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4.4. Marco contextual

4.4.1. Las cifras de los desastres

En los últimos 25 años, los llamados desastres naturales han llamado la atención de diversos ámbitos, tanto académicos y de investigación como de gobiernos, organizaciones mundiales, organismos no gubernamentales, iglesias, etc. Sólo durante el año 2008, a nivel mundial los desastres de gran magnitud ocasionaron la muerte de más de 240 mil personas y pérdidas económicas superiores a los 268 mil MDD, de las cuales únicamente 19.5% (52.5 mil MDD) fueron cubiertas por la industria aseguradora (Norlang, 2009).

Según Swiss (2008, en Norlang, 2009) se registraron un total de 311 eventos catastróficos, de acuerdo con sus criterios establecidos, de los cuales 137 fueron consecuencia de fenómenos de origen natural y 174 estuvieron relacionados directamente con la intervención humana. Sin embargo, el monto estimado de daños fue mayor en el caso de las catástrofes naturales, mismas que acumularon 96% (258 mil MDD), por sólo 4% (10.8 mil MDD) de los desastres de origen antropogénico. En 2007 los daños aumentaron significativamente, pasando de casi 70.6 mil MDD a cerca de 270 mil MDD.

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En lo que respecta a América Latina, según Norlang (2009) basado en cifras de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), entre 1972 y 1999 la cifra de muertos ascendió a 108 mil y el total de damnificados directos superó los 12 millones. Algunas estimaciones llevan a considerar en 150 millones la población afectada (directa e indirectamente). El monto total de los daños resultantes de las evaluaciones que la CEPAL ha hecho entre 1972 y 1999 asciende a más de 50 mil millones de dólares. Pero dado que la CEPAL sólo hace evaluación de daños a solicitud de los gobiernos, y a que esas evaluaciones únicamente cubren una parte limitada de los desastres que ha enfrentado la región, la cifra real de los daños humanos y materiales es mucho mayor. La magnitud de los daños humanos y económicos es así estremecedora.

Apoyado en un estudio que realizó Valdés (2002) sobre los desastres y los asentamientos humanos, se señala que los pequeños desastres no contabilizados superan en grandes proporciones al número de eventos y de consecuencias trágicas sobre la población. Incluso, este mismo autor señala que Maskrey (sin precisar la cita), ha llegado a estimar que los pequeños desastres podrían reflejar dos terceras partes de los daños totales, y que conforme la base de datos (Desinventar de La Red) para ocho países de América Latina, más de 20 mil eventos desastrosos de pequeña y mediana magnitud se han registraron entre 1990 y 1998.

Según García Acosta (2008), con base en las estadísticas elaboradas y dadas a conocer por la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres (ISDR, por sus siglas en inglés) y la Em-Dat (Emergency Events Database, Em- Dat1, 2006), en América Latina, de 1990 a 2005 se presentaron un total de 5508 desastres de origen tanto hidrometeorológico como geológico y biológico, cifra que contrasta con las dos décadas previas (1970-1989) cuyo total es considerablemente menor, pues arroja un monto de cerca de 50% menos: 2864 desastres en las tres categorías mencionadas. Si bien cabe aceptar que el registro ha sido crecientemente cuidadoso, el comparativo resulta alarmante. La cifra de los desastres ocurridos entre 1991 y 2005 en las Américas, que incluye todo el

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Em-Dat constituye una base de datos que cuenta con información desde 1900, fue creada en 1988 y desde un principio ha sido auspiciada por el CRED y el gobierno belga.

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Continente Americano y al Caribe, da un total de 1262, menor a la cifra registrada para los países asiáticos (2029), pero muy superior a las registradas para África (1031), Europa (667) y Oceanía (221) (Em-Dat, 2006). Es decir, que Asia y América comparten los nada halagadores primeros lugares, sumando en conjunto más de 60% del total de desastres registrados en el mundo.

La CEPAL/BID (2000), explica que los efectos macroeconómicos de largo plazo se expresan en un número significativo de variables que se resumen en una tendencia a la reducción del ingreso por habitante. La experiencia de América Latina y el Caribe confirma la hipótesis de que se produce una alta correlación entre la evolución del producto interno bruto (PIB) y el número de desastres por año. La primera consecuencia de un desastre es el deterioro inmediato de las condiciones nacionales de vida. Este efecto, si bien se concentra más en la población directamente afectada y que habita en la zona donde el desastre se manifiesta con mayor violencia, tiene repercusiones que, en general, afectan de cualquier manera a la totalidad de la población del país.

Diversos autores y entidades han planteado que las consecuencias de los desastres naturales son un problema generado por los modelos de desarrollo económico (Maskrey, 1993; CEPAL/BID, 2000; Salas, 2007; García Acosta, 2008). No es casualidad que 95% de las muertes por desastres naturales en 1998 se hayan producido en países en desarrollo, ni que, para algunos de estos, ciertos fenómenos naturales hayan resultado devastadores para el nivel de vida de sus poblaciones y sus posibilidades de desarrollo, mientras que en los países desarrollados las consecuencias sobre el conjunto de la actividad económica y la población son marginales. En general, en los países en desarrollo los fenómenos naturales, ya sea de origen hidrometeorológico, geosísmico, vulcanológico o de otra naturaleza, suelen tener consecuencias mayores que en los países desarrollados.

Son diversos los factores asociados al bajo nivel de desarrollo, los causantes de la amplificación de tales consecuencias. Según Fernández (2010), en 2009 en América Latina los afectados por desastres fueron cerca de 14 millones de personas y arrojaron daños económicos que se aproximaron a 50 mil millones de

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dólares. Según este periodista, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) divulgó en su documento Desastres y desarrollo: el impacto en 2010, que si bien por el monto de los daños y pérdidas y por el número de personas fallecidas el impacto fue mayor en Chile, Haití y Brasil, los costos económicos fueron considerables en términos absolutos para México, Brasil y Colombia, incluso para Santa Lucía, en términos relativos por el tamaño de ese país.

El evento más dramático de 2010, evalúa la CEPAL, fue el terremoto en Haití, que afectó a más de millón y medio de personas y causó la muerte de más de 220 mil, desplazó a más de un millón 760 mil personas de sus lugares de vida normal y cerca de un millón 300 personas necesitaron refugios temporales viviendo en graves riesgos por la incidencia del cólera, la inseguridad alimentaria, la carencia de servicios sociales y la cobertura de necesidades básicas de agua y saneamiento. El costo económico representó alrededor de 110 por ciento de su PIB.

En términos económicos, el mayor costo corresponde a Chile por el terremoto de febrero: alrededor de 30 mil millones de dólares; para Haití la CEPAL reconoce una pérdida superior a 7 mil 250 millones; en Guatemala casi mil 600 millones por la erupción del volcán Pacaya, la tormenta tropical Agatha y otras depresiones; en la isla caribeña de Santa Lucía, alrededor de 280 millones, monto representativo del 36% de su PIB. Para México el organismo regional anota pérdidas por 5 mil 300 millones de dólares, pero no precisa las causas.