4. PESPECTIVA GENERAL DEL DESARROLLO LOCAL EN ESPAÑA
4.3. La figura del emprendedor en el desarrollo local
Hemos visto cómo, tanto a nivel académico (nuevo paradigma del desarrollo regional) como político (políticas europeas de desarrollo endógeno), la concepción actual del desarrollo local fija su atención en la competitividad de las empresas de un territorio como eje de las actuaciones para promover dicho desarrollo (Berumen, 2006, págs. 30-31). La iniciativa emprendedora y la figura del emprendedor local emergen, así, como factores imprescindibles para el desarrollo local (Muñoz, 2000; González-Benito et al., 2007). Además, el carácter relacional de la actividad emprendedora, es decir, el enraizamiento del emprendedor con su entorno favorece aún más la competitividad del territorio en que se asienta (Jonanisson, 2003 y 2006).
Este trabajo aborda, precisamente, el fenómeno del desarrollo local a través del análisis de las relaciones de sus emprendedores y del modo en que éstas afectan a su capacidad para competir y a sus resultados. El presente epígrafe tiene por objeto repasar el concepto y las características que definen la personalidad emprendedora, así como resaltar la relevancia de una característica a la que no siempre se le ha atribuido toda la importancia que merece: su capacidad de relacionarse con su entorno.
El concepto de emprendedor ha ido evolucionando hacia concepciones cada vez más económicas. La palabra emprendedor proviene del término francés entrepreneur, término que puede traducirse como “el que acomete una empresa” y que en su acepción original hacía referencia a aquellas personas que “acometían” aventuras emigrando al Nuevo Mundo o iniciando expediciones militares de resultado incierto. Vemos aquí que el factor riesgo se ha asociado a la palabra emprendedor, antes incluso de que ésta cobrara su actual significado.
Posteriormente el concepto se fue extendiendo a las “aventuras” empresariales hasta que Richard Cantillón (1680-1734) formalizó una primera definición de “emprendedor” como “un agente económico que compra medios de producción a determinado precio, a fin de combinarlos y crear un nuevo producto”. Interesante definición la del economista, comerciante y banquero franco-irlandés, puesto que incorpora el concepto de innovación (“crear algo nuevo”) asociado al emprendedor.
El economista e industrial francés Jean Batiste Say (1767-1832) completó esta definición original añadiendo una serie de características del emprendedor que lo diferenciaban de otros agentes económicos y por los que el primero tenía el derecho a ser remunerado de forma también diferente43. Para Say, al emprendedor (independientemente de que sea o no capitalista) le corresponderá una parte de los beneficios como compensación por su asunción de riesgos y como retribución de su labor de organizar la producción (Moreno, 2008). Otro francés, el economista y político francés Anne-Robert Jacques Turgot (1727-1781), incluye el concepto de “coste oportunidad” en la definición de emprendedor, parte de cuya remuneración debería corresponder al dinero que éste ha adelantado a terceras personas (trabajadores, proveedores y clientes) a cambio de beneficios futuros.
Puede advertirse que las definiciones de estos primeros autores diferencian claramente el concepto de emprendedor del de empresario capitalista, tanto en sus funciones como en su retribución. Así, desde sus inicios el término emprendedor va asociado a la asunción de riesgos, pero también a la innovación, a la capacidad de poner en marcha recursos (propios o ajenos) y a la habilidad para plantear estrategias generalmente novedosas (de hecho, el término entrepreneur se ha traducido también como “pionero”)44.
Se ha sugerido que la prevalencia de autores franceses en la caracterización del emprendedor frente a la confusión que los economistas ingleses tuvieron acerca de dicha figura (a la que identificaban con el capitalista) durante el siglo XIX se debe a la obsesión de estos últimos por el equilibrio general (estático) y la teoría de la maximización de los clásicos como Adam Smith y David
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El factor tierra sería remunerado mediante la renta, el factor trabajo mediante el salario y el factor capital mediante el interés.
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La traducción al idioma español de las palabras entrepreneur (emprendedor) y, sobre todo, entrepreneurship
(emprendimiento, entendido como la actividad de emprender y también como el espíritu, cultura o capacidad emprendedora) es relativamente reciente. Esto puede deberse a que no es un campo científico demasiado estudiado en España (Lamolla, 1999) y a la mala imagen social que en las culturas latinas tiene la figura del
Ricardo. Este determinismo, esta creencia en que la Economía puede ser como la Física, hace que el empresario sea considerado como un factor “fijo” en los modelos neoclásicos. Además, ¿qué sentido tiene la innovación en ausencia de costes de transacción y con información perfecta? Por otra parte, la obsesión por el concepto de plusvalía capitalista de los autores marxistas también contribuyó a esta confusión entre las figuras del capitalista y del emprendedor (Moreno, 2008).
Podríamos considerar que la confusión de los economistas clásicos ingleses acerca del concepto de emprendedor fue finalmente superada por un economista neoclásico, Alfred Marshall (1890), que añadió a los factores productivos clásicos (tierra, capital y trabajo) un factor intangible: la organización. El emprendedor es, precisamente, el que aporta esta capacidad de organizar el resto de los factores de una forma creativa, con el objetivo de desarrollar tanto nuevos productos como nuevos procesos que mejoren los anteriores. Además de esa capacidad de organización, que conlleva capacidad de liderazgo y creatividad, Marshall sugiere que el emprendedor debe tener un conocimiento profundo del mercado en que se desenvuelve y una capacidad de prever los cambios futuros del mismo (tanto a nivel de oferta como de demanda).
La escuela alemana también hizo su aportación al concepto de emprendedor con la teoría del desarrollo económico de Schumpeter (1911) y su modelo de equilibrio dinámico frente al equilibrio estático clásico. Dos son, según este autor, las fuerzas que dirigen el crecimiento económico: la presencia del empresario-emprendedor y la presión competitiva en un sector. Frente al capitalista y al inventor, el emprendedor busca, mediante la innovación45, la obtención de beneficios extraordinarios frente al “beneficio cero” de los mercados maduros en equilibrio. La novedad de Schumpeter es que es el primero en relacionar la figura del emprendedor con el crecimiento económico.
Una de las principales contribuciones a la teoría de Schumpeter viene de la mano de Peter Ferdinand Drucker (1964, 1969, 1984, 1985, 1989, 1999), que incorpora del primero la teoría de empresario innovador como motor del desarrollo económico y, de Say, la idea del proceso emprendedor (entrepreneurship) como una mejora de la productividad de los factores o bien como un aumento del valor añadido de los productos para los consumidores. Vemos cómo la visión de Drucker sobre la innovación es más amplia que la de sus predecesores: la innovación sería más un proceso económico y social que algo puramente técnico (Lamolla, 1999).
La segunda novedad que introduce Drucker es su concepción de la innovación como un proceso organizado y sistemático y no como algo espontáneo. El emprendedor es, para Drucker, aquel empresario u organización capaz de producir innovaciones a través de un análisis sistemático de las oportunidades que surgirían de siete fuentes de cambio como (1) la demografía, (2) los cambios en las percepciones, pareceres y modos de actuar, (3) los nuevos conocimientos (científicos o no), (4) los
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Esta innovación no se limita a la creación o mejora de los productos, sino también a la introducción en nuevos mercados, a la captación de nuevas fuentes de aprovisionamiento, al desarrollo de nuevos métodos de producción o a la creación de nuevas formas de organización.
sucesos inesperados, (5) las incongruencias entre la realidad y lo que debería ser, (6) las necesidades de los procesos productivos y (7) los cambios en la estructura de la industria o el mercado.
Finalmente, también es interesante la propuesta de Drucker de ampliar el concepto de emprendedor para dar entrada a las organizaciones: surgen así los conceptos de organización emprendedora o emprendedor corporativo (corporate entrepreneur) y de directivo emprendedor (intrapreneur).
Según González (2004, pág. 234) el concepto de emprendedor corporativo agrupa diferentes términos46 que describen una misma realidad: “los esfuerzos emprendedores de las organizaciones y
de los individuos que las dirigen y administran”. La Tabla 1.2 resume las cualidades o atributos que caracterizan al emprendedor, ya sea éste individual o corporativo.
Respecto de la decisión de emprender podemos agrupar los factores que favorecen esta decisión en dos tipos:
1. Factores macro o externos: aquí se incluirían todos aquéllos relacionados con el entorno del individuo tales como el clima empresarial y emprendedor, el capital social y las infraestructuras físicas y financieras (Arando y Peña, 2006; Basile, 2004; Baudewyns et al., 2000; Baudewyns, 1999; Cieślik, 2005; Coughlin et al., 1991; Coughlin y Segev, 2000; Florida, 1995; Friedman et al., 1992; Gabbay y Leenders, 2001; Guimarâes et al., 2000; Head et al., 1995; Holl, 2004c; List, 2001; Manjón y Arauzo, 2006; Maskell, 2000; Woodward)
2. Factores micro o individuales: se refieren a los factores que están más presentes entre los emprendedores vocacionales que entre quienes prefieren buscar trabajo por cuenta ajena. Entre estos factores encontramos la aversión al riesgo (Kanbur, 1979), el talento emprendedor (Lucas, 1978; Sabatini, 2006b; Van Praag y Cramer, 2001), el sexo como condicionante para obtener los recursos necesarios para iniciar el negocio (Belcourt et al., 1991; Buttner y Rosen, 1988 y 1989; Goffee y Scase, 1983; Hisrisch y Brush, 1984; Humphreys y McClung, 1984; McKay, 2001; Pardo y Ribeiro, 2007; Stevenson, 1986) o la experiencia profesional (Brush y Chaganti, 1998; Nueno, 2009)
Es curioso ver cómo, a diferencia de las propuestas de los pioneros Say y Turgot, la literatura empírica actual no encuentra diferencias entre la aversión al riesgo de los emprendedores y de los empleados por cuenta ajena, e incluso en algunos casos encuentra una mayor aversión al riesgo entre los primeros (Miner y Raju, 2004; Cramer et al., 2002; Sarasvathy et al., 1998; Masters y Meier, 1988; Brockhaus, 1982). Ante esta aparente contradicción se propone sustituir la variable riesgo por la de
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Los más utilizados en la literatura son corporate venturing, internal entrepreneurship, intrapreneuring,
utilidad esperada de la decisión de emprender (Van Praag y Cramer, 2001), y entonces sí se encuentran diferencias entre los emprendedores y los empleados por cuenta ajena (Sabatini, 2006b): es la percepción de obtener mayores beneficios con la actividad emprendedora que con el trabajo por cuenta ajena lo que mueve a alguien a convertirse en emprendedor. Es aquí donde entra en juego el capital social (especialmente en su dimensión relacional), poniendo en contacto al futuro emprendedor con las fuentes de recursos necesarias para emprender su actividad, con otros emprendedores (cuyas experiencias pueden hacer que aumente la esperanza de obtener beneficios y que disminuya igualmente el riesgo percibido de emprender) y con posibles clientes.
Tabla 1.2: Principales atributos del emprendedor.
Atributo Autores
Tolerancia al riesgo
Cantillon (1755), Turgot (1766), Say (1803), Stuart Mill (1848), Mc Clelland (1961), Palmer (1971), Welsh y White (1981), Robinson y Haynes (1991), Garvan y O’Cinneide (1994), Nueno (1994), Olamendi (1998), González Benito
et al. (2007)
Fuente de autoridad formal Weber (1917), Hartman (1959), Prat (1986)
Capacidad de innovacióne iniciativa y actitud proactiva
Schumpeter (1934), Timmons (1978), Drucker (1986), Robinson y Haynes (1991), Rodríguea y Fernández (1991), Garvan y O’Cinneide (1994), Filella (1997), Spinosa, Flores y Dreyfus (1997), González Benito et al. (2007)
Responsabilidad Sutton (1954), Davis (1963), Welsh y White (1981), Nueno (1994), Spinosa, Flores y Dreyfus (1997)
Afán de poder, ambición, necesidad de logro
Mc Clelland (1961), Winter (1973), Liles (1974), Welsh y White (1981), Robinson y Haynes (1991), Nueno (1994), Mateu (1997) Orientado a resultados (crecimiento,
beneficio…)
Timmons (1978), Dunkelberg y Cooper (1982), Garvan y O’Cinneide (1994), Nueno (1994)
Control percibido interno Borland (1974), Robinson y Haynes (1991), Garvan y O’Cinneide (1994), Nueno (1994)
Autoconfianza Timmons (1978), Davis (1963), Prat (1986), Nueno (1994), Mateu (1997), Olamendi (1998)
Orientado por valores personales y
culturales Weber (1917), Gasse (1977), Gilder (1984), Fernal y Solonmon (1986)
Independencia Davis (1963), Dunkelberg y Cooper (1982)
Compromiso ante nuevos retos, capacidad de percibir nuevas
oportunidades
Welsh y White (1981), Drucker (1986), Prat (1986), Rodríguez y Fernández (1991), Filella (1997), Olamendi (1998)
Capacidad para enfrentarse a los problemas y capacidad de análisis y
síntesis
Sexton (1980), Prat (1986), Vesper (1990), Robinson y Haynes (1991), Rodríguez y Fernández (1991), Garvan y O’Cinneide (1994), Nueno (1994),
Spinosa, Flores y Dreyfus (1997), Olamendi (1998)
Impulsivos, orientados a la acción Filella (1997), Mateu (1997)
Ligeramente sociopático Winslow y Solomon (1987)
Capacidad de organizar y coordinar
recursos Say (1803), Prat (1986), Rodríguez y Fernández (1991), Nueno (1994)
Mayor acceso o posesión de
recursos Vesper (1990)
A modo de conclusión, consideramos que la figura del emprendedor es la clave del desarrollo local, puesto que es la iniciativa emprendedora la que transformará unos recursos endógenos del territorio en proyectos competitivos. Además, en la medida en que el emprendedor esté enraizado en dicho territorio y mantenga buenas relaciones con su entorno social, empresarial e institucional podrá, por una parte, aprovechar mejor esos recursos endógenos y, por otra parte, su propia iniciativa emprendedora se convertirá en parte de esos recursos endógenos; es decir, el emprendedor generará tantas más externalidades para su entorno local cuanto más enraizado esté con dicho entorno local. Se genera así una reciprocidad entre el emprendedor y su entorno local, de modo que ambos aumentan su riqueza y sus recursos gracias al enraizamiento del primero en las estructuras socio-económicas locales (Kalantaridis y Bika, 2006, Jack y Anderson, 2007, pág. 467).