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CAPÍTULO IV. INDUSTRIA NAVAL Y MARINA MERCANTE DESAFÍOS EN EL

4.2 La guerra de 1898 El papel de la Marina mercante

La guerra hispano-americana de 1898 seguirá siendo, a pesar de su corta duración y los sencillos trazos de su desarrollo bélico, un hecho histórico de perdurable memoria tanto en el orden político como

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estratégico, naval y económico. La campaña de las Antillas, acontecida entre los meses de abril y agosto de 1898, al margen del doloroso saldo de vidas humanas, registró la pérdida de doce buques por acción bélica con un total de 20.000 toneladas de arqueo bruto, cifra nada despreciable para la época en cualquier potencia marítima.

Observemos brevemente los antecedentes más destacados. Los últimos años del siglo XIX se caracterizaron por una latente insurrección en las colonias de ultramar, en 1879 se había producido la denominada “guerra chiquita”, que fue sofocada con relativa facilidad, pero los dirigentes que habían huido reaparecieron en 1884 en EE.UU., donde encontraron el terreno abonado para continuar con la sublevación. En 1892, José Martí declaró en Key West las bases de un Estado cubano independiente y en 1895 estalló en la isla caribeña una revuelta general apoyada con un intenso contrabando de armas desde suelo norteamericano.

El gobierno de Cánovas del Castillo envió un ejército de cien mil hombres a Cuba en el transcurso de un año, en su mayor parte a bordo de buques de Compañía Trasatlántica. El general Arsenio Martínez

Campos, el militar más prestigioso de la Restauración canovista21, fue nombrado capitán general para

combatir el brote rebelde cubano; el Gobierno le otorgó su confianza en reconocimiento a su actuación en la anterior confrontación caribeña, pero en esta ocasión fracasaría debido a que los insurrectos, imbuidos de un fuerte espíritu para lograr la independencia, rechazaron sus propuestas de paz y regresó a España con la amargura del fracaso de su misión. Martínez Campos fue sustituido por Valeriano Weyler, personaje controvertido, que llegó en 1896 a Cuba.

La prensa norteamericana, convenientemente aleccionada, se encargó de deformar la situación y propagaba la dureza de las acciones militares a medida que fracasaban los intentos para aislar y reducir a los revolucionarios. Los acontecimientos se precipitaron tras el asesinato de Cánovas del Castillo, el 8 de agosto de 1897, a manos de un anarquista italiano, en el balneario de Santa Águeda (Guipúzcoa). En octubre siguiente, cuando el Partido Liberal de Sagasta llegó al poder, relevó a Weyler y le sustituiría por el general Ramón Blanco y Erenas, que volvió a la isla por segunda vez, en un último intento por conservar la principal provincia de ultramar, otorgando la autonomía que los cubanos habían pedido, pero ye era demasiado tarde.

El cónsul de EE.UU. en La Habana, partidario de la causa separatista, reclamó la presencia de un buque de guerra de su país con la excusa de proteger los intereses durante la revuelta cubana y como aliento a

la causa de los sublevados. El 25 de enero de 1898 arribó a la bahía habanera el acorazado Maine; el

gobierno español lo interpretó como un gesto de buena voluntad y envío a Nueva York a los cruceros

Vizcaya y Oquendo en devolución de la visita. El 15 de febrero se produjo la explosión interior del

buque y encendió la mecha de la guerra avivada por la prensa amarillista estadounidense controlada por Hearst y Pullitzer, que posicionó a la opinión pública contra España y aceleraría el curso de los

acontecimientos, hasta el 21 de abril de 1898, en que se produjo la declaración de guerra.22

Aspecto destacado en esta etapa fue la captura en alta mar de buques españoles por las unidades dedicadas al bloqueo. Desde el primer día de la guerra hasta el armisticio, se registraron hasta cuarenta

21 El pronunciamiento del general Arsenio Martínez Campos, el 29 de diciembre de 1874 en Sagunto, puso fin a la Primera República española y la restauración de la dinastía de los Borbones, en la figura de Alfonso XII.

22 Existe una amplia bibliografía sobre la guerra hispano-cubana de 1898, que aumentaría considerablemente al cumplirse el centenario del desastre. Citaremos, entre otros, a CERVERA PERY, José (1998), La guerra naval del 98. A mal planteamiento, peores consecuencias, ed. San Martín, Madrid; RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Agustín R. (1998a), La guerra del 98. Las campañas

de Cuba, Puerto Rico y Filipinas (Agualarga, Madrid); del mismo autor (1998b), Operaciones de la guerra de 1898. Una revisión crítica (Actas Editorial, Madrid).

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incidentes navales incluidos en otras tantas capturas de buques españoles, con un registro aproximado de 30.000 toneladas brutas y cargamentos por un valor próximo al millón de dólares de la época. El real decreto de 23 de abril de 1898, además de autorizar la creación del Servicio de Cruceros Auxiliares de la Marina Militar y hacer declaración de fidelidad a los preceptos del derecho de gentes, otorgaba un plazo a favor de cinco días a los buques mercantes norteamericanos surtos en puertos españoles para que libremente pudieran salir de los mismos (art. 22).

La realidad demostraría notables contradicciones. El cónsul de EE.UU. en Cádiz, Mr. Adams, escribe un informe confidencial destinado al secretario de la Marina de Guerra de su país, en el que hace constar que, de los cinco buques de la flota de Pinillos Izquierdo y Cía., tres podrían ser artillados como cruceros- auxiliares. Una semana después del mensaje del presidente McKinley, España rompió relaciones diplomáticas con EE.UU. y éste llamó a un bloqueo naval de Cuba. El 25 de abril, el Congreso aprobó la resolución de guerra y cinco días después la flota del almirante George Dewey llegó a la bahía de Manila procedente del mar de China, iniciando a la mañana siguiente el ataque en el que seis horas después ya había hundido o capturado la totalidad de la flota española del Pacífico, al mando del almirante Montojo Pasarón. Esta fácil victoria motivó que la administración norteamericana pusiera a Filipinas bajo su control a partir del 18 de agosto del citado año.

4.2.1 TRASATLÁNTICA, FLOTA AUXILIAR DE LA ARMADA

Coincidiendo con el inicio del conflicto y en cumplimiento de los términos del contrato de soberanía, la mayor parte de la flota de Trasatlántica fue requerida para la prestación de servicios militares de transporte de guerra. El marqués de Comillas ofreció siete buques para su transformación en cruceros auxiliares: León XIII, Alfonso XII, Alfonso XIII, P. de Satrústegui, Reina María Cristina, Montevideo y Buenos Aires. Además, para el envío de tropas españolas a suelo cubano, aportaría otros diez buques: Montserrat, Santiago, San Fernando, Santa Bárbara, Colón, D. Álvaro de Bazán, Nuestra Señora de Guadalupe, Covadonga, Alicante y Magallanes y fletaría otros cuatro a armadores nacionales: Juan Forgas, Puerto Rico, Gran Antilla y Miguel Gallart y desde el primer momento puso a disposición de

las autoridades militares el buque Manuel L. Villaverde.

Señala Llorca Baus que el Estado se comprometía a pagar por este flete 574.351 pesetas; sin embargo, Claudio López acataría la orden sin aceptar a cambio ni una peseta, aunque se mantendría inflexible en lo relativo al mando de sus buques, de modo que el ministro de Marina, José María Beranger, cedería ante la imposición de Claudio López para que el mando de la flota estuviera a cargo de los capitanes de Trasatlántica, mientras que el mando militar, en una relación profesional ambivalente, sería ejercida por

oficiales del Cuerpo General de la Armada.23

Según los datos de la propia Trasatlántica, entre marzo de 1895 y mayo de 1897 fueron transportados 181.738 hombres a Cuba, 4.727 a Puerto Rico y 27.768 a Filipinas, aunque en este caso las cifras difieren según los autores. Desde que comenzó el operativo de transporte hasta el final de la contienda, los buques de Trasatlántica, propios y fletados, movieron 687.602 personas, de las cuales 43.905 correspondían a oficiales, 585.522 soldados, 33.345 familiares de militares y 22.831 empleados. Luego vendría la repatriación de las tropas, que sumaría la cifra de 235.286 personas, de ellos 18.310 jefes y oficiales,

204.168 soldados, 14.808 familiares de militares, con lo que suma total asciende a 922.888 personas.24

Solo en 1895 embarcaron con destino a Cuba 5.396 jefes y oficiales y 103.321 soldados; como la

23 LLORCA BAUS, Carlos (1990). La Compañía Trasatlántica en las campañas de ultramar, p. 137, Ministerio de Defensa,

Madrid.

24 Cifras recogidas en la documentación de Trasatlántica depositada en la Biblioteca de Temas Gaditanos, citadas por Llorca Baus y González Echegaray.

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capacidad de la flota resultaba insuficiente y había que mantener las líneas postales regulares, la dirección de Trasatlántica demostró una gran capacidad de organización.

Algunos buques fueron artillados en calidad de cruceros auxiliares y embarcaron oficiales de la Armada para ocuparse de las operaciones en mando compartido con las tripulaciones civiles. Como es muy conocido, el bloqueo de Cuba impuesto por la flota norteamericana del almirante Sampson se vio brillantemente forzado en dos ocasiones frente a las costas de Cienfuegos y Matanzas por el trasatlántico

Montserrat, al mando del legendario capitán Manuel Deschamps25, el único marino mercante cuyos

restos reposan en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando (Cádiz).

Cuando acabó la guerra, el conflicto bélico le había costado a Trasatlántica la pérdida de los buques

Alfonso XII, en el puerto de El Mariel; Santo Domingo, en la isla de Pinos; Antonio López, en Puerto

Rico; Isla de Mindanao, en Cavite; y Méjico y Panamá, éstos dos últimos apresados por la U.S. Navy.

No obstante, como enfatiza Juan A. Díaz Cano, estas pérdidas materiales serían recompensadas por los sucesivos gobiernos a través de concesiones y beneficios legislativos a favor de la compañía del marqués de Comillas.

4.2.2 CAPTURAS DE BUQUES ESPAÑOLES

Entre las cuarenta capturas realizadas destacaron, por su importancia, las de los buques trasatlánticos

Panamá, Miguel Jover y Catalina; los mixtos de carga y pasaje Buenaventura, Pedro, Saturnina, Guido

y Rita, los correos insulares Ambrosio Bolívar, Argonauta, Benito Estenguer y Humberto Rodríguez y

los veleros de altura Frasquito, Carlos F. Roses y Lorenzo, así como varias goletas, pailebotes y

pesqueros.

Sin embargo, la captura más importante fue la del trasatlántico Catalina, de la flota de Pinillos Izquierdo,

que mandaba el capitán Eduardo Fano Orbe. El 20 de abril de 1898 el buque español se encontraba en el puerto de Nueva Orleáns, ciudad que ya se encontraba prácticamente en pie de guerra contra España. A pesar de las circunstancias, fue despachado con normalidad para La Habana por el consulado español para La Habana, sin recomendación, instrucción reservada o aviso alguno sobre lo probable e inevitable. Al amanecer del día 21, con práctico a bordo, se zarpó con sus bodegas cargadas de algodón y duelas para los puertos de Cádiz y Barcelona, con escala intermedia en la capital habanera para embarcar pasaje con destino a España.

Según el itinerario oficial, el buque Catalina tenía prevista su llegada a La Habana en la mañana del 24

de abril y comenzó su viaje con el cálculo hecho, sin forzar la máquina, para recalar en la fecha citada. Mientras, la guerra entre Estados Unidos y España había estallado. El 21 de abril, el almirante Sampson disponía de órdenes secretas, en Key West, para salir con su escuadra y bloquear la costa española de Cuba entre Cárdenas y Bahía Honda y al día siguiente se hizo a la mar al mando del North Atlantic

Squadron. Ese mismo día, el crucero Nashville capturó al buque Buenaventura, de la compañía

Larrinaga, ordenándole procediera a la base naval de Key West. El crucero USS New York detuvo al

buque Pedro, de La Flecha, haciéndole embarrancar en la costa y conduciéndolo después a la citada

base. El buque alemán Renus, que había salido de La Habana, también fue detenido por el crucero USS

New York, aunque se le permitió continuar viaje.

25 Nació en 1853 en La Coruña y falleció en 1923 en Barcelona. En 1878 ingresó en Compañía Trasatlántica y por su actuación en el bloqueo de Cuba fue reconocido por la reina y el Gobierno con la Cruz del Mérito Naval de primera clase con distintivo rojo. En diciembre de 1998, con motivo del centenario del desastre de 1898, sus restos fueron inhumados en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando (Cádiz).

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Al conocerse la noticia de la declaración de guerra en La Habana, la ciudad se aprestó para la defensa, aunque sin demasiadas ilusiones, pero también sin desmayo. En la bahía, las fuerzas navales españolas –bajo el mando del capitán de navío Marenco– estaban integradas por unidades dispares y mediocres.

Los pequeños cruceros Marqués de la Ensenada, Conde de Venadito y Alfonso XIII, éste último

desarmado; los cañoneros Nueva España, Vicente Yáñez Pinzón, Marqués de Molíns, Magallanes,

Águila y Flecha y el transporte Legazpi.

Entre los buques mercantes que se encontraban en la bahía de La Habana figuraba el trasatlántico Reina

María Cristina, que zarpó en los primeros momentos y consiguió zafarse del bloqueo enemigo, también

estaban los trasatlánticos Santo Domingo y Montevideo y los mixtos Vivina, Miguel Jover y

Buenaventura. Mientras tanto, el buque Catalina, ignorando cuanto sucedía, se fue acercando al Morro

habanero en la madrugada del 24 de abril y al amanecer largó la señal pidiendo práctico. La respuesta

fue un cañonazo de aviso del crucero ligero USS Detroit, que se mantenía abierto a la costa y en el límite

del alcance de las baterías del Morro, Santa Clara y La Cabaña. El capitán Fano ordenó parar la máquina y sin arriar la bandera española esperó la llegada de la dotación de presa; el comandante del crucero USS Detroit le indicó que procediera a la base de Key West, por lo que invirtió el rumbo hacia su destino

de prisionero. A su llegada estaba el buque Miguel Jover, que había sido apresado por el crucero USS

Helena; después llegó el buque Saturnina, apresado por el USS Wintonia y varios veleros de pequeño

porte. Al día siguiente entró el mixto Panamá, de Trasatlántica, que había sido detenido en el estrecho

de Florida; la goleta Trinidad y en las horas siguientes los vapores Guido, Rita, Gallito, Benito Estenguer, Ambrosio Bolívar y Argonauta; y los veleros Antonia, Sofía, Conchita, Cándida, Carmencita, Engracia, Frasquito, Fernandito y Amapola; todos ellos fueron amarrados próximos al

trasatlántico Catalina.

El 27 de mayo siguiente, el Tribunal de Presas dio la razón al capitán del trasatlántico español; aquella captura había sido ilegal y al final de la guerra el buque tenía que ser devuelto a sus armadores. El 1 de

septiembre, firmado ya el armisticio por la rendición de Santiago de Cuba, el trasatlántico Catalina fue

puesto en libertad y el día 15 del citado mes abandonó la base naval norteamericana y puso rumbo a La Habana, desde cruzó el Atlántico y el 18 de octubre arribó a La Coruña, repleto de españoles que habían abandonado Cuba para siempre.