Los futuros desempeñan un papel mayor en la sintaxis “sin tiempos verbales” del hebreo del Antiguo Testamento. Intemporales pero pronun- ciadas en el tiempo, las palabras de Dios se entretejen estrecha pero extrañamente con la inteligencia de un pueblo sometido a una escala de tiempo particular, de inspiración escatológica. Al parecer, en tiempos muy antiguos se hacía una distinción crítica entre dos tipos de pres- ciencia. Según prescribe el Deuteronomio (18:10), nadie debe practicar la adivinación ni ser "agorero ni adivino" (c f. Levítico, 19:26). Como pro- clama la parábola de Balaam, precisamente porque la ley prohíbe la adi- vinación "no hay encantamiento contra Jacob ni tampoco hay adivinación contra Israel". La nigromante, la pitonisa de Endor, sostenía que desci- fraba las intenciones ocultas de Dios en lugar de leer su voluntad mani- fiesta. El vínculo del verdadero profeta (nabi) con el futuro es, en el periodo clásico de la sensibilidad hebrea, inimitable y complejo. Es una certidumbre "evitable". En la medida en que se limita a transmitir la pala- bra de Dios, el profeta no sabría equivocarse. Sus futuros son tautológi- cos. El futuro se encuentra íntegramente presente en la presencia literal de su discurso. Pero al mismo tiempo, y esto es decisivo, el hecho de enunciar el futuro lo vuelve susceptible de modificación.
Si el hombre se arrepiente y cambia su conducta, Dios puede imprimir una curva imprevista al arco del tiempo. Sólo el ser divino es inmutable. La fuerza, la certidumbre axiomática de la predicción del profeta se debe precisamente a que puede no realizarse. De Amós a Isaías, el profeta verdadero "no anuncia un decreto ineluctable. Insufla el mensaje de un desastre en el poder de decisión que comporta el instante de manera que ese poder apenas sea afectado".35 El abrupto razonamiento que da al
traste con el tiempo en el capítulo 5 del libro de Amós es característico a este respecto. Israel ya no podrá levantarse, "no hay quien lo levante". Pero simultáneamente, en el plano de la potencialidad absoluta
nante de pronóstico simbólico y matemático. Cf. A. Thom, Megalithic Lunar Obser- vatories, Oxford, 1971. Las consecuencias lingüísticas podrían ser muy amplias. Pero igual que en el caso de ciertas hipótesis suscitadas por los jeroglifos mayas, las pruebas siguen siendo conjeturales y probablemente escapan a toda evaluación rigurosa.
35 Martin Buber, The Prophetic Faith, Nueva York, 1949, p. 103. A todo lo largo de esta sección me he apoyado también en Ernst Sellin, Der altestamentliche Prophe- tismus, Leipzig, 1912, C. A. Skinner, Prophecy and Religion, Londres, 1922, y Shalon Spiegel, The Last Trial, Nueva York, 1969.
del Señor: "Buscadme y viviréis," Así, "tras cada pronóstico del de- sastre se disimula una alternativa oculta".36 Es precisamente este do- ble espesor de la tarea profètica lo que hace de la historia de Jonás una comedia intelectual
Una profunda alteración se inaugura con Isaías y con la aparición de la palabra Teudah, "testimonio". En Isaías 11, la profecía mesiá- nica "que hasta ese momento se había mantenido en la densa reali- dad de la hora presente y su cortejo de potencialidades, se transfor- ma en 'escatologia' ”.37 De ahí en adelante la promesa mesiánica verá enriquecerse sus matices optativos y de futuro indefinido. El redentor está latente en las decisiones históricas de los hombres, es la consecuencia fluctuante y el agente de la vuelta del hombre a Dios. Después del desastre que tuvo lugar en Megiddo en 609 a. C., la voluntad de Dios se volverá un enigma, afirma Buber. Jeremías es un bachun ("atalaya") que se empeña en resolver tal enigma a través de una toma de conciencia moral. En este punto, la gramática huma- na interviene directa y creativamente en el misterio de la palabra divina, La llamada del "vigía" tiene una función vital de exteriori- zación: Jeremías "debe decir lo que Dios hace".38 No augura: glosa
y comenta. De ahi un diálogo paralelo, desconocido hasta entonces, un diálogo de "igual a igual" entre Jeremías y Dios. Con Ezequiel finaliza la tradición profètica original, El se yergue en las fronteras de la profecía y el apocalipsis, entre el mensaje claro y el código hermético. Las imágenes y elementos que animan su pronóstico son de inspiración casi helénica o persa,
Pero en sus formas iniciales los textos profèticos del Antiguo Testamento manifiestan una comprensión única de las relaciones de la palabra y el tiempo. Un respeto absoluto de la alianza, una riguro- sa observancia de la ley, pone a la casa de Jacob en armonía con todo lo que lo desconocido tiene de "natural". O, para decirlo de otro modo, lo "desconocido" del futuro pierde toda importancia, se vuel- ve ontològica y éticamente trivial. Sólo cobra una coloración verda- dera y tangible, ya sea de amenaza, ya sea de ilusión, en virtud del fracaso humano, de sus errancias y apartamientos de la ley. No hay ninguna amenaza, ninguna lamentación del profeta que no esté con- tenida de antemano y por completo en el acto de la
36 Buber, op. cit., p. 134. 37 Ibid., p. 150. 38 Ibid., p. 166.