PREFACIO
D
e la raíz griega: "Sensación", "sensibilidad", "percepción me-diata de los sentidos" nace el término "estética". Así, la con-templación y la producción de la Belleza tienen su origen en el cultivo de los sentidos y la sensibilidad. Ésta, en síntesis absoluta, es la materia de la que está hecho el libro de Amedeo Cencini, que ha de leerse todo de un una sola vez y luego releerse con calma meditativa.El libro nos dice cómo estamos poniendo en peligro de ador-mecer estos dos dones extraordinarios, cuán indispensable es hoy día orientarlos al Bien, y cuánto debemos enriquecerlos de sentido alimentándolos directamente por el encuentro con Dios. Los sentidos y la sensibilidad son los caminos que tenemos a disposición para percibir la realidad: desde la más sencilla hasta Dios. Nos pertenecen para hacer que resuenen la "realidad y Dios" dentro de nosotros y para hacernos regresar luego a la rea-lidad y a Dios con el corazón dilatado.
Amedeo Cencini nos ha hecho un regalo. Debido a la progre-siva desaparición de la sensibilidad de nuestro bagaje espiritual, necesitábamos que se nos tomara de la mano para redescubrir, desde las vertientes psicológica, filosófica y teológica, lo que es mayormente propio del ser humano. Una estructura rigurosa y, al mismo tiempo, de lectura agradable, conforma el libro, cuyo autor utiliza un esprit de géométrie y un esprit de finesse para
adentrarnos, gracias a un núcleo de definiciones y clarificacio-nes, en varias tipologías de sensibilidad y para hacernos luego arribar a la sensibilidad de Dios. La segunda parte de la obra está orientada francamente a la formación mediante la invitación a cultivar los sentidos, uno a uno, a la luz y al calor de la espiri-tualidad y se concluye con la propuesta de un itinerario sólido y formativo de la sensibilidad.
No perdamos nada de lo escrito. La óptica humanista y es-piritual al mismo tiempo, típica del autor, nos entusiasma en el descubrimiento -que, en cierta manera, podría llamarse pio-nero- del cuidado de los sentidos y la sensibilidad. Tenemos ganas de nuevos ojos para contemplar, de nuevos oídos para es-cuchar y de palabras justas para consolar y orar. Las páginas de este libro ponen, además, en paralelo el ser consagrado con el ser firmemente sensibles: personas con sentidos abiertos de par en par que viven cada encuentro, cada cosa y vínculo con alegría y devoción concentrada.
La tentación de lo digital, la cultura de la apariencia, los retos de lo cotidiano pueden ser confrontados con éxito si arraigamos los sentidos y la sensibilidad en la inteligencia y la afectividad madura. Si los cultivamos porque queremos afinar la vida de co-munidad y de familia. Si nos formamos y formamos a los demás a producir Belleza.
Nunca "apagados", entonces. Y alabado sea Dios por los sen-tidos y la sensibilidad. Él está con quien "siente" en su nombre; con el que concede atención y cuidado en su nombre. <• üll quien teje vínculos de solidaridad, comunión y com |>.i ión prolmuía en su nombre. Con quien ama en su nombi <•
( VI I I I I N A ( A N U I A I MA
Docente de antwpolOfflii l' i iHMMili <i< Ión Pontificia Uniwi tlihiil Siih'sltmii, l/mtiti
Prólogo
DEL "HOMO SAPIENS"
AL "HOMO INSENSATUS
o todos se han dado cuenta, por la sencilla razón de que, para comprender que estamos perdiendo los sentidos, sir-ven... los sentidos; es preciso, por lo tanto, estar muy atentos, despiertos y vigilantes para darse cuenta de que alguien o algo se le está de alguna manera quitando, o que por cualquier motivo estamos desaprendiendo su ejercicio. Para tener semejante tipo de atención es preciso tener sentidos en condición de desarrollar su trabajo, el de garantizar la relación con la realidad. ¿Cómo pueden nuestros sentidos permitirse descubrir que los estamos perdiendo si... en efecto los estamos perdiendo, o si no están ya funcionando como deberían?
Y, sin embargo, parece ser precisamente así.
Quizá sea el elemento que de verdad caracteriza a esta nuestra época, clasificable de manera diversa si se la mira desde diferen-tes ambiendiferen-tes culturales, pero que es semejante en varios contex-tos de este fenómeno tan globalizante como deshumanizador: la pérdida de los sentidos. Ya lo decía Iván Illich, pero su grito no fue escuchado1 . Pareció ser pesimista y excesivo, no lo
suficiente-mente justificado por la realidad. De hecho, la suya fue al menos
1 ILLICH, I. La perte des sens. París, 2004.
una anticipación a los tiempos, muy acertada y que se está reali-zando. Hoy, en efecto, tenemos muchos elementos para confir-mar ese diagnóstico o comprobación. Desafortunadamente.
La gran anestesia
Hay quien la llama "la gran anestesia de los sentidos humanos"2.
Y la describe así, captando ya su contradicción interior:
Tenemos los ojos llenos de imágenes y cada vez nos volvemos más miopes; estamos completamente arrollados por los sonidos y ya no oímos nada. El perfume de las cosas es un recuerdo vago: asumimos sustancias que hacen que el olfato se vuelva inservible. Lo tocamos todo, y no logramos que seamos "tocados" por nada; la intimidad de la alegría, la intimidad del dolor, nuestro y de los demás, la conocemos solamente como excipiente del spot que nos ha de vender algo. Ya no conocemos sus secretos, sus tiempos, las emociones, los impulsos de verdad que nos llegan al corazón, y los lapsos de larga duración que nos aficionan para siempre3.
Hay quien capte de nuevo, como Pisarra, la paradoja íntima de este fenómeno, pero a un nivel aun más radical y lo describe en términos coloridos:
Perdimos los sentidos. Los perdimos casi sin darnos cuenta, cuando todo a nuestro alrededor parecía indicar su triunfo: culto del cuerpo, exaltación de la sensualidad, en un frenesí de consumo, de viajes y experiencias paroxísticas. Los perdimos. (...) De los sentidos, los ver-daderos, quedan solamente máscaras pálidas, sucedáneas, insípidas e indigestas mixturas. Inundados de imágenes, aturdidos por el ruido, embrutecidos por la trivialidad y la vulgaridad, anestesiados por los desodorantes y perfumes, atontados por los tranquilizantes, nos he-mos encontrado, de un día para otro, con una serie de prótesis sofisti-cadas (celulares, cámaras fotográficas microscópicas...) y cada vez más
2 SEQUERI, P. "La bellezza di Dio e i suoi segni ci conservano il mondo". En: Avvenire, 18/11/2009, p. 2.
insensibles: extraños al dolor del mundo y, sin embargo, listos a derra-mar una lágrima de compasión cuando la muerte se hace espectáculo4. Le hace eco el psiquiatra Risé que explícita un complemento paradójico de este fenómeno, o sea la extraña relación con el cuerpo, al límite del rechazo de él, en contraste con el aparente culto del mismo cuerpo:
El hombre moderno ha soñado con sustituir los sentidos con instru-mentos tecnológicos, con centrales de información precisas, listas a conectarse según su deseo u orden. Se ha realizado así la fantasía de conectar directamente la mente humana al mundo, dejando de lado el cuerpo, fardo siempre embarazoso y, después del abandono de los sentidos, terreno de caza de la cosmética y la cirugía estética5.
¿Y qué quiere decir "perder los sentidos"? Significa que "de ellos perdemos no sólo el placer, sino también el control, no sólo la fiesta, sino también el apoyo, la sustancia, la solemnidad"6.
Significa, de manera más precisa y dramática, que corremos el peligro de volvernos insensibles, de perder otra dimensión o componente típica de nuestra humanidad: la sensibilidad. Casi pasando del homo sapiens al homo insensatus, literalmente "sin sentidos".
"Los indiferentes"
Volvamos una vez más al análisis eficaz de Sequeri:
Se oscurecen los sentidos y perdemos el alma. La razón es sencilla. Nuestros sentidos fueron hechos para las cualidades del espíritu: va-cíalos metódicamente de esta vitalidad, y los encontrarás tan apa-gados que te dará lástima. Figúrate el espíritu. Es lo que llamamos,
4 PISARRA, P. II giardino delle delizie. Roma, 2009, p. 15.
5 RISÉ, C. Guarda tocca viví. Riscoprire i sensi per essere felici. Milán, 2011.
6 TOSCANI, C. "Pisarra e l'ineffabili 'sesto senso' del vero cristiano". En: Avvenire,
27/04/2010, p. 29. Es también el temor del cantante Jovanotti en su canción Fango: "El único peligro que siento verdaderamente es el de no lograr ya sentir nada".
sencillamente, sensibilidad de las personas humanas: teniendo en cuenta la cualidad más alta y preciosa de ser humanos... La sensibili-dad humana está bajo fuego. Desubicada y burlada y, apenas sea posi-ble, quirúrgicamente extirpada7.
Pisarra lo reconoce y denuncia explícitamente, como ya lo vimos: si nuestros sentidos, los cinco valores fundamentales de nuestro cuerpo, son ayudados por cientos de prótesis, proteccio-nes, provisiones..., por otra parte nosotros nos volvemos cada vez más insensibles:
Ajenos al dolor del mundo y, sin embargo, listos a derramar una lá-grima de compasión cuando la muerte se vuelve espectáculo, cuando -como en un estudio televisivo- se enciende la lucecita por la muerte de Lady D o por la última masacre en Iraq8.
El escritor Ferdinando Camón llega a la misma conclusión, pero por otro camino:
Tenemos tres novelas propias de esta época, tres grandes obras de estos tiempos que presagiaban el "mal moral" que nos envenenaría. Son: Los indiferentes de Moravia, La Náusea de Sartre y El extranjero de Camus. A menudo me he preguntado cuál de las tres obras nos representa me-jor. Y respondo: Los indiferentes. La Náusea es un rechazo del mundo (lo vomitamos), el ser ajenos es una separación (somos extraños para el mundo). Con la indiferencia vemos y sentimos, pero no nos pertur-bamos. El cerebro y los nervios son apáticos. Los demasiados mensajes los han des-sensibilizado. La abulia moral es una práctica corriente9.
Oído musical
Finalmente, otra indicación sumamente interesante al res-pecto es la que nos viene de Benedicto XVI quien, en la homilía
7 SEQUERI, P. "La belleza". Op. cit., p. 2.
8 PISARRA, P. Op. cit., p. 15.
9 CAMÓN, F. "Ribelliamoci all'indiferenza, male che insidia e che non turba". En:
de la Misa de Medianoche de la Navidad del 2009, al confrontar la actitud vigilante y atenta de los pastores con nuestras distrac-ciones y disipadistrac-ciones, llega a decir que "hay personas que dicen ser 'religiosamente privadas de oído musical'". Expresión un poco singular, probablemente ligada a la personalidad especial del papa Ratzinger o, mejor, a su rica sensibilidad (con su bien conocido amor por la música), pero que quiere presentar un fe-nómeno real y bien preciso:
En efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo moderno, la gama de nuestras diferentes experiencias son aptas para reducir la sensibilidad hacia Dios, a hacernos "desprovistos de oído musical para Él", como lo reconoce el mismo Pontífice10.
¿Y qué viene a ser el "oído musical", sino esa capacidad pe-culiar de escuchar y reconocer la buena música, de gozarla, de captar dentro del misterio, lo que no se puede decir sólo con la palabra hablada o escrita, y de permanecer fascinado por la sin-gular sonoridad armoniosa de la belleza y de la verdad? ¿No es acaso el "oído musical" la tentativa, humilde e ingeniosa, de re-producir y "crear" esa buena música con la propia sensibilidad creativa por definición? Y además, ¿no es también el "oído mu-sical" la capacidad de estar entonado, es decir, de entrar en-tono, en sin-tonía, con la música y sus reglas, con la "música de Dios" y sus notas (incluidos los "accidentes", con su divina melo-día y armonía, "cantando" al unísono con Él y por Él un canto siempre nuevo, sin desentonación ni desfiguración? Y si nada menos "Dios es música, misteriosa e inefable armonía, acorde perfecto"11, ¿la sensibilidad humana no es quizá nota, pequeña
nota de este acorde grande y armonioso?
En resumen, el cuadro parece bastante bien trazado en sus líneas esenciales o en sus polaridades: por un lado, existe esta
10 BENEDICTO XVI. Homilía pronunciada en la Basílica Vaticana durante la Misa de
Medianoche de la Navidad del Señor del año 2009 (cf. L'Osservatore Romano, 26/12/2009). 11 PISARRA, P. Op. cit., p. 3 4 .
situación de oscurecimiento de los sentidos, ligado probable-mente a una sobreexposición e hiperestimulación de ellos, y también a un extraño rechazo del cuerpo, más allá de las apa-riencias, pero que de manera inevitable ha llevado a la trivialidad de los unos y del otro, y a la pérdida de su función. Por otro lado, consecuencia aún más grave -si es posible- de esta pérdida de los sentidos, otra pérdida, la de la sensibilidad.
En este libro quisiéramos entender el significado de este fe-nómeno, por lo que quiere decir a nivel psicológico y existencial, pero también religioso y creyente. La fe, en efecto, no es cier-tamente insensibilidad, por el contrario, ella está hecha (tam-bién) de sensibilidad, o es una manera precisa de vivir la propia sensibilidad.
Por una parte, en realidad, en cuanto creyentes, tenemos el sentir ("el pensar") de Cristo (cf. ICo 2,16), por otra, estamos llamados a tener en nosotros los mismos sentimientos del Hijo (cf. Flp 2, 5). Es decir, existe una gracia de conformación a Cristo difundida en nuestros corazones, pero al mismo tiempo tendre-mos que llegar a convertir también nuestra sensibilidad, "la cua-lidad más alta y preciosa del ser humano"12, para poseer la del
Hijo y ser hombres como Él.
PRIMERA PARTE
D E L O S S E N T I D O S A L A S E N S I B I L I D A D
( Y V I C E V E R S A )
T
rataremos en esta primera parte ante todo de enfo-car bien el concepto, o los conceptos, que son funda-mentalmente dos: sentidos y sensibilidad. Tanto por una exigencia de claridad terminológica como para captar sus componentes, junto con esa íntima correlación entre sen-tidos y sensibilidad, que es importante para corregir una sensibilidad distorsionada y formar una auténtica.Pero si nuestra reflexión tiene lugar dentro de un con-texto creyente, que fija un objetivo preciso al mismo ca-mino formativo de nuestra sensibilidad (los sentimientos del Hijo), entonces puede tener validez también otra acla-ración, la de la sensibilidad (eventual) de Dios mismo. Ob-viamente en lo que podamos decir sobre esto, sin pretensión alguna.
Pero, en todo caso, será importante para nosotros ad-mitir también sencillamente que nuestro Dios es sensible, o señalar que aun en Él existe sensibilidad, y una sensibili-dad de cierta clase.
... .. _ Gapítu/o /
SENTIDOS HUMANOS
^ L o s sentidos son el primer vínculo original con el mundo"1, de
los cuales todos disponemos desde el nacimiento, y que pre nos recuerdan, por lo tanto, que estamos ligados para siem-pre a la realidad externa, "conectados" constantemente con ella, y probablemente no sólo con su vertiente puramente exterior.
Los sentidos son como un puente entre nosotros y el mundo, una especie de puente levadizo de ese castillo que es nuestro mundo interior para que no se aislen de la realidad con la cual limita; sin ellos permaneceríamos encerrados en nosotros mis-mos, perdidos en la vana e imposible contemplación de nuestro rostro, y perdiendo cada vez más el significado auténtico del vi-vir humano. Más aún, sin los sentidos no sería ni siquiera posi-ble la relación con nosotros mismos. Y mucho menos la relación con los demás y con Dios, el sentirnos amados y amar, y tal vez también -ventaja no secundaria (aunque no buscada conscien-temente)- sufrir y participar en los dolores de los demás... Los sentidos son las orillas de nuestro corazón.
En fin, es impensable, imaginarnos privados de sentidos, o lo que imaginaremos en un improbable esfuerzo mental sería algo diferente de ese ser que somos nosotros. El hombre, en efecto, es capacidad relacional, incluso antes de ser capacidad racional,
1 PAGAZZI, G. C. Ilprete oggi. Tracce di spiritualitá. Boloña, 2010, p. 81.
mientras que -desde el punto de vista creyente- es la pareja, más que el individuo, la imagen de Dios, del Dios-relación y comu-nión, del Dios-Trinidad.
1. Sentidos humanos y relación
La imagen más elocuente y evocadora de los sentidos hu-manos podría ser ésta: el cordón umbilical a través del cual el embrión se nutre de las sustancias vitales presentes en el útero materno. Los sentidos son el cordón umbilical a través del cual seguimos alimentándonos de la realidad y de todas aquellas sus-tancias necesarias para el crecimiento continuo del ser viviente contenidos en ella o que sólo ella nos puede dar. "Realidad" como este gran útero en el cual seguimos encontrándonos inmersos en la vida; realidad como personas, situaciones, relaciones, aconte-cimientos, provocaciones, palabras..., y todo aquello con lo que en el momento presente estamos en contacto; realidad como tie-rra y cielo, espíritu y materia, hombre y Dios; como lo que se ve y también como lo que no se ve, o como aquello que es inmediata-mente objeto de la percepción sensorial y también como aquello que lo es sólo mediatamente, o que decididamente parece estar más allá de ella y de los mismos sentidos...
Desde ese punto de vista, los sentidos son verdaderamente importantes para vivir, como una mediación indispensable e insustituible, mediante la cual recibimos del exterior y somos por lo tanto deudores de la realidad. De hecho no tenemos otro modo para entrar en contacto con la realidad, para percibirla y acogerla, fuera de nuestros sentidos. Los que nos sirven por tanto para vivir y no sólo para sobrevivir. Y de vivir ahora, en el momento presente: los sentidos, comprendidos los espirituales, son "la facultad que nos permite conocer algo como presente"2,
en tiempo real.
Al mismo tiempo los sentidos constituyen también lo que nos permite dar algo de nosotros a la realidad. Palabras, mira-das, contactos, encuentros..., todo viaja a través de los sentidos y nos hacen no sólo beneficiarios de lo que existe, sino también colaboradores activos de su crecimiento y de su calidad. Nues-tros sentidos plasman o contribuyen a plasmar la realidad, o al menos tienen el poder para eso. El mundo exterior, entendido en sentido amplio, es también como lo presentan nuestros sentidos. Pero sobre todo el otro, el que está a nuestro lado, está desti-nado a encontrarse con nuestros sentidos y de ellos experimentará sin duda alguna influencia, así sea leve, positiva o negativa, obvia-mente ligada, luego, también a variables personales (y a su mismo nivel de madurez general, que lo vuelve más o menos receptivo e influenciable). De por sí, sin embargo, la acción de los sentidos es siempre eficaz y deja una señal; es raro que sea totalmente no influenciable. Así que es doble el sentido de la marcha: de la rea-lidad a nosotros y de nosotros a la rearea-lidad, aunque permanece idéntico el elemento mediador, es decir, nuestros sentidos.
Pero precisamente en este contacto con la realidad los senti-dos nos permiten descubrir que la realidad no es nunca simple-mente aquello que se toca, se ve o se siente.
Y entonces, en este punto, se hace necesario especificar con mayor precisión el sujeto agente.
2. Sentidos externos y sentidos internos
Es una de las primeras cosas que aprendemos de nosotros mismos: tenemos cinco sentidos (tacto, vista, oído, gusto y ol-fato), comunes a todos los seres humanos. O por lo menos cinco3.
No falta quien diga, en efecto, que cada individuo tiene su sexto
sentido, una especie de sentido especial añadido, como capaci-dad original y única de comunicarse con la realicapaci-dad, en sentido activo y pasivo, y en ciertos casos en los límites de la realidad
3 Cf. La interesante reflexión de DE LUCA E., MATINO, G. Almeno cinque. Milán, 2008.
habitual y ordinaria4. Estos serían, sin embargo, los sentidos
ex-ternos, precisamente porque tienen un encuentro inmediato y visibilidad en la realidad y con la realidad externa.
Pero están también los sentidos internos, correspondientes exactamente a los externos. Como, por ejemplo, existe la ca-pacidad de mirar con los ojos físicos las realidades físicamente presentes, existe de la misma manera una capacidad interior co-rrespondiente de "ver" con una mirada que no es sólo la de los ojos de carne, y que por lo tanto va más allá de lo que ellos ven. Como los ojos que saben leer en profundidad5 e intuyen otra
lidad, o como los ojos espirituales que saben entrever una rea-lidad espiritual, que, sin embargo, partirá siempre de los datos ofrecidos por la percepción física visual o, por lo menos, estará conectada con ella. Así, en efecto, son también llamados estos sentidos internos: sentidos "espirituales"6, o "sentidos del
cora-zón" o "percepciones mentales de la verdad contemplada", como diría san Buenaventura7.
El ser humano habla, ve, oye, toca, huele... de una manera que no es sólo material y física, y de un modo que tiende hacia un objeto que nunca es sólo material y físico8. Así no siempre nos
demos cuenta de ello.
4 Según el psiquiatra C. RISÉ, a los cinco sentidos clásicos les deberíamos añadir otros
tres: el sentido del yo, el sentido del movimiento y el sentido del otro (cf. RISÉ, C., Guarda
tocca vivi. Riscoprire i sensi per essere felici. Milán, 2011, pp. 29-98). Según A. Rocha, en cambio, a los cinco sentidos clásicos se debería añadir el sentido de la intuición (o de la percepción), cf. ROCHA, A. Sensi chi parla! Vista, udito, tatto, gusto, olfato (e intuizione) alia
scuola di Gesú. Milán, 2011.
5 Por lo tanto "inteligentes" ante literam, en el sentido que leen intus, en lo profundo. 6 Parece que fue Orígenes el primero en elaborar una doctrina de los sentidos
espi-rituales, en términos, sin embargo, de ruptura o separación de planos entre las facultades del alma y del cuerpo. Esta línea interpretativa será superada progresivamente, a favor de una integración creciente entre los dos planos (o los dos sentidos), hasta el punto en que el lenguaje del cuerpo y el de sus sentidos terminará por designar cada vez más, de metáfora en metáfora, las aspiraciones del alma, la unión con Dios, la verdadera contemplación (cf.
PISARRA, P. Op. cit., pp. 5 8 . 2 2 ) .
7 Cf. FALQUE, E. Dieu, la chair et l'autre. D'Irénée á Duns Scoto. París, 2008.
8 Tal vez se puede entender también en este sentido la vertiginosa invocación de W.
Whitman: "Si hay algo sagrado, entonces el cuerpo humano es sagrado" (WHITMAN, W.
Hojas de hierba. Citado en: Zaccuri, A. "Da Bacon a Guttuso, l'arte reacconta l'Uomo dei dolori". En: Avvenire, 10/11/2012, p. 25).
En tal sentido, tienen algo de verdad aquellos dichos antiguos según los cuales "los ojos son el espejo del alma", o los sentidos físicos en general son considerados como las "puertas del alma", con lo que se quiere significar el tipo de vínculo entre los sen-tidos externos y los internos, calificando a los primeros como centinelas y mensajeros, mediadores entre la materia y el espí-ritu, vehículos del placer corporal, y también del deseo espiritual, del dolor y del amor9. En el fondo, el mismo Jesús dice que "la
lámpara del cuerpo es el ojo" (Mt 6, 22), por una acción que va mucho más allá de los límites del cuerpo.
Todo esto se ha descubierto progresivamente en su signifi-cado más profundo y asumido cada vez con mayor seriedad por la reflexión teológico-mística, hasta el punto de que el verdadero místico o el verdadero asceta, como lo escribe el monje bizan-tino Niceta Stétathos (siglo XI), discípulo de Simeón el Nuevo Teólogo, es
aquel que dirige hacia los sentidos interiores las energías de los sen-tidos exteriores, que orienta la vista a la inteligencia contemplando la luz de la vida, que lleva al oído hacia la comprensión del alma, el gusto hacia el discernimiento de la razón, el olfato hacia la reflexión de la inteligencia y el tacto hacia la sobriedad y la vigilancia del corazón"10. Ignacio se mueve en una lógica idéntica, más aún, la profun-diza y radicaliza realizando una distinción sutil, cuando dice que "no es el mucho saber el que sacia al alma, sino lo que se gusta in-teriormente". El mismo concepto, con otra imagen (evangélica), lo expresa san Jerónimo con esta curiosa comparación: nuestros cinco sentidos son como las vírgenes de la parábola evangélica (cf. Mt 25,1-13), vírgenes prudentes cuando prevalece en ellas el impulso hacia el cielo, la aspiración a lo divino, vírgenes necias cuando se lanzan guiadas por el "afán de corrupción terrenal", sin "ningún apetito hacia la verdad que ilumina los corazones"11.
9 C f . PLSARRA, P. Op. cit., p. 5 7 .
10 STÉTATHOS, Niceta. Citado en: PISARRA, P. Ibíd., pp. 22-23. 11 PISARRA, P. Ibíd., p. 20.
a. Sentido del misterio: el sexto sentido
El tema de los sentidos internos o espirituales es una constante de la mística cristiana, desde los bizantinos hasta los teólogos más autorizados de nuestro tiempo (de Rahner a Von Baltha-sar, de Clemente a Yannaras), dentro de una concepción doble y a la vez unitaria de nuestra capacidad sensorial como la que estamos esbozando. Y que envía a una antropología precisa. El hombre, en efecto, está compuesto de alma y cuerpo, de espíritu y materia, y por lo tanto también de facultades o dinamismos psíquicos que actúan en ambos sectores; es indispensable una concepción que logre mantener juntas estas polaridades aparen-temente contrapuestas, para hacerlas comunicantes entre ambas y así enriquecer aún más -al estar unidas- el proceso percep-tivo-interpretativo de la realidad12. Tal concepción antropológica
unificada hoy corre el peligro de perderse, desafortunadamente, determinando o contribuyendo a determinar ese fenómeno de-nunciado en el título de esta reflexión y del que hablamos tam-bién en nuestro Prólogo: la pérdida de los sentidos.
Es precisamente, en efecto, la concepción que estamos presen-tando, con la distinción, la correspondencia y convergencia entre sentidos externos e internos, la que nos hace comprender que los sentidos humanos tienen como objetivo último y final no sim-plemente lo que se ve, se toca, se siente, se olfatea, se domina... en su evidencia aparente, sino algo que está más allá de todo esto, y que, sin embargo, pasa a través o está detrás de la realidad in-mediatamente perceptible, o está escondido profundamente en ella (tanto que muchos no la vislumbran y ni siquiera sospechan su existencia), o se convierte incluso en la verdadera respuesta a la continua búsqueda de nuestros sentidos humanos13.
12 Cf. LOUF, A. La vita spirituale. Magnano, 2001, p. 11.
13 Ejemplar en tal sentido la interpretación que Agustín da de su búsqueda de Dios:
"¿Pero qué amo cuando te amo a ti? No una belleza corporal ni una grandeza temporal: ni el esplendor de la luz, tan clara a estos ojos míos... Y, sin embargo, amo una especie de luz y voz y olor y alimento y abrazo en el amar a mi Dios: la luz, la voz, el olor, el alimento, el abrazo del hombre interior que está en mí" (Confesiones, X, 6.8).
Es la realidad del misterio que en especial los sentidos inter-nos intuyen y captan; misterio entendido no como evento ne-cesaria e inmediatamente religioso, ni como aquello que en sí es incognoscible y oscuro, sino por el contrario como realidad luminosa, de tal manera luminosa que nuestros ojos no pueden fijarse en ella directamente; pero que tampoco pueden renunciar a buscar y mirar porque es... demasiado bella, más aún, es bella, verdadera y buena, y atrae hacia sí; es la dimensión ulterior y trascendental de la vida y que, sin embargo, está presente en toda realidad existencial y tangible en toda actividad sensorial, hasta la más material. Misterio es el sentido oculto de las cosas: está escondido, pero al mismo tiempo quiere revelarse, y al menos se deja vislumbrar, intuir, entrever, imaginar, pre-gustar, desear... Por eso nos manda mensajes (o "pequeños mensajes") continua-mente. Y lo más especial es que nuestros sentidos lo buscan, así no lo sepan; o lo buscan aunque le den otros nombres más o menos pertinentes (felicidad, bienestar, serenidad, éxito, sentido del vivir y del morir, del amar y del sufrir...); y están capacita-dos para buscarlo, aunque a menudo parezca que lo olvidan; y aprenden paulatinamente a reconocerlo y contemplarlo, pero sin poder nunca traspasar el umbral. Quizá este sentido del misterio es el verdadero sexto sentido del que hablábamos antes, aquel que podría resolver o despertar los otros cinco.
b. Entre el enigma y el misterio
Es el enigma, en el mejor de los casos, el que es tenebroso e impenetrable, metálico y frío, que no se hace ver ni tocar por-que no quiere contactos, y más bien desanima los sentidos y manda al vacío los esfuerzos de quien se quiera acercar a él o quiera conectarse con él; y así hace que el hombre sea enigma para sí mismo, como hoy día les sucede a muchos hombres y mujeres, sobre todo jóvenes, existencias enigmáticas incapaces
Je entenderse e ir más allá del puro contacto epidérmico con las cosas y la materialidad vulgar de toda expresión sensorial14.
En síntesis: el misterio es "sensato", el enigma es "insensato", en cuanto "sensato" significa respetuoso de los sentidos humanos hasta el punto de "pasar" a través de ellos y dialogar con ellos, pero sensato también desde el punto de vista del sentido que da a la vida. Y como el enigma hace que el hombre sea enigma a sí mismo reduciendo su dignidad, de la misma manera, el miste-rio recuerda al hombre que él mismo es mistemiste-rio; ser mistemiste-rio es su perenne dignidad, precisamente porque el ser humano no es nunca reducible a lo que haga o diga o sienta o con quien entre en contacto, mientras está siempre abierto, en todo lo que hace y es, hacia un significado superior, hacia lo trascendente15.
Pues bien, si toda realidad dirige a algo que va más allá de sus límites, los sentidos humanos -puente entre el hombre y la realidad misma-, son también el primer contacto del hombre con el misterio. Tal vez sea un contacto aún confuso y sólo implícito, pero en todo caso si los sentidos, a partir de los externos, son como la avanzada de nuestra humanidad personal en la relación con la realidad en general, son los primeros a señalarnos la pre-sencia del misterio, o a abrirnos en tal dirección, o a descubrir que la realidad no es simplemente lo que ellos mismos toquen o sientan, o vean inmediatamente16.
14 El carácter enigmático, entendido así, es quizá uno de los aspectos que más
caracte-rizan a nuestra cultura, y es algo fatal que sea visible de manera especial en la generación juvenil, con repercusiones en el modo de verse a sí mismos, al otro, al futuro, a Dios, a la vida espiritual... ciertamente no inspirado en la esperanza. Es la primera generación in-crédula (cf. MATTEO, A. La prima generazione inin-crédula), pero porque todo, comenzando con ellos mismos, se ha vuelto un enigma, fatuo, "líquido" y desmemoriado, ¡no sólo Dios!
15 Respecto a esta concepción del misterio me parecen todavía fundamentales e
insupe-rables las reflexiones de IMODA, F. Svilupo umano. Psicología e mistero. Casale Monferrato, 1993. Cf. también CENCINI, A. "Psicología e mistero: un rapporto inédito e profundo". En: MANENTI, A., GUARINELLI, S., ZOLLNER, H. (eds.). Persona e formazione. Riflessione per la
pratica educativa e psicoterapeutica. Boloña, 2007, pp. 229-255.
16 Como lo expresa san Ambrosio: "No hay que creer solamente a los ojos del cuerpo.
Se ve mejor lo que es invisible, porque lo que se ve con los ojos del cuerpo es temporal, en cambio lo que no se ve es eterno. Y lo eterno se percibe mejor con el espíritu y con la inteli-gencia que con los ojos" (SAN AMBROSIO. Del tratado "Sobre los misterios" de san Ambrosio,
Es un poco ambivalente la naturaleza de los sentidos hu-manos: por un lado, ellos expresan nuestra humanidad a nivel instintivo-elemental, por otro, son como los primeros "enviados especiales" en una tierra que será siempre promesa y siempre más allá de nuestra misma humanidad, y que sólo los sentidos como radares bien dirigidos a lo alto, podrán determinar. Por otro lado, nos permiten conocer algo como presente, por otro, se proyectan en un tiempo y un espacio más allá del presente.
c. De la pérdida de los sentidos a la pérdida del misterio Obviamente, no hay nada automático en esta intuición, pero es importante confirmar que los sentidos están "hechos" para esta otra realidad, están predispuestos a alcanzar hasta la intuición-percepción del misterio, o al menos sus umbrales. Bloquearlos antes o condicionarlos para que se acostumbren a contentarse con un objetivo inferior es como hacerlos funcionar sólo a medias (sólo en cuanto sentidos externos), por debajo de su capacidad; significa violentarlos e inhibirlos en sus potencia-lidades. Actuando así, se desconocería su dignidad (que es luego la dignidad del hombre) terminando por lanzar al vacío su rica aportación potencial.
Como bien lo dice Sequeri en el texto ya citado: "Nuestros sentidos fueron hechos para las cualidades del espíritu"17; si no
se les permite llegar a estas alturas nos volveremos a encontrar de manera inevitable con sentidos encogidos y disminuidos, empobrecidos y triviales, vacíos y apagados, infantiles y nunca crecidos ni maduros, a pesar de la edad de la persona. "Somos luz -reconoce realísticamente Bergonzoni- y estamos trabajando en la oscuridad completa"18. Ésa es la razón de por qué hay tantos
adultos, hoy día, con sentidos infantiles (claro que no en sentido evangélico) o apenas adolescentes, y que por lo tanto han apren-dido de la vida a captar sólo el aspecto material y exterior, sólo
17 SEQUERI, P. "La belleza". Op. cit.
18 BERGONZONI, A. "Crisi? L'arte torni spirituale". En: Avvenire, 31/12/2011, p. 35.
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aquello que parezca responder a exigencias de cierta clase, las tí-picas del llamado primer nivel (ligadas a las necesidades elemen-tales de la supervivencia y del bienestar a nivel físico, del comer y beber...), o del segundo nivel (conectados a las necesidades relaciónales, de comprensión, benevolencia, amistad, involucra-miento sexual.. .)19. Es como si estuvieran cerrados al aprendizaje
del alfabeto en la escuela de la vida, o sea a cualquier cosa que sea primitiva y absolutamente inadecuada para percibir el misterio de la vida y la vida como misterio.
Podremos entonces decir que el riesgo de perder los sentidos se asocia siempre con otro peligro tal vez aún más grave, el de perder el sentido del misterio.
d. Condicionamiento sufrido o elección consciente
Pero hay que hacer otra observación preliminar respecto a la relación existente entre los sentidos externos y los internos, útil para nuestra argumentación.
Hemos de reconocer que en todo caso los sentidos internos se alimentan de lo que los sentidos externos les "ofrecen", o dis-ponen solamente de aquellas "informaciones" que siempre les pasan los sentidos externos. Como lo dice el axioma tomista siempre válido: "No hay nada en la mente que no haya pasado a través de los sentidos"20. Si por lo tanto los sentidos externos
(pensemos por ejemplo en la vista o el oído) perciben sólo o pre-valentemente cierto tipo de estímulos visuales o auditivos, esto condiciona necesariamente los sentidos internos correspondien-tes. Hasta el punto de restringir o reducir, de tal manera, el ám-bito de su operación, más o menos guiado u orientado según el input dado por los sentidos externos. En fin, y sólo por dar un ejemplo, si uno ve habitualmente material pornográfico o de
19 Sobre esta concepción "a niveles" de la vida psíquica, cf. CENCINI, A., MANENTI, A.
Psicología e formazione. Strutture e dinamismi. Boloña, 2010, pp. 13-30.
20 "Nihil est in intellectu quodprius nonfuerit in sensu" (TOMÁS DE AQUINO. Contra los
todos modos satisface alegremente y por costumbre la propia cu-riosidad sexual, no podrá sorprenderse si en su mente da vueltas cierto tipo de fantasías, o se sentirá luego llevado a mirar al otro o a la otra de cierta manera; ni podrá extrañarse si en la relación interpersonal advertirá en él de manera prevalente la tendencia a usar al prójimo, a verlo y tratarlo como objeto de placer más que como persona que se ha de respetar en su belleza y dignidad; y no podrá pretender que sus ojos internos "vean" y disfruten las cosas espirituales, como probablemente lo quisiera o debiera por una opción hecha eventualmente.
Si en realidad este mismo individuo, que podría ser consa-grado, quiere vivir bien la propia consagración en la virginidad y desea, precisamente por esto, tener unos ojos limpios y un cora-zón puro, capaz de deseos y atracciones espirituales, deberá ante todo tener el valor de intervenir en la manera como alimenta los propios sentidos, en aquello a lo cual los expone, sobre el tipo de realidad que a través de los sentidos deja entrar en la propia mente y en el propio mundo interior, para tomar luego decisio-nes coherentes. Las que, con todo, y siguiendo con el ejemplo, deberán prever cierta operación de renuncia a la gratificación de la propia curiosidad sexual de preadolescentes21.
Aun en el caso de la renuncia, por lo tanto, tendremos una res-tricción o reducción de experiencia, pero ahora explícitamente querida y motivada, plenamente consciente y responsable, libre y liberadora. Ya no será un condicionamiento sufrido, sino una elección libre y adulta, e indispensable. Si aquel, en efecto, qui-siera verlo todo con sus propios sentidos, escucharlo todo, tener experiencia de todo, saborearlo todo indiscriminadamente... sin renunciar a nada (tal vez con la pretensión un poco irrealista de poder actuar sólo ahora, una vez hechas todas las experiencias, una elección con conocimiento de causa, o con la coartada de tener que saber y conocer para comprender a los demás), ¿cómo
21 Se trataría de la antigua y clásica "mortificación de los ojos", sobre la que volveremos
más adelante.
podrá pretender experimentar la alegría típica del puro de co-razón o advertir en sí una atracción específica para la intimidad con Dios?
e. Influjo recíproco
Es obvio que luego los sentidos internos también -a su vez-ejerzan cierto influjo en los sentidos externos. Para seguir con el ejemplo que dimos antes, parece natural que aquel que conserva una determinada actitud interior o cuyos sentidos internos no sólo "se alimentan" con un nutriente preciso, sino lo gustan, le toman todo el sabor y se enriquecen con su sabiduría, moverá cada vez más a los sentidos externos a buscar, ver, escuchar esa misma realidad..., o al menos a no perderse y envilecerse con alimento de nivel inferior o de poca calidad. Precisamente en tal sentido se interpreta el ya citado dicho antiguo: "Los ojos son el espejo del alma", la reflejan en su modo de ver la realidad y de escoger la realidad en la que poner su mirada.
Y el círculo se cierra: de los sentidos externos a los internos, de los sentidos internos a los externos. Por un influjo evidente-mente recíproco, y que está destinado a continuar toda la vida.
Volveremos sobre estos puntos, pero era importante hacer notar desde ahora la relación existente entre sentidos externos y sentidos internos.
3. La parábola de la vida
Los sentidos humanos, como lo hemos dicho y repetido, nos permiten estar en contacto con la realidad externa y sus recursos, para alimentarse de ella y crecer gracias a ellos. Ella, en efecto, es sumamente rica desde este punto de vista. Ya que es la vida la que nos forma, aun antes de nuestras iniciativas y estrategias. En un plano humano y, más aún, en un plano creyente, donde la existencia de cada uno de nosotros se convierte en mediación de la acción formativa del Padre.
a. Sentidos humanos y formación permanente
Si, en efecto, es objetivo de nuestra existencia tener en noso-tros los sentimientos del Hijo, como lo recordamos antes, sólo el Padre puede realizar en nosotros este proyecto, porque sólo el Padre conoce al Hijo (cf. Mt 11, 27) y nadie como Él desea reen-contrar en nosotros el rostro de su amadísimo Hijo. Por lo tanto, podemos y debemos estar seguros de que el Padre Dios, nues-tro Padre Maesnues-tro, está constantemente actuando para realizar este deseo que abraza toda nuestra vida para realizarse en cada instante de ella. Y además, precisamente porque esta formación nuestra está en las grandes manos del Padre, cada circunstancia de la vida, todo encuentro, toda etapa existencial, todo éxito o fracaso, el estado de la salud como el de la enfermedad, cualquier comunidad o contexto social, cualquier tipo de servicio apostó-lico, la juventud como la ancianidad, la vida como la muerte... todo, absolutamente todo puede convertirse en lugar e instru-mento de mi formación, o mediación -aunque misteriosa- de la acción formativa del Padre. Nada de lo que sucede en nuestra pequeña historia de cada día es en realidad tan pequeño o trivial que no pueda llegar a ser lugar de la acción providente del Padre, humilde zarza donde arda el fuego de su presencia. Así como no existe ningún momento de la vida que pueda ser considerado neutro o insignificante desde el punto de vista formativo, o en el cual no se pueda realizar el misterio de mi conformación con Cristo. Es la idea de la formación permanente, gracia y reto para todo creyente22.
He ahí por qué podamos decir que es la vida la que nos educa y nos forma, o que la vida es como una larga y nunca termi-nada parábola formativa. Con la condición, sin embargo, de que hayamos aprendido a dejarnos formar por ella, y -aun antes- a vivir las situaciones existenciales, a verlas y sentirlas como gracia
22 Sobre este tema me permito remitir a mi Formazione permanente: ci crediamo
davve-ro? Boloña, 2011, pp. 15-49.
27 <5^
de formación que "toca" providencialmente nuestra vida y de la cual aceptamos dejarnos tocar. Y aquí entran en juego nueva-mente nuestros sentidos, en su función de mediación entre in-dividuo y realidad. Una función que ahora, con lo que estamos diciendo de la vida como formación permanente, asume nueva luz e importancia hasta el punto de hacer que nuestros sentidos sean como la condición indispensable, el paso obligado para que de hecho nos dejemos formar.
b. Parábola
No al azar hemos hablado de la vida como de una larga "pa-rábola formativa", palabra con claro sabor evangélico. Porque la parábola, como lo anota claramente C. Pagazzi, en la estrategia didáctico-catequética de Jesús, representa un artificio literario-comunicativo útil para proponer una lectura especial de la rea-lidad, una lectura que transfigura lo real y capta su sentido más verdadero y profundo, ese que no surge en una lectura superfi-cial23. Jesús se sirve de las parábolas para hablarnos de su Padre,
del Reino de los cielos, de sus altísimos misterios, y algo muy especial es que todo esto Jesús logra decirlo con palabras e imá-genes, colores y matices de la vida diaria, como lo encontró den-tro de las cosas y las vicisitudes de esta tierra y de todo viviente, a tal punto que todos pueden reconocerse en cada personaje de sus parábolas y reencontrar la propia vivencia existencial oculta y narrada en la historia relatada por el Maestro, en el bien y en el mal.
Pero no sólo esto: la parábola no es un simple artificio comu-nicativo, y Jesús recurre a ella no sólo para... comunicar y decir cosas misteriosas en un lenguaje sencillo, sino para enseñar a re-conocer en las cosas sencillas el misterio que se oculta, o sea, "para acostumbrar a los hombres que no son capaces de ver a mirar, a
23 Cf. PAGAZZI, C. G. Op. cit., pp. 71-82. Estas páginas han inspirado en parte las
los hombres que no son capaces de oír a escuchar. Las parábolas son, por lo tanto, relatos con los cuales el Señor trata de curar nuestros sentidos"24.
c. Curación de los sentidos
Llegamos al punto que nos interesa: Jesús habla en parábolas no sólo para enseñar a revelar cosas nuevas y misteriosas, sino también (y tal vez con mayor razón) para formar y curar. Para formar y curar estos sentidos nuestros incapaces con frecuencia de reconocer en las vicisitudes dudosas u opacas de la vida el misterio que se nos revela, el Reino que viene a nuestro encuen-tro, el Padre que nos aguarda y perdona sin que lo merezcamos, el tesoro escondido que nunca hubiéramos encontrado, la salva-ción y la vida eterna ya desde ahora, la providencia del Eterno que cuida de aquella cosa pequeña y menuda que es nuestra exis-tencia, el designio del Creador sobre cada creatura, la voz del Dios que-ll-ama25 y que nos confía al otro, el mundo que hay que salvar, todo lo que nuestro Padre hace para transformar en nosotros ese corazón duro en corazón de hijo, etc.
Por otra parte, Jesús en su vida pública, presta mucha atención a los sentidos enfermos: abre los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos, reanima una mano paralizada y suelta la lengua de los mudos, restituye a los sentidos adormecidos y enfermos su función natural y relacional, en un cruce inédito y providencial de salud física y espiritual, de curación y salvación. Así nos hace entender que existe una enfermedad aún más profunda de los sentidos, invisible, como un cáncer de los sentidos o un virus que penetra de manera sutil en su ejercicio, sustrayéndoles la vitalidad y haciéndolos incapaces de leer el misterio en y de la realidad. Virus que está en la raíz, muy probablemente, de aquel
24 Ibíd., p. 73.
25 Los guiones pretenden evidenciar que el llamar siempre es motivado por el amar, y
por esto Dios es el que eternamente ll ama.
fenómeno que estamos analizando: la pérdida de los sentidos humanos.
Con nuestras propias palabras hemos de decir que Jesús cura no sólo los sentidos externos, sino también y sobre todo los in-ternos. Y no lo hace teorizando o con una intervención tauma-turga de eficacia inmediata, sino proponiendo su mismo modo de mirar y escuchar al mundo; Él que ve y siente en todas partes al Padre que obra, Él que "toca" y se da cuenta de quien lo toca, Él que escucha el corazón de quien le habla, tratando de reedu-car en la riqueza de los sentidos a personas que ya no saben ver, aunque miren, ni escuchar aunque oigan (cf. Mt 13,13), personas que no saben tocar ni dejarse tocar de la realidad ni reconocer los perfumes de la vida y los signos de los tiempos... Sin embargo, el mismo Jesús sabía bien acerca de este virus cuando, al final del relato de algunas parábolas, amonestó así a sus oyentes: "Quien tenga oídos, que escuche" (Mí 13, 43). Como si dijera: es posible también no tener oídos o haberlos perdido miserablemente...
d. El descuido de las cosas obvias y ordinarias
¿Pero en qué consiste concretamente esta... terapia evangé-lica de los sentidos? La respuesta a dicha pregunta nos vuelve a llevar a cuanto dijimos antes acerca de la formación permanente y el rol de los sentidos en ella.
La formación permanente, dijimos, es la acción formativa constante, por parte del Padre Dios, de los sentimientos del Hijo en cada uno de nosotros; es permanente precisamente porque es constante y ordinaria, o sólo si se realiza en cada instante de la vida y en cualquier contexto existencial. Es necesario supe-rar decididamente esa concepción antediluviana de la formación permanente que la reduce de manera trivial a esos cursos or-ganizados de vez en cuando en las diócesis o en los institutos sólo para la actualización teológica o pastoral, o para la calidad espiritual o psicológica de los miembros de la institución, o para expresar la proximidad de la misma institución y aumentar el
sentido de la comunión y la pertenencia: todo esto es muy bueno, ciertamente, pero como señal, a lo sumo, de una formación per-manente extraordinaria.
La verdadera formación permanente es acción del Padre, como lo dijimos, ofrecida a todos indistintamente en todo mo-mento, pero que sólo se realiza en aquel que haya aprendido a dejarse formar por la vida, y por lo tanto, aun antes, a captar tal acción en todo evento vital, visto como mediación de la acción divina formativa; o sólo en aquel que también haya aprendido a entrar en relación con la existencia, de la cual capte las provoca-ciones y hasta también los reproches, que se deje tocar y poner en las crisis por la historia, que aprenda a examinar y tomar en ella ese misterio de gracia y providencia que es la acción forma-tiva del Padre; en aquel, en fin, que haya aprendido a aprender de la vida para toda la vida. Es la docibilitas (no sólo docilitas) de los sentidos humanos: del tacto a la vista, del oído al olfato, todo en el hombre se convierte en mediación ya no sólo de la relación del hombre con la realidad, sino mediación de gracia y de formación que viene de lo alto, y que pasa por manos, gestos y contactos humanos; es decir, no sólo mediación psicológica sino teológica. Lenta pero real.
El elemento decisivo, en esta concepción de la formación per-manente, es el de la normalidad y sencillez del proceso formativo, en el sentido de que se realiza en las situaciones más cotidianas y rutinarias, en el horario de siempre, en las cosas habituales que hagamos y a través de las personas que viven a nuestro lado, que no hemos escogido y por las cuales no fuimos escogidos, per-sonas completamente normales, santas o no tanto, con su buen bagaje de límites y contradicciones, además de sus cualidades.
Y aquí, en esta referencia a la normalidad cotidiana de la vida, descubrimos el vínculo entre la formación permanente y el rol y las funciones de los sentidos humanos, que están al servicio del camino constante del crecimiento humano, y que se educan y "se curan" en esta perspectiva. Educación o curación de los sentidos significa esta especie de inteligencia al máximo nivel de
los sentidos mismos, que se han vuelto no sólo dóciles, obedien-tes, sino sin iniciativas y sólo en ciertos momentos y sólo a una categoría de personas que dan sus órdenes que hay que seguir, sino docibiles, porque aprendieron a aprender, de cualquiera y en todo momento, y a reconocer en la normalidad de la vida lo ex-traordinario del don; sentidos tan agudos y perspicaces que pue-den aun determinar en los límites y contradicciones de la vida, propios y de los demás, una gracia de crecimiento que es única y que no se puede perder; sentidos tan vivos e intuitivos que saben transfigurar la realidad, transformando lo negativo en positivo y descubriendo que en verdad "todo es gracia" porque todo es formación; sentidos tan sensibles que pueden leer en todo frag-mento de lo real un símbolo del misterio; sentidos, en particular, tan humildes y activos que pueden estar atentos a todo y no de-jan que nada se pierda, porque aun en los fragmentos de la vida está presente el proyecto del Padre sobre cada persona y su ac-ción, más fuerte que todo temor y transgresión, que todo fracaso y contradicción humanos26.
Y he ahí por qué las parábolas que Jesús relata constituyen un punto de referencia o de confrontación para quien desea apren-der a mantener vivos los propios sentidos y -a través de éstos-también mantener viva la relación de la vida que lo plasma y lo hace conforme al Hijo. Las parábolas no son más que la atención a las cosas obvias del mundo. Sólo relatan cosas obvias en con-textos ordinarios: una mujer que hace el aseo y finalmente en-cuentra una moneda que había perdido; otra que hace de comer, toma un poco de levadura y espera que la masa fermente. Y tam-bién, el pastor que está siempre junto a sus ovejas, todas iguales, pero que él conoce una por una; el campesino que siembra y el enemigo que por envidia le contamina el campo con semillas malas; el administrador confiado y el otro que no lo es, el em-prendedor y el miedoso que no hace fructificar el capital. Incluso
26 Sobre la diferencia entre docilitas y docibilitas y los elementos constitutivos de la
dos historias o dos recintos familiares (que ponen en evidencia la relación padre-hijo) de... normal "emergencia educativa" (tan normal que sigue aún existiendo hoy, más o menos liberado de todo agente educativo sobre el otro). Un padre rico que parece no lograr tener juntos a los dos hijos en su casa: uno regresa y el otro se escapa, uno pretende todo y lo derrocha, el otro se queda en casa de mala gana, resentido y envidioso como un niño celoso, despistado como un monigote que ni siquiera sabe organizar una fiesta con los amigos... Otro padre que no sabe qué hacer con dos hijos imprevisibles y no confiables, así sea de manera dife-rente y opuesta: a uno le dice que vaya a trabajar en la viña y él responde que sí, pero no va; el otro dice que no, pero luego va. Jesús, que nos cuenta esto, valoriza lo obvio, pone atención en lo cotidiano para subrayar la cotidianidad de la presencia del Padre, es decir, la fidelidad absoluta de su amor. Porque en el hecho de que los pajaritos tengan comida o que, a pesar de todo, el padre espere al hijo y, una vez que éste regrese, le organice un gran ban-quete, Jesús ve al Padre que acoge todo regreso nuestro. O en la mujer que encuentra la moneda y lo celebra, ve la fiesta del Reino para quien lo busque. O en el pastor que se da cuenta de que le falta una de sus ovejas ve al amor de aquel Padre que... sabe con-tar solamente hasta uno, para el cual cada uno de nosotros es el único, el amado, el predilecto. O en el hecho de que el sol salga todos los días e ilumine todas las cosas, Jesús ve al Padre que es la luz de toda realidad y da la gracia al bueno y al malo, al justo y al injusto27. Como deberían aprender a hacerlo nuestros sentidos.
Si estuviéramos atentos a las cosas obvias, nos daríamos cuenta de la compañía diaria de Dios que sostiene constantemente nuestra esperanza28. Compañía verdadera, no siempre consoladora y gra-tificante, sino a veces áspera y dura, provocante y exigente, como
27 Cf. PAGAZZI, G. C. Op. cit., pp. 76-77.
28 Luminoso y original el mensaje que viene del libro de Lewis, Las cartas del diablo a su
sobrino (Las cartas de Escrutopo), donde el jerarca de los demonios instruye al diablo apren-diz Malacoda, su sobrino devoto, acerca de las técnicas más eficaces para tenderle trampas al hombre. Entre otras, está la siguiente: "Haz de tal manera que en tu beneficiario aumente
corresponde a una presencia que quiere ser incisiva y pretende cambiar mi vida; otras veces, en cambio, compañía misteriosa y hasta demasiado silenciosa, invisible y lejana29. Pero en todo
caso compañía ordinaria y que viene a nosotros a través de las situaciones ordinarias. Por eso es conveniente recordar la adver-tencia de Pascal: "Las mentes pequeñas se preocupan de las cosas extraordinarias, las mentes grandes de las ordinarias".
Así que los sentidos se curan cuando se vuelven de veras hu-mildes, como lo decíamos, y sencillos: por un lado, no preten-den las cosas extraordinarias, descuidando las ordinarias, por el otro, abandonan toda presunción y no consideran que existe sólo aquello que cae bajo su percepción. Ahora son libres de empren-der el vuelo hacia una realidad distinta, hacia lo que no se ve, ni se siente ni se toca. Y sería la máxima expresión de valor y rea-lización de los sentidos humanos, como lo dice un gran místico, Angelo Silesio: "¡Ve a donde no puedas! ¡Mira a donde no veas! Donde esté el silencio escucha: es allí donde Dios habla"30.
Como la vida habla si hay un corazón que escuche, así la vida forma sólo si los sentidos son vivos y vigilantes, humildes y emprendedores.
cada vez más esa tendencia ya fuerte en los humanos: el descuido de las cosas obvias. Haz de tal manera que sea embelesado por las realidades más altas, más místicas, o también que sea atraído por las vilezas de la lujuria y de la ira. Los resultados serán idénticos. Con alguno funciona mejor la lujuria, con otro lo abstracto de las cosas altas, pero ay si tu beneficiario se interesa de las cosas obvias. Haz de tal modo que se distraiga" (citado en: PAGAZZI, G. C. Op.
cit., p. 77). Siempre en la misma línea, de manera sustancial, va el otro consejo dado por el jefe de los demonios al aspirante-diablo de engañar a los creyentes orantes convenciéndolos de que en la oración deben pedir siempre y solamente cosas espirituales, y nunca rebajar el nivel de la oración a la petición de cosas materiales, del pan cotidiano o de la salud física, del sol o de la lluvia, de los bienes de la tierra y de la posibilidad de gozar de ellos.
29 Cf. Ibíd., p. 77.
30 SILESIO, Angelo. El peregrino querúbico. Citado en: SEMERARO, M. Messa cuotidiana.
... —©'fe—'... C a p í t u l o //
SENSIBILIDAD HUMANA
E
ntre los sentidos y la sensibilidad humana hay en comúnmucho más que una simple asonancia verbal. Basta decir que los unos (los sentidos) son causa de la otra. Es una relación compleja y al mismo tiempo natural, dinámica y también basada en elementos estructurales, sólidos y estables; de compenetra-ción recíproca hasta el punto de hacer difícil distinguir las dos realidades en acto.
Pero si los sentidos, como lo vimos, corren el riesgo de per-derlos, la sensibilidad, en cambio, difícilmente desaparecerá del corazón del hombre. A lo más cambiará de objeto o será más o menos intensa, o también seremos sensibles en la dirección equi-vocada, por cosas y realidades no del todo en línea con nuestra verdad más profunda, pero la sensibilidad no podrá nunca per-derse en cuanto tal. Es una convicción que también me viene de la experiencia profesional psicoterapéutica. No recuerdo haber encontrado jamás a una persona que me confesara ser en abso-luto insensible, en todo caso y circunstancia, como si fuera su es-tilo normal de vida y su modo de sentir (o de no sentir) dentro de sí. A lo más, muy a menudo he escuchado relatos o testimonios de vida en los que la sensibilidad aparecía o se mostraba, aun con un poquito de complacencia u otras veces de victimismo, como una especie de justificación de la reacción eventual propia un poco extraña o excesiva ("¿sabes?, yo soy sensible..."; "es mi
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aguda sensibilidad la que me lleva a ver cosas que los demás no ven y que aumenta en mí lo intuido")1. ¡¿Es posible, me dije, que
a mí sólo vengan personas sensibles (y a veces hipersensibles)?! La verdad es que todos, indistintamente, somos sensibles; so-bre qué serlo, luego, lo decidimos nosotros (y más o menos ya todos lo decidimos), pero no podemos pensar o presumir de ser totalmente insensibles: si somos más sensibles a ciertas cosas o a actitudes de los demás o a la realidad de la vida, lo seremos menos frente a otras realidades y actitudes, pero en todo caso nuestra energía emotiva debe también andar en alguna direc-ción. Incluso el indiferente, o aquel que parece tal, es sensible a algo, así él no lo sepa o lo niegue.
Tratemos ahora de definir, ante todo, el concepto, o de descri-bir sus componentes.
1. Definición (y descripción)
Sensibilidad quiere decir, esencialmente, orientación
emocio-nal, transmitida por la vivencia al mundo interior del sujeto en distintas áreas de la personalidad, hacia un "bien" (o algo que apa-rezca o sea considerado tal por él, más o menos inconscientemente).
Ser sensible, pues, consiste en advertir, más o menos límpida-mente, una atracción afectiva y/o mental, y que tiende a llegar a ser acción o a provocar decisiones en una dirección precisa y en diversos sectores de la personalidad.
De manera más analítica estos parecen ser los elementos constitutivos:
1 Una vez una señora, frente a mi reacción algo estúpida por cierta actitud suya
exce-sivamente resentida con relación al marido, se justificó y me catequizó así: "Tal vez usted no pueda entenderme, porque tiene otra sensibilidad, no es sensible como yo lo soy... ¡Si supiera cuánto se sufre al tener una gran sensibilidad!". Y acompañó estas palabras con un suspiro que la hacía aparecer con ese sentido suyo de superioridad frente a esos ignorantes como yo, que no pueden comprender porque no son lo suficientemente sensibles.
a. "Orientación"...
La sensibilidad es esencialmente orientación. "Orientación" como dirección, atracción, tendencia, impulso más o menos irre-sistible, y también sentimientos, gustos, deseos, intereses, con-vicciones..., y todo lo que manifieste un dinamismo que mueva a la persona en una dirección bien precisa.
1) Predisposición
De por sí sensibilidad no quiere decir acción verdadera; ella pertenece más a la categoría psicológica de las actitudes, o sea de las pre-disposiciones, de lo que sucede antes de la acción (en-tendida como gesto externo) o que la prepara e introduce, o que anticipa o podría condicionar la decisión, pero que no se iden-tifica con ella ni se confunde tout court con la acción2. Esto nos
habla ya de la complejidad del concepto, pero al mismo tiempo nos recuerda que en todo caso es siempre el sujeto el que decide consentir o no a la tendencia de predisposición de sus actitudes, y por ende también de la propia sensibilidad. No tiene por lo tanto mucho sentido cierta lógica, hoy convertida en cultura, se-gún la cual uno "debe" actuar en conformidad con lo que sienta, o ha de dar realización inmediata a las propias predisposiciones interiores. Esto sea tal vez típico del animal, el cual actúa como se lo dicte el instinto, sin ninguna discontinuidad ni intervalo entre sensación y acción. El hombre, por el contrario, puede y debe, frente a la presión del sentimiento o de cualquier atracción, interponer una pausa de reflexión que le permita llegar a una decisión inteligente y motivada.
Digamos, sin embargo, de inmediato que en la práctica tal orientación puede imponerse al sujeto cada vez más, y así será exactamente en la medida en que él lo convierta en acción. Como lo veremos.
2 Sobre la definición y naturaleza de las actitudes, cf. CENCINI, A., MANENTI, A.
Psico-logía e formazione. Strutture e dinamismi. Boloña, 2010, pp. 68-83.
2) Criterio de elección
¿Pero con base en qué pregunta o criterio el individuo decide si aceptar o no la provocación o atracción que advierte dentro de sí? ¿Cómo decir: tal orientación es aceptable en el plano ético? ¿Es buena o mala? ¿Es necesario relevar su eventual dimensión moral? ¿O el hecho de que uno la experimente dentro de sí la hace automáticamente buena, lícita o éticamente neutra?
Por ahora podemos responder así: la sensibilidad representa de por sí una riqueza, es una potencialidad humana, habla de que el hombre no es sólo frío raciocinio o puro activismo y tam-poco simple exterioridad, sino que tiene una vida interior viva, es capaz de deseos y emociones, experimenta pasión y empatia, puede enamorarse y conoce la desesperación. Todo esto, y mu-chas cosas más, hacen parte de la sensibilidad y asume relevancia ética en el momento en el que se refiere a la identidad y verdad del individuo mismo y, si el asunto en cuestión o el comporta-miento van más allá del individuo, también de la identidad y ver-dad de los demás: si es una sensibiliver-dad que está en sintonía con la verdad e identidad de la persona y le ayuda a ésta a realizarse en esta línea y en el respeto al otro, es una sensibilidad buena y se la acepta. Si distrae al sujeto en lo que es llamado a ser en sí mismo y en la relación con los demás, no le sirve, es una fuerza negativa, contraria a su identidad y verdad, y lo llevaría lejos de sí y de los demás; sería una sensibilidad alienante y destructiva. Y va a ser precisamente con base en tal verificación como luego el individuo será llamado a discernir y decidir.
Este primer elemento constitutivo tiene que ver con la vida presente del sujeto.
b. Orientación "emocional"...
El segundo elemento que define la sensibilidad se refiere a la calidad de la orientación transmitida por la misma sensibili-dad. Se trata de una orientación de tipo emocional. "Emocional" en el sentido doble etimológico-literal de movimiento (motus)
y también de dinamismo (entendido como dynamis, energía o fuerza). Es decir, la emoción imprime un movimiento o modo de ser a la persona, que la hace más o menos emotiva, más o menos sujeta a la emoción y atraída hacia una cierta dirección; al mismo tiempo es una fuerza interior específica, que tiene el poder de involucrar cada vez más a la totalidad del ser y actuar de la persona, o sea de con-moverla (cum-movere). La emoción, pues, -como elemento constitutivo de la sensibilidad- es fuerza totalizante, en cuanto logra mover a la vez todo el mundo inte-rior del hombre, el cual pasa así de la emoción a la conmoción.
El componente emotivo nos hace pues comprender aun mejor que la sensibilidad no es sólo sentimiento o fantasía, sino fuerza interior que ejerce cierta presión y orienta la vida.
Con esta premisa, pasemos a la indicación de los tres compo-nentes de la sensibilidad, que son luego los tres elementos cons-titutivos del ser humano.
1) Componente afectivo
Hemos llegado a la conclusión de que hay energía en la sen-sibilidad, esa energía que experimentamos como afecto que nos atrae en una cierta dirección, y que puede ser orientada hacia personas o cosas, y también hacia maneras de actuar y reaccio-nar, de relacionarse y "sentir" al otro..., hacia gratificaciones ins-tintivas y atracciones de género variado, desde la artística hasta la espiritual. Estas maneras, si se ponen por obra y se repiten habitualmente, llegan a ser poco a poco estilo de vida, algo que cada vez nos parece más normal y bueno, bello y conveniente, y que de hecho confirmamos y reforzamos con nuestra actitud y comportamiento.
En tal sentido, decimos que existe siempre un afecto que nos orienta y predispone en las cosas de la vida. Dicho afecto es como el núcleo, la parte más vital de la sensibilidad, su corazón. Es también su energía, una energía que nos hace preferir y apreciar algunos modos y gestos, palabras y contactos, relaciones y estilos
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relaciónales, personas y grupos, y dirige los sentidos, externos e internos. De manera positiva esto constituye una gran ventaja: es decir, cuando el afecto está en línea con la identidad y verdad de la persona, y se dirige a cosas, actitudes, modos de ser y de relacionarse coherentes con su yo ideal (con lo que la persona es llamada a ser), permite a la persona misma amar lo que hace, encontrarse a gusto, implicarse totalmente en lo que dice y hace, poner pasión y hacerlo con creatividad, resultar creíble y convin-cente. La suya es una sensibilidad consistente, podríamos decir.
En cambio, es diferente el caso de una sensibilidad inconsistente.
La envidia, por ejemplo, crea, o es parte de una cierta sensibi-lidad, con emociones anexas que no están ciertamente en línea con un plano de valores altruistas o de dirección hacia el otro: el individuo sufre por el éxito del otro y espera en su corazón que él fracase o cometa un grave error. Sufrimiento y esperanza, en tal caso, son "afecto" negativo, energía emocional en sí preciosa, pero que está en abierto contraste con la verdad profunda del ser en cuanto tal (de ese que cualquier hombre es, podríamos de-cir) y muy probablemente con aquel que la persona en cuestión quiere llegar a ser (nadie, creo, sano de mente escoge consciente-mente el mal del otro como su propio bien). Pero en realidad el envidioso "ama", sueña y desea dentro de sí esta eventualidad (así no tenga el valor de admitirlo), liga su felicidad a ella. Sabe que no está bien y que es imbécil antes de ser inmoral disfrutar de las falencias de los otros, podrá incluso decírselo y oírselo decir y tal vez hasta vaya a confesarse de ello, para hacerse reprender, porque... no debería (como si él no lo supiera). Pero este affec-tus, si no se interviene eficazmente sobre él y sus raíces, persiste y sigue orientando su vida emotiva, condicionando sus humo-res, impidiéndole amar lo que hace, o hacerlo por amor (visto que en cambio lo realiza para sobresalir por encima del otro), disminuyendo y desperdiciando energía preciosa, que le impide realizar sus ideales, los que proclama públicamente, lo hace poco creíble y mucho menos convincente e, inevitablemente, le crea
verdaderos problemas de relación y tensión insoportables. Quién sabe si tal vez Marta era un poco envidiosa de María...
Lo mismo podremos decir del tipo que ha caído en el hábito de la masturbación o de la visión de la pornografía: en ambos casos la persona es sensible a cierta clase de atracción, cultiva un afecto hacia la gratificación particular física genital que se refiere muy de cerca de sus sentidos (del tacto a la vista, de la imagina-ción a la manipulaimagina-ción del propio cuerpo y del de los demás), es atraído y en tal sentido "aficionado" a o movido hacia, cierta manera de actuar porque de ello le deriva -así lo cree y siente-una sensación agradable. El sujeto quizá sepa que no es siente-una cosa buena en sí, conoce también el dejo amargo que sigue a estas operaciones, e incluso conoce la moral, tal vez hasta la enseñe y defienda... Pero se encuentra metido en ese affectus, con un impulso energético que va y seguirá andando en cierta dirección, hasta que tenga el valor de, o sea ayudado a, trabajar sobre ese affectus, para comprender el origen de éste, su verdadero sentido y hasta incluso el engaño, para ver cómo atenuar dicha atrac-ción, o tal vez modificarla u orientarla de manera diferente, más en línea con la propia verdad de ser. Como luego trataremos de entenderlo.
Evidente, por lo tanto, la importancia del componente afectivo de la sensibilidad: si es energía, debemos necesariamente contar con ella, pero de manera "inteligente". Por un lado, es fuerza que no puede ser ignorada o subvalorada, por otro no puede ni debe ser aguantada, expresada o desahogada. De nuevo, es el indivi-duo el que luego escoge qué hacer con ella, como ya lo vimos.
Él se da cuenta, a veces de modo también intenso o difícil, de esta tendencia, se siente impulsado (e-motus) en cierta direc-ción, pero a menudo, o como de costumbre, ignora precisamente de dónde venga y algunas veces también a dónde lo pueda lle-var. Algo así, pero al contrario, de cómo actúa el Espíritu que actúa en nosotros encendiendo sensaciones y afectos en el cora-zón (cf. Rm 8, 26), cuando aún no hemos aprendido a distinguir sus gemidos y reconocer su presencia, pero estamos no obstante