C apítulo III LAS EMPRESAS TRANSNACIONALES.PODER POLÍTICO Y ECONÓMICO
III. 1. Las Empresas Transnacionales como actores económicos
Las empresas transnacionales son uno de los agentes económicos más importantes en el impul- so de la globalización económica y de los que más se benefician de ella. La desregulación financie- ra y social junto a la liberalización de los flujos de capital son el marco en el que las empresas trans- nacionales despliegan todo su poder político y económico. Son un subproducto ideológico del glo- balismo (Hobsbawn, 2000, págs. 82-114).
La importancia que han adquirido las empresas transnacionales ha sido descrita por Zurbano, "La expansión de la implantación de las empresas transnacionales se refleja en las cifras de inver- sión extranjera directa (IED) que realizan, estas empresas más allá de sus países de origen. Pues bien, la evolución de este indicador ha sido espectacular durante las dos últimas décadas y -en par- ticular- desde la segunda mitad de los noventa. Las razones de esta evolución son múltiples, pero -en síntesis- tienen que ver con su participación en el proceso más amplio e integral de la globali- zación y las nuevas condiciones de competencia global que de la misma se derivan. Las empresas transnacionales se configuran como agentes económicos globales cuyas estrategias se despliegan en el escenario de la economía mundial. Su potencial de acción global, sin embargo, no se ve con- trarrestado por ninguna instancia reguladora o institucional en el ámbito mundial" (Zurbano, 2006, pág.1)
El poder económico de las transnacionales ha generado impactos sociales que no se han desve- lado de forma suficiente, y han quedado diluidos en los efectos de exclusión y desigualdad adscri- tos al fenómeno general de la internacionalización económica. Los beneficios de los accionistas y las tasas de ganancia son las reglas centrales del funcionamiento de las grandes corporaciones eco-
nómicas al margen de los efectos medioambientales y de destrucción del capital social. Ulrich Beck ha calificado a las transnacionales de semiestados (Beck, 2000) cuyo excesivo poder requie- re articular mecanismos jurídicos de responsabilidad que amortigüen los efectos que ese poder expande a lo largo del planeta (Perdiguero, 2003, pág. 16).
Antes de abordar los indicadores del poder económico procederé a describir, brevemente, el contexto en el que las empresas transnacionales desarrollan su actividad y apuntalan su poder (De la Fuente, Hernández y Zabalo, 2006, págs. 5-10).
El diseño neoliberal de una globalización por y para el beneficio privado pasa por la crecien-
te mercantilización de nuevos sectores y actividades. Así, se privatiza el suministro de ser- vicios básicos para la comunidad y se refuerzan los derechos de propiedad intelectual. Esto abre nuevos campos para el negocio las patentes sobre seres vivos. La amplitud del manda- to de la OMC da buena cuenta de ello.
Los miles de acuerdos bilaterales y regionales de comercio e inversiones fortalecen la posi-
ción de los inversores extranjeros frente a los gobiernos nacionales. Las empresas transna- cionales y los grandes bancos y fondos de pensiones pueden entablar demandas contra los estados en tribunales supranacionales que escapan a cualquier control democrático.
La fusión entre Estados, acuerdos internacionales, organizaciones y empresas transnaciona-
les, ha resultado funcional para combatir la caída de la tasa de ganancia que sufrieron las empresas del Norte económico desde finales de los años 1960 hasta mediados de los ochen- ta. Claro que, para impulsar la recuperación del beneficio, las políticas neoliberales han enaltecido el equilibrio macroeconómico y facilitado la reestructuración del capital pro- ductivo. Así en nombre del déficit cero y la contención de la inflación, han sucumbido señas de identidad de los gloriosos treinta -años que sucedieron a la II Guerra Mundial-, como el objetivo del pleno empleo, y numerosas conquistas sociales propias del Estado de Bienestar, como el sistema de pensiones o la sanidad pública, sufren constantes ataques. Asímismo el proceso de producción fordista ha dejado paso a la flexibilización de la pro- ducción y del mercado de trabajo, poniendo la deslocalización empresarial en primer plano (Van den Eynde, 2003, pág. 6).
En el marco de estas nuevas reglas de juego, las políticas de industrialización, que durante
décadas siguieron diversos países del Sur económico, no pueden repetirse, lo que supone cerrar el paso hacia el desarrollo a posibles emuladores. En efecto, a pesar del desigual éxito alcanzado por las economías latinoamericanas que practicaron las sustituciones de impor- taciones y las del sudeste asiático que pusieron en marcha políticas basadas en la exporta- ción de manufacturas hacia el Norte, todas ellas tenían en común el uso de instrumentos ahora prohibidos o muy limitados. Por eso, se ven abocadas a competir entre ellas para atraer inversiones extranjeras, ya que la apertura sin condiciones al exterior se presenta como la nueva panacea, pero en realidad se apuntan a una carrera hacia abajo en la que todos pierden (Kucera, 2002, págs. 33-75).
La deslocalización de la producción es la cara Norte de esa carrera. En ella quienes pierden
puestos de trabajo, ingresos o condiciones laborales son personas asalariadas de los mismos países de origen de las empresas transnacionales cuyas cuentas de resultados crecen. Si bien no se puede deslocalizar cualquier tipo de actividad, y no siempre la deslocalización resul- ta rentable para las empresas transnacionales, la amenaza permanece latente y da sus fru- tos. De hecho, actualmente, algunas empresas han llegado a sacar fuera del Norte econó- mico actividades de investigación y desarrollo, aunque siguen funcionando con la lógica impuesta desde la casa matriz. Y también se deslocalizan ciertas actividades del sector ser-
vicios, que hasta hace escasos años ni se planteaban. Al respecto, se puede establecer un paralelismo entre el efecto moderador de los salarios en el Norte económico ejercido por la deslocalización, o su mera amenaza, y el que deriva de la inmigración selectiva dirigida a sectores que no se pueden trasladar al exterior (Mendizábal y Errasti, 2006, págs. 167- 193).
Hoy existen algunas empresas transnacionales sin fábricas propias, al haber elevado hasta el
límite el proceso de subcontratación de la producción, actividad que queda en manos de multitud de empresas diseminadas por diversas economías del Sur, mientras que los bene- ficios se reparten en el Norte. No obstante, en muchos casos siguen predominando las filia- les controladas directamente por la casa matriz de la empresa transnacional desde su sede central, normalmente ubicada en algún país del Norte económico. Y resulta que -además- las filiales son fruto de la mera adquisición de empresas preexistentes, lo que, lejos de gene- rar nuevos empleos en las economías del Sur, contribuye a su desaparición, tras la habitual reestructuración para integrarse en el grupo multinacional. Así, su desigual repercusión en las economías del Norte y del Sur es una de las características de la globalización (Muñoz de Bustillo Llorente, 1999, págs. 93-97).
Desde los años 1990, dos nuevos elementos han venido a reforzar la importancia de la des-
localización de la producción: el retorno de los países de Europa Oriental a la esfera capi- talista y, sobre todo, la irrupción de China en las corrientes mundiales de inversión y comercio, que -si bien comenzó unos años antes- en esa década adquiere proporciones considerables. En la mejor tradición oriental de Japón o luego Corea y Taiwán, una de las grandes diferencias de China respecto a muchos otros países receptores de inversión extranjera es su capacidad de absorción tecnológica, lo que le otorga un papel bien distin- to en la división internacional del conocimiento que hoy separa al Norte del Sur. Otras dife- rencias son su enorme dimensión y la planificación estratégica de su inserción en los mer- cados mundiales. Por eso, más allá de suministrar mano de obra dócil, formada y barata para las filiales de empresas transnacionales del Norte económico, se plantea su futuro como competidor. Con todo, conviene no olvidar que, al margen de los puestos de trabajo que se pueden haber perdido en el Norte económico por la deslocalización de la produc- ción hacia China, las empresas transnacionales del Norte obtienen grandes rentabilidades con su presencia en el país (De Sebastián, 2006, págs. 28-30).
Aunque la tremenda expansión de la esfera financiera de la economía resulta evidente, sub-
siste el debate en torno al predominio del capital financiero sobre el capital productivo o viceversa. De acuerdo con ciertas interpretaciones, la financiarización de la economía per- mite a los fondos de inversión y de pensiones controlar a las empresas productivas. Y ello se refleja en la recurrencia de crisis financieras y el abandono de actividades productivas, con el consiguiente aumento del desempleo. Además, el beneficio empresarial se queda en manos de los grandes fondos y entra en contradicción con el desarrollo social. Otras posi- ciones sostienen, sin embargo, que no es relevante la distinción entre empresas financieras y productivas, ya que ambas se mueven bajo la misma lógica del beneficio. En todo caso, no se discute la importancia que las fusiones y absorciones de empresas tienen en la actua- lidad, contribuyendo a concentrar el poder económico en cada vez menos manos, otra de las características esenciales de la globalización.