• No se han encontrado resultados

La interacción entre la emoción y el intelecto:

Bowen utiliza el término Diferenciación del Self de dos maneras diferentes pero rela- cionadas. La primera describe la interacción entre la actividad emocional e intelectual en la persona. La segunda se refiere a la habilidad de la persona para, a través de la regulación de la interacción entre emoción e intelecto, dirigir el Self en las relaciones personales con otros. La primera acepción, la interacción entre los sistemas emocio- nales e intelectuales en el individuo, será el tema inicial de esta disertación.

Bowen define la emoción de manera amplia. Escribe: «El funcionamiento emocio- nal incluye las fuerzas automáticas que rigen la vida protoplásmica. Esto incluye la fuerza que la biología describe como instinto, la reproducción, la actividad automática controlada por el sistema nervioso autónomo, los estados sentimentales y emociona- les subjetivos y las fuerzas que rigen los sistemas de relaciones personales» (Bowen, 1978; pp. 304-305). La emoción juega un importante papel en la familia humana, como proceso que moviliza y dirige el comportamiento y las relaciones.

Tal y como se utiliza en la Teoría de Bowen, el término «sistema emocional» y, por inferencia, «emoción», posee unos límites muy amplios. Bowen sugiere, por ejemplo, que el término se puede aplicar a las plantas al igual que a los animales, así como a organismos unicelulares como las bacterias. En todos estos campos, el término «emoción» continúa haciendo referencia a la fuerza o energía que da lugar a la inte- racción entre las entidades vivas diferenciadas y entre un ser vivo y su entorno. De la misma forma, la emoción es la energía que resulta de tales interacciones. Además, el término incluye la noción de comportamiento instintivo o programado automáti- camente, comportamiento que suele poder predecirse dentro de una especie y que varía, en cierto grado, entre fenotipos individuales. Ambas ideas, la energía o fuerza que impulsa a la acción y el patrón genérico (instinto) que guía el comportamiento, son el fundamento del sistema emocional en el individuo.

«Concibo que hay un centro en el cerebro que controla las emociones y otro que controla las funciones intelectuales» (Bowen, 1978; p. 372). A la par de las funcio- nes emocionales mencionadas anteriormente, están las funciones intelectuales, en las que podemos incluir todas aquellas a las que habitualmente se hace referencia con términos como cognitivo, razonamiento, análisis, habilidades para desarrollar secuencias de comportamiento y otros similares. Estos dos núcleos, de acuerdo con las hipótesis de Bowen, suelen desarrollar su actividad en colaboración, tenien- do cada uno un papel importante en la regulación de la respuesta del individuo a su entorno y a los retos que se le presentan. Sin embargo, bajo condiciones de ansiedad y estrés elevados, el sistema emocional puede anular al sistema de pen- samiento.

Una importante señal de activación del sistema emocional es lo que Bowen llamó «reactividad emocional». La compara con un reflejo, ya que ocurre generalmente de manera no consciente y como respuesta a un estímulo o grupo de estímulos. La acti- vación de la reactividad emocional puede expresarse en una intensidad que va desde lo suave a lo enérgico. Dependiendo del grado de intensidad, la reactividad emocional tiene o no la capacidad de anular el funcionamiento del sistema intelectual, dejando así que el comportamiento del individuo sea gobernado por el sistema emocional. La Diferenciación del Self refleja la habilidad de la persona para manejar la interacción entre el funcionamiento emocional y el intelectual (Bowen, 1978). Bowen añade: «No es posible más que una relativa separación entre el funcionamiento emocional e intelectual, pero aquellas personas en las que el funcionamiento intelectual puede mantener una cierta autonomía aún en periodos de estrés, son más flexibles, más adaptables y más independientes de la influencia de la emocionalidad en torno a ellas» (Bowen 1978; p. 362).

Las reacciones emocionales (o reactividad emocional) reciben mucha atención en el ámbito de las aplicaciones de la Teoría de Bowen. Este término se aplica a dos áreas distintas. En primer lugar, se refiere a la respuesta automática de la persona (frecuentemente no consciente) a estímulos significativos, generalmente de una fuente exteroceptiva pero a veces también interoceptiva. La respuesta de

miedo de una persona que ve una serpiente es un ejemplo sencillo que ilustra este fenómeno. En segundo lugar, este término se utiliza como referencia a los patrones interpersonales de comportamiento que emergen y se repiten cuando lo dictan cier- tas condiciones y estímulos relevantes. Los patrones repetitivos de conflicto marital o interacciones difíciles entre padres e hijos pueden servir como ejemplos de este segundo uso.

Bowen hace notar que ya existen numerosas definiciones para describir las emo- ciones, razón por la que no aporta una definición propia. En lugar de eso, describe la esfera del sistema emocional de la siguiente manera: «Operacionalmente, consi- dero que podemos identificar el sistema emocional como algo profundo que está en contacto con los procesos celulares y somáticos, y el sistema sentimental, como un puente que está en contacto por un lado con partes del sistema emocional y por el otro con el intelectual» (Bowen, 1978; pp. 158-159). Dentro de esta concepción, el término sistema emocional se refiere claramente a una propiedad o característica del organismo individual. Bowen también utiliza este término para referirse a los patrones de interacción emocionalmente motivados, que caracterizan el sistema de relaciones humanas. Él describe cuatro de estos patrones en el concepto de proceso emocional de la familia nuclear: conflicto, distancia, bajo y sobre funcionamiento recíproco, y proyección de la ansiedad parental en el hijo. Además, el concepto del triángulo y la triangulación describe otro patrón general en la interacción humana, también motivada por la emoción.

En general, la Teoría de Bowen asume la concepción de que existe un grupo de emociones básicas, un punto de vista que ha sido comúnmente aceptado desde la época de Darwin.30 Actualmente, quienes mantienen la idea de que existe un grupo de

emociones básicas proponen que cada emoción depende de un programa neuronal que se activa desde el nacimiento y es homólogo a los circuitos de otros mamíferos (Panksepp, 1998). La puesta en marcha de este tipo de circuito emocional tan básico es un proceso automático que tiene efectos hormonales, musculares y en el sistema nervioso autónomo. El funcionamiento o desarrollo de un circuito emocional básico puede estar determinado por una influencia epigenética, es decir, ser el resultado de la interacción entre genes y factores ambientales. Algunos investigadores han buscado un distintivo fisiológico, o una firma o señal biológica para cada emoción concreta, pero la identificación de dicha firma se ha mostrado esquiva (Barrett, Ochs- ner y Gross, 2007).31

30 Varios investigadores han creado distintas listas de emociones consideradas básicas. Esta es clara- mente un área de investigación activa y en desarrollo. Ortony y Turner (1990) presentan una compa- ración de varias propuestas. El trabajo de Panksepp (1998) proporciona otra descripción excelente de las emociones básicas. Las distintas ediciones de Handbook of Emotion también proporcionan información sobre este tema en particular. Existen otras líneas de pensamiento sobre la naturaleza de las emociones distintas a aquellas que conciben la existencia de un conjunto de emociones básicas; por ejemplo, las teorías que utilizan el concepto de evaluación cognitiva (Lazarus) y de restricción de la satisfacción (e. g., Barrett, Ochsner y Gross). Estos otros fundamentos teóricos no se tratarán en este texto.

Además, la idea de la emoción básica propone la existencia de un sistema de con- trol que puede modificar la emoción que ha sido generada. Normalmente, se piensa que ese sistema de control es el sistema cognitivo. Por ejemplo, uno de los principa- les elementos que desarrolla la capacidad de regulación emocional en el niño es la habilidad para dirigir la atención (discriminar entre un estímulo y otro, capacidad para posponer una respuesta, etc.). La habilidad para utilizar el control atencional refleja el desarrollo cognitivo en el niño, y suele tener una aparición temprana (Bell y Wolfe, 2007). El control de la atención cumple una función parecida en la autorregulación adulta.

El concepto de sistemas duales de cognición (la actividad intelectual —la habili- dad de razonar, analizar, crear y realizar secuencias o pasos, y resolver problemas— depende en gran medida de sistemas cognitivos) y emoción, que encontramos en algunos debates actuales sobre el funcionamiento del cerebro, encaja de forma pre- cisa con las concepciones de Bowen sobre la interacción entre emoción e intelecto en el funcionamiento humano. Con frecuencia, uno puede encontrar referencias a procesos tipo top-down o bottom-up cuando se habla de la organización del funciona- miento cerebral. Durante décadas, los investigadores han visto que las emociones se originan en áreas del cerebro a las que se refieren como área límbica o corteza de asociación límbica, áreas debajo del neocórtex, como pueden ser la amígdala, el hipocampo, el hipotálamo, los ganglios basales y otras estructuras relacionadas.32

De ahí que se crea que las emociones ejercen un control regulatorio del cerebro de tipo bottom-up.

Por el contrario, los centros de la cognición se han asociado generalmente con la zona de los lóbulos frontales, la parte más alta, última, del cerebro, desde un punto de vista anatómico, y por tanto se ha descrito el control cognitivo del cerebro como un proceso top-down.

Los investigadores normalmente consideran que la emoción y las respuestas emocionales se desarrollan en el organismo del niño de acuerdo a un principio gene- ral de respuesta, es decir, siguen un programa fijado en el momento de nacer dando como resultado respuestas automáticas a estímulos del entorno. Son respuestas genéricas a estímulos no específicos. Rápidamente, las respuestas genéricas crean vínculos con estímulos específicos del medio ambiente en el que se desarrolla el individuo, particularmente con aquellos estímulos que tienen que ver con su supervi- vencia. Más tarde, en el desarrollo, estas reacciones emocionales incluyen o crean

32 El término límbico ha evolucionado a lo largo del último siglo y medio para referirse a áreas que rodean el diencéfalo y se encuentran bajo el telencéfalo. A Broca se le atribuye a menudo el primer uso de este término y el haber realizado la distinción entre las estructuras límbicas, a las que se refirió como un «cerebro animal», y lo que quedaba del telencéfalo, al que llamó cerebro intelectual. En el siglo xx, el investigador norteamericano James Papez señaló que el papel de esta parte del cerebro son las funciones emocionales, y Paul MacLean acuñó el término sistema límbico en 1952 para referirse a esta área del cerebro y sus funciones. A pesar de las críticas hacia el término de MacLean calificándo- lo de poco preciso e inútil (p. ej., LeDoux y Phelps, 2008), este término continúa siendo ampliamente utilizado para referirse a las estructuras subcorticales que están profundamente involucradas en la generación de la emoción.

vínculos con procesos de pensamiento y actividades cognitivas (Panksepp, 2008). Por ejemplo, cuando una persona experimenta miedo, sus procesos de pensamiento lo reflejan. La persona podría empezar a interpretar los sucesos desde la perspectiva del miedo, por ejemplo, con ideas como «quiere hacerme daño», «es demasiado difí- cil, no puedo hacerlo», etc.

Los sistemas o programas emocionales del sistema nervioso central del ser humano poseen la capacidad para vincularse a estímulos específicos del contexto (personas y entorno) por medio de su exposición a ellos y del establecimiento de asociaciones. Esto sucede especialmente con aquellos estímulos que son repetiti- vos. Este hecho proporciona el fundamento tanto para los patrones interpersonales de reactividad emocional descritos por Bowen y sus colegas, como para los patrones repetitivos de interacción dentro de la familia, que también se describen como reac- tividad emocional.

Aunque la Teoría de Bowen no aborda específicamente el proceso de desarrollo humano, el concepto de transmisión multigeneracional que explica las variaciones individuales en el grado de Diferenciación del Self tiene, sin ninguna duda, relación con procesos que afectan al desarrollo individual. Petchel y Pizzagalli (2011) seña- lan cinco principios del desarrollo cerebral en humanos: 1) el desarrollo del cerebro humano no es lineal, 2) las cortezas de asociación de alto nivel se desarrollan sola- mente después de que las cortezas sensoriomotoras de bajo nivel hayan madura- do en estructura y función, 3) la ontogenia recapitula la filogenia (las estructuras que más tardan en madurar son las más recientes desde el punto de vista de la evolución), 4) el desarrollo del cerebro está guiado por los genes pero conformado por el ambiente, y 5) las trayectorias del desarrollo cerebral son diferentes para hombres y mujeres (Pechtel y Pizzagalli, 2011). Debido a estas irregularidades en el proceso de desarrollo (el desarrollo no es lineal), el contexto, los sucesos y los procesos que tienen lugar en diferentes momentos pueden afectar a distin- tas regiones del cerebro y resultar en capacidades y comportamientos que varían según el individuo.

El efecto de estos principios, si los tomamos como un todo, proporciona una base para entender la enorme variabilidad interindividual en el desarrollo cerebral, que finalmente se hace visible en su funcionamiento y en el comportamiento. La manera en la que los sistemas intelectual y emocional interactúan y se van coordinando, interesa a los expertos en la Teoría de Bowen por su relevancia para el concepto de Diferenciación del Self. Especialmente los principios 1, 2 y 4, forman un marco para la comprensión general de cómo ocurren las variaciones en el desarrollo y la coordi- nación de estos sistemas.

La Teoría de Bowen propone que la familia es, durante un largo periodo de la vida, el contexto inicial y central para el desarrollo. Debido a su especial relevancia en la infancia y a la intensidad de los vínculos afectivos que se forman entre sus miem- bros, muchos de los teóricos de Bowen plantean que debería concedérsele a la fami- lia un estatus único, en lo que a contextos de influencia en el desarrollo individual se

refiere. Sin embargo, el amplio campo de la Neurociencia, cuando estudia el contexto del desarrollo humano, tiende en general a ignorar esta consideración especial hacia la familia y la incluye en el marco general de las relaciones sociales.

En sus primeros escritos, Bowen se refiere a un fenómeno que llama proceso emocional. Bajo este término general describe el traslado de la ansiedad desde un miembro de la familia a otro, de una manera dinámica y fluida. Estas transferen- cias están acompañadas por cambios en el comportamiento, de tal forma que la enfermedad y la psicosis pasan de un miembro de la familia a otro. Bowen también se refiere a un fenómeno que denomina reflejo emocional, del que se ha hablado previamente, y que se podría comparar con un reflejo de la médula espinal. El reflejo emocional conecta una respuesta automática a un estímulo emocional, un suceso, un comportamiento u otro fenómeno que provoca una respuesta emocional en la persona. Bowen sugiere que este tipo de reflejos emocionales normalmente suceden sin que seamos conscientes de ellos. No obstante, con esfuerzo la persona puede llegar a ser consciente de estos reflejos y con práctica ejercer algún control sobre la respuesta automática (Bowen, 1978). En el año 1982, en un debate con el neuro- científico Paul MacLean, Bowen describe el esfuerzo como «utilizar lo cognitivo para controlar el tic».

La idea de dos sistemas separados, uno emocional y otro cognitivo, que pueden regular el funcionamiento del cerebro, recibe apoyo mayoritario dentro de la literatura neurocientífica. En condiciones óptimas, estos sistemas funcionan simultáneamen- te y cooperan entre sí. Cada uno aporta apoyo vital al otro, en cuanto a información y recursos fisiológicos se refiere, al tiempo que ejerce un cierto control regulatorio sobre el otro sistema. Por ejemplo, Beer (2007) sugiere que cuando la gente se siente bien (emoción positiva) toma decisiones en base a procesos cognitivos auto- máticos que tienden a subestimar el riesgo y a potenciar las explicaciones positivas sobre los hechos, mientras que cuando se sienten mal, el esfuerzo cognitivo que emplean es mayor y más intencional, y tienden a sobreestimar el riesgo y a crear explicaciones negativas sobre ciertos sucesos. Por tanto, las emociones sirven para influir en los procesos cognitivos de una manera o de otra.

La regulación de las emociones por medio de procesos cognitivos recibe aten- ción dentro de la Neuropsicología y otras disciplinas de la Neurociencia. Ochsner (2007) plantea que los procesos cognitivos utilizan dos estrategias para regular las reacciones emocionales: el control de la atención y el control de la evaluación. La primera requiere utilizar el sistema cognitivo para dirigir la atención a unos estímulos en particular, ignorando otros. De hecho, el uso de la atención selectiva permite que la persona ignore cierto tipo de estímulos, aquellos que lo llevarán a una respuesta emocional no deseada, y que atienda a otros, aquellos que producen la respues- ta deseada. La segunda estrategia con la que un proceso cognitivo puede regular la emoción es el control de la evaluación cognitiva. Consisten en que la persona busca cuál es la respuesta más adecuada para el contexto en el que está y selecciona la intensidad de la respuesta emocional que encaja en la situación.

Dentro de la comunidad de neurocientíficos, se piensa que las estructuras en la corteza prefrontal medial y lateral están involucradas en la regulación de la emoción a la que se hizo referencia anteriormente. Ochsner et ál. (2005), revisaron tres pro- cesos cognitivos producidos por estas regiones de los lóbulos frontales, que propor- cionan la base para la evaluación:

1. La generación intencional de una estrategia para re-enmarcar cognitivamente un suceso emocional, en términos no-emotivos, y para el mantenimiento de esa estrategia en mente mientras duren las condiciones que han provocado la reacción.

2. Monitorizar la interferencia entre las re-evaluaciones top-down, que neutralizan el afecto, y las evaluaciones bottom-up, que continúan generando una respuesta afectiva, enviando una señal que indica que es necesario continuar con el proceso de re-evaluación.

3. Reconsiderar la relación entre estados internos (experienciales o fisiológicos) y estímulos externos, lo que puede servir para monitorizar los cambios en el estado emocional durante la re-evaluación.

La interacción entre estas regiones de la corteza prefrontal y las áreas implica- das en la generación de emociones, denominadas corteza prefrontal medial-orbital y amígdala, parecen ser fundamentales en la regulación de la emoción por medio de procesos cognitivos. Cuando la actividad aumenta en la corteza prefrontal medial y lateral, disminuye en la corteza prefrontal medial orbital y en la amígdala (Ochsner et ál., 2005). Debido a que en el cerebro humano el desarrollo de los procesos cognitivos de control sucede más tardíamente que el de los que están detrás de la respuesta emocional, el bloqueo o la interrupción del proceso de maduración puede resultar en una disminución de la capacidad cognitiva y de la capacidad de la persona para poner en marcha procesos cognitivos de control sobre la emo- ción. Esta posible variación potencial entre individuos respecto al funcionamiento cognitivo puede explicar, si bien de manera parcial, las observaciones de Bowen que describen la variación entre individuos en lo que él llamó distintos niveles de Diferenciación del Self.

Tales trastornos en el desarrollo están bien documentados en niños que han sido expuestos tempranamente a situaciones de estrés. Estos niños presentan menor volumen intercraneal, una integración hemisférica reducida, un cuerpo calloso más pequeño y un hipocampo de menor volumen (Petchel y Pizzagalli, 2011). En compa- ración con aquellos niños que no han experimentado niveles elevados de estrés tem-