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2. Estado del arte: relaciones sociales interclase y dimensión simbólica

3.1. La cuestión interclase: marco sociológico

La cuestión interclase es una dimensión constitutiva de las relaciones de poder entre las

clases sociales, y una categoría básica para la comprensión de la dinámica de la estructura de clases, de la tensión entre determinaciones estructurales y la capacidad de agencia de los actores sociales y sus roles políticos, y para el estudio de las formaciones sociales y culturales locales. Su naturaleza está determinada por las formas de apropiación o control del capital económico, social y cultural y de su conversión en poder simbólico por parte de los diversos actores, y puede ser comprendida mediante disímiles factores relacionales en la interacción entre individuos y grupos específicos, y no sólo de acuerdo con su proximidad o distancia en una escala social; es decir, no sólo por referencia a la situación de clase en una sociedad, territorio y periodo determinados, sino por las posiciones ocupadas dentro o elaboradas en relación con tal estructura de clases en una coyuntura política específica.

Como hemos observado, las ciencias sociales y humanas han dado un uso extensivo a la cuestión interclase como categoría analítica, lo que a nuestro juicio ha producido un doble

efecto de legitimación y subsidiariedad. Este fenómeno resulta especialmente visible en sociología urbana, antropología cultural y ciencia política del conflicto, por cuanto estas

3. Teoría

áreas del saber utilizan la cuestión interclase como una herramienta justificada en sí misma para la explicación de ciertos aspectos de problemas que consideran más relevantes.

Interclase resulta, en suma, una categoría subsidiaria en el análisis de múltiples problemas

mayores. Nuestro propósito es concederle un lugar prioritario en el análisis de las relaciones entre grupos y clases sociales en coyunturas políticas específicas de sociedades urbanas en recomposición, donde la cuestión simbólica adquiere especial relevancia, con base en el caso del Distrito de Aguablanca, en Cali, Colombia, entre 1980 y 1995.

En El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, Marx (1852, 1974, 2003) considera a las

alianzas interclase como parte de los lazos de dependencia producidos por las relaciones de poder, usualmente se generaban en tiempos de efervescencia política y podían difuminar las diferencias entre intereses individualistas e intereses comunes. Marx no afirma la existencia de una clara línea psicológica entre los miembros de las clases, sino que señala sus ambigüedades, acentuadas por coyunturas políticas y económicas que revierten en dudas e inconsistencias dentro de los diversos grupos de clase (Miller, 2003). Estas ambigüedades hicieron del periodo revolucionario de 1848 algo abigarradamente contradictorio: “alianzas cuya primera cláusula es la separación, luchas cuya primera ley es la indecisión (…) pasiones sin verdad; verdades sin pasión” (Marx, 2003:36). Detrás de la crisis política y las alianzas interclase el elemento que separaba a las fracciones de clase eran realmente las condiciones materiales de vida, y no lo principios - “dos especies distintas de propiedad” - , pues tanto sobre las diversas formas de propiedad como sobre las condiciones sociales de existencia se levanta “toda una superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de vida diversos y plasmados de un modo peculiar” que tiene un carácter de clase y es introyectada por la tradición y la educación (Marx, 2003:39); es decir, posee claramente una base simbólica. La implícita demanda de coherencia de Marx a sus contemporáneos se verá, como muchas veces a través de la historia, nuevamente desafiada en esa suerte de reino de la indeterminación negociada que fue el DAB en Cali entre 1980 y 1995. La concepción marxista de clase indica una relación histórica, un proceso y un fenómeno interaccional, no una posición en una jerarquía (Thompson, 1968; Zeitlin, 1980; McNall et al, 1991, citados por Fantasia, 1995). Las clases son configuraciones sociales

estructuradas desde fuera (en términos de las cambiantes “bases y formas de sistemas interclase de relaciones materiales y simbólicas”) y desde dentro (“relaciones intraclase”,

3. Teoría

también denominadas “formación de clase”), pero las clases siempre son también configuraciones sociales parciales, tanto que constantemente están en un proceso de organización, desorganización, y reorganización en relación con sus conflictos con otras clases (Wacquant, 1995). La diferenciación social entre las clases puede variar, acortándose o ampliándose, como en las mencionadas “extrañas alianzas políticas policlasistas” en las ciudades latinoamericanas masificadas que señala Romero (1976). En Cali las elites políticas y de poder habrían desarrollado tanto una empresa hegemónica de corte filantrópico, como una política urbana, entremezcladas con una maquinaria electoral, para enfrentar los problemas sociales y los riesgos sociales de la aparición del DAB y sus flujos de inmigrantes, por lo cual es lógico postular que el antagonismo de clase (una constante estructural de las relaciones de clase) varía de acuerdo con las variaciones de la

diferenciación social interclase (Rojas, 1995:40). Esta diferenciación no debe ser asumida

siempre como una escala de gradaciones donde los dominados elaboran un tipo de relaciones sociales y un modelo a seguir únicamente con base en la clase dominante, puesto que las relaciones entre clases sociales comprenden también modos de vida diferentes basados en diferencias étnicas, de origen geográfico, de género, generacionales, religiosas, sexuales y de los oficios.

En una sociedad urbana tradicional cuyas clases y grupos sociales han convivido y competido bajo un sistema de normas relativamente compartido, tales diferencias modelan de maneras diversas las formas de elaboración cultural de dicha normativa, diferencias entre modos de vida que se acrecientan cuando se desarrollan procesos de inmigración urbana o rural, especialmente si implican componentes étnicos. Es decir, los contenidos culturales de las relaciones interclase no poseen solamente una naturaleza ligada al antagonismo de clase, ni dependen totalmente de una diferenciación social interclase. Por lo cual resulta útil analizar las dimensiones simbólicas de dicha cuestión interclase en casos debidamente situados y de escala local para poder mostrar las reconfiguraciones que aquellas relaciones sociales presentan.

En el enfoque sobre la movilidad social de Goldthorpe, Llewellyn y Payne (1987) se enfatiza en la frecuencia de los desplazamientos intra e interclase en Gran Bretaña y las sociedades industriales contemporáneas. Pese a que la estructura de clases genera desigualdad, también resulta importante poder constatar los cambios en la conformación de

3. Teoría

la estructura social más que la irreductible desigualdad de la sociedad. Esto contrasta con la posición de Bourdieu (1979) quien hace énfasis en los mecanismos de perpetuación de la desigualdad, al sostener que los desplazamientos son primordialmente intragrupo social, e ilustran la mejoría del grupo frente a otros grupos sociales en la posesión de bienes simbólicos y de los diversos tipos de capital; mientras que la movilidad interclase acarrea desarraigo social, disolución de lazos sociales, inestabilidad y problemas de identidad social.

Desde el inicio de este estudio, nuestro marco teórico partió de algunas consideraciones del análisis estructural de la sociedad, reconsideradas desde la perspectiva del

“constructivismo estructuralista” de Pierre Bourdieu, con énfasis en el papel de los sistemas simbólicos dentro del juego de poder en el espacio social. Este referente, que se conserva a lo largo de este trabajo, fue necesario para adoptar un criterio específico sobre la conformación de la estructura de clases basada en criterios ocupacionales y de roles políticos a partir del cual se pudiese abrir el análisis hacia las interacciones y sus condicionamientos desde la perspectiva simbólica. Esta simbiosis teórica no está exenta de problemas. Según Hechter (2004), a pesar de que muchos sociólogos siguen inclinados a ver la clase como uno de los determinantes fundamentales de las posibilidades de la vida individual, la identidad social y la filiación política, a fines de los años 50 es posible percatarse de un declive en la importancia política de la clase (Nisbet, 1959) debido a consideraciones sobre las precondiciones de cualquier tipo de grupo político: impermeabilidad de sus fronteras, capacidad organizacional y la preeminencia de la conciencia de grupo. Fantasía (1995) relaciona esta transformación con el tránsito que a partir de la posguerra hizo la sociología estadounidense desde el estudio de la “conciencia de clase” hacia el de la “formación de clases” basado en las prácticas culturales, la acción colectiva y las formas de organización social. El mismo Bourdieu subraya el carácter de construcción teórica de las clases sociales, no sólo como posibilidad intelectual, digamos académica, sino en el sentido activo de luchas entre grupos sociales por el ejercicio de la dominación vía la capacidad de denominación sobre la realidad. En esa dirección, el rol político - como rol de clase – que resulta un concepto intermedio entre sociedad e

individuo, nos ayuda a articular las ideas de “estructura” y “campo social” que

3. Teoría

agencia. De fondo, el rol nos permite establecer una relación entre la regularidad de lo social y la variabilidad de los individuos, retomando la idea de Nadel (1966) sobre el rol social, dado que “actúa en esa área estratégica en la cual el comportamiento individual se convierte en conducta social.” En todo caso, es imprescindible desarrollar teóricamente un

esquema de las clases sociales para poder siquiera plantear el papel de los roles de liderazgo político y la naturaleza simbólica de las relaciones políticas.

Por otra parte, la cuestión interclase es una categoría cuyas determinaciones pertenecen

a los dominios de la coyuntura, es decir, resulta útil para explicar la relación entre la variación de las posiciones de clase – el potencial dinamismo del rol político - y el carácter

estructural de la situación de clase de individuos y grupos en una sociedad determinada, y especialmente las reconfiguraciones del orden social que desafían dicha lógica relacional a partir de dimensiones culturales, específicamente simbólicas y situadas. Sobre la base de esta dialéctica entre la vida material y la vida simbólica de los actores sociales quisiéramos estudiar un caso en que ésta habría redefinido a aquella. Un caso estudiado desde la subjetividad de actores y roles determinados, donde se han construido los materiales culturales que moldearon sus relaciones sociales.

Nuestra reflexión sobre la cuestión interclase aspira a escapar al riesgo de la extensión ideológica del conflicto de clases, con frecuencia atribuida per se a las investigaciones que,

con énfasis variables, se refieren a la teoría marxista de las clases sociales. A partir de la discusión de unas relaciones de dominación nos concentramos en los sistemas simbólicos de la nominación, dentro de un caso específico, para demostrar cómo el orden simbólico de

las relaciones de clase permite analizar la dinámica de las transformaciones sociales, aproximación que de permanecer centrada en la tesis de la dominación resultaría impracticable por el carácter irreductible de esa premisa.