Para lograr el objetivo de incrementar el nivel de Diferenciación del Self, se pueden identificar dos principios básicos explicados a lo largo de los escritos de Bowen (1978), y recogidos y sintetizados por Rodríguez-González y Kerr (2011). El primero es aumentar la objetividad y la neutralidad al observarse a sí mismo y a la propia familia. El segundo es trabajar sobre sí mismo a través de las relaciones más signifi- cativas y emocionalmente más intensas. Estos dos principios se suceden de manera fluida, con avances y retrocesos, y no tienen un orden específico, pero ambos son necesarios para lograr aumentar el nivel de Diferenciación del Self básico.
3.1. Incrementar la objetividad y la neutralidad
La Real Academia de la Lengua Española define el ser objetivo como «perteneciente o relativo al objeto en sí mismo, con independencia de la propia manera de pensar o de sentir. Desinteresado, desapasionado». Y define neutral como «que no participa de ninguna de las posiciones en conflicto» (Diccionario de la Lengua Española, 2001). Estas dos definiciones ayudan a entender hacia dónde se dirigen las conversaciones en el contexto terapéutico, en relación al primer principio.
La objetividad y la neutralidad son difíciles de conseguir, sobre todo cuando una persona se ve a sí misma y a la propia familia. Es muy usual realizar juicios prema-
turos, culpar, pasar por alto información, y hacer interpretaciones dejando de lado los hechos. Durante la terapia hay diálogos que facilitan el acercamiento de quien está en terapia a una postura más objetiva y neutral, sabiendo que «nadie llega a ser totalmente objetivo y nunca puede dejar de reaccionar emocionalmente frente a las situaciones familiares» (Bowen 1991, p. 80). No obstante, es posible avanzar en este sentido por medio de las siguientes estrategias:
3.1.1. Observar e identificar patrones de conducta en la familia y en uno mismo
Cuando se observa la trayectoria de una familia a lo largo del tiempo, especialmente si se incluyen varias generaciones, se pueden identificar algunos patrones de rela- ción propios de esa familia en particular. Cuando quien acude a consulta se hace consciente de que forma parte de esta repetición de patrones, se observan varios efectos. Por un lado, se aligera la carga al ver que no es el único en su familia que ha actuado de tal forma. Por el otro, permite tomar la decisión de modificar determina- das conductas desde una comprensión más amplia y contextualizada. Tener presente un panorama multigeneracional permite darse cuenta de la potencia y magnitud de las fuerzas emocionales que se han transmitido de generación en generación, lo que ayuda a disminuir la culpa y la crítica hacia sí mismo y hacia los demás.
Por ejemplo, un padre joven que estaba teniendo problemas para proveer econó- micamente a su familia pudo, al describir el desarrollo profesional de otros hombres en su familia, descubrir que en la rama paterna algunos varones, al poco tiempo de formar una familia, se volvían incapaces de proporcionar los recursos económicos necesarios, mientras que las mujeres se convertían en las principales proveedoras del hogar. Para este hombre, darse cuenta de este patrón de sobrefuncionamiento y bajo funcionamiento fue de suma importancia para transformar poco a poco su actitud, tanto hacia su madre como hacia su esposa, modificando en cierta medida su propio desarrollo profesional. Pudo, también, ser más benévolo consigo mismo en el proceso de avance y retroceso que esto implicaba. Su esposa, por su parte, quien también participaba en las sesiones, se sintió menos molesta ante esta situación y pudo hablar de forma más serena y productiva sobre el tema. También fue capaz de identificar cómo ella participaba en la creación de este patrón. En suma, ambos lograron un pequeño acercamiento a una posición más objetiva y neutral ante esta problemática, abriendo la oportunidad para el cambio.
De la misma manera que se observan patrones de relación en la historia de la familia, se pueden observar patrones de conducta en uno mismo, es decir: identificar qué hago, cuándo, cómo lo hago y con quién. Es posible ayudar a quien viene a con- sulta a identificar los propios patrones de comportamiento respondiendo a las pre- guntas anteriores. Este ejercicio de reflexión y autoobservación permitirá, después de un tiempo, convertir estas conductas en predecibles, de modo que sea posible anticipar la conducta y las reacciones emocionales en una circunstancia dada. Por ejemplo, durante el proceso de autoobservación, una joven se percató de que cada vez que recibía un correo electrónico de su madre hablando de las dificultades con su
hermana, se ponía tensa, sentía un hoyo en el estómago, era menos productiva ese día en su trabajo y terminaba por escribirle a su hermana reprochándole su conducta con la madre. Esto sucedía con tal precisión que, solo con abrir su buzón de correo y ver «hermana» en el renglón de los asuntos, podía predecir el resto de los acon- tecimientos del día. También comenzó a interesarse por el triángulo formado por la hermana, ella y la madre, y cómo su intervención, que era una reacción automática, ayudaba a que este modo de interactuar se perpetuara. Conocer esta cadena de con- ductas le ofreció la posibilidad de planificar una manera diferente de actuar ante esta historia que parecía repetirse sin fin. De la misma forma, pudo alejarse de la tenden- cia a buscar buenos y malos, pasando a evaluar la situación de forma más objetiva, es decir, como un patrón automático en el sistema donde cada uno juega un papel.
Durante el proceso de observación de los patrones de conducta, es clave descu- brir los triángulos que operan en la familia: aquellas interacciones emocionalmente intensas en las que participan tres personas. Cuando uno es capaz de observar los triángulos y su propia participación en ellos, es posible comenzar a relacionarse de forma distinta con las personas involucradas. El objetivo es, una vez detectado un triángulo en el que uno participa, ofrecer una respuesta neutral, sin tomar partido por uno de los lados, y sin atacar o defenderse (Bowen 1978; Papero, 1995).
Muchas veces, quien comienza a observar los patrones de conducta en la familia y en sí mismo quiere saber cómo hacer frente a aquello que observa, y desea pasar rápidamente a la acción para cambiarlo. Desde la terapia, es conveniente animar pri- mero a hacer numerosas observaciones hasta volverse un experto en la propia fami- lia y en las reacciones y movimientos de cada integrante. Tratar de descubrir para qué sirve aquella conducta, aparentemente irracional, e intentar predecir qué pasaría si la conducta cambiase, es una manera de acercarse a la objetividad. Solo entonces se puede planear una estrategia de cambio bien fundamentada y pasar a la acción.
En la trayectoria hacia la comprensión de los patrones de conducta es útil pregun- tarse «cómo», «cuándo», «dónde» y «con quién» suceden las cosas. La pregunta «por qué» resulta menos provechosa, pues generalmente lleva a pensar en términos de causa-efecto y a realizar interpretaciones. La objetividad y la neutralidad se logran cuando se observa a la familia y a uno mismo como quien observa a una bandada de gansos salvajes volando hacia el sur. En esta observación no hay buenos, malos, ni intenciones escondidas; simplemente es un engranaje en el cual el comportamiento de cada individuo tiene que ver con la interacción entre los individuos y con los objetivos del grupo. La cadena de comportamientos se repetirá cuantas veces sea necesario.
3.1.2. Observar el papel que cada uno juega en la generación y mantenimiento de los problemas
La mayoría de nosotros podemos ver, de manera más o menos fácil, conductas problemáticas en otros y sugerir un buen número de soluciones para cambiarlas. No nos explicamos por qué esa persona simplemente no ve el problema y no deja de hacer aquello que lo pone en dificultades. Sin embargo, resulta más complicado
reconocer y asumir cuál es el papel que uno juega en la creación y mantenimiento de un problema. Este cambio de ángulo implica concebir las relaciones desde una perspectiva sistémica y no desde un punto de vista individual, lo cual no resulta fácil. Un ejemplo sencillo es aquella mujer molesta porque su pareja no la ayuda con los quehaceres del hogar. Le parece obvio que él podría tomar la iniciativa y preparar el desayuno a los niños, limpiar la casa o regar las plantas. No se da cuenta de que, cada vez que su pareja interviene en estas tareas, ella lo corrige y le parece que no ha hecho bien su trabajo porque no lo hace del modo que a ella le gusta. Todo esto desemboca en que termine ella haciéndolo todo. La postura crítica ante su pareja va, a lo largo del tiempo, reforzando la pasividad de este.
En este proceso de observación es imperativo no perder de vista que todas las relaciones tienen un componente de reciprocidad. A se comporta de una manera mientras B actúe de cierta forma, y B actúa así porque A parece «invitarlo» a ello. Si se asume este concepto de reciprocidad hasta sus últimas consecuencias se puede asegurar que nadie es el causante último de los problemas; no hay víctimas ni verdu- gos, sino que todos tienen un rol activo en su generación y mantenimiento. Sin duda, tener en mente la cualidad recíproca de las relaciones lleva a una visión más objetiva y neutral sobre las mismas.
3.1.3. Manejo de las propias reacciones emocionales
El proceso de autoobservación lleva al paulatino conocimiento de las propias reaccio- nes emocionales. Una persona con altos niveles de Diferenciación del Self es capaz de saber qué situaciones tienden a despertar tales o cuales reacciones y tiene mayor habilidad para manejarlas. Hasta cierto punto, esta persona puede decidir cómo res- ponder ante situaciones de tensión, exhibiendo mayor capacidad de autoregulación. Las reacciones emocionales, aquello que sucede de manera automática, ofrecen también información sobre el fluir de la ansiedad en el sistema y dan luz sobre los patrones de relación que están activos en un momento dado.
Para que una persona pueda identificar las propias reacciones emocionales es indispensable que se pregunte: «¿Cuál es mi conducta típica ante situaciones ten- sas? Cuando la presión se incrementa, ¿qué suelo sentir, pensar y hacer?». Las reacciones emocionales se ejecutan de una manera rápida, automática y, casi siem- pre, sin mucha conciencia. Estas dan lugar a sentimientos, pensamientos, com- portamientos y respuestas somáticas que se han ido programando a lo largo de los años, particularmente en relación a aquellas personas más significativas en la familia de origen (Gilbert, 1992). Por medio de un esfuerzo de observación sosteni- do, la persona puede ir reconociendo la ansiedad en sí misma y el impacto de las reacciones emocionales sobre su propio funcionamiento. Por ejemplo, puede pre- guntarse: «Cuando estoy con estas personas en estas circunstancias, ¿me vuelvo más o menos capaz? ¿Me siento más irritable, animosa, cansada o desconectada? ¿Me comporto de una forma más autoritaria, sumisa o inquieta?». Quien acude a consulta deberá identificar las formas idiosincrásicas de manifestar y manejar la
ansiedad. El terapeuta le ayudará a reconocer estas reacciones y a identificar cómo estos estados excesivamente activos de emocionalidad, así como la sensibilidad exacerbada ante ciertos estímulos (peligro real o imaginario), limitan su capacidad para pensar claramente. Modular la propia emocionalidad es una de las condiciones necesarias para poder ser un Self diferenciado en medio de un ambiente emocional- mente intenso.
Las reacciones emocionales no suceden en el vacío sino que tienen que ver con el contexto, con la percepción de peligro y con la respuesta natural de ataque o huida. Tal como se ha explicado en los capítulos teóricos, muchas veces estas reaccio- nes son respuestas de adaptación apropiadas al momento (ansiedad aguda). Otras veces, las reacciones son desproporcionadas a la circunstancia, siendo una llamada de «¡Alerta! ¡Alto nivel de inquietud en el sistema!». Estas respuestas tienen que ver con un malestar que se ha venido transmitiendo de generación en generación y que no ha podido llegar a una resolución (ansiedad crónica), y son la fuente de donde se derivan una gama de síntomas. Identificar la «coreografía» que ejecuta la ansiedad en un sistema emocional ayuda a apreciar que la ansiedad es, en efecto, contagiosa y que aumenta o disminuye dependiendo de la participación y aportación de cada individuo en el grupo. Tener esto en cuenta disminuye la inclinación a culpar y repro- char, al mismo tiempo que facilita una valoración más completa, serena e imparcial de una situación dada.68
Un ejemplo de la utilidad de observar las reacciones emocionales es el siguiente. En una reunión social, un hombre observó a su padre actuar de manera poco sociable y un tanto inapropiada para la ocasión. Varios de los hermanos presentes se aver- gonzaron de su padre, pero este hijo en particular se puso tan tenso que desarrolló un dolor de cabeza y se tuvo que retirar. Después de repetidas ocasiones en situa- ciones similares pudo identificar cómo, en un momento perturbador en la familia, él absorbía la ansiedad y la manifestaba a través de su disgusto y hasta por medio de un mal físico, que además le obligaba a distanciarse. A partir de esta toma de conciencia, se interesó por conocer algunos hechos en la historia de su familia que explicaban, en parte, la generación de esta reacción emocional intensa. Descubrió que el distanciamiento a causa de un mal físico estaba presente también en otros miembros de la familia. Así, en las siguientes ocasiones en las que se encontró en esta situación, al sentir las primeras señales de tensión en su cuerpo, comenzó a preguntarse: «¿Qué sucede en el sistema familiar? ¿Estoy dispuesto a absorber la ansiedad que pertenece a todo este grupo o podría tolerar que mi padre quedase en ridículo ante estas personas sin hacerme yo responsable ni distanciarme?» En este caso, sus observaciones le permitieron mayor claridad y la posibilidad de elegir una nueva respuesta a viejas situaciones.
68 Victoria Harrison (2010) ha desarrollado un instrumento que guía las observaciones de las reaccio- nes emocionales en sus distintas manifestaciones y ofrece un mecanismo para su registro y análisis. El estudio sistemático de la propia reactividad requiere de alto grado de disciplina. Sin embargo, este esfuerzo redunda en la posibilidad de ver la propia forma de reaccionar ante diferentes personas y situaciones a lo largo del tiempo. En este sentido, la evidencia habla por sí misma.
Hasta aquí he hablado de hacerse más consciente de las reacciones emociona- les propias ante situaciones demandantes, pero esto no es suficiente. También es necesario asumir la responsabilidad ante tales reacciones. Si bien es cierto que las circunstancias desencadenan las reacciones, también lo es que la persona misma es responsable de estas (Rodríguez-González y Kerr, 2011). A menudo, escuchamos: «Si él no se comportara tan mal conmigo, no tendría yo que golpearlo». Esta afirma- ción conlleva la idea de una respuesta inevitable. En la medida en que esta persona siga atribuyendo al otro la responsabilidad de su propio comportamiento, no habrá progreso.
Un grado superior de Diferenciación del Self implica una mayor posibilidad de autorregulación, de incrementar la capacidad para tolerar la propia ansiedad sin tener que reaccionar de forma inmediata; en otras palabras, ser capaz de calmarse y pen- sar antes de actuar, lo que desemboca en comportamientos más responsables. Esta capacidad de autorregulación puede incrementarse poco a poco a base de observa- ción, entrenamiento, ensayo y error. Otras formas complementarias de incrementar la capacidad de modular las reacciones emocionales son el biofeedback, el neurofe-
edback, las técnicas de relajación, la meditación, el ejercicio físico e incluso el des-
canso (Gilbert, 1992). Cuando una persona puede mantener la serenidad y la calma frente a otra que está ansiosa, habrá más posibilidad de observar, pensar y evaluar la situación de manera cabal e incluso evitar que un problema escale y se genere una crisis o un desequilibrio. Las crisis generadas por una reactividad desmedida suelen, a su vez, redundar en la intensificación de alguno de los mecanismos propios de los sistemas emocionales, como son la aparición de un síntoma, el conflicto y/o el dis- tanciamiento, y la formación de triángulos. Todo ello contribuye al incremento de la ansiedad crónica. De aquí la relevancia de trabajar hacia una mayor capacidad de autorregulación.
3.1.4. Diferenciar entre el sistema intelectual y el sistema emocional
Para lograr una postura objetiva y neutral en las relaciones interpersonales, es nece- sario ser capaz de diferenciar entre el sistema intelectual (los pensamientos, las ideas) y el sistema emocional (las reacciones automáticas). Cuando una persona se encuentra en una situación incómoda, es incapaz de hacer un juicio justo sobre lo que ocurre si se ubica de lleno en el plano emocional. El sistema intelectual y el sistema emocional, aunque están siempre en comunicación y regulación mutua, es muy difícil que puedan estar activados plenamente de forma simultánea, tal como se explica y fundamenta en el Capítulo 2. Dicho de otra manera, es muy difícil, si no imposible, pensar claramente cuando nos invaden las emociones.
Cuando en la consulta una persona experimenta un momento emocionalmente intenso, es importante dar espacio a la expresión de sus sentimientos; sin embargo, esto no es suficiente. En lugar de centrar la conversación hacia el «¿qué sientes?», exacerbando el sistema emocional, es conveniente encaminar la conversación hacia
el uso del sistema intelectual con preguntas como «¿qué piensas sobre ello?». Esta estrategia favorece un análisis más ecuánime, claro y objetivo de lo que ocurre, y la consecuente posibilidad de tomar decisiones más acertadas.
El énfasis en distinguir el sistema intelectual del emocional no quiere decir que en la terapia orientada por la Teoría de Bowen no haya cabida para hablar y expresar emo- ciones y sentimientos. Lo que se considera importante en este contexto es ayudar a quien está en terapia a poder discriminar mejor entre el pensar y el sentir, y utilizar un sistema u otro de la forma más independiente posible. Cuando la terapia se queda en la expresión de los sentimientos, indudablemente hay un alivio momentáneo, una catarsis, pero el bienestar adquirido es efímero y pocas veces conduce a cambios con- ductuales sostenibles tanto a nivel individual como relacional. Es importante señalar que, en ocasiones, los pensamientos se ponen al servicio de las emociones, es decir, se encuentran convincentes razones para dar salida a las respuestas emocionales. Casi siempre es el tiempo y el mirar hacia atrás lo que determina si la decisión frente a ese dilema en particular se generó en el sistema intelectual o en el emocional. Para conseguir que quien acude a consulta alcance un punto de vista más objetivo y neu- tral, es indispensable impulsarlo a utilizar las funciones superiores del pensamiento, dándole a la emoción su justo lugar, pero sin confundir lo uno con lo otro.
3.1.5. Conocer la Teoría de primera mano
No hay mejor manera de adentrarse en un tema que acercarse a las fuentes origi- nales. En el transcurso de la terapia basada en la Teoría de Bowen es frecuente que el terapeuta sugiera artículos, libros o vídeos que explican la Teoría misma. Algunas personas no se muestran interesadas y prefieren solo acudir a las sesiones, lo cual es perfectamente aceptable. En cambio, otras se acercan a la literatura y a otros medios que les ayudan en la comprensión de sí mismas y de sus familias en base a su nuevo saber.
En cualquiera de estos casos, el terapeuta puede introducir paulatinamente algu- nos conceptos teóricos durante las sesiones. Familiarizarse con los principios que ofrece la Teoría ayuda a las personas a ir desarrollando un marco conceptual, una