LA SENSIBILIDAD DE DIOS
3. La humildad del Eterno (sensibilidad moral)
La segunda clase de sensibilidad humana que analizamos fue la sensibilidad moral, es decir, aquella orientación emocional que cada uno de nosotros le da a la vida para que sea una vida buena, vivida en la búsqueda del bien, de lo verdadero y lo bello. Una sensibilidad que crea en nosotros la conciencia o que vive en la conciencia, como lugar en el que el ser humano no está nunca solo, porque en ella resuena la voz de Dios.
Una voz que le interesa grandemente escuchar al hombre. Y que también ahora nosotros intentaremos escuchar, tratando de imaginar comprender -en cuanto sea posible- qué es o dónde está el bien para Dios. Si en Dios existe una sensibilidad, como lo recordamos antes, tal sensibilidad es también moral, atraída irresistiblemente por el bien y por lo que es bueno en sí, más aún, en una unión total con Él. Sería de verdad presuntuoso leer e interpretar tal atracción divina, así como sería trivial reducir el análisis a aquellas circunstancias de la historia de la salvación, por ejemplo, en el Sinaí, en donde Dios manifestó de manera explícita un decálogo, como concretización moral de aquel bien. El nuestro no es un texto de teología o de teología moral, sólo queremos tomar algunos detalles de la sensibilidad de Dios, para tomar también lo que está bien para nosotros, lo que puede y debe llegar a ser también algo que nos atraiga y, al atraernos, convertirse en criterio moral.
Pues bien, creo que Dios, al menos el Dios de los cristianos, en su voluntad de compartir el amor, a sí mismo, la vida, tiende constantemente a dar espacio al otro, a contraerse -si es posible- para que el otro sea, para que el hombre exista, para que sea feliz. Es decir, me place pensar en nuestro Dios como en aquel que está poderosamente atraído por el bien de la humildad, en todo lo que es y hace, en sus operaciones ad intra y ad extra, en el amor que lo vincula a la creatura individual como en el gran diseño de la creación. La humildad es el criterio de su ser y actuar, figura de
su amar y dejarse amar. Todo en Dios es expresión de humildad". Aunque a nosotros tal vez no nos parezca del todo natural hablar del Dios humilde.
Tratemos ahora de ver, sin presunción alguna, sencillamente algunos aspectos de la humildad divina, y de qué manera ella se expresa en la relación con el hombre. He captado al menos tres: Dios que hace espacio en su corazón al hombre y lo recuerda (lo tiene en el corazón), Dios que renuncia a su poder y olvida el pecado del hombre, Dios, finalmente, que se abaja hasta dejarse olvidar por amor del hombre.
a. Dios, el que recuerda
No es un acercamiento que se da por descontado, ese que tiene que ver entre humildad y memoria de Dios. Pero veremos que está bien fundamentado y es iluminante. En todo caso, se trata de algo que podemos comprender, que está muy cerca de nuestra psicología, a tal punto que lo podemos a nuestra vez asu- mir como criterio de nuestra sensibilidad moral.
Mi hipótesis de partida es que la humildad de Dios está de- mostrada también por su manera de recordar, recordar precisa- mente en el sentido de hacer lugar en el propio corazón (ver la raíz del verbo recordar) al Amado. Por consiguiente, al analizar el modo de recordar de Dios descubrimos también su humildad como constante de su actuar.
En verdad, la memoria de Dios, o el hecho de que Dios re- cuerde, no se presenta en apariencia como un hecho extraordina- riamente original, pero no deja de ser con todo una característica que es subrayada continuamente en las Sagradas Escrituras como prerrogativa o con prerrogativas típicas de Dios. En la Sagrada Escritura Dios es presentado como aquel que recuerda, y pre- cisamente en virtud de la capacidad de recordar es presentado
6 Ver, en tal sentido, el clásico de VARILLON, F. L'umiltá di Dio. Magnano, 1999.
también como aquel que es fiel a su plano de salvación. Si Dios es el Eterno, Él recuerda para siempre (cf. Ex 2).
El primer texto en el que se menciona la memoria de Dios es el capítulo 8 del libro del Génesis, donde se narra lo referente al diluvio universal. Y se dice incluso que "Dios se acordó de Noé, de todas las fieras y de todos los animales que estaban con él en el arca" (Gn 8, 1). Precisamente porque lo recuerda Dios salva a Noé y a su familia, y también a los animales que estaban con él.
De la misma manera sucede con los israelitas esclavos en Egipto, en el momento en el cual muere el rey surge el grito y el lamento del pueblo oprimido, y Dios lo escucha, pero sobre todo "se acordó de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob. Dios miró la condición de los israelitas, Dios se acordó de ellos" (Ex 2, 23-25). Pero si Dios es aquel que recuerda, también Israel ha de ser pueblo de la buena memoria y ejercitarse en recordar, en recor- dar sobre todo lo que Dios ha hecho. En efecto, ¿qué recomienda Moisés al pueblo elegido, antes de morir? Exactamente no ol- vidar cuanto había visto y oído: "Acuérdate de todo el camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer en estos 40 años en el de- sierto" (Dt 8, 2). De esto derivaba para Israel un modo de creer sumamente vivo y basado en hechos históricos, del todo perso- nalizado y materializado en la memoria, más que de capacidad lógico-mental: el israelita piadoso recordaba creyendo y creía re- cordando, es decir, la fe era para él un modo de recordar su histo- ria dando un sentido coherente a todo, mientras la memoria era el instrumento o el modo de creer.
De ello derivaba como consecuencia también un modo de actuar correspondiente, aun en el plano moral: "Recuerda que fuiste esclavo, no lo olvides. Cuando te encuentres con el extran- jero, no olvides que tú también fuiste extranjero y por lo tanto trátalo bien" (cf. Dt 4; 5,13; 8). Pagazzi observa de manera muy clara: "Todo el libro del Deuteronomio es una teología moral
fundamentalmente basada en la memoria"7. Y lo es porque en
primer lugar revela la sensibilidad moral de Dios basada ella también en la memoria, en su corazón humilde que recuerda la creatura y la alianza con ella establecida. El orgulloso sólo se re- cuerda de sí mismo.
Y para que los acontecimientos de la historia de Israel, con el mensaje que de ellos surgían, no se olvidaran ni limitaran su efecto al tiempo en el que habían tenido lugar, Moisés los vuelve culto y memorial, fiesta litúrgica, es decir, celebración, y no sólo conmemoración; intercambio de memoria, no memoria unilate- ral8. "Al recordar las maravillas realizadas por Dios, se recuerda
a Dios que se acuerda de Israel. Las fiestas litúrgicas son en rea- lidad el cruce de la memoria de Dios que salva y de la memo- ria de Israel que promete fidelidad y gratitud manifiesta"9. De
este cruce deriva la salvación, en sentido activo y pasivo: "Si Dios se acuerda de mí, me salva; si yo me acuerdo de Dios, estoy salvado"10.
Sin embargo, sucede que Israel, que es el pueblo de la memo- ria, se olvida de Dios. Más aún, no sólo se olvida de su Dios que lo hizo salir de Egipto, que le abrió delante un mar, que lo liberó de los enemigos..., sino que llega a perder el propio texto que contenía esas continuas invitaciones a recordar, sobre todo aquel texto de teología moral -el Deuteronomio, como ya lo vimos- en el cual eran reconocibles los sentimientos y la sensibilidad del Dios que se preocupa de Israel.
Parece paradójico en sí o tal vez sea hasta demasiado lógico en sus consecuencias: el libro de la memoria es olvidado, más aún perdido; se convierte en la primera víctima de su transgresión.
7 PAGAZZI, G. C. Op. cit., p. 48. Me declaro deudor de las claras reflexiones de este
autor en lo referente a este párrafo.
8 Cf. CENCINI, A. Litlbero della vita. Verso un modello di formazione iniziale e
permanente. Cinisello Balsamo, 2011, pp. 174-175. 9 PAGAZZI, G. C. Op. cit., p. 4 8 .
10 Ibíd.
Un virus terrible anula la memoria del pueblo que Dios se es- cogió, anulándole por lo tanto también la identidad. Y si Israel pierde la memoria, pierde inevitablemente el contacto con Dios, con su historia de pueblo con el cual Dios formó una alianza, ya no recuerda el camino que lleva al Señor, ya no disfruta de la familiaridad con Él y con sus sentimientos, ya no posee su sen- sibilidad ni tiene la certeza de ser recordado por Él y la alegría de recordarlo... En efecto, cuando después el libro se encuentra, bajo el santo rey Josías, nadie en el pueblo lo recordará como el "libro de la memoria", nadie podrá leerlo; se necesitará un ex- perto, la profetisa luldá para identificarlo como el Deuteronomio. El rey, entonces, se rasgará las vestiduras, consciente de la afrenta hecha contra Dios: se había olvidado el libro que pedía hacer memoria de Dios e indicaba también de qué manera (cf. 2R 22, 3-20). Israel, privado de la memoria, se encuentra también sin identidad, sin fidelidad, sin futuro, sin gratitud (por el pasado) ni confianza (por el futuro), sin Dios.
Y termina en el exilio: es el resultado inevitable del olvido. ¿Y Dios?
b. Dios, aquel que olvida
Y Dios olvida, en su humildad olvida el pecado de Israel. Como Él mismo lo afirma: "Yo les perdonaré su iniquidad y ya no recor- daré su pecado" (/r 31, 34). "Aquel que es capaz de recordar más que nadie, es el mismo que es capaz de olvidar"11. Y es otra gran
prueba de la humildad del Eterno, porque sigue siendo un olvido en función del otro, de su vida, de su realización. Aquel que es capaz de olvidar más que nadie es el mismo que es capaz de hacer que la creatura sea nueva, de hacerla inocente, borrando sus peca- dos, arrojándolos lejos de sí como el Oriente dista del Occidente.
Si Israel ha sido, por lo tanto, una esposa infiel, ahora se con- vertirá en objeto de la seducción de Dios. "La seduciré, la llevaré
al desierto y hablaré a su corazón" (Os 2, 16); si sus pecados fue- ran rojos como el carmín, se volverán blancos como la nieve.
Así, "la amnesia de Dios llega a ser la amnistía de Israel", afirma en una feliz síntesis un biblista como Schokel12.
Pero como siempre el gesto divino se propone como funda- mento de un gesto humano correspondiente, es decir, de la sen- sibilidad de Dios nace la indicación de aquello que es bueno para el hombre, de lo que es moral, o de aquella que debería llegar a ser la sensibilidad también humana. Por eso, como Dios, al recor- dar, le pedía a Israel que recordara, así Dios, al olvidar, le pedía a Israel que olvidara. Y he aquí también la actualización litúrgica, con muchas consecuencias en el plano incluso social, es decir, el jubileo, como instrumento y etapa de este camino formativo, para que Israel aprenda a perdonar olvidando y a olvidar perdonando, o aprenda la amnesia divina que perdona. La lógica bíblica (y la pedagogía divina, en último análisis) es bastante lineal: como el pueblo estuvo 50 años en el exilio y, después de este tiempo, Dios olvidó sus pecados, de la misma manera, todo israelita, cada 50 años, al finalizar el quincuagésimo año, deberá olvidar las deudas que sus hermanos tengan para con él (cf. Lv 25).
Es una lástima que luego la Biblia no nos cuente nada sobre la aplicación concreta de esta disposición legal, aunque haya sido ¡definida tan cuidadosamente! Es decir, parece que Israel "olvidó que Dios había olvidado sus pecados, de modo que siempre re- cordó bien las deudas de los demás.. ."l3. La parábola que después
Jesús mismo contará acerca de la gran deuda condonada por el rey a un siervo suyo, y de la deuda insignificante no perdonada por el mismo siervo a un colega suyo (cf. Mt 18,23-35), confirma en realidad la extraña relación que a menudo establece el hom- bre entre el recordar y el olvidar; extraño porque va en sentido contrario de la sensibilidad que Dios tiene respecto al hombre
12 Citado en: PAGAZZI, G. C. Op. cit., pp. 49-50. 13 Md„ p. 51.
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y que éste ha experimentado en sí; extraño porque el hombre -como el siervo de la parábola- parece olvidar la enorme deuda contraída con Dios y luego condonada, mientras que recuerda muy bien esas cuatro pequeñeces que le debe el amigo, y que no está dispuesto a perdonar; extraño, en fin, porque de tal manera el hombre no disfruta del perdón recibido y ni siquiera puede gozar, y es el daño más grave, de la alegría más grande para el ser humano: perdonar a la manera de Dios.
c. Dios, aquel que se deja olvidar
Pero la humildad del Eterno va más allá del nivel del olvido del pecado de la creatura. Hay, en efecto, otra característica de esta sensibilidad divina construida y de algún modo tensa entre la po- laridad del recordar-olvidar, polaridad que en Dios se recompone en torno a la humildad, y se convierte para nosotros en referencia importante para el desarrollo de nuestra sensibilidad moral.
Dios no es solamente aquel que recuerda a la creatura que lo ama, y de la cual olvida pecados e infidelidades, sino que es aquel que se olvida de sí mismo, que se deja olvidar. Es el punto extremo de la humildad divina.
Lo hace con Israel, como lo hemos visto, el cual permite olvi- dar su historia, toda esa historia llena de prodigios divinos y de gestos extraordinarios de benevolencia por parte de Dios, pero lo hace sobre todo "retirándose" Él mismo, poniendo Él de ma- nera explícita las promesas para de algún modo... desaparecer.
El ejemplo más expresivo y eficaz de este trato tan especial de la sensibilidad divina me parece que es la Eucaristía. En la que todo es discreción, pequeñez, humildad, ocultamiento, norma- lidad y sencillez de signos, evocación leve del misterio, posibi- lidad (para el hombre) de pasar más allá sin causar demasiada atención, ausencia total de cualquier sensacionalismo...14. Y sin
14 Un verso del canto Adoro te devote, compuesto por santo Tomás de Aquino, habla de
una "latens deitas quae sub his figuris vere latitas", es decir, de una divinidad que se oculta y, al hacerlo, se hace olvidar.
embargo, la Eucaristía fue instituida por Jesús para hacerse re- cordar, confiándola a algunos ministros ordenados, que son los guardianes de esta memoria eucarística: memoria vivísima, que paradójicamente se hace olvidar, porque es memoria de un Dios que se deja olvidar.
De ahí la posición extraña, aparentemente contradictoria, de los ministros de la Eucaristía y de su misterio, en tensión también ellos entre dos polaridades que, una vez más, están destinadas a cruzarse y conciliar. Por una parte, tales ministros son hombres de la memoria de la Eucaristía en todo lo que hacen, no sólo en la liturgia, haciendo que su vida sea memoria eficaz del gesto de Jesús que se da en la cruz. Por otra, tales hombres de la memoria son también ministros del olvido del Dios, de su discreción, de su no violencia, de su no agresividad. Pero esto con la condición de que primero hayamos aprendido de Dios este aspecto tan típico y bello de su sensibilidad, es decir, la humildad de dejarse olvidar. Además, es siempre la misma praxis por parte de Dios, el Pa- dre creador y formador de nuestras almas: como Dios, aquel que recuerda, le pide a Israel que recuerde, y como el mismo Dios, que olvida, y pide una vez más a su pueblo que olvide, de la misma manera el Señor, dejándose olvidar, pide a quien cree en él, en especial a quien celebra el memorial de la cruz o participa en éste, dejarse olvidar, o de tener su misma sensibilidad y libertad.
Y tal vez aquí nos encontremos en las mismas condiciones de infidelidad del Israel de esa época. O, por lo menos, debemos admitir que en general no tenemos esa humildad y no nos pode- mos permitir esta libertad, porque estamos preocupados de que se nos recuerde, de dejar, en cuanto sea más posible, una huella que sea visible de nuestro paso, y quizá especialmente nosotros los ministros del altar. Habida cuenta de que no tenemos hijos que... continúen nuestra descendencia, buscamos reemplazos que sigan hablando de nosotros: títulos de estudio, obras rea- lizadas, libros, escritos, iniciativas emprendidas, reconocimien- tos obtenidos, promociones eclesiásticas, carreras más o menos prestigiosas...; por no hablar de aquellos casos miserables en los
que se llega a forzar la realidad para aparentar lo que no se es e in- flar de alguna manera la propia reputación. Es preciso estar muy atentos y ser muy realistas consigo mismos. Sin llegar a ciertos ex- tremos claramente desviadores, puede llegar a ser un sucedáneo (antiamnesia) incluso con una más o menos presunta fama, más o menos complacida, que uno se ha construido (claro que también con mérito) de hombre de Dios, de persona sabia y buscada, de consejero iluminado..., fama que nos complace y que poco a poco nos quita la libertad y sensibilidad de quien obra sin preocuparse demasiado de su persona y su memoria. Es como si tuviéramos miedo de que la muerte pudiera acabar con todo lo de nosotros. Y al no tener la humilde y serena agilidad de dejarnos olvidar nos volvemos difíciles, "diabólicamente difíciles"15, pesados, exigen-
tes, insoportables, carentes de espontaneidad, nerviosos, servido- res demasiado útiles y muy serios, personas insustituibles, más aún, inmortales... justamente lo contrario del gesto humilde de Dios que se retrae para darle espacio a la creatura.
E. Becker llama en efecto "símbolos de inmortalidad" a todos aquellos sucedáneos que acabamos de mencionar y a otras "mer- cancías" más o "baratijas" que se exhiben (por quien, evidente- mente, no tiene nada más que exhibir), como tentativa extrema de negar la muerte, la propia muerte16, o de procurarse una "re-
surrección-hecha de pequeños trabajos", como lo diría Pagazzi17.
Lo contrario de la que esperaba el buen ladrón quien, al término de una vida hasta entonces demasiado equivocada y sin... títulos positivos, se acoge a la memoria del salvador: "¡Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino! (Le 23, 42). Esa memoria es la
15 El diablo, pensaba F. Nietzsche, es el espíritu de pesadez.
16 Cf. BECKER, E. II rifiuto della morte (El rechazo de la muerte). Roma, 1982. Según
Becker, el "símbolo de inmortalidad" nace de la exigencia humana de tratar alguna cosa como si tuviera valor absoluto, haciendo de ella una garantía de bienestar en el presente y el futuro. Es una especie de ídolo que sirve para mitigar o no tener que resolver la tensión entre el mundo de los deseos y el de los límites, y termina por distorsionar la realidad si el bien implicado es finito y relativo (como, por ejemplo, el sexo, el dinero, la ideología, los diversos arrivismos, el culto de la personalidad...).
garantía, la única garantía de la salvación, que de hecho le es con-