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168 LA PALABRA CONTRA EL OBJETO

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cadenaron, han continuado marcando el curso de la lógica occiden- tal. Por eso, el tratamiento del flujo del tiempo en el plano concep- tual que da el libro IX de las Confesiones de San Agustín no ha perdido nada de su acuidad.30 "Quid est ergo tempus? si nemo ex

me quaerat, scio; si quaerenti explicare velim, nescio". [¿Qué es

pues el tiempo? Si nadie me pregunta, sé. Si quiero explicarlo a alguien que pregunta, no sé.] Esta experiencia de la temporalidad como dato obvio y sin embargo inexplicable de la conciencia subya- ce en el razonamiento de Agustín.

Antes de la Creación el tiempo no existía, no había "entonces",

non enim erat tunc. El tiempo de Dios es un presente perpetuo,

eterno, ubicado fuera de la peregrinación pasado-presente-futuro. Y, sin embargo, sólo "en el interior del tiempo" percibimos la expe- riencia humana. Y sólo en virtud de la secuencia temporal, cobran sentido movimientos esenciales del espíritu como el remordimiento, la responsabilidad por los actos cometidos con pleno conocimiento de causa, la plegaria y la decisión. ¿Qué relaciones pueden darse entre la intemporalidad de Dios y la organización temporal propia del hombre? San Agustín responde interiorizando el tiempo huma- no. Ve "un tiempo presente de las cosas pasadas", "un tiempo pre- sente de las cosas presentes" y "un tiempo presente de las cosas futuras" como realidades del espíritu que son a la naturaleza eterna- mente perdurable de Dios lo que el saber humano a la omnisciencia. Este último concepto —¿en qué sentido el conocimiento que tiene Dios abarca, esto es, predetermina, todos los acontecimientos futu- ros, y podría Dios proponerse a si mismo un problema insoluble?— dio origen al análisis del tiempo gramatical en Aquino, en Occam y en las discusiones del siglo xv sobre los futuros contingentes.31 Aun en nuestros días la delicadeza sin concesiones, el gusto por las argucias trascendentales, que animan a estos textos analíticos no pueden dejar de conmovernos.

La lógica modal alcanza allí la esencia de las relaciones del hombre y Dios y de esas contingencias primordiales fuera de las cuales tales vínculos se reducirían al vacío del terror.

30 Para un interesante análisis de la argumentación agustiniana a la luz de la filosofía moderna, cf. R. Suter, "Agustine on Time With some Cristicism from Wittgenstein", Revue Internationale de philosophie, 31 XVI, 1962.

La exposición del pensamiento de Aquino y de Occam en Etienne Gilson, La Philosophie au Moyen Age, 3ª ed., París, 1947, continúa siendo indispensable.

escepticismo de la Ilustración supieron extraer al debate su aguijón teológico. La frialdad y el carácter francamente psicológico de la solución preconizada por David Hume son de sobra conocidos. Los enunciados y juicios sobre el futuro no son ni registro de los hechos de la experiencia ni consecuencia lógica de ella. Simplemente de- penden de la hipótesis de una uniformidad natural y del carácter ineluctable de los surcos trazados por los hábitos mentales y lingüís- ticos. Así, la noción, fundamental para la inducción, de que el futuro se parecerá al pasado "no está fundada en argumentos de ninguna clase, sino que se deriva únicamente de la costumbre" (Enquiry, I, II) [Encuesta sobre los principios de la Moral, I, II]. Los problemas suscitados por la contingencia, la posibilidad y la duda acaso sean mejor abordados si se remiten a la distinción entre pre- dicciones válidas y predicciones falsas. La inducción está gobernada por una lógica cuyas reglas se alojan en el mismo tejido de aso- ciaciones y de contigüidades que constituye la vida mental. La vigorosa sobriedad del modelo de Hume dejó su impronta en las corrientes fundamentales del pensamiento occidental. Aun cuando reaccionen en su contra, las categorías cspacio-temporales kantia- nas, la creencia de que el tiempo y la experiencia necesaria que de él tenemos como una secuencia orientada, "están inmersos en las profundidades de la mente humana", pueden ser consideradas como una profundización y centralización de la psicología de Hume. Con todo, el moralismo kantiano va todavía más lejos. Su breve opúsculo de 1794, Das Ende aller Dinge,32 expresa la obsesión insólita, pero ingénita en el hombre, de reflexionar sobre las "cosas últimas". Es éste un concepto elevado y algo amenazador, pero inextricablemente entreverado con la inteligencia humana: "Der Gedanke... ist

furchtbar erhaben; zum Theil wegen seiner Dunkelhelt, in der die Einbildungskraft mächtiger, als beim hellen Lichte zu wir- ken pflegt. Endlich muss er doch mil dar allgemeinen Mens- chenvernunft auf wundersame Weise verweht sein..." *

La idea de un "fin del tiempo" tal y como se auguraba en el

32 Expreso aquí mi deuda con el profesor Donald McKinnon de Cambridge, quien ha llamado mi atención sobre este texto y sobre otros más a los que aludiré en el curso de este capituto.

* "La idea... es pavorosamente elevada; en parte por su oscuridad, donde la imaginación suele actuar con mayor fuerza, así como a plena luz. Al final habrá de estar entretejido, de manera maravillosa, simplemente con el sentido común..."

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Apocalipsis (10) posee "verdad mística", pero no es inteligible. A pesar de todo, la pasión que impulsa al espíritu a meditar sobre el futuro y la lógica del encadenamiento necesario que da a los predica- dos una forma futura, tienen gran significación moral. La extensión de la causalidad a la consecuencia futura, junto con la vanidad racio- nal —puede que sea sólo eso— que atribuye una finalidad a los asuntos humanos es, como dice Kant, indispensable para una con- ducta correcta. El futuro es una condición sine qua non del ser mo- ral. Es inútil especular más allá, pues, para retomar la obsesionante expresión de Kant, "denn die Vernunft hat auch ihre Geheimnisse".*

No es improbable pero tampoco seguro que estos "secretos de la razón" comprendan el élan vital de Bergson. De lo que no cabe duda es del vigor con que los lógicos modernos han reaccionado contra el confuso lirismo de su teoría intuitiva y vitalista de la duración inte- rior. Aplicados al futuro, los principios de identidad, tercero excluido y de no contradicción parecen tener consecuencias deterministas. Por otra parte, el subjetivismo evolucionista de Bergson había concen- trado su atención en el papel organizador que desempeña el tiempo en las operaciones mentales. Pero ofrecía pocas razones válidas para elegir entre los diversos esquemas, algunos de los cuales eran solip- sistas por completo, del flujo temporal. El desarrollo de lógicas multivalentes, que no sólo admiten lo "verdadero" y lo "falso", sino toda una gama de aspectos indeterminados, neutros y potenciales, tiene por objeto aclarar esos problemas. En 1908 N. E. McTaggart demostró por vez primera que el tiempo es irreal. L'evolution crea-

trice de Bergson apareció un año más tarde. Las refutaciones de Mc-

Taggart y las críticas de Bergson se encuentran en el origen de la moderna "lógica de los tiempos verbales". Las preguntas planteadas están lejos de ser nuevas. ¿Cómo puede ser legítima la lógica de los enunciados de contingencia futura? ¿Qué posición podemos acordar a "siempre"? ¿Es posible planear un sistema lógico consistente que concrete la afirmación de que el tiempo tendrá un fin?33 La novedad reside en el rigor y el poder formal del cálculo infinitesimal

33 Para un examen de la "prueba" de McTaggart cf. G. Schlesinger, "The Structure of McTaggart’s Argument" (Review of Methaphysics, XXIV, 1971). La mejor historia de la "lógica de los tiempos verbales" y la más completa investigación sobre los temas involucrados se pueden encontrar en los dos libros de A. N. Prior, Past, Present and Future, Oxford, 1967, y Papers on Time and Tense, Oxford 1968.

que es el futuro, es formalizado en una lógica modal estricta. No me siento capaz de emitir juicio alguno sobre los resultados, pero algunos exhiben evidente ingenio y poder de sugestión poética. Sin embargo, me interesa subrayar hasta qué punto la "lógica de los tiempos verbales" es sensible a la naturaleza intensamente problemática del lenguaje en cuanto habla de mañana. Aun cuando se vuelva meta- matemática, la "lógica de los tiempos" nunca pierde de vista cómo la capacidad del hombre para hablar de "los combates navales de mañana" posee el extraño poder de dar forma al mundo.

Mucho más difícil de establecer que la historia de los análisis formales del futuro en sí son los avatares de los "futuros" humanos concretos y del optativo. Como hice ver antes, carecemos de una crónica semejante y apenas contamos con una idea muy vaga de cómo serían sus materiales y sus testimonios documentales. No obstante, es muy probable que la naturaleza misma de las convenciones sociales y psicológicas que gobiernan el futuro haya cambiado, que las diversas culturas no se hayan servido siempre de las mismas herramientas lingüísticas para transmitir la inducción y la premonición. Así es patente en la literatura, el rito y el estudio comparativo de los giros idiomáticos. Hemos dejado de sentir y de expresar las modalidades de lo aleatorio, de lo fortuito y de la previsión como lo hacían los jonios del siglo VI antes de Cristo. ¿ Pero de qué modo, aun volviéndose esclavo de la filología, se puede recobrar el "futuro del pasado" si se tiene en cuenta que los conceptos del futuro son a la vez la causa y el efecto de un conjunto de variables sociales, históricas y religiosas de la comunidad lingüística correspondiente? De nuevo, corremos el peligro de girar en redondo sirviéndonos del lenguaje para explicitar o traducir reflejos lingüísticos anteriores o caídos en el olvido. Me limitaré a indicar algunas de las sinapsis y de los pivotes que debería buscar un historiador eventual de las formas del futuro en algunas gramáticas occidentales (obsérvese cómo es restringido este campo de acción).34

34 Idealmente, una historia de los "futuros pasados" debería empezar en la prehistoria. Las prácticas funerarias del hombre de Neanderthal y la evolución del tabú del incesto sugieren desde los orígenes un interés evidente por la proyección real y simbólica hacía el futuro. La cuestión de la precisión y del grado de refinamiento del sentido del tiempo en las culturas prehistóricas es objeto de discusiones en la actualidad. Algunos testimonios dejan suponer un nivel impresio-

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