Hoy nos toca ocuparnos de algunos problemas que suscita el estudio de lo social. En primer lugar quiero re ferirme a una polémica que data de hace casi un siglo, y es la propuesta de la escuela histórico-cultural de Dilthey, Rickert, Windelband, Weber, y algunos otros. Según ellos, los estudios sociales son radicalmente diferentes de los estudios de la naturaleza. ¿Por qué? Porque lo social sería de naturaleza espiritual, y lo espiritual no sería estudiable científicamente. Esto lo aprendieron de Kant.
Esta presunta dicotomía entre las ciencias naturales y las ciencias sociales es radicalmente falsa, porque hay cien cias mixtas. Estas son las ciencias biosociales: la psicología, la antropología, la demografía, la epidemiología, la geogra fía, la bioeconomía, la lingüística, y varias otras.
Por ejemplo, la lingüística es una ciencia biosocial compuesta de varias ramas. La psicolingüístíca se ocupa de estudiar cómo generamos y entendemos expresiones lingüísticas. La sociolingüística estudia la manera en que el contexto social influye sobre los hablantes, y de esta manera sobre la lengua.
Los primeros estudios de sociolingüística fueron he chos en Londres. Mostraron las grandes diferencias de
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pronunciación del inglés, entre gente de distintos lugares. Algunas de estas diferencias correspondían a diferencias sociales. Por ejemplo, aún hoy día la gente modesta habla cockney, dialecto que no es la lengua canónica que habla la Reina. Recuerden ustedes la famosa comedia Pygmalion, de George Bernard Shaw.
Hay entonces disciplinas que figuran en la intersección de las ciencias sociales con las ciencias naturales. Hay cien cias que son específicamente sociales, tales como la socio logía, la economía, la politología y la historia. En cambio, otras son híbridas. De modo, pues, que la célebre dicotomía ciencia natural/ciencia social es falsa.
S o c io lo g ía E c o n o m ía P o lito lo g ía H is to ria P s ic o lo g ía L in g ü ís tic a D e m o g ra fía G e o g ra fía
El motivo por el cual los neokantianos sostuvieron que había una dicotomía entre las ciencias naturales y las cien cias sociales, debe, pues, ser falso. ¿Cuál es la falsedad? Es el supuesto idealista, de raíz religiosa, de que puede haber ideas en sí mismas, independientes de los cerebros que las piensan. De aquí se sigue que puede haber actos humanos que no sean actos de personas de carne y hueso, actos diri gidos por sus propios cerebros o por los cerebros de otros. Entonces, la perspectiva idealista, o si ustedes prefieren la filosofía idealista que heredaron los neokantianos, les hizo cometer ese error. Fue un error con graves consecuencias, porque durante muchos años, muchos historiadores, soció logos y politólogos, olvidaron que las ciencias sociales se ocupan de entes concretos. Estos son seres humanos, los que
forman y reforman otras cosas concretas, que son sistemas sociales, tales como familias, empresas, hospitales, univer sidades, clubes, Estados, partidos políticos y mafias.
En todo caso, la polémica prosigue, porque hay personas que aún no se han dado por enteradas de la existencia de estas ciencias mixtas. Entre ellas están los hermenéuticos. A ellos me voy a referir con algún detalle dentro de un rato.
Otra de las tesis de la escuela neokantiana es que, en tanto que las ciencias naturales procuran encontrar leyes, las ciencias llamadas culturales, o ciencias del espíritu —que así llamaban a la economía, la politología, la sociología y a la historia— las Geisteswissenchaften deben solamente describir sucesos individuales y procurar «comprenderlos» o encontrar su «significado». (Geisteswissenschaft está formada por Geist, que significa: espíritu, y Wissenschaft, que significa ciencia).
Esa tesis fue aceptada por sociólogos muy importantes, tales como Georg Simmel y Max Weber. Se pregunta uno cómo pudo Max Weber realizar la obra considerable que hizo, si se fundaba sobre esa filosofía errónea de las ciencias sociales. La respuesta ha sido dada hace pocos años por va rios sociólogos, entre ellos Robert Merton y otros. Ellos han mostrado que Weber predicaba una filosofía que no ponía en práctica. Por ejemplo, en su grueso tratado publicado postumamente, Economía y sociedad, en las primeras pági nas repetía las fórmulas de Dilthey, que él había aprendido de su amigo Heinrich Rickert. Pero después se olvidaba de eso, y trataba problemas sociales concretos de la manera en que los trata cualquier científico.
Más aún, Weber se formulaba preguntas tales como esta, que interesó y sigue interesando: ¿por qué decayó el Imperio romano? La respuesta de Weber podría haber sido suscrita por Marx. A propósito, varios sociólogos, entre ellos Merton, recientemente han escrito recientemente que el Weber maduro no se diferencia mucho de Marx, porque ambos buscaban pautas generales y ambos daban mucho peso a las llamadas fuerzas materiales.
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¿Cuál es la explicación que dio Weber de la decadencia del Imperio romano? ¿Se debió, como me enseñaron de chico, a la decadencia de las costumbres, a las invasiones de los bárbaros, o al crecimiento del cristianismo? No. La explicación que dio Weber fue exclusivamente económica. No sé si será cierta, pero esto no viene al caso. La cuestión es que fue económica, no idealista.
¿Cómo la explicó? Dijo lo siguiente: llegó un momento en que terminó la expansión del Imperio romano, debido a que los bárbaros, no se dejaban conquistar fácilmente. Al terminar esas guerras coloniales se secó el mercado de esclavos, porque los esclavos eran originariamente prisio neros de guerra. Las grandes plantaciones, en particular en el sur de Italia, en Egipto y en otros lugares del imperio —eran principalmente plantaciones de trigo— simplemente fueron decayendo por falta de mano de obra. No era ya posible reponer a los esclavos que se iban muriendo. Los esclavos se hacían cada vez más escasos y, con esto, más caros. Entonces los grandes latifundios característicos de la época tardía del Imperio romano empezaron a dividirse entre labradores. Así comenzó la decadencia del Imperio romano.
Independientemente de que esta explicación sea co rrecta, lo que nos importa como filósofos es que no es una explicación idealista, en términos de ideas: es una explica ción en términos de factores llamados materiales. Más aún, en el libro que lo hizo famoso, sobre la ética protestante y el capitalismo, Weber empezó por utilizar datos sociales, que hizo que recogiera uno de sus asistentes. Estas eran diferencias de conducta entre católicos y protestantes.
Que la tesis sea falsa o verdadera importa poco desde el punto de vista filosófico. Lo que importa es que Weber comienza este libro dando a entender que quiere refutar a Marx. Quiere mostrar que el capitalismo es generado por una nueva visión del mundo. Esta es la visión protestante, que hace que el creyente sea austero, de modo que pueda acumular capital: que haga sacrificios en el presente para poder gozar de algo en el futuro. Pero Weber termina este
libro advirtiendo que sería «locamente doctrinario» adoptar una teoría idealista acerca de las relaciones entre la religión y el capitalismo, tanto como sería «locamente doctrinario» adoptar una teoría completamente materialista.
En todo caso la tesis más difundida hoy día, entre los conocedores de Max Weber, es que Weber no practicó la filosofía que predicó. Es naturalmente muy común que esto ocurra. Incluso ocurre entre los físicos. Por ejemplo, calculan la probabilidad de que un átomo en el centro del Sol irradie un fotón, y al mismo tiempo dicen que ningún proceso cuántico puede ocurrir a menos que esté siendo sometido a observación. Esas dualidades, esa incompatibili dad entre la práctica y la teoría filosófica, es muy corriente. Al parecer, para eso tenemos dos hemisferios cerebrales.
Todo esto no significa que, las ciencias sociales sean reductibles a las ciencias naturales. El método general y los postulados filosóficos generales son los mismos, pero la sustancia es distinta y por lo tanto los métodos especiales deben ser distintos.
Ha habido tentativas de estudiar lo social como algo completamente natural. Estas tentativas no son debidas solamente a los sociobiólogos contemporáneos, sino que vienen ya de los economistas clásicos. Para los economistas clásicos, tales como Adam Smith, es completamente natural que el hombre de negocios se comporte de la manera en que lo hace: las leyes de la economía son leyes naturales, no son leyes sociales. Naturalmente, este es un error, porque hay categorías en las ciencias sociales que son totalmente irreductibles a las categorías de las ciencias naturales. Por ejemplo, la noción misma de estructura social no aparece en la biología, porque la biología no se ocupa de socieda des, a menos que sean de sociedades de hormigas o de pájaros. Las sociedades humanas se caracterizan, entre otras cosas porque los miembros de los sistemas sociales humanos tienen ideas, hacen planes, etc., de modo que se comportan de manera muy diferente de cómo se comportan las hormigas.
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Si fuera cierto que las ciencias sociales son reductibles a la biología, en todas partes habría solamente un orden social. Si ustedes prefieren, todas las sociedades tendrían la misma estructura social. Pero no es así: hay casi tantas estructuras sociales como sociedades. Más aún, las estructuras sociales van cambiando en el curso del tiempo, y precisamente los cambios sociales son cambios de estructura. Estos cambios son más o menos queridos por individuos, aunque no li bremente. En todo caso, son efectos de la acción humana, de individuos que tienen ciertas creencias acerca de cuáles son las instituciones que les conviene, etc. En esto sí tienen razón los miembros de la escuela histórico-cultural. Pero se les fue la mano al separar lo mental de lo físico, y aún más al creer que lo primero domina a lo segundo.
Consideremos otra categoría de las ciencias sociales: la de gobierno. Hace muchos años se creyó que los insectos eusociales, tales como las abejas y las hormigas más comunes eran reinos. De aquí vienen las expresiones «abeja reina» y «hormiga reina». La abeja reina sería la que manda en la colmena. Sabemos hoy que esto es falso. La abeja reina es una esclava del enjambre, íntegramente dedicada a la reproducción. No ordena absolutamente nada: la conducta de las abejas, lo mismo que la conducta de las hormigas, está programada genéticamente. La pobre «reina», cuya función específica es poner huevos, no goza de ninguno de los privilegios de que goza por ejemplo la reina de Inglate rra, tales como tener un marido infiel y un hijo agraciado y modelo de virtudes.
Los hijitos de la abeja reina se comportan no como ellos quieren, sino como lo quieren sus genes. Nosotros, no. Aun que nuestra conducta está determinada por nuestro genoma, no lo está completamente. Tan es así, que dos personas que tengan genomas muy parecidos, o incluso idénticos, en circunstancias diferentes se van a comportar de manera di ferente. Van a hacer frente a las contingencias, a los desafíos, de manera diferente, y eventualmente se van a transformar en personas diferentes. Y, lo que es aún más importante para las ciencias sociales, los seres humanos van modificando las
instituciones a medida que van cambiando sus necesidades y deseos, y a medida que van aprendiendo. En cambio, las jerarquías sociales animales son siempre las mismas.
En resumen, no es cierto que las ciencias sociales se reduzcan o puedan reducirse a las ciencias naturales. Pero tampoco es cierto que haya un abismo entre ellas. Hay un puente, y este puente está constituido por las ciencias bio- sociales, a las que me referí antes.
Otra tesis de la escuela neokantiana es que el científico social no debe intentar explicar lo social mediante leyes, sino que debe procurar entenderlo o comprenderlo o interpretar lo al modo en que se interpreta un texto. (De aquí el epíteto
hermenéutica, con que se caracteriza a este movimiento).
Para describir este modo de comprender o entender lo so cial se usa la palabra alemana Verstehen, que tiene tantas traducciones como se quiera.
Es interesante comprobar los distintos sentidos que tiene la misma palabra Verstehen en Dilthey y en Weber. Para Dilthey, Verstehen era comprensión empática. Para poder entender la conducta de Napoleón Bonaparte, tengo que ponerme en sus botas: tengo que hacer de cuenta que yo soy Napoleón, y preguntarme, por ejemplo ¿qué haría yo en Austerlitz o en Waterloo en su lugar?
Ahora bien, puesto que la comprensión empática di fiere de un individuo al otro, a diferencia de los estándares de la razón y de la verificación empírica, la ciencia social sería imposible. A lo sumo habría narrativas más o menos literarias.
No es así como entiende Weber la palabra Verstehen. Para Weber comprender la conducta de alguien es adivinar cuáles fueron sus intenciones, cuáles fueron las metas a que orientaron sus acciones. Más aún, para Weber, a dife rencia de Dilthey, esta comprensión no elimina para nada las relaciones causales, no las reemplaza. Al contrario, el científico social se vale de ciertas regularidades causales. Esto lo han mostrado claramente Hans Albert, Jeffrey Alexander y otros.
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En resumidas cuentas, la palabra Verstehen es tan ambigua que se puede comprender como uno quiera. Y en todas las ciencias sociales se buscan o utilizan regularida des o pautas. Por ejemplo, a los antropólogos les interesa encontrar las características de una sociedad tradicional, de una sociedad rural por ejemplo, a diferencia de una sociedad industrial. Algunas pautas son locales, otras regionales, y finalmente otras son universales.
Los científicos sociales, al igual que los naturales, procuran regularidades así como también describen hechos singulares. Por ejemplo, los físicos combinan regularidades con hechos singulares para explicar hechos. Lo mismo hacen los biólogos y psicólogos.
Una regularidad importante que nunca se menciona explícitamente es esta: cada uno de nosotros nace y se cría dentro de algún sistema social. No nacemos ni nos criamos como átomos aislados del resto del mundo. Uno se forma y acultura, se socializa en armonía con ese sistema social hasta que llega la época de la pubertad que es el periodo de la rebelión. Pero, al mismo tiempo que uno se aleja de la familia, se incorpora a otros sistemas sociales, tales como patotas o clubes.
Todos somos diferentes, pero hay ciertas regularidades en el desarrollo humano, en el desarrollo personal. Los biólogos y psicólogos del desarrollo individual, así como los psicólogos sociales y los antropólogos buscan, y algunos encuentran, tales regularidades. Al fin y al cabo, como decía Aristóteles, no hay ciencia de lo individual.
Una de las grandes diferencias entre lo social y lo natu ral es que los seres humanos tenemos ciertas propiedades de las que carecen las estrellas, los mosquitos y otros ob jetos naturales. Por ejemplo, las propiedades de conocer, discutir y tomar decisiones racionales y más o menos libremente, aunque siempre con restricciones naturales y sociales. Decisiones que se toman no como consecuencia de estímulos exteriores, sino decisiones que se toman como resultado de ciertas elucubraciones; pensamos bien o mal
y, como resultado de esos razonamientos, tomamos ciertas decisiones. Que sepamos, los sapos no toman decisiones. Tampoco se reúnen para debatir.
Hay entonces diferencias importantes entre los seres humanos y las demás cosas. Pero esas diferencias no eli minan las similitudes. Tanto las estrellas como nosotros estamos compuestos de átomos, somos sistemas físicos además de ser sistemas químicos y sistemas biológicos, y de pertenecer a sistemas sociales. Pero tenemos algo en común: cosas concretas. Un ser humano no es un paquete de ideas y emociones sino un animal. Lo que pasa es que es un animal social, un animal cultural, un animal con historia y un animal capaz de modificar en cierto modo su propia vida, de orientar su propia vida y modificar, sobre todo, de «jorobar» al prójimo unas veces, y de ayudarlo otras.
Este es el momento de examinar la presunta dicotomía entre necesitarismo por un lado, y voluntarismo por el otro. Las teorías más de moda en ciencias sociales hoy día, en los últimos 20 años sobre todo, son teorías de la elec ción racional. Según estas los agentes, los seres humanos, toman decisiones libremente, no están sujetos a ninguna necesidad. A lo sumo tienen restricciones presupuestarias. Esto es tan falso como sostener que estamos sujetos a una necesidad ciega. Por supuesto que no podemos escapar a las leyes físicas, químicas o biológicas, excepto suicidándonos. Pero sí podemos valernos de nuestro conocimiento de esas leyes para nuestro propio beneficio.
Tomamos decisiones a cada paso, pero esas decisiones no son completamente libres. Pensemos en una decisión de hacer, por ejemplo, un acto A a fin de obtener un resultado
B. Esa acción va a ser ineficaz a menos que haya una ley,
natural o social, por la cual toda vez que alguien hace A va a ocurrir B, o si no todas las veces por lo menos con cierta frecuencia.
Las decisiones que tomamos pueden y deben ser racionales en el sentido, de que deben ser compatibles con aquello que sabemos. Esto lo saben el buen técnico, el buen
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empresario y el buen estadista: todos ellos saben que no deben tomar decisiones caprichosas. En particular, las decisiones en materia de negocios tienen que fundarse sobre el conocimiento del producto, de la empresa, del mercado, de la situación internacional, etc.