• No se han encontrado resultados

LA LECCIÓN DEL PODER.

In document Lecciones de Vida-Elizabeth Kubler (página 47-53)

Carlos, un hombre de cuarenta y cinco años al que se le había diagnosticado el V. I. H., aprendió la lección del poder a medida que su enfermedad progresaba.

«Primero perdí mi trabajo. Después mi discapacidad aumentó y perdí mi seguro médico. Antes de que me diera cuenta, vivía en un centro de acogida y estaba demasiado

enfermo para trabajar. Mi vida se había convertido en una pesadilla.

»Acudía a un ambulatorio para recibir atención médica. Allí me hablaron de un tratamiento en proceso de investigación para el que podía ser elegido. Firmé los documentos necesarios, me efectuaron el primer examen médico y esperé. Pasó una semana; dos, cuatro, cinco. Yo me encontraba cada vez peor y siempre me decían que sabrían algo a la semana siguiente. Tenía que desplazarme hasta el ambulatorio para preguntar por el tratamiento porque ya no tenía teléfono. Después de siete semanas, apenas podía caminar hasta allí. Me cansaba mucho y me faltaba el aliento. Un día no tuve más remedio que sentarme en el bordillo de la acera. Recuerdo que miré al suelo y pensé que aquello era todo, que aquél iba a ser mi final.

»Aquél no era el primer desafío al que me enfrentaba en la vida. En mi casa éramos muy pobres y yo trabajaba en el campo. No tuve mi primer par de zapatos hasta los once años. Sobreviví a muchas situaciones durante la infancia. ¿Qué había ocurrido con todo aquel valor y determinación? Permanecí sentado en el bordillo y lloré. Pensé: ”Por favor, no aquí, no ahora. Todavía quiero hacer más cosas. Quiero presenciar el cambio de milenio.” Siempre quise formar parte de ambos siglos. Lloré porque había perdido todo mi poder.

»Me sentía como si mi alma se estuviera consumiendo. Me estaba perdiendo a mí mismo. ¿Tenía que morir en aquel lugar?

»Entonces tuve un pensamiento. Todavía estaba allí: quizá no había perdido todo mi poder.

»Conseguí levantarme y llegar al ambulatorio. Le dije a la enfermera que mi cuerpo necesitaba ayuda, que no disponía de más tiempo para esperar a que me aplicaran el nuevo tratamiento. Tenía que haber alguna otra forma de conseguir los nuevos medicamentos.

»Debido a mi insistencia, la enfermera me inscribió en otro programa que desarrollaban en otro centro y en el que podían incluirme. Aquel mismo día empecé con una nueva combinación de medicamentos. En la actualidad, dos años más tarde, mi cuerpo se ha recuperado. Ya no me estoy muriendo. Mi mejora se debe a que aquel día recordé que tenía poder. Si no lo hubiera recordado, habría fallecido.»

Nuestro verdadero poder no proviene de nuestra posición en la vida, una cuenta bancaria abultada o una profesión admirable: es la expresión de la autenticidad que reside en nuestro interior, es la expresión de nuestra fuerza, integridad y gracia. En general, no somos conscientes de que el poder del universo está en el interior de cada uno de nosotros. Miramos a nuestro alrededor y consideramos que los demás son poderosos, que la naturaleza es poderosa. Somos testigos de que las semillas se convierten en flores y de que el sol cruza el cielo todos los días. Incluso vemos que la vida se crea en nosotros, a partir de nosotros. Sin embargo, creemos que estamos desconectados de todo este poder. Dios no creó a la naturaleza poderosa y al hombre débil. Nuestro poder procede de la comprensión de que somos únicos y de que tenemos

el mismo poder innato que el resto de la creación. Nuestro poder reside en nuestro interior. Es el poder con el que nacimos y, si lo hemos olvidado, sólo tenemos que recordarlo.

El doctor David Viscount explicaba una historia que nos recuerda cómo podemos encontrar y utilizar nuestro poder. Nos habló de una ley según la cual, si alguien posee un trozo de terreno y la gente cruza por él, al menos una vez al año debe señalizarlo e indicar que se trata de una propiedad privada. Si no se hace así, al cabo de unos cuantos años la parcela pasa a ser pública. Nuestras vidas son como esa propiedad. De vez en cuando debemos marcar los límites que nos definen y decir: «No», «Esto me ha dolido» o «No dejaré que me pises». Si no lo hacemos, entregamos nuestro poder a aquellas personas que, de modo intencionado o no, nos pasan por encima. Es responsabilidad nuestra recuperar nuestro poder.

En una famosa escena satírica, el difunto comediante Jack Benny representaba el papel de un tacaño a quien se le acercaba un ladrón empuñando un arma que le exigía: «¡La bolsa o la vida!» Jack permanecía inmóvil largo tiempo y al final exclamaba: «¡Estoy pensando, estoy pensando!»

Tendemos a igualar la riqueza con el poder y creemos que el dinero puede comprar la felicidad. Sin embargo, muchas personas descubren con tristeza que tienen dinero pero no son felices. Se cometen tantos suicidios entre la gente acomodada como entre aquellos que no han acumulado riquezas.

Sigmund Freud dijo una vez que si le dejaran elegir entre tratar a pacientes ricos o pobres, él siempre elegiría a los ricos porque ya no creen que todos sus problemas se solucionarán con el dinero. Como es lógico, a pesar de todo, a la mayoría de nosotros nos gustaría disfrutar de la experiencia de tener dinero. Pero el dinero no es más que eso, una experiencia. Distinta, pero no mejor que otras.

Un hombre sabio lo sabía todo acerca del dinero y la felicidad porque poseía ambas cosas. Durante una época de descalabros financieros le preguntaron qué sentía siendo pobre, a lo que él respondió: «No soy pobre, estoy arruinado. Ser pobre es un estado mental, y yo nunca lo seré.»

Aquel hombre tenía razón: la riqueza y la pobreza son estados mentales. Algunas personas no tienen dinero y se sienten ricas, mientras que otras, a pesar de ser ricas, se sienten pobres. Ser pobre significa creer que se es pobre, lo cual es mucho más

peligroso que tener poco dinero. Si pensamos que carecemos de valía, olvidamos que, aunque el dinero viene y se va, nosotros siempre somos valiosos. Pensar en términos de abundancia es lo contrario de pensar en términos de pobreza. Cuando recordamos nuestra valía, cuando nos acordamos de lo importantes y valiosos que somos, aumentamos nuestro valor intrínseco. Esto y sólo esto es el principio de la auténtica riqueza. Algunos de nosotros tratamos a los objetos como si fueran algo de valor, lo cual no está mal siempre que recordemos que nosotros somos mucho más valiosos que cualquier objeto que podamos poseer.

A menudo nos dicen que hagamos lo que nos gusta hacer y que el dinero llegará por sí solo. Esto, a veces, es cierto, pero lo que siempre es cierto es que si hacemos lo que nos gusta nuestra vida tendrá más valor para nosotros que si poseemos un Mercedes.

Cientos de personas, en su lecho de muerte, expresan sus arrepentimientos. Muchas dicen: «Nunca realicé mi sueño» o «Nunca hice lo que realmente quería hacer» o «Fui

un esclavo del dinero». Pero nadie dice: «Desearía haber pasado más tiempo en la oficina» o «Habría sido mucho más feliz si hubiera tenido diez mil dólares más». De la misma manera que creemos que el dinero nos proporciona fuerza, también creemos que el control sobre los demás y las situaciones nos aporta poder. Queremos tener el mayor control posible y pensamos que debemos controlarlo todo o remará el caos. Como es lógico, debemos ejercer cierto control para llevar a cabo las actividades cotidianas, pero si lo ejercemos más de lo razonable surgen problemas, y en lugar de poderosos nos sentimos desgraciados. Cuanto más control ejercemos, menos calidad de vida tenemos, porque utilizamos toda nuestra energía en controlar lo incontrolable. Si bien es cierto que aquellos que poseen más dinero o se encuentran en una posición de poder pueden controlar más su entorno que los que no lo tienen, eso no tiene nada que ver con el verdadero poder; se trata sólo de una influencia temporal sobre los demás. Cualquier cosa que temamos perder, como el cuerpo, el trabajo, el dinero y la belleza, es un símbolo del poder exterior.

Cuando intentamos controlar a las personas y las situaciones, las privamos a ellas, y también a nosotros, de las victorias y las derrotas naturales que se producen en la vida. Queremos que actúen a nuestra manera por su propio bien, pero nuestra manera no es siempre la mejor. ¿Por qué tendrían que actuar los demás como nosotros queremos? ¿Por qué no habrían de aportar su carácter único a todo lo que hacen? Cuando

abandonamos el control y nos damos cuenta de que no podemos dominar a las personas, las cosas o los sucesos, y que no es más que una ilusión, adquirimos más poder en las relaciones y la vida. Además, la vida no se convierte en un caos cuando dejamos de ejercer el control, sino que sigue el orden natural de las cosas.

EKR.

En una ocasión comprobé cómo el orden natural de las cosas se desarrollaba de una forma perfecta aunque inusual.

Un día di una conferencia en Nueva York delante de 1.500 personas. Cuando terminé, cientos de asistentes formaron una cola para que les firmara un libro. Firmé tantos como pude, hasta que llegó el momento de irme al aeropuerto. Aun así, firmé unos cuantos más, pero tuve que marcharme.

Me fui a toda prisa al aeropuerto y allí me enteré de que habían retrasado el vuelo quince minutos. Eso me dio tiempo para ir al lavabo, cosa que necesitaba con urgencia. Mientras estaba dentro, oí una voz que decía: . .

-Doctora Ross, ¿le importaría? «Importarme qué», pensé.

Entonces, alguien deslizó uno de mis libros por debajo de la puerta junto con un bolígrafo para que lo firmara.

-Sí que me importa -respondí. Agarré el libro, pero pensé que no me daría prisa en salir del lavabo. No obstante, sentía curiosidad por saber quién había hecho algo así.

Al otro lado de la puerta esperaba una monja.

-No la olvidaré en toda mi vida -le dije. Y no se lo dije con dulzura, pues, en realidad, quería decir: «¿Cómo se atreve a no dejarme utilizar el lavabo en paz?»

-¡Le estoy tan agradecida! Ha sido la Divina Providencia -respondió ella. Por mi mirada dedujo que yo no entendía lo que quería decir, así que añadió-: Me explicaré.

Me di cuenta de que me hablaba con el corazón. Yo detestaba aquella situación porque no entendía que alguien intentara controlarme y manipularme de aquella manera, pero percibí un poder enorme en su pureza.

-Mi amiga, que también es monja, se está muriendo en Albany. Contaba los días que faltaban para su conferencia. Deseaba venir con toda su alma, pero estaba demasiado enferma para viajar. Yo quería hacer algo por ella, así que he venido, he grabado su conferencia y quería llevarle uno de sus libros firmado por usted. Esperé en la cola casi una hora, pues sabía lo mucho que aquello significaría para mi amiga. Sólo quedaban unas cuantas personas delante de mí cuando usted tuvo que marcharse. Aunque hice todo lo posible por conseguir su firma, no lo logré. Ahora entenderá por qué, cuando la vi entrar en el lavabo, supe que era cosa de la gracia divina: el universo nos había traído al mismo aeropuerto, a la misma compañía aérea y al mismo lavabo en el mismo

momento.

Aquella mujer no sabía adonde me dirigía, si iba a abandonar la ciudad, qué aeropuerto iba a utilizar y ni siquiera si iba a tomar algún vuelo. Se sorprendió mucho cuando me encontró en el lavabo. Y eso demuestra que no tenemos que controlar las cosas para que sucedan, si es que tienen que suceder. ( Las casualidades no existen, sólo las

manipulaciones divinas. Éste es el auténtico poder.

Nuestro poder personal es un don inherente a nuestra persona y constituye nuestra verdadera fuerza. Por desgracia, lo olvidamos con frecuencia y no lo ponemos en práctica.

Cuando nos preocupa la opinión de los demás, entregamos nuestro poder. Para recuperarlo debemos recordar que se trata de nuestra propia vida. Lo realmente

importante es lo que cada uno de nosotros piensa. No tenemos el poder de hacer felices a los demás, pero sí podemos conseguir nuestra propia felicidad.

No podemos controlar lo que los demás piensan; de hecho, apenas podemos influir en sus ideas. Pensemos en todas las personas a las que intentábamos complacer diez años atrás. ¿Dónde están ahora? Es probable que ya no formen parte de nuestra vida y, si lo hacen, seguramente todavía intentamos obtener su aprobación. Debemos liberarnos, recuperar nuestro poder y formarnos nuestra propia opinión sobre nosotros mismos. El objetivo de nuestro poder es ayudarnos a llevar a cabo lo que queremos hacer y ser todo lo que podemos ser. No hemos recibido este poder sólo para poner en práctica lo que «deberíamos». Eso es lo peor que podríamos hacer con nuestra vida. Debemos realizarnos plenamente nosotros mismos.

El poder personal deja espacio en nuestra vida, y en las vidas de quienes nos rodean, para la integridad y la gracia. Este poder implica que apoyemos a los demás para que sean fuertes: somos fuertes y podem os ayudar en lugar de recibir ayuda. Además, este tipo de poder nos sirve de apoyo interno. Cuando vemos que el otro es fuerte,

reconocemos la fuerza que hay en nuestro interior- Cuando los demás nos responden con afecto, reaccionamos de un modo cariñoso, y encontramos el amor que se halla en nuestro interior. En resumen, lo que creemos de los demás acabamos por creerlo también de nosotros mismos. Si creemos que la persona que tenemos al lado no es una víctima, esta creencia nos ayuda a reconocer que nosotros tampoco lo somos. La gracia permite que estos buenos sentimientos se expandan, se exterioricen. Cuando creemos en los demás, encontramos la fe para creer en nosotros mismos.

Sin embargo, somos humanos, y a menudo perdemos nuestro objetivo. Revisamos nuestros errores y carencias y pensamos que somos infelices por los fallos que hemos cometido; creemos que no somos bastante buenos y que tenemos que cambiar. Pero si sólo vemos nuestros errores e incapacidades nos atamos a ellos. Si pensamos que no hemos hecho lo suficiente y decidimos que, a partir de ahora, haremos más, entramos en el peligroso juego del «más». Pensamos que seremos felices cuando tengamos más dinero, más autoridad en el trabajo o cuando se nos respete más.

¿Por qué nos parece que el futuro alberga más posibilidades de felicidad y poder que el presente? Porque, hagamos lo que hagamos, nos engañamos con el juego del «más» y perdemos nuestro poder. El juego del «más» nos mantiene en la sensación de que nos falta algo y de que no somos lo bastante buenos. Y aunque obtengamos lo que

queremos, nos sentiremos todavía peor porque no es suficiente: todavía somos

desdichados. Si tuviéramos un poco más... No nos damos cuenta de que la simplicidad es lo que importa.

Los moribundos no pueden jugar al juego del «más» porque para ellos quizá no exista un mañana. Descubren que en el presente hay poder y que hay suficiente. Si creemos en un Dios bueno y todopoderoso, ¿de verdad creemos que diría: «Tendré que esperar hasta mañana»? Dios no diría: «Yo quería que Bill tuviera una buena vida, pero en fin, no tiene un buen empleo, así que no puedo hacer mucho.» Dios no tiene en cuenta los límites que le ponemos a nuestra vida y a nosotros mismos. Dios nos ha dado un mundo en el que la vida siempre puede ser mejor, no mañana, sino hoy mismo. Si lo

permitimos, un día malo puede convertirse en bueno, una relación infeliz puede mejorar y muchas otras cosas «equivocadas» pueden transformarse en correctas.

Leslie y su hija de cinco años, Melissa, cruzaban la calle en una zona comercial. Un Jeep con la música a todo volumen se saltó el semáforo en rojo para girar a la izquierda. El conductor, que sólo tenía diecisiete años, no vio a Leslie y a Melissa porque la luz del sol lo deslumbró. Pero Leslie vio el Jeep y supo que las atropellaría. Sólo tuvo tiempo de tornar a su hija en brazos. El conductor las vio en el último momento y realizó un viraje. Chocó contra unos coches aparcados y se detuvo a sólo unos

centímetros de la madre y la hija, que se habían quedado paralizadas. El muchacho se sintió desolado por lo que había ocurrido, pero Leslie sólo sentía agradecimiento. «Podría haber acabado perfectamente de otra forma, con Melissa y yo misma en el suelo, muertas -dijo la aliviada madre-. La vida puede tomar tantas direcciones... Aquel día me sentí agradecida porque nos salvamos. Desde entonces no doy nada por seguro. Ahora, cuando mi madre, que tiene cincuenta y cinco años, me telefonea para decirme que no le han encontrado nada en la mamografía, le agradezco que se haga la prueba, y le doy gracias a Dios por su buena salud. Aquel día me di cuenta de la fragilidad de la vida y esto ha despertado mi gratitud. Y la gratitud ha aportado a mi vida un significado y un poder enormes.»

Una persona agradecida es una persona poderosa, porque la gratitud genera poder. La abundancia se basa en el agradecimiento por las cosas que tenemos.

El verdadero poder, la felicidad y el bienestar se encuentran en el hermoso arte de la gratitud. Debemos estar agradecidos por lo que tenemos y porque las cosas son como son. Debemos sentirnos agradecidos por ser quienes somos, por las cosas que hemos

traído a este mundo al nacer y por ser únicos. En un millón de años no habrá nadie como nosotros. Nadie puede ver el mundo y reaccionar ante él como lo hacemos individualmente. Por otro lado, si no sabemos apreciar las cosas y las personas que tenemos ahora, ¿cómo podremos apreciar otras cosas, personas y poder cuando lleguen a nuestra vida? No podremos hacerlo, porque no habremos ejercitado el «músculo de la gratitud» ni habremos aprendido o practicado esta virtud. En lugar de eso, pensaremos que esa segunda pareja, ese segundo millón de dólares o esa casa más grande no son suficientes y que necesitamos más. Ésa sería nuestra vida: continuamente querríamos más cosas o desearíamos que la realidad fuera distinta; jugaríamos al juego del «más» y no nos sentiríamos agradecidos por todo lo que tenemos.

Debemos centrarnos en nuestro propio camino, el camino que nos lleva a cosas mejores y más importantes que el dinero o la riqueza material. Debemos cambiar el juego del «más» por el del «suficiente». Debemos dejar de preguntarnos si lo que tenemos es suficiente, porque en nuestros últimos días nos daremos cuenta de que lo fue. Si somos afortunados, lo comprenderemos antes de que nuestra vida llegue a su fin.

Cuando la vida es suficiente, no necesitamos nada más. Si creemos que nuestra

existencia ha sido suficiente, nos sentimos de maravilla. El mundo es suficiente, aunque muchas veces no nos permitimos sentirlo así. Este sentimiento nos resulta extraño porque vivimos la vida como si no tuviéramos bastante. Sin embargo, podemos cambiar esta percepción. La afirmación de que la vida es lo que hay y que no necesitamos nada

In document Lecciones de Vida-Elizabeth Kubler (página 47-53)

Documento similar