LA IGLESIA DEL ANTICRISTO
LA HEREJÍA LITERALISTA
Una vez ubicado el mito de Jesús en un contexto histórico, sólo era cuestión de tiempo que un grupo de cristianos empezara a interpretado como un testimonio de hechos reales. A mediados del siglo II empezó a emerger en Roma una escuela literalista del cristianismo, con portavoces autócratas como Ireneo. La comprensión gnóstica de la historia de Jesús como una iniciación alegórica que llevaba a la salvación a través de la Gnosis, fue reemplazada por la idea literalista de la salvación a través de la fe en un Mesías histórico.
Los literalistas no reclamaban que las enseñanzas cristianas fueran radicalmente diferentes de la filosofía pagana, y eran muy conscientes de las
similitudes entre la historia de Jesús y los mitos paganos de Osiris-Dionisos. Pero contaban con un atractivo único para captar la atención: los demás cultos misteriosos contenían mitos que podían referirse, o no, a hechos reales sucedidos en un pasado lejano, pero los cristianos literalistas defendían que su mito del Dios-hombre que había muerto y resucitado había ocurrido hacía poco en la vida real. Ésta es la reivindicación básica de unicidad del cristianismo litera lista que expuso Agustín, el gran portavoz del literalismo cristiano. Habiendo sido discípulo tanto del gnóstico pagano Plotino y del gnóstico cristiano Mani antes de convertirse al catolicismo, Agustín sabía que el cristianismo romano no tenía nada de especial, aparte de una idea increíble: «Jesucristo existió en carne y hueso».
El literalismo cristiano estaba destinado a dominar Occidente con puño de hierro durante casi dos milenios, pero empezó como una secta insignificante, con un entusiasmo macabro por el inminente fin del mundo. El mito gnóstico de que Jesús aparecería al final de los tiempos era una alegoría que expresaba la idea de que, cuando todas las almas se reunieran con la Conciencia de Dios, se volvería al estado original de Unidad y se acabaría el drama cósmico. Los literalistas se tomaron este mito al pie de la letra, desarrollando la grotesca idea de que Jesús estaba a punto de volver a destruir el mundo, rescatar a un pequeño grupo de literalistas cristianos y condenar al resto de la humanidad al tormento eterno. Afortunadamente, se equivocaron.
Sin embargo, sustituir al mítico Dios-hombre sacrificado por un mártir histórico hacía que el literalismo cristiano se convirtiera en una especie de «culto al suicidio» que, para horror de los gnósticos, animaba a sus seguidores a imitar a Jesús buscando también una muerte en sacrificio. En la versión literalista de la historia cristiana, las autoridades romanas son los que lanzaron contra los cristianos sus terribles persecuciones. Sin embargo, a menudo quedaban impresionados por las ansias de martirio de los literalistas cristianos.
El literalismo sustituyó el culto al sabio gnóstico del centro de un pequeño grupo de iniciados por una jerarquía de obispos a la cabeza de un culto evangélico en expansión. El fin básico de la iniciación gnóstica era aportar a los iniciados una madurez espiritual con la que sentirse completamente libres de cualquier atadura a una autoridad externa, para acabar convirtiéndose cada individuo en su propio Cristo o rey. Los literalistas, por el contrario, querían ampliar la extensión de poder religioso y se empeñaban en mantener al rebaño bien seguro en su redil. A pesar de que en el evangelio según san Lucas Jesús dice: «Todo discípulo será perfecto cuando sea semejante a su maestro», la idea gnóstica de que el cristianismo consistía en que cada individuo se convirtiera en un Jesucristo se etiquetó de herejía blasfema.
El papel del maestro gnóstico era socavar todas las opiniones del iniciado y animarlo a enfrentarse directamente con el Misterio de la Vida. El papel de los obispos literalistas, por su parte, era decir a la gente lo que tenía que creer y poner en vereda a los que discrepaban. Se rechazaba la curiosidad intelectual libre y se exaltaba la fe ciega como una virtud espiritual. Mientras la historia de Jesús se entendió como un mito, los cristianos tuvieron libertad para interpretado y modificarlo como les parecía adecuado. Cuando se convirtió en
una biografía, el desarrollo del dogmatismo intolerante fue algo inevitable. Los literalistas se pasarían siglos discutiendo vehementemente sobre lo que Jesús hizo y dijo, tal como aún hoy ocurre. Pero, como la discusión versa sobre unos hechos supuestamente históricos, todos están de acuerdo en que sólo existe una sola versión exacta de lo que sucedió. Y, si sólo existe una versión correcta, eso significa que todo lo demás es erróneo.
Linaje falseado
De entre el gran número de escrituras cristianas que existen, los literalistas escogieron cuatro evangelios para forman el canon del Nuevo Testamento. Estos evangelios fueron declarados los únicos auténticos y todas las demás escrituras cristianas fueron denunciadas como heréticas. Los cuatro evangelios de Nuevo Testamento son variaciones sobre el mito de Jesús originalmente empleado por diferentes escuelas de gnosticismo cristiano. Al juntados, se creó la ilusión de que eran cuatro testimonios visuales (aunque contradictorios) de los mismos hechos históricos. El triunfo final del literalismo nos ha dejado con la impresión distorsionada de que estos evangelios han sido siempre las escrituras cristianas más populares, pero no es así. En realidad, no se escuchó hablar de san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan hasta finales del siglo II.
Para reforzar su autoridad, los obispos literalistas crearon un linaje que les conectaba con los discípulos ficticios de los evangelios. Convirtieron a Pablo, el «Gran Mensajero» de los gnósticos cristianos, en un bastión del literalismo simplemente con la redacción de unas cartas en su nombre en las que le hacían condenar a sus rivales gnósticos. Era un truco simple, pero funcionó. No ha sido hasta hace muy pocos siglos que la erudición se ha convertido en algo lo bastante sofisticado para ver a través del truco.
Los literalistas también unieron a su causa a los filósofos cristianos del siglo II Atenágoras de Atenas, Teófilo de Antioquía y Minucio Félix de África. Estos escritores promovieron un cristianismo filosófico basado en las figuras míticas de Logos y Sofía. No sólo no eran literalistas, ni siquiera estaban particularmente interesados en la figura de Jesús. Atenágoras afirma haberse «sumergido minuciosamente en los detalles» de la doctrina cristiana, aunque nunca menciona a Jesús. Tampoco lo menciona Minucia Félix, ni siquiera cuando un adversario le pregunta el nombre de alguien que realmente haya regresado de la muerte. En lugar de contestar, le da una lista de creencias y prácticas diabólicas que se han atribuido erróneamente a los cristianos. Entre ellas se incluye (junto con beber sangre de niños sacrificados y adorar los genitales de los sacerdotes) «adorar a un hombre que murió como un criminal y a un pedazo de madera ajada». Tal como comenta:
«De estas y otras incidencias similares no queremos oír hablar. Es una desgracia tener que defendemos de tales cargos. Cuando nos atribuís la adoración de un criminal y su cruz, os alejáis mucho de la verdad».
De hecho, Minucio condena El literalismo pagano que «escoge a un hombre para su adoración» y Teófilo ridiculiza a los literalistas paganos por creer que Hércules y Esculapio volvieron realmente de la muerte.
¿Por qué intentan sumar a su causa a escritores que es obvio que promueven algo totalmente distinto? Porque no hay escritores cristianos temprano s que defiendan la idea de que existiera un Jesús histórico. No hay discípulos históricos. No hay literalistas anteriores. Todo ha sido una invención. El primer cristiano que sugiere en sus escritos que es un literalista es Justino mártir, hacia el año 150 d.C. Pero incluso Justino seguía considerando el cristianismo como una rama de la filosofía y hasta fundó su propia escuela filosófica en Roma. Tras la muerte de Justino, su pupilo Tatiano abandonó El literalismo de su maestro, sugiriendo que era una especie de innovación, y empezó a ver la historia de Jesús del mismo modo que los mitos griegos, animando a sus lectores paganos:
«Comparad vuestras propias historias con vuestra forma de narradas. Echad un vistazo a vuestra propia vida y aceptad simplemente que nosotros también contamos historias».