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ntre los sentidos y la sensibilidad humana hay en comúnmucho más que una simple asonancia verbal. Basta decir que los unos (los sentidos) son causa de la otra. Es una relación compleja y al mismo tiempo natural, dinámica y también basada en elementos estructurales, sólidos y estables; de compenetra- ción recíproca hasta el punto de hacer difícil distinguir las dos realidades en acto.
Pero si los sentidos, como lo vimos, corren el riesgo de per- derlos, la sensibilidad, en cambio, difícilmente desaparecerá del corazón del hombre. A lo más cambiará de objeto o será más o menos intensa, o también seremos sensibles en la dirección equi- vocada, por cosas y realidades no del todo en línea con nuestra verdad más profunda, pero la sensibilidad no podrá nunca per- derse en cuanto tal. Es una convicción que también me viene de la experiencia profesional psicoterapéutica. No recuerdo haber encontrado jamás a una persona que me confesara ser en abso- luto insensible, en todo caso y circunstancia, como si fuera su es- tilo normal de vida y su modo de sentir (o de no sentir) dentro de sí. A lo más, muy a menudo he escuchado relatos o testimonios de vida en los que la sensibilidad aparecía o se mostraba, aun con un poquito de complacencia u otras veces de victimismo, como una especie de justificación de la reacción eventual propia un poco extraña o excesiva ("¿sabes?, yo soy sensible..."; "es mi
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aguda sensibilidad la que me lleva a ver cosas que los demás no ven y que aumenta en mí lo intuido")1. ¡¿Es posible, me dije, que
a mí sólo vengan personas sensibles (y a veces hipersensibles)?! La verdad es que todos, indistintamente, somos sensibles; so- bre qué serlo, luego, lo decidimos nosotros (y más o menos ya todos lo decidimos), pero no podemos pensar o presumir de ser totalmente insensibles: si somos más sensibles a ciertas cosas o a actitudes de los demás o a la realidad de la vida, lo seremos menos frente a otras realidades y actitudes, pero en todo caso nuestra energía emotiva debe también andar en alguna direc- ción. Incluso el indiferente, o aquel que parece tal, es sensible a algo, así él no lo sepa o lo niegue.
Tratemos ahora de definir, ante todo, el concepto, o de descri- bir sus componentes.
1. Definición (y descripción)
Sensibilidad quiere decir, esencialmente, orientación emocio-
nal, transmitida por la vivencia al mundo interior del sujeto en distintas áreas de la personalidad, hacia un "bien" (o algo que apa- rezca o sea considerado tal por él, más o menos inconscientemente).
Ser sensible, pues, consiste en advertir, más o menos límpida- mente, una atracción afectiva y/o mental, y que tiende a llegar a ser acción o a provocar decisiones en una dirección precisa y en diversos sectores de la personalidad.
De manera más analítica estos parecen ser los elementos constitutivos:
1 Una vez una señora, frente a mi reacción algo estúpida por cierta actitud suya exce-
sivamente resentida con relación al marido, se justificó y me catequizó así: "Tal vez usted no pueda entenderme, porque tiene otra sensibilidad, no es sensible como yo lo soy... ¡Si supiera cuánto se sufre al tener una gran sensibilidad!". Y acompañó estas palabras con un suspiro que la hacía aparecer con ese sentido suyo de superioridad frente a esos ignorantes como yo, que no pueden comprender porque no son lo suficientemente sensibles.
a. "Orientación"...
La sensibilidad es esencialmente orientación. "Orientación" como dirección, atracción, tendencia, impulso más o menos irre- sistible, y también sentimientos, gustos, deseos, intereses, con- vicciones..., y todo lo que manifieste un dinamismo que mueva a la persona en una dirección bien precisa.
1) Predisposición
De por sí sensibilidad no quiere decir acción verdadera; ella pertenece más a la categoría psicológica de las actitudes, o sea de las pre-disposiciones, de lo que sucede antes de la acción (en- tendida como gesto externo) o que la prepara e introduce, o que anticipa o podría condicionar la decisión, pero que no se iden- tifica con ella ni se confunde tout court con la acción2. Esto nos
habla ya de la complejidad del concepto, pero al mismo tiempo nos recuerda que en todo caso es siempre el sujeto el que decide consentir o no a la tendencia de predisposición de sus actitudes, y por ende también de la propia sensibilidad. No tiene por lo tanto mucho sentido cierta lógica, hoy convertida en cultura, se- gún la cual uno "debe" actuar en conformidad con lo que sienta, o ha de dar realización inmediata a las propias predisposiciones interiores. Esto sea tal vez típico del animal, el cual actúa como se lo dicte el instinto, sin ninguna discontinuidad ni intervalo entre sensación y acción. El hombre, por el contrario, puede y debe, frente a la presión del sentimiento o de cualquier atracción, interponer una pausa de reflexión que le permita llegar a una decisión inteligente y motivada.
Digamos, sin embargo, de inmediato que en la práctica tal orientación puede imponerse al sujeto cada vez más, y así será exactamente en la medida en que él lo convierta en acción. Como lo veremos.
2 Sobre la definición y naturaleza de las actitudes, cf. CENCINI, A., MANENTI, A. Psico-
logía e formazione. Strutture e dinamismi. Boloña, 2010, pp. 68-83.
2) Criterio de elección
¿Pero con base en qué pregunta o criterio el individuo decide si aceptar o no la provocación o atracción que advierte dentro de sí? ¿Cómo decir: tal orientación es aceptable en el plano ético? ¿Es buena o mala? ¿Es necesario relevar su eventual dimensión moral? ¿O el hecho de que uno la experimente dentro de sí la hace automáticamente buena, lícita o éticamente neutra?
Por ahora podemos responder así: la sensibilidad representa de por sí una riqueza, es una potencialidad humana, habla de que el hombre no es sólo frío raciocinio o puro activismo y tam- poco simple exterioridad, sino que tiene una vida interior viva, es capaz de deseos y emociones, experimenta pasión y empatia, puede enamorarse y conoce la desesperación. Todo esto, y mu- chas cosas más, hacen parte de la sensibilidad y asume relevancia ética en el momento en el que se refiere a la identidad y verdad del individuo mismo y, si el asunto en cuestión o el comporta- miento van más allá del individuo, también de la identidad y ver- dad de los demás: si es una sensibilidad que está en sintonía con la verdad e identidad de la persona y le ayuda a ésta a realizarse en esta línea y en el respeto al otro, es una sensibilidad buena y se la acepta. Si distrae al sujeto en lo que es llamado a ser en sí mismo y en la relación con los demás, no le sirve, es una fuerza negativa, contraria a su identidad y verdad, y lo llevaría lejos de sí y de los demás; sería una sensibilidad alienante y destructiva. Y va a ser precisamente con base en tal verificación como luego el individuo será llamado a discernir y decidir.
Este primer elemento constitutivo tiene que ver con la vida presente del sujeto.
b. Orientación "emocional"...
El segundo elemento que define la sensibilidad se refiere a la calidad de la orientación transmitida por la misma sensibili- dad. Se trata de una orientación de tipo emocional. "Emocional" en el sentido doble etimológico-literal de movimiento (motus)
y también de dinamismo (entendido como dynamis, energía o fuerza). Es decir, la emoción imprime un movimiento o modo de ser a la persona, que la hace más o menos emotiva, más o menos sujeta a la emoción y atraída hacia una cierta dirección; al mismo tiempo es una fuerza interior específica, que tiene el poder de involucrar cada vez más a la totalidad del ser y actuar de la persona, o sea de con-moverla (cum-movere). La emoción, pues, -como elemento constitutivo de la sensibilidad- es fuerza totalizante, en cuanto logra mover a la vez todo el mundo inte- rior del hombre, el cual pasa así de la emoción a la conmoción.
El componente emotivo nos hace pues comprender aun mejor que la sensibilidad no es sólo sentimiento o fantasía, sino fuerza interior que ejerce cierta presión y orienta la vida.
Con esta premisa, pasemos a la indicación de los tres compo- nentes de la sensibilidad, que son luego los tres elementos cons- titutivos del ser humano.
1) Componente afectivo
Hemos llegado a la conclusión de que hay energía en la sen- sibilidad, esa energía que experimentamos como afecto que nos atrae en una cierta dirección, y que puede ser orientada hacia personas o cosas, y también hacia maneras de actuar y reaccio- nar, de relacionarse y "sentir" al otro..., hacia gratificaciones ins- tintivas y atracciones de género variado, desde la artística hasta la espiritual. Estas maneras, si se ponen por obra y se repiten habitualmente, llegan a ser poco a poco estilo de vida, algo que cada vez nos parece más normal y bueno, bello y conveniente, y que de hecho confirmamos y reforzamos con nuestra actitud y comportamiento.
En tal sentido, decimos que existe siempre un afecto que nos orienta y predispone en las cosas de la vida. Dicho afecto es como el núcleo, la parte más vital de la sensibilidad, su corazón. Es también su energía, una energía que nos hace preferir y apreciar algunos modos y gestos, palabras y contactos, relaciones y estilos
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relaciónales, personas y grupos, y dirige los sentidos, externos e internos. De manera positiva esto constituye una gran ventaja: es decir, cuando el afecto está en línea con la identidad y verdad de la persona, y se dirige a cosas, actitudes, modos de ser y de relacionarse coherentes con su yo ideal (con lo que la persona es llamada a ser), permite a la persona misma amar lo que hace, encontrarse a gusto, implicarse totalmente en lo que dice y hace, poner pasión y hacerlo con creatividad, resultar creíble y convin- cente. La suya es una sensibilidad consistente, podríamos decir.
En cambio, es diferente el caso de una sensibilidad inconsistente.
La envidia, por ejemplo, crea, o es parte de una cierta sensibi- lidad, con emociones anexas que no están ciertamente en línea con un plano de valores altruistas o de dirección hacia el otro: el individuo sufre por el éxito del otro y espera en su corazón que él fracase o cometa un grave error. Sufrimiento y esperanza, en tal caso, son "afecto" negativo, energía emocional en sí preciosa, pero que está en abierto contraste con la verdad profunda del ser en cuanto tal (de ese que cualquier hombre es, podríamos de- cir) y muy probablemente con aquel que la persona en cuestión quiere llegar a ser (nadie, creo, sano de mente escoge consciente- mente el mal del otro como su propio bien). Pero en realidad el envidioso "ama", sueña y desea dentro de sí esta eventualidad (así no tenga el valor de admitirlo), liga su felicidad a ella. Sabe que no está bien y que es imbécil antes de ser inmoral disfrutar de las falencias de los otros, podrá incluso decírselo y oírselo decir y tal vez hasta vaya a confesarse de ello, para hacerse reprender, porque... no debería (como si él no lo supiera). Pero este affec- tus, si no se interviene eficazmente sobre él y sus raíces, persiste y sigue orientando su vida emotiva, condicionando sus humo- res, impidiéndole amar lo que hace, o hacerlo por amor (visto que en cambio lo realiza para sobresalir por encima del otro), disminuyendo y desperdiciando energía preciosa, que le impide realizar sus ideales, los que proclama públicamente, lo hace poco creíble y mucho menos convincente e, inevitablemente, le crea
verdaderos problemas de relación y tensión insoportables. Quién sabe si tal vez Marta era un poco envidiosa de María...
Lo mismo podremos decir del tipo que ha caído en el hábito de la masturbación o de la visión de la pornografía: en ambos casos la persona es sensible a cierta clase de atracción, cultiva un afecto hacia la gratificación particular física genital que se refiere muy de cerca de sus sentidos (del tacto a la vista, de la imagina- ción a la manipulación del propio cuerpo y del de los demás), es atraído y en tal sentido "aficionado" a o movido hacia, cierta manera de actuar porque de ello le deriva -así lo cree y siente- una sensación agradable. El sujeto quizá sepa que no es una cosa buena en sí, conoce también el dejo amargo que sigue a estas operaciones, e incluso conoce la moral, tal vez hasta la enseñe y defienda... Pero se encuentra metido en ese affectus, con un impulso energético que va y seguirá andando en cierta dirección, hasta que tenga el valor de, o sea ayudado a, trabajar sobre ese affectus, para comprender el origen de éste, su verdadero sentido y hasta incluso el engaño, para ver cómo atenuar dicha atrac- ción, o tal vez modificarla u orientarla de manera diferente, más en línea con la propia verdad de ser. Como luego trataremos de entenderlo.
Evidente, por lo tanto, la importancia del componente afectivo de la sensibilidad: si es energía, debemos necesariamente contar con ella, pero de manera "inteligente". Por un lado, es fuerza que no puede ser ignorada o subvalorada, por otro no puede ni debe ser aguantada, expresada o desahogada. De nuevo, es el indivi- duo el que luego escoge qué hacer con ella, como ya lo vimos.
Él se da cuenta, a veces de modo también intenso o difícil, de esta tendencia, se siente impulsado (e-motus) en cierta direc- ción, pero a menudo, o como de costumbre, ignora precisamente de dónde venga y algunas veces también a dónde lo pueda lle- var. Algo así, pero al contrario, de cómo actúa el Espíritu que actúa en nosotros encendiendo sensaciones y afectos en el cora- zón (cf. Rm 8, 26), cuando aún no hemos aprendido a distinguir sus gemidos y reconocer su presencia, pero estamos no obstante
aprendiendo a vivir de modo habitualmente consistente: justo cuando lo que hacemos llega ser un estilo virtuoso o un hábito bueno, en efecto, tiene menos necesidad de ser activado por un acto lúcido de conciencia y de voluntad. Y se presta a estar "bajo la acción" del Espíritu (y viceversa).
Es un hecho que la sensación de la energía presente en la sen- sibilidad, provoca una sensación correspondiente de pasividad que, en caso de una sensación incoherente con la identidad del sujeto, llega a ser casi de resignación inerte (más o menos inte- resada), como una coartada que a veces hace llegar también a conclusiones impropias y decisiones correspondientes ("es más fuerte que yo", "me siento así, no puedo hacer nada", "si advierto esta atracción, no puedo dejar de satisfacerla, si no, me siento frustrado"). Cuando, en cambio, la sensibilidad está en línea con la verdad del sujeto, como en el caso del creyente coherente con sus valores, es una pasividad activa, teológica, podríamos decir, que hace a la persona aún más emprendedora, precisamente por ser dócil a la acción de lo trascendente y por lo tanto libre. Vol- veremos sobre esto más adelante.
2) Componente intelectual
Dijimos que la orientación es emocional, porque la emo- ción, en cuanto energía que impulsa, juega un papel central en la sensibilidad, como ya lo comenzamos a entrever. Sobre todo, la emoción juega un rol de síntesis. En realidad, se trata de una sensación-emoción que tiene una composición especial no sólo de naturaleza emotiva, sino también intelectual y volitiva. Así, pues, si "orientación emocional" quiere decir ante todo atrac- ción espontánea, o al menos a un cierto punto percibida como tal (aunque tenga su historia), eso significa también gusto men- tal, familiaridad conceptual, sintonía y predisposición positiva igualmente intelectual para interpretar la realidad de cierta ma- nera, para comprender de inmediato (intuir) algo o para juzgar la realidad de un modo que corresponda a la propia sensibilidad,
por lo tanto para justificar también las propias atracciones y comportamientos correspondientes (de ahí la formación de la conciencia moral), para nutrir intereses intelectuales o para ma- durar convicciones (intelectuales-morales-estéticas) de cierto tipo..., y, por el contrario, rechazo, distonía, antipatía... siem- pre en el plano mental, frente a su contrario. Pero es siempre una inteligencia emocional, como diría D. Goleman3, o sea una
inteligencia que está dotada también de energía, que mueve a la acción, inteligencia que no es sólo cociente intelectual o frío raciocinio, porque se deja influenciar-contaminar de la emoción y provoca a su vez emociones y sentimientos. Es decir, es una inteligencia emocional que pone en movimiento una emoción inteligente, inteligente a su manera, en el sentido de que es de- terminada por la emoción. M. Nussbaum la llamaría, en efecto, "una inteligencia de las emociones" (vale decir, manejada por las emociones), entendidas como "terremotos", "temblores geológi- cos del pensamiento", capaces de producir la risa y las lágrimas, la alegría y el dolor y una gama infinita de reacciones en cadena4.
Creo que sea un punto que merece la atención, tanto para comprender bien la naturaleza de la sensibilidad como para en- tender de qué manera manejarla y no simplemente sufrirla.
El componente emotivo, una vez estructurado en la sensibi- lidad, no excluye la inteligencia, muy por el contrario, en el me- jor de los casos la involucra, atrayéndola progresivamente para que entre en su órbita, es decir, para que vea cuán buena, bella y justa es aquella atracción emocional con todo lo que la sigue. No es exagerado decir que el componente emotivo crea una cultura correspondiente en el individuo, como un set de valores y signifi- cados existenciales en línea con aquella emoción. Es un proceso lento, muy lento, pero inevitable a la larga. Por otra parte, está un poco en la naturaleza de las cosas; lo que el corazón ha aprendido
3 Véase la obra clásica de GOLEMAN, D. Intelligenza emotiva. Che eos'é, perché puó
renderci felici. Milán, 1999.
4 M. Nussbaum, citado por PISARRA, P. II giardino delle delizie. Roma, 2009, p. 56.
a desear y a gustar aparece también cada vez más natural y con- vincente, lícito y lógico, en especial si, el aporte de la voluntad, se ha vuelto cada vez más habitual en la conducta. Así, se crea una relación de progresiva sintonía-simpatía entre el afecto sensible y la actitud mental, que podrá llevar a ésta, por un lado a desa- rrollar intereses, intuiciones, análisis en la línea del affectus en cuestión. Mientras que, por otro, aun el juicio moral se resentirá de esta especie de alianza intrapsíquica, y estará cada vez más orientado a declarar lícito y compartible lo que gratifica la sensi- bilidad del individuo.
En fin, la sensibilidad en todo caso "tira" a su parte la mente y la razón y tiende a hacerlas funcionales para sí. Es probable que esto quiera decir algo importante en lo concerniente al na- cimiento de la conciencia, que por otra parte es ella misma una forma de sensibilidad: es sensibilidad moral, como lo especifica- remos más adelante.
Ciertamente el intelecto, con sus recursos de capacidad de investigación y verificación, de análisis y penetración de la rea- lidad, puede y debería mantener tales potencialidades con el fin de tener un correcto y autónomo juicio sobre la realidad o so- bre la actitud del individuo en cuestión. El intelecto humano, en efecto, posee la capacidad raciocinante de distinguir el bien del mal, pero de hecho después también esta capacidad es educada y defendida, debe crecer y enfrentarse a la realidad y a factores internos de la persona, y no puede -en todo esto- dejar de sentir cierta influencia de la sensibilidad, la que tenderá a hacerla suya y condicionarla, para que... declare positivo y conveniente todo cuanto sirva para la propia gratificación.
Decisivo ha de ser -en este punto- el affectus y su naturaleza: si es un affectus que orienta la persona hacia la propia verdad e identidad, hasta será un bien este condicionamiento de la parte emotiva en relación con la intelectual. Será un condicionamiento positivo, porque se llevará a cabo como una provocación eficaz