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162 LA PALABRA CONTRA EL OBJETO

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método único y estrictamente verificable, para descubrir lo que fue querido, sobrentendido, ocultado, omitido tácitamente o tergiversado "en estas circunstancias, ante este público, con este propósito y con estas intenciones", según la fórmula con la cual Austin define la verdad o falsedad de un enunciado. Debemos atenemos a un andar a tientas, altamente intuitivo y, en sus mejores momentos, dueño de una con- ciencia de sus límites, de sus artificios. Ese andar a tientas descansa, para decirlo con palabras de Schleiermacher, en "el arte de saber oír".

Pero el dilema no es sólo de orden semántico. Como Rudolf Bült- mann lo ha mostrado en su estudio de los Evangelios, no existen lectu- ras del pasado "carentes de presupuestos". El observador llega ante to- do acontecimiento pasado, ante toda experiencia presente, equipado con una organización mental determinada, una organización programa- da en vista del presente. "A decir verdad —escribe Marc Bloch—, conscientemente o no, siempre tomamos de nuestras experiencias coti- dianas, para matizarlos, allí donde cobran nuevas coloraciones, los elementos que nos sirven para reconstruir el pasado: las palabras que empleamos para caracterizar estados afectivos desaparecidos, las for- mas sociales desvanecidas, ¿qué sentido tendrían para nosotros si no hubiesemos visto primero vivir a los hombres?"26 La inteligencia que tiene el historiador de los tiempos verbales pasados, el uso personal que de ellos hace son generados por un sistema lingüístico arraigado y fundado en el presente. Salvo en las mátemáticas, y acaso en la lógica formal, no hay verdades intemporales. Articular en el instante actual un hecho presuntamente pasado pone en juego una estrecha red, alojada en alguna parte del subconsciente, de convenciones relativas al "conte- nido de realidad'' del lenguaje, a la "presencia real" del pasado en las prácticas simbólicas y a la penetración del código gramatical

Extrañamente Gadamer no señala hasta qué punto Heidegger, quien es tan claramente la fuente del actual movimiento hermenéutico, comete errores de recreación arbitraria en sus definiciones de los significados supuestamente "verdaderos y auténticos" de términos clave en la antigua filosofía griega. Cf. en particular el texto de Heidegger, Einführung in die Metaphysik de 1935 y 1953. Hermeneutics, de Richard E. Palmer (Evanston, Illinois, 1969) es una admirable introducción a la bibliografía sobre este problema.

26 Marc Bloch, Apologie pour 1‘histoire ou métier d'historien. París, 1961, p. 14. [Ed. en español. Introducción a la historia, FCE. México, 9ª reimpresión, 1979.]

análisis lógico.

Cuando usamos los pretéritos, cuando recordamos, cuando el historia- dor "hace historia" ( pues de eso se trata) confiamos en lo que llamaré desde ahora, y a todo lo largo de esta discusión sobre la traducción, arti- ficios axiomáticos.

No digo que no sean indispensables para el ejercido del pensamiento racional, de la lengua, de la memoria compartida, sin los cuales no habría cultura. Pero su justificación es del mismo orden que la de los fundamentos de la geometría euclidiana que nos permiten funcionar cómodamente en un espacio de tres dimensiones ligeramente idealizado. Axiomáticos quizás, pero no absolutos ni inevitables. Podemos imaginar otros espacios. Podemos concebir sistemas de coordenadas distintos del eje pasado-presente-futuro, Y aun cuando nos limitemos a los recursos de esos artificios axiomáticos, descubriremos zonas fronterizas de para- doja y de singularidad significante. Esta eventualidad es crucial para el estudio del lenguaje y de la mente. Algunas gramáticas no "ajustan" por completo, nos tropezamos brutalmente con hipótesis arbitrarias o espo- rádicas, en medio de lo que hasta entonces pareció movimiento "natu- ral". El filo paradójico que tan bien expresa la frase de San Agustín praesens de praeteritis (el pasado siempre está presente) nunca podrá ser totalmente limado. A cierto nivel, el razonamiento de David Hume se- gún el cual "nuestras experiencias pasadas no presentan objeto determi- nado" (Tratado de la naturaleza, humana, II, XII) sigue siendo válida y constituye un constante desafio. Nos ubica ante ese doble juego de relaciones en virtud del cual el lenguaje se manifiesta en el tiempo, pero también crea en amplísima medida el tiempo en que se manifestó.

Puede que las dudas sobre el tiempo pasado sean "divertimentos de esteta", para emplear la expresión de Kierkegaard. El status del futuro del verbo se halla en el corazón mismo de la existencia. Modela la ima- gen que nos hacemos del sentido de la vida, y de nuestra relación perso- nal con ese sentido. Ningún individuo, ninguna cultura es capaz de levantar un cuadro general de las nociones de futuridad. Cada una de las categorías concernidas —ontología del futuro, metafísica poética y gra- mática de los tiempos futuros, retórica de los futuros político, socioló- gico y utópico, lógica de los modos de la consecuencia futura— es una disciplina mayor en sí

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misma. Algunas se encuentran en estado incipiente. Por eso sólo me limi- taré a apuntar ciertas orientaciones.

Una vez más, como sucedió con la prolija diversidad de las lenguas, hay que empezar maravillándose, regocijándose con vehemencia ante el hecho escueto de que existan formas futuras del verbo, de que los seres humanos hayan desarrollado reglas gramaticales que permiten expresarse de manera coherente sobre el mañana, sobre la última medianoche del siglo, sobre la posición y luminosidad de la estrella Vega situada a medio billón de años luz de aquí. Este aspecto infinitamente elástico de la proyección lingüís- tica, las distinciones que permite hacer entre los diversos matices de la espera, la duda, la provisionalidad, la probabilidad, el miedo, la condición o la esperanza pueden muy bien representar el mayor adelanto de la neo- corteza, esa parte del cerebro que distingue a los hombres de los mamífe- ros más primitivos. Recuerdo la gran impresión que tuve cuando, muy niño, me di cuenta de que se podían hacer afirmaciones sobre el futuro remoto, y eso sin romper los límites de la legalidad. Me vuelvo a ver cerca de una ventana abierta, invadido por un pavor físico ante el pensamiento de que, "ahora" y de pie como lo estaba en un lugar muy ordinario, me estaba permitido pronunciar frases a propósito de los árboles que tenía enfrente y sobre el clima que habría allí en cincuenta años. Los tiempos futuros, los subjuntivos futuros en particular, me parecían poseídos de un verdadero poder mágico. Un poder que puede provocar el vértigo, como lo pueden hacer los números infinitamente grandes (los especialistas del sáns- crito sugieren que el desarrollo de una gramática del futuro tal vez coinci- dió con un interés por las series recurrentes de números muy grandes). Me parecía incongruente que el code civil no impusiera algunas restricciones al uso del futuro, que potencias tan ocultas como el futur actif, el futur composé, el futur antérieur estén a la mano de cualquiera. El futur pro- chain, ese presente que se inclina levemente hacia adelante, era el único que tenía un semblante familiar. Yo alimentaba la creencia de que debían existir repúblicas más prudentes que las nuestras, más atentas a la red que traman lenguaje y vida, y en las que estuviese prohibido el consumo desen- frenado de predicciones, hipótesis y falacias. En una cultura como ésa que yo imaginaba, el uso de los predicativos futuros, los optativos, los futuros indefinidos, estaría reservado para las ceremonias y las grandes ocasiones. Tendrían el carácter inquietante de palabras

ciertos ritos religiosos. La manipulación de lo desconocido y del tiempo futuro por medio del lenguaje sería asunto de una casta de iniciados o, al menos, el número de manipulaciones permitidas al vulgo estaría cuidadosamente reglamentado (nadie en esa ciudad circunspecta estaría autorizado a preferir más de una docena de enunciados sobre el futuro al mes). Semejante razonamiento no tiene nada de extraño; piénsese en las restricciones que la sociedad impone a la alquimia o a la destilación de venenos. El estalinismo ha mostrado cómo un sistema político puede poner fuera de la ley al pasado, adscribir cierta cuota de memoria a los vivos y cierta dosis de pasado a los muertos. No es difícil imaginar una prohibición comparable del futuro —elproblema está en que los tiempos que se ubican más allá del futur prochain implican necesariamente la posibilidad del cambio social. ¿Cómo sería la existencia en un presente total (totalitario) en el seno de un idioma que restringiera el impulso de las frases al horizonte del próximo lunes?

Un escritor ensayó la presentación del cuerpo político atrapado en un callejón sin salida. En Die Befristeten (1956) Elias Canetti inventó una ciudad, muy posterior a los enigmas y terrores atómicos y donde cada ciudadano es designado por un número. Número que manifiesta cuántos años vivirá. Nadie regañará a un niño llamado "Diez", ¡tiene tan poco tiempo! Un hombre que se identifica como "Ochenta" es tratado como un príncipe a lo largo de su vida por fatuo o incompe- tente que sea. Nadie vive más allá de su "Momento'' (Augenblick); nadie muere antes de su hora. Una perfecta certidumbre ha rempla- zado los antiguos tormentos, ahora apenas imaginables, de la igno- rancia. Pero esa certidumbre es objeto de una discreta moderación. Ningún ciudadano se atrevería a revelar la fecha exacta de su propio nacimiento, ni consentiría en traer a colación la de cualquier otro. La fecha real se aloja en un relicario sellado que todos están obligados a llevar colgado alrededor del cuello. El Guardián de los Relicarios rompe el sello en el momento de la muerte: él es el único autorizado a confirmar que la duración de la vida y el número bautismal con- cuerden. La obra de Canetti habla de un rebelde, un hombre obsesio- nado por la libertad del futuro indefinido. La revuelta triunfa, se des- cubre que los medallones están vacíos, pero es una victoria de dos filos. En las

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