coloso, como un gigante que cuida la selva y sus misterios desde los tiempos de la creación. Pensé todo eso en silencio, contemplando atónito la grandeza de tal cerro, haciéndose aún más grande desde el momento en que Eliseo me dijera que así se llamaba, pues tomaba una importancia muy especial desde entonces para mi objetivo.

Eliseo interrumpió el silencio para decirme mientras se ponía de pie:

-Espérame aquí un rato niño, voy a traer algo para comer, ya está cerca las doce, tenemos que descansar bien y alimentarnos para subir al Pantiacolla. Allí encontraremos sachavaca. Ya regreso, no demoro -, y tomando al paso la carabina desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

Me zambullí en las aguas y me puse a nadar mientras mi compañero estaba ausente, pues el calor del medio día hacía arder el cuerpo y la cabeza. Estuve metido en el agua todo el tiempo que demoró en volver. No había escuchado disparo alguno, tal vez porque el sonido que producía la carabina, como que era de calibre veintidós, era muy débil en relación con

el de la escopeta, o porque en momentos que se producía el supuesto disparo yo zambullía dentro del agua, mirando las piedrecillas y algunos pececillos juguetones que hacían más plácida mi permanencia. Pero transcurrida media hora aproximadamente de tranquila espera, Eliseo apareció con una pava en la mano caminando por la playa.

-Yo también me voy a bañar -Dijo dejando la tremenda presa junto a la carabina que arrimó en una piedra, y desnudándose se zambulló en las corrientes frescas del río Pantiacolla, donde disfrutamos de muchos minutos de refrescante chapoteo y solaz esparcimiento.

Así estuvimos durante unos quince minutos más, hasta que salimos para preparar la pava asada haciendo la fogata como todos los días. En realidad ya estábamos en el quinto día de expedición desde nuestra salida la noche del lunes. En conclusión era viernes y no recuerdo la fecha aquella, sólo el mes, enero; cuando está en pleno apogeo la temporada de lluvias y ya son fuertes en la región de la selva, sorprendiendo con su avalancha inesperada a cuanto incauto no tuviera las previsiones del caso. Una tormenta en

la selva tiene su especial configuración. Al escuchar los truenos y empequeñecido y tembloroso ver los relámpagos, y sentir acurrucado el sonido de alguno que otro rayo que cae sobre la copa de un árbol al que derriba, recuerda las lecciones de Historia Universal que dictaba con mucha vehemencia el profesor en el colegio, y entonces uno imagina que fuera el fragor de la batalla celestial que libran los dioses del Olimpo. Cada estruendo producido por una tempestad remece el ser sacudiéndolo desde los huesos. El cielo se parte como un cascarón de huevo y el fogonazo ilumina todas las cosas con una luz eléctrica de gran poder. Esos fenómenos aumentan las angustias y la desesperación. Hacen sentirse tan pequeño, que dan ganas de ocultarse debajo de los árboles como meros e insignificantes corderillos. En esos momentos recuerdo con certeza el pensamiento de alguien que dijo cierta vez, estando de visita en la casa hacienda de mis padres: “La selva es un asunto para valientes”.

Reconfortante y refrescante por demás fue el remojón que duró varios minutos, tal vez una hora. Salimos de las aguas y me enfundé en mis ropas, aunque Eliseo no lo hizo del todo, colocándose únicamente la truza, y preparamos la fogata con abundante leña, que ardió haciendo

el de la escopeta, o porque en momentos que se producía el supuesto disparo yo zambullía dentro del agua, mirando las piedrecillas y algunos pececillos juguetones que hacían más plácida mi permanencia. Pero transcurrida media hora aproximadamente de tranquila espera, Eliseo apareció con una pava en la mano caminando por la playa.

-Yo también me voy a bañar -Dijo dejando la tremenda presa junto a la carabina que arrimó en una piedra, y desnudándose se zambulló en las corrientes frescas del río Pantiacolla, donde disfrutamos de muchos minutos de refrescante chapoteo y solaz esparcimiento.

Así estuvimos durante unos quince minutos más, hasta que salimos para preparar la pava asada haciendo la fogata como todos los días. En realidad ya estábamos en el quinto día de expedición desde nuestra salida la noche del lunes. En conclusión era viernes y no recuerdo la fecha aquella, sólo el mes, enero; cuando está en pleno apogeo la temporada de lluvias y ya son fuertes en la región de la selva, sorprendiendo con su avalancha inesperada a cuanto incauto no tuviera las previsiones del caso. Una tormenta en

la selva tiene su especial configuración. Al escuchar los truenos y empequeñecido y tembloroso ver los relámpagos, y sentir acurrucado el sonido de alguno que otro rayo que cae sobre la copa de un árbol al que derriba, recuerda las lecciones de Historia Universal que dictaba con mucha vehemencia el profesor en el colegio, y entonces uno imagina que fuera el fragor de la batalla celestial que libran los dioses del Olimpo. Cada estruendo producido por una tempestad remece el ser sacudiéndolo desde los huesos. El cielo se parte como un cascarón de huevo y el fogonazo ilumina todas las cosas con una luz eléctrica de gran poder. Esos fenómenos aumentan las angustias y la desesperación. Hacen sentirse tan pequeño, que dan ganas de ocultarse debajo de los árboles como meros e insignificantes corderillos. En esos momentos recuerdo con certeza el pensamiento de alguien que dijo cierta vez, estando de visita en la casa hacienda de mis padres: “La selva es un asunto para valientes”.

Reconfortante y refrescante por demás fue el remojón que duró varios minutos, tal vez una hora. Salimos de las aguas y me enfundé en mis ropas, aunque Eliseo no lo hizo del todo, colocándose únicamente la truza, y preparamos la fogata con abundante leña, que ardió haciendo

chisporrotear las ramas y los carrizos que consumía vorazmente.

La pava se asó muy bien y mordimos las presas con gran apetito, sensación que nos provocó el empalagoso baño del medio día caluroso. No dejamos más que los huesos casi triturados desparramados en la arena, como único rastro y constancia de que allí estuviéramos aquel viernes a la mitad del día.

Con el estómago repleto y las fuerzas renovadas, nos dispusimos a cruzar a la orilla opuesta del río. Lo hicimos con solamente medio cuerpo vestido, el agua nos llegaba hasta el ombligo en su parte más profunda y sosteniendo a buena altura nuestras demás ropas y mis zapatos, más los equipajes y armas, nos metimos en el río donde antes nos habíamos bañado, cruzándolo sin problema alguno. Llegados al otro lado, nos vestimos y siendo más o menos como las dos de la tarde, empezamos a caminar en pos de las faldas del Pantiacolla, que comenzaba a erguirse a no más de doscientos metros de distancia, dispuestos a trepar, Eliseo con la esperanza cifrada en las sachavacas, y yo con la ilusión de encontrar pronto la ciudadela de mis sueños: el Paititi.

13

LA BOA

Subíamos el gran cerro caminando por debajo de grandes y frondosos árboles, tétricos y sombríos, guardando por décadas, siglos y hasta milenios, el testimonio de la eterna soledad sin la presencia del hombre, de lo impenetrable, de lo virgen, de lo inexpugnable. Con su concierto clásico de mil sonidos que se confunden, haciéndose indefinidos en la sinfonía mágica de cantares y trinos, de onomatopeyas que dan origen a términos, que luego van a incrementar el caudal de la lengua nativa de la región. Chillidos de monos de diversas especies que juguetean curiosos y traviesos: maquisapas, musmuquis, ccotos y fraylecillos observándonos pasar con asombro por debajo de ellos. Loros que al espantarse gritan y se alborotan sacudiendo sus alas en alarmante vuelo. Pájaros exóticos que contemplan inquietos la presencia nuestra a través de sus dominios. Algún animalillo que

chisporrotear las ramas y los carrizos que consumía vorazmente.

La pava se asó muy bien y mordimos las presas con gran apetito, sensación que nos provocó el empalagoso baño del medio día caluroso. No dejamos más que los huesos casi triturados desparramados en la arena, como único rastro y constancia de que allí estuviéramos aquel viernes a la mitad del día.

Con el estómago repleto y las fuerzas renovadas, nos dispusimos a cruzar a la orilla opuesta del río. Lo hicimos con solamente medio cuerpo vestido, el agua nos llegaba hasta el ombligo en su parte más profunda y sosteniendo a buena altura nuestras demás ropas y mis zapatos, más los equipajes y armas, nos metimos en el río donde antes nos habíamos bañado, cruzándolo sin problema alguno. Llegados al otro lado, nos vestimos y siendo más o menos como las dos de la tarde, empezamos a caminar en pos de las faldas del Pantiacolla, que comenzaba a erguirse a no más de doscientos metros de distancia, dispuestos a trepar, Eliseo con la esperanza cifrada en las sachavacas, y yo con la ilusión de encontrar pronto la ciudadela de mis sueños: el Paititi.

13

LA BOA

Subíamos el gran cerro caminando por debajo de grandes y frondosos árboles, tétricos y sombríos, guardando por décadas, siglos y hasta milenios, el testimonio de la eterna soledad sin la presencia del hombre, de lo impenetrable, de lo virgen, de

In document Operacion Paititi (página 102-158)