A lo largo de la Crónica, Cervantes de Salazar insiste en destacar la superioridad intelectual de los europeos sobre los nativos, de los que suele tener una visión muy negativa. De ellos, llega a decir que son «pusilánimes; no tienen cuenta con la honra, […] guardan poco el secreto, no hacen cosa bien
Salazar durante su adolescencia. Sea como fuere, Manzanas envió en 1571 trescientos ejemplares de un libro sobre caballería y enfrentamientos a la gineta que había publicado un año antes en Toledo, con la esperanza de que Cervantes de Salazar pudiera mediar para su venta en México (véase la carta en Millares Carlo, Cartas, op. cit. págs. 66-67). Cuatro años después, Manzanas vuelve a escribir a Cervantes en duros términos, para reprocharle su falta de respuesta. En la segunda carta de Manzanas (Id., págs. 126-128), este menciona «algunas diferencias» que Cervantes de Salazar llegó a mantener con su padre, a pesar de la confianza que debían haber tenido en el pasado, lo que nos da una idea del carácter fuerte de nuestro autor. Aún más, en la segunda carta Manzanas trata de averiguar qué ha sucedido con los trescientos libros que había enviado cuatro años antes a Cervantes de Salazar. La respuesta, sin embargo, no la obtendremos del propio Cervantes de Salazar, que murió pocos meses después de haber recibido la segunda misiva de Manzanas, sino del informe realizado en la biblioteca de Cervantes de Salazar, una vez fallecido. Allí, se encontró «una caja de Castilla con encerrados, casi llena de libros de la gineta», que se corresponderían con los que había enviado Manzanas cuatro años antes. Tal vez molesto por ser tratado como un intermediario, Cervantes de Salazar ni siquiera se había molestado por buscarle vendedor a los libros de Manzanas, que permanecieron abandonados en su librería. Para un mayor análisis de esta relación y una copia de estas cartas (en inglés), véase Conway, G.R.G. Francisco Cervantes de
Salazar and Eugenio Manzanas. México: Gante Press, 1945.
38 Gaos, V. Temas y problemas de Literatura Español. Madrid: Ed. Guadarrama, 1959, págs.
45-46.
sino por miedo; […] los más dellos son simples y discurren poco»40. Algunas páginas después, sentencia que son «bárbaros y poco políticos»41.
Cervantes duda también de la conveniencia de que existan colegios donde los indígenas puedan ser educados, pues critica su capacidad de aprendizaje, como queda de manifiesto en el siguiente comentario, a propósito del Colegio de Indios que se había levantado junto al convento de San Francisco en Tlatelolco:
Junto a este monesterio está un colegio también de buen edificio y muy grande, donde hay muchos indios con sus opas, que aprenden a leer, escrebir y gramática, porque hay ya entre ellos algunos que la saben bien, aunque no hay para qué, porque por su incapacidad no pueden ni deben ser ordenados, y fuera de aquel recogimiento no usan bien de lo que saben42.
El bajo concepto que demuestra hacia los indígenas se traslada también a sus costumbres y su religión43. Apunta García Español que Cervantes de Salazar «no está ni a favor ni en contra de los indios, simplemente casi los ignora»44. En una línea similar, Gaos afirma que «no los ve de ningún modo, […] ni siente simpatía, ni siquiera curiosidad por el indio»45, pero lo cierto es que cuando Cervantes de Salazar menciona a los indígenas, generalmente lo hace para menospreciarlos.
Un ejemplo de ello lo encontramos en la descripción de sus tradiciones. Aunque Salazar dedica varios capítulos del primer libro a hablar de las fiestas y celebraciones de los nativos, en general las describe introduciendo comentarios con cierto tono burlón o con un desprecio indisimulado. Por ejemplo, cuando habla de la forma de contar los años que tenían los indígenas, dice que «al indio (que es cosa bien de reír) que había vivido dos años grandes, que eran ciento, tenían gran miedo y se apartaban del, diciendo que ya no era hombre, sino fiero animal»46.
En un capítulo en el que Cortés se dirige a Moctezuma y a sus nobles, Cervantes de Salazar pone en boca del conquistador extremeño unas palabras que también transmiten desprecio hacia sus creencias politeístas: «¿Quién no
40 Crónica, 1914, pág. 30. 41 Id., pág. 47.
42 Id., pág. 320.
43 No tanto, como veremos, hacia su lengua, que respeta y alaba en las pocas ocasiones en las
que habla de ella.
44 García Español, Antonio M. Op. cit., pág. 42. 45 Gaos, op. cit., pág. 69.
se reirá [se pregunta Cortés] viendo que tengáis un dios para el agua, otro para el fuego, otro para las batallas y otros así para muchas cosas, como si este nombre de dios no importase sumo poder para poderlo todo?»47.
La ingenuidad de sus costumbres, y el hecho de que sus creencias estén manipuladas por el demonio justifica, en opinión de Cervantes de Salazar, la intervención cristiana en las Indias, que considera una obra divina:
Dios los traía en sentido reprobado, cegándoles el corazón, como a Faraón, […] hasta que Dios fuese servido, por su oculto e inescrutable juicio, de inviar a los españoles a que, haciendo primero las diligencias debidas, como se verá en la conquista, les hiciesen justa guerra hasta traerlos a que por su voluntad oyesen y recibiesen el Evangelio48.
La presencia del Dios cristiano no solo se limita a la ayuda que, según Cervantes de Salazar, ofrece a las tropas de Hernán Cortés, y que analizaremos más adelante, sino que también se observa en otros aspectos más triviales. Nuestro autor, por ejemplo, habla de un pájaro llamado
chachalaca, que tiene la propiedad de que «dice en su canto tres veces arreo,
más claro que un papagayo bien enseñado, ‘Jesucristo nasció’; jamás se posa cuando anda en poblado sino sobre los templos, y si hay cruz, encima della»49.
Salazar intenta establecer paralelismos entre la religión mexica y otros credos paganos, relacionando las costumbres de los pueblos indígenas con las de los árabes o judíos. Y así, afirma que los indígenas son «tan dados a ceremonias, que a esta causa afirman muchos descender del linaje de los judíos»50.
No es el único paralelismo que establece Salazar entre los nativos y otras religiones. Cuando hablaba de los chichimecas, dice que «siguen la costumbre de los alárabes, no tiniendo casa ni morada cierta, ni labrando los campos de que se sustenten»51.
En multitud de ocasiones, los conquistadores tuvieron que encajar la nueva realidad que presenciaban en los antiguos moldes que traían en su cabeza. Ejemplo de ello es hablar de tigres y de leones donde había otras fieras, y también denominar mezquitas a los templos de los indígenas. Salazar sigue también el error iniciado por Hernán Cortés en sus Cartas, y del que 47 Id., pág. 350. 48 Id., pág. 32. 49 Id., pág. 17. 50 Id., pág. 30. 51 Id., pág. 29.
encontramos también numerosos ejemplos en las crónicas que dejaron otros conquistadores como el llamado conquistador anónimo52 o Andrés de Tapia53.
A propósito de la devoción que tenían los indígenas a un determinado templo en la costa de Yucatán, dice Salazar que «no de otra manera era estimado este templo entre ellos que la casa de Meca entre los moros»54. Esta comparación deja bien a las claras la actitud de nuestro autor frente a las otras inquietudes religiosas, a las que simplificaba hasta el punto de forzar puntos en común entre ellas, al tiempo que destacaba sus diferencias frente a sus convicciones cristianas.
La sustitución de creencias tradicionales por el cristianismo que predicaban los españoles fue, inevitablemente, un hecho traumático para los pueblos americanos. En muchas oportunidades se recurrió a la imposición violenta, lo que derivó en excesos sobre los indígenas. Cervantes de Salazar reconoce estos abusos, aunque los justifica en parte:
Al principio fueron [los indígenas] con mucho rigor tractados de algunos que no se acordaban si eran cristianos, aunque en alguna manera, en los Capitanes, aquel rigor era nescesario, porque no se atreviesen a proseguir en las traiciones que habían intentado55.
Este tipo de manifestaciones nos hacen suscribir las palabras de García Español56, cuando afirma que «perteneció Cervantes a esa gran cantidad de españoles que no vieron el problema de la Conquista: para ellos, en realidad, no existió problema».
Para Cervantes de Salazar, el Nuevo Mundo era un territorio gobernado por el diablo hasta la llegada de los españoles. Esta influencia diabólica no se
52 García Icazbalceta dedica un valioso estudio a la figura de este conquistador anónimo en su Colección de documentos para la historia de México, donde incluye la crónica original completa
en italiano junto a su traducción en español. En ella, encontramos numerosas alusiones a las
mezquitas o tempos de los indígenas. Sirva como ejemplo el siguiente párrafo: «Solían tener los
naturales de esta tierra bellísimas mezquitas, con grandes torres y habitaciones, en las cuales daban culto a sus ídolos y les hacían sacrificios». En el original italiano aparece meschite. Véase García Icazbalceta, J. Colección de documentos para la historia de México. México: Imprenta de J. M. Andrade, 1858, pág. 370.
53 Vázquez Chamorro, G. (editor). La conquista de Tenochtitlán. Madrid: ed. Dastin, 2002, pág.
118. El párrafo es el siguiente: «En otro tiempo, cuando entramos en México la primera vez de paz, andando yo rondando vía en Uchilobos, mezquita mayor, que en siendo las doce en punto, lo cual conocían por ciertas señales del cielo, se levantaban y tocaban una bocina de un grande caracol».
54 Crónica, 1914, pág. 64. 55 Id., pág. 31.
percibía únicamente en las creencias religiosas de los pueblos americanos, sino también en la organización de su vida diaria.
Cuando describe la manera que tenían para pronosticar enfermedades, Cervantes de Salazar dice que
Ellos, sentados en un petate, sobre una manta, echaban, como quien juega a los dados, veinte granos de maíz, y si se apartaban y hacían campo, pronosticaban que el enfermo había de morir, y si caían unos sobre otros, que viviría y que aquella enfermedad le había venido por somético. Todo esto pueden hacer, porque el diablo, cuyos ellos son, se lo enseña, para engañar a otros57.
La llegada de los españoles, como decimos, forma parte para nuestro autor de un plan divino que tiene como objetivo la evangelización de los indígenas. En otro párrafo de la Crónica, Cervantes de Salazar atribuye a Cortés una alocución frente unos nobles indígenas en la que el conquistador afirma que
El Dios que yo os predico no quiere sino vuestro bien, y quiéreos tanto, que no quiere que hagáis cosa mala por la cual muráis para siempre; y si la hicierdes, que os pese della, volviéndoos a Él, el qual, ha querido que el Rey de España y Emperador de los cristianos, mi señor, por comisión de un Sumo Sacerdote que en la tierra está en lugar de Dios, rigiendo y apacentando las ánimas, me inviaron con esta gente que veis a buscaros, como a hombres que estáis fuera del camino, y alumbraros como a ciegos que estáis con los engaños del demonio, y a que conoscáis los errores, pecados y maldades en que por engaño de los demonios habéis vivido58.
La convicción de que las conversiones religiosas se podían hacer de forma rápida y sin oposición demuestra el escaso valor que los conquistadores daban a las creencias indígenas. Para ellos, no eran más que un conjunto de supersticiones inspiradas por el demonio y, por lo tanto, podían eliminarse mediante una somera explicación de los dogmas y con la destrucción de sus ídolos.
Salazar comparte, de este modo, la ingenuidad de Cortés respecto a la imposición de la religión católica mediante una simple sustitución de símbolos. Sirva como ejemplo el siguiente párrafo, extraído de la primera carta de relación de Hernán Cortés:
El dicho capitán los informó [a los indígenas] lo mejor que él supo en la fe católica y les dejó una cruz de palo puesta en una casa alta y una imagen de Nuestra Señora la Virgen María y les dio a entender muy cumplidamente lo que debían hacer para ser buenos cristianos. Y ellos mostráronlo que
57 Crónica, 1914, pág. 41. 58 Id., pág. 135.
rescibían todo de muy buena voluntad, y así quedaron muy alegres y contentos59.
Esta actitud provocó las duras críticas de Bartolomé de las Casas60, quien a propósito de la sustitución de símbolos religiosos, llega a denunciar que
Esto es uno de los errores y disparates que muchos han tenido y hecho en estas partes; […] porque ninguno puede dejar por su voluntad y de buena gana aquello que tiene de muchos años por Dios y en la leche mamado y autorizado por sus mayores, sin que primero tenga entendido que aquellos que les dan o en que les conmutan su Dios, sea verdadero Dios. Mirad qué doctrina les podían dar en dos o en tres o en cuatro o en diez días, que allí estuvieron, y que más estuvieran, del verdadero Dios, y tampoco les supieran dar para desarraigarles la opinión errónea de sus dioses, que en yéndose, que se fueron, no tornaron a idolatrar.
Para Bartolomé de las Casas61, uno de los riesgos que se derivan de esta forma de predicación, centrada en la mera sustitución de los símbolos, bien colocando una imagen en lo alto de su templo o bien poniendo cruces «induciendo a los indios a la reverencia de ellas», es que, estos «pueden pensar […] que les dan algún ídolo de aquella figura que tienen por Dios los cristianos, y así lo harán idolatrar, adorando por Dios aquel palo».
Cervantes de Salazar no hila tan fino como Bartolomé de las Casas y, al igual que Cortés, considera que las tradiciones religiosas de los indios son fáciles de sustituir, apoyados únicamente en la autoridad de los dogmas que transmiten los conquistadores. En el mismo capítulo que hemos destacado más arriba, Cervantes de Salazar reproduce la respuesta de los nobles indígenas a Cortés, después de su plática sobre la religión. Aunque reconocen la dificultad de alguna de las ideas expresadas por el capitán a través de sus intérpretes, se comprometen a abrazar una fe desconocida hasta entonces:
Nosotros, aunque no tan claramente como querríamos, por ser tan la primera vez que nos hablas, conoscemos los vicios en que hemos vivido, y que no son dioses, sino diablos, como dices, los que hasta ahora habemos adorado, pues siempre nos han dejado vivir mal y querido que con nuestra sangre y vida les hagamos sacrificio62.
No hay resistencia, como vemos, y sí una inverosímil predisposición para adquirir las nuevas ideas religiosas. Hay que considerar, además, que toda la comunicación entre los españoles y los indígenas se hacía en un primer
59 Cortés, H. Cartas de relación. Madrid: ed. Dastin, 2000, pág. 59.
60 Casas, Fray Bartolomé de las. Historia de las Indias. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1956,
tomo III, pág. 428.
61 Ibid.
momento a través de intérpretes, lo que dificultaría la traducción de conceptos religiosos desconocidos en la religión precolombina. Las Casas desmiente la versión de la conquista que defienden Cortés, Gómara y después Cervantes de Salazar, pues en su opinión,
no son los indios tan fáciles de dejar sus ídolos, cuya religión, reverencia, devoción y culto tienen de tantos años atrás en los corazones arraigado, por diez palabras que Cortés les dijese mascadas y mal pronunciadas, mayormente, aborreciendo a él y a ellos como a capitales enemigos de quien habían ayer recibido tan irreparables daños y temiendo que del todo no los acabasen63.