La terapia comienza con el primer acercamiento o la primera llamada telefónica. Desde este primer contacto se activan los mecanismos típicos de un sistema emo- cional. Esto quiere decir que se abre la posibilidad de que el terapeuta forme par- te del sistema emocional de quien viene a terapia, ya sea aliándose con uno de los miembros, teniendo lástima por otro, considerando que el problema radica en uno de ellos, o sintiendo especial simpatía por el de más allá. Desde este primer momento, el terapeuta comienza su trabajo: mantenerse en una posición diferen- ciada; esto es, permanecer en contacto emocional con la familia mientras se con- servan la objetividad y la neutralidad, posicionándose así fuera de los triángulos. Esta es, en definitiva, la tarea más importante y más difícil del terapeuta, a la cual volveré más adelante.
Como he señalado ya, las personas, parejas y familias que se acercan a solicitar consulta presentan una variedad amplísima de problemas, ya sean emocionales, físicos o sociales. Cualquiera que sea el motivo de consulta, las dificultades suce- den en el contexto de las relaciones humanas y en respuesta a ellas, por lo que es posible atenderlas desde la comprensión de los sistemas naturales de la Teoría de Bowen. Los problemas emocionales y psicológicos van desde el sentirse insatisfecho consigo mismo hasta la ansiedad, la depresión o las reacciones psicóticas. La con- sulta puede surgir del deseo de manejar una enfermedad física y sus implicaciones para el enfermo y los miembros de la familia. Ejemplos de esto serían un cáncer, la infertilidad o las migrañas. La consulta también puede ser motivada por problemas sociales como: conductas irresponsables, delincuencia, incapacidad para mantener un empleo, violencia dentro y fuera de la familia o abuso de sustancias. Todas estas dificultades en la vida hablan de un desequilibrio en la familia, entendiéndola teóri- camente como un sistema emocional. El «paciente», entonces, no es quien «tiene» el problema, sino todo el sistema emocional que está involucrado. Dicho de otra forma, no importa quién se acerque a pedir terapia, el paciente no es el «paciente», sino que toda la familia lo es.
Durante las primeras sesiones se lleva a cabo una evaluación inicial del funcio- namiento familiar.67 El terapeuta busca obtener la información necesaria para poder
generar un diagrama lo más completo posible de, al menos, tres generaciones. Es esencial obtener datos concretos sobre el devenir de la familia, lo que incluye fechas de nacimiento, muertes, matrimonios, separaciones, cambios geográficos de residencia, etc. También se registran cambios en el nivel de funcionamiento a lo largo del tiempo, como son cambios en el estado de salud, competencia aca- démica, éxito laboral y síntomas varios. Así mismo, se exploran los patrones de relación más pronunciados y las posibles repeticiones y coincidencias en diferen-
67 Para detalles sobre el proceso de evaluación, véase el Capítulo 4.
tes generaciones: distanciamiento emocional, alteración en el funcionamiento de uno de los miembros de la pareja, conflicto en la pareja y/o focalización en uno o varios hijos. Esto se puede explorar por medio de preguntas como: ¿Quién es más cercano a quién? ¿Quién ayuda a quién y cuándo? ¿Quién es similar o contrario a quién? ¿Cómo reaccionó cada uno cuando sucedió aquello? De esta forma, se tiene una visión multigeneracional tanto del contenido como de los procesos (Kerr y Bowen, 1988).
La utilización del diagrama familiar para recoger información en un solo cuadro es una herramienta muy útil. El análisis de estos datos permite al terapeuta generar una serie de hipótesis sobre las que irá trabajando a lo largo de las sesiones. La evaluación no se limita a las primeras sesiones sino que es un proceso continuo. Conforme avanza el proceso terapéutico, la visión se va ampliando y el diagrama se va enriqueciendo y detallando. No obstante, el esbozo inicial es fundamental para definir hacia dónde dirigir los esfuerzos y así ser lo más efectivo posible (Kerr y Bowen, 1988).
En esta primera fase del proceso se presenta con frecuencia una dificultad: a la familia le aqueja el aquí y el ahora, y no pocas veces está convencida de que el problema radica en quien tiene los síntomas (la actitud de la hija, la frialdad del esposo, la depresión de la pareja, etc.). Pasar de esta definición de la realidad a hablar sobre la familia de origen y su conexión con el motivo de consulta puede resultar sumamente disonante. «¿Qué tiene que ver el déficit de atención de mi hijo con mi madre, mi hermano y su relación de hace 30 años?». El terapeuta necesita ir tendiendo puentes y expandiendo la visión del problema, sin olvidar en dónde se encuentra la familia en ese momento, y responder en algún nivel a sus inquietudes. De lo contrario, es posible que la familia aborte el proceso prematuramente. Si las personas que están en terapia logran ir poniéndose ellas mismas las «gafas» de la Teoría de Bowen, poco a poco la misma familia comprenderá que todo aquello de lo que se habla en la terapia tiene que ver con el problema concreto por el que, inicial- mente, habían acudido a consulta, y los conceptos teóricos, que ahora les ayudan a analizar la realidad desde otra óptica, les permitirán tener una visión mucho más amplia y objetiva de su dificultad. Si esto se logra, la terapia estará siendo un éxito.
La exploración durante el proceso de evaluación es ya terapéutica y constituye una intervención en sí misma. Las preguntas que hace el terapeuta, aquello que le parece interesante, aquello con lo que está de acuerdo o en desacuerdo con la fami- lia, van perfilando una forma de ver los problemas. Frecuentemente, las familias se sorprenden al descubrir que el inicio de un síntoma coincide con otros sucesos en la historia de la familia y pueden empezar a contemplar con la idea de que existe una relación entre ellos. Cuando el terapeuta no coincide con ellos en la definición de un problema, o cuando le parece insignificante algo que ellos definen como importante, los invita a pensar de una forma nueva, es decir, a no prestar tanta atención al sín- toma como tal, sino comenzar a entenderlo como el reflejo de un desequilibrio del sistema emocional. No es raro que la familia encuentre dificultad para ver las cosas
desde esta perspectiva y dirija de nuevo la conversación hacia el motivo de consulta, el síntoma y cómo curar a quien lo presenta. Una vez más, cuando el terapeuta es capaz de mantener su posición diferenciada, es decir, conservar su propia visión o punto de vista, ayudará a la familia a progresar hacia una manera distinta de verse a sí misma que seguramente le será útil.
El saberse escuchado y tener la oportunidad de expresarse pueden ser suficien- tes para tranquilizar a la familia, pero pueden dar también una falsa indicación de que los problemas se han resuelto. Muchas de las familias que vienen a consulta se sienten satisfechas cuando la ansiedad en el sistema se ha reducido hasta llegar a niveles más tolerables, lo que puede resultar en la disminución de los síntomas o incluso su desaparición. Para algunas familias esto es suficiente para hacer ciertos ajustes que permitan relaciones más armoniosas. Sin embargo, aunque este es un paso importante, de ninguna manera es considerado por Bowen como el final exitoso de un proceso terapéutico (Bowen, 1978). En este punto simplemente se han logrado las condiciones necesarias para pensar de manera más clara e iniciar un trabajo más profundo y duradero. No obstante, al llegar a esta fase, como he indicado, no pocas familias deciden dar por terminada su terapia.
Otras familias o individuos se interesan en continuar los esfuerzos hacia la Dife- renciación del Self y se involucran en un proceso de trabajo con la familia de origen. Este proceso representa un esfuerzo a más largo plazo, habitualmente de años, a través del cual las personas consultan con el terapeuta sobre la manera de modificar su propia posición en la familia, sobre todo en referencia a la familia de origen. Se desarrolla un plan específico y se pone en práctica en aquellos entornos que son emocionalmente más intensos y significativos, es decir, la familia nuclear y especial- mente la familia de origen, con el fin de definirse a sí mismos de una manera nueva (Gilbert, 1992).
Cuando una persona hace intentos para definir Self, es predecible que encuentre oposición por parte del sistema. No hay que olvidar que mucho de lo que hacemos, incluidos los problemas y los síntomas, tiene que ver con un intento del sistema para controlar los niveles de ansiedad y lograr un equilibrio. De esta forma, la per- sona que pretende alejarse de la fusión, tendrá que enfrentarse con otros miembros de la familia que intentarán persuadirlo para que regrese y sea el mismo de antes. Si la persona en cuestión es capaz de mantenerse en su nueva posición, sin distan- ciarse o enfadarse, con el tiempo el sistema se ajustará. Es posible que, entonces, otro miembro de la familia comience con sus propios intentos de diferenciar Self. De esta forma, cada miembro de la familia avanza en diferentes momentos con periodos de progreso, de regresión y de estancamiento. No obstante, si uno de ellos logra verdaderamente diferenciarse un poco más, facilitará el progreso del resto de la familia. Cuando se trabaja hacia la Diferenciación del Self, es casi imposible evitar un desasosiego inicial, de tal forma que constatar que el sistema no reacciona ante los intentos de diferenciación es razón suficiente para sospechar que no se ha logrado un verdadero cambio (Bowen, 1978).
El poder dirigir la atención hacia sí mismo a veces requiere tiempo, pues la ten- dencia natural es orientarse hacia los otros. Cuando se trata de parejas, por ejemplo, es común que en un primer momento ambos integrantes se concentren el uno en el otro, o en los hijos, con la esperanza de que sean los otros quienes cambien. Poco a poco será uno de los miembros de la pareja quien comience a enfocarse, de manera unilateral, hacia sí mismo y en su propio proceso de Diferenciación de Self. Esto dará pie a que el otro miembro de la pareja inicie su propia marcha en el mismo sentido. Este hecho se ve claramente reflejado en una frase que hizo un hombre que tendía a ser menos funcional cuando su pareja hacía comentarios críticos acerca de él: «yo quiero y necesito volverme más responsable y más proactivo, independientemente de si ella deja o no de hacer esos comentarios que yo oigo como crítica».
El camino hacia la Diferenciación del Self es un camino abierto que, en realidad, no tiene final. Muchas personas dan por terminada la terapia de manera formal pero siguen haciendo esfuerzos a lo largo de la vida, algunos regresando a solicitar ase- soramiento de manera intermitente con años de espaciamiento entre consultas. Sea como fuere, con ayuda profesional constante, de manera independiente utilizando lo aprendido durante el periodo que duró la terapia, o de manera autodidacta acercán- dose a la Teoría, el trabajo de Diferenciación del Self y la posibilidad de crecimiento y maduración dura toda la vida.