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La disputa entre mendelianos y biometristas.

6. El eclipse del darwinismo.

6.7. La disputa entre mendelianos y biometristas.

El biólogo inglés William Bateson (1861-1926), que simpatizó en su juventud con el lamarckismo, viajó a los grandes lagos de Asia central para buscar entre la flora y la fauna de aquella zona pruebas que avalaran la tesis de que los caracteres adquiridos se transmiten a los descendientes, tal como sostenía Lamarck. Pero no las encontró. Tampoco halló datos que confirmaran que las variaciones producidas tuvieran relación con los cambios en el ambiente. Estos dos hechos le hicieron alejarse por igual del lamarckismo y del darwinismo, pero sin abandonar el evolucionismo. Desechó la teoría de la herencia de los caracteres adquiridos por el uso y el papel de la selección natural y el gradualismo en favor del mutacionismo.

Sus estudios de las variaciones le llevaron a las mismas conclusiones que de Vries: “que era la variación, y no la selección natural, la que desempeñaba un

papel fundamental en la dirección del curso de la evolución” (Makinistian,

2004: 162). De la mano de Bateson el mendelismo se introdujo en Inglaterra, expandiéndose con gran rapidez, quien logró demostrar que las leyes de Mendel eran aplicables por igual a animales y plantas.

De todos modos, el acta de defunción del darwinismo no se firmó sin más a principios del siglo XX. Al contrario, los partidarios de la teoría de la evolución de Darwin reaccionaron con energía. Se les conocía como los biometristas porque intentaban demostrar la continuidad gradual de las variaciones aplicando un método estadístico a la biología, por lo que no ha de extrañar que a la cabeza de este grupo estuviera un matemático, concretamente el inglés Karl Pearson (1857-1936).

Los biometristas sostenían que la selección natural era la causante principal del hecho evolutivo, y lo hacía a través de los efectos acumulados de variaciones pequeñas y continuas. Como puede verse, se trataba de la defensa de las tesis darwinistas más puras.

”Sin embargo, la teoría de las variaciones continuas tropezaba con algunas dificultades. La primera y más obvia era que no existían pruebas tajantes que mostrasen que tales variaciones, en efecto, se heredaran. Otra era que el examen de las poblaciones en la naturaleza mostraba que, entre una y otra localidad, las variaciones parecían ser a menudo discontinuas” (Ayala y Barahona, 2009: 50).

La disputa que se entabló entre mendelianos, o mutacionistas, y biometristas desde 1901 hasta 1906 fue especialmente dura. Si bien es cierto que costó bastante que cicatrizaran las heridas, con el paso del tiempo ambos bandos fueron suavizando sus posturas, abriendo así las puertas a la integración de las

tesis del antagonista en una nueva síntesis; eso sí, con la introducción de las pertinentes modificaciones.

Aunque se tuvieron que matizar algunos de los resultados de los trabajos propuestos por de Vries, el caso es que otros biólogos llegaron a confirmar la existencia de auténticas mutaciones genéticas, si bien a una escala más reducida de la que había supuesto el botánico holandés. Sin embargo, fuera del ámbito de la genética, la mayoría de los naturalistas de campo y de los paleontólogos permanecieron convencidos del carácter gradualista de la evolución y, por tanto, se mostraron renuentes al trabajo de los genetistas hasta que se revisó la cuestión de la amplitud de las mutaciones.

Lo primero que sucedió fue que los genetistas aceptaron que las mutaciones no producían cambios tan abruptos en las poblaciones como habían supuesto en un principio, de modo que los efectos de sus mutaciones podían conciliarse con el gradualismo que tanto gustaba a los naturalistas y a los paleontólogos darwinianos. También admitieron que la selección natural podía determinar el éxito o fracaso de un gen mutante, desarrollándolo en la población o eliminándolo. Aunque no se aceptaba la selección natural tal como la había concebido Darwin, se trataba de un primer paso hacia una aproximación de posturas entre los miembros de los diversos campos de las ciencias de la vida. A ello contribuyó el progreso de los estudios realizados en el ámbito de la citología a finales del siglo XIX.

En efecto, por esas fechas se descubrió que en el núcleo de las células existían unos orgánulos, los cromosomas, que durante la división celular se dividen en dos, pasando una de las partes a la célula hija. En 1883 el científico belga Édouard von Beneden (1845-1910) confirmó que en todas las especies con las que estaba trabajando el número de cromosomas era constante, por lo que podía inferirse que debía de ser así en todas las otras especies.

En 1887 el biólogo alemán Theodor Boveri (1862-1915) demostró que los cromosomas de todas las células que forman un organismo provienen del óvulo fecundado por el gameto masculino, por lo que se podía afirmar la continuidad genética de los cromosomas. Así mismo, también descubrió que cada cromosoma era portador de sólo una parte de la información hereditaria de un organismo y no de toda la información, como se pensaba hasta entonces.

En plena controversia entre mutacionistas y biometristas, Walter Stanborough Sutton (1877-1916) sugirió en 1903 que los factores de la herencia, lo que más adelante se llamaría genes, debían de estar localizados dentro de los cromosomas; dando pie a lo que se denominaría la “hipótesis cromosómica de la

herencia”. Ese mismo año Wilhelm Johannsen acuñó el término gen para describir los elementos presentes en las células sexuales que determinan las diferentes características de los organismos. Tres años más tarde Bateson propuso el vocablo Genética para referirse a la disciplina científica que tenía como objeto el estudio de los genes.

El insigne genetista de la Universidad de Columbia, en Nueva York, Thomas Hunt Morgan (1866-1945), llamado el Mendel del siglo XX, confirmó, en sus investigaciones con las Drosophila melanogaster, las moscas de la fruta o del vinagre, la existencia de los genes, localizándolos en los cromosomas. La elección de este pequeño díptero como material idóneo para trabajar en el laboratorio se debió al hecho de que tiene un corto ciclo de desarrollo, pues en condiciones ideales un individuo puede pasar del nacimiento a la madurez sexual en menos de dos semanas; su tasa de reproducción es muy alta, hasta trescientos individuos por pareja; tiene sólo cuatro pares de cromosomas, claramente diferenciables los unos de los otros y fácilmente reconocibles al microscopio; finalmente, su diminuto tamaño permite trabajar con grandes cantidades de individuos en los espacios reducidos de un laboratorio. Junto con sus colaboradores logró desarrollar un método que permitía, de una forma aproximada, identificar la posición de un gen dentro de un cromosoma; por lo que pudo realizar los primeros mapas de los cromosomas de la Drosophila

melanogaster.

En 1915 publicó el resultado de sus trabajos en un libro titulado: Los

mecanismos de la herencia mendeliana. Sus investigaciones le reportaron un

Premio Nobel. Decididamente antidarwiniano, Morgan desechó las ideas de variación, adaptación y selección propuestas por Darwin. Al igual que de Vries, el científico estadounidense sostenía que eran las mutaciones las que dirigían el curso de la evolución y no la selección natural; pero a diferencia de él, Morgan consideró que las mutaciones de gran amplitud eran excepcionales, mientras que las pequeñas mutaciones, las de tipo génico, eran las más frecuentes. Esto significaba que Morgan era partidario de un desarrollo gradual de la evolución y no de un proceso abrupto, como afirmaba de Vries.

Sin embargo, coincidía con él en su rechazo del valor de la selección natural como motor de la evolución; pues estaba convencido de que ésta no podía llegar a explicar la aparición de nuevas especies. Como mucho aceptaba que pudiera ser la responsable del surgimiento de pequeñas modificaciones dentro de la especie, pero nunca la causante del desarrollo de cambios drásticos en individuos de modo que dieran pie a una nueva especie.

que aquélla debía incrementar la especialización de cualquier carácter mediante la eliminación de las formas peor adaptadas; empero, muchas veces se observan una serie de formas con diferentes niveles de desarrollo en el mismo carácter.

Morgan no pretendía afirmar que un órgano bien desarrollado podía producirse por simple mutación, por lo que necesitaba encontrar un mecanismo que guiara las mutaciones en una dirección concreta. No obstante, Morgan no hablaba ya de discontinuidad, presentando, en cambio, la evolución como un proceso relativamente gradual, en el que los nuevos genes que conferían ligeras ventajas adaptativas se difundían en la población. Admitió que incluso los genes neutrales desde el punto de vista adaptativo tenían escasas posibilidades de producir un efecto significativo y explicó la evolución de los caracteres no adaptativos como consecuencia de genes individuales que tenían más de un efecto. Morgan pensaba que la evolución no procedía a través de la lucha, sino mediante la incorporación gradual de nuevos caracteres en la población. No podía aceptar la necesidad de la eliminación total de los menos aptos y, de hecho, sugirió que el nombre de “selección natural” no era apropiado para la nueva explicación de la adaptación.

6.8.

El neolamarckismo.

Dado el ocaso al que se estaba viendo abocado el darwinismo a manos de la genética, los lamarckistas resurgieron con un ímpetu renovado a principios del siglo XX. El austríaco Paul Kammerer (1880-1926) fue uno de los principales representantes del movimiento neolamarckista. Entre 1904 y 1909 trabajó intensamente en el intento de alterar el modo de reproducción de la salamandra, una investigación por la que fue galardonado por la Sociedad de Ciencia Naturales de Fráncfort con el Premio Södmmering, concedido a trabajos que resultaran fundamentales en el campo de la fisiología.

A partir de 1909 Kammerer afirmó que había realizado una serie de experimentos que demostraban la herencia de los caracteres adquiridos. Los problemas surgieron cuando en 1926 fue acusado de fraude. Ese mismo año se suicidó, aunque parece ser que por motivos sentimentales y no por sentirse afectado por tales acusaciones. A partir de ese momento sus trabajos fueron cayendo en el olvido, sobre todo porque sus investigaciones con sapos requerían demasiados años de dedicación, algo que desalentaba a los científicos; pero, sobre todo, el hecho de que en 1924 se descubriera que la principal característica inducida en los sapos con los que experimentaba se diera también en la naturaleza de forma espontánea, lo que invalidaba las tesis de Kammerer.

En Rusia la introducción del darwinismo se vio frenada por la llegada de los soviets al poder, pues vieron en las tesis de Darwin una actitud reaccionaria. Fue así como el lamarckismo tuvo un repunte en la Unión Soviética de la mano de los agrónomos Michurin (1855-1935) y Lysenko (1898-1976); quienes, a pesar de denominar darwinismo creador a su postura, acabaron apostando por la herencia de los caracteres adquiridos. Los grandes fracasos de la economía agraria soviética en los años 50 y 60 del siglo XX hicieron caer en desgracia a Lysenko y a sus tesis.

En la actualidad se considera que la genética es más una aliada del darwinismo que del lamarckismo, de modo que:

“Si bien es cierto que aún existen mecanismo genéticos insuficientemente conocidos, la comunidad continúa descartando por el momento toda posibilidad de existencia de un mecanismo molecular que permita avalar la herencia de los caracteres adquiridos” (Makinistian, 2004: 187).