El segundo término de esta dialéctica que se plantea en la síntesis práctica es el referente a la “infinitud práctica” y que Ricoeur expresa mediante el concepto de “felicidad”, de acuerdo con el cumplimiento de dos propósitos planteados por su investigación:
1. La definición de la “felicidad” como dimensión de la “infinitud práctica”.
2. La definición de la “desproporción práctica” compuesta por la oposición entre carácter y felicidad.
Así, para definir la “felicidad”, Ricoeur parte del concepto de “sentido”, de manera tal que la “desproporción” que ocurre entre el sentido y la perspectiva resultará en la desproporción práctica entre la felicidad y el carácter.
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De este modo, partiendo del hecho de que la felicidad es esencialmente “desborde”92, Ricoeur se propone encarar el estudio de esa “obra del hombre” a través de una relectura de Kant, considerándola no como algo simplemente “grato de la vida”, pues en ese caso no sería totalidad ni de sentido ni de contento sino sólo “una suma de placer”. En efecto, siguiendo los postulados kantianos, Ricoeur propone abordar la felicidad en cuanto a su totalidad, en lo que tiene de “soberano bien”, que es “aquello por causa de lo cual hacemos todo lo demás”, en términos del filósofo de Königsberg. Por tanto, reconoce en la felicidad una dimensión de infinitud:
“La felicidad es cosa muy distinta. No es un término finito; debe ser con relación al conjunto de las aspiraciones humanas lo que el mundo es respecto al ámbito de la percepción. Así como el mundo es el horizonte de la cosa, la felicidad es el horizonte en todos los aspectos y a todos los efectos. El mundo no es horizonte a todos los efectos ni en todos los aspectos; no es más que la contrapartida de un género de finitud y de un tipo de actitud: de mi finitud y de mi actitud ante la cosa” (FC, 115).
Como podemos ver, en su análisis, Ricoeur reúne conceptos de Aristóteles y de Kant, por cuanto, al igual que el Estagirita, identifica la felicidad con el bien supremo, como “acto del hombre en su indivisión y totalidad”, y toma como base para sus estudios el concepto cognoscitivo de “sentido” aplicado a lo que él llama “acto del hombre” (el ergon aristotélico), que tiene que ver con “la función del hombre”. Pero Ricoeur se propone ir más allá: no considera a la felicidad como simple “suma” de momentos agradables, sino como “un todo”. Esa totalidad buscada coincidirá con el proyecto de la razón que es, ella misma, exigencia de totalidad y que, por tanto, posibilita que el hombre pueda diferenciar cuándo la felicidad es Bien supremo y cuándo es suma de placeres. De este modo, se entrelazaría el “acto del hombre” con el “proyecto existencial” de la razón. Dentro de este panorama, cabe aclarar, la felicidad y la razón son complementarias:
92 "En efecto, con el término felicidad no apuntamos a una forma particular de desbordamiento o de
trascendencia humana, sino al panorama integral de todos los aspectos del desbordamiento (…) Pero entonces debemos interrogar y examinar la obra del hombre en su indivisión y en su totalidad" (FC,
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“La razón exige la totalidad, pero el instinto de felicidad, en su carácter de sentimiento que presagia la realización final, más bien que comunicarla, me garantiza que voy dirigido hacia esa dicha total que la razón exige. La razón nos abre la dimensión de la totalidad, pero la que nos asegura que esa razón no nos es extraña, que coincide con nuestro destino, que es interior a él y, por decirlo así, cooriginario con él, es la conciencia de esa dirección” (FC, 120).
La felicidad, en definitiva, es también conciencia. Conciencia precisamente en el sentido que venimos elaborando a lo largo de este trabajo y que, a su vez, se irá enriqueciendo paulatinamente a medida que conquistemos el concepto de ipseidad tan característico y prolífico en la obra ricoeuriana. Para ello Ricoeur se apoyará en Bergson para aclarar este punto:
"El hecho curioso es que el carácter es una totalidad que sólo se manifiesta en los indicios de una expresión. En ese sentido son expresivos y significativos ciertos sentimientos: `Cada uno tenemos nuestra manera de amar y de odiar, y ese amor, ese odio, refleja la personalidad íntegra de cada uno´. La profundidad del sentimiento no es más que ese poder de expresión total: `Cada uno de esos sentimientos representa toda el alma, suponiendo que hayan alcanzado la suficiente profundidad´; en uno sólo de esos sentimientos se revela todo ese carácter -Bergson dice toda la personalidad- `con tal de que se lo sepa escoger´" (FC, 107).
Por último, como superación de los términos de la síntesis práctica, Ricoeur introduce el concepto de “respeto” en juego con el concepto de “persona”. Habiendo constituido la desproporción práctica como dialéctica entre carácter (finitud práctica) y felicidad (infinitud práctica), Ricoeur ahora busca la síntesis entre la felicidad y el carácter93.
93 “Is not obvious, however, that the concept of the person, far from concelling out the tension between
happiness and character, between the infinite and the finite, rather presupposes it? Indeed, I do not see the person, but I ought to treat the other and myself as a person. I am not a person by immanent right, I
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