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Seudociencia y seudotécnica

In document [Mario Bunge] Vigencia de La Filosofía (página 46-63)

Así como hay seudociencias hay seudotécnicas. La primera de estas parece haber sido la magia. Aunque suele afirmarse que la magia es la antecesora de la ciencia, la verdad es que la magia es la antecesora de la técnica. En efecto, el mago se proponía, se propone, modificar, ya sea la naturaleza, ya sea la gente. Lo que ocurre es que el mago no empleaba los métodos adecuados. Si era astuto engañaba a la gente para hacerla creer que, en efecto, era eficaz. Por ejemplo, el chamán o mago de una tribu africana empieza la danza de la lluvia poco antes de empezar la estación de las lluvias. Él sabe cuándo empiezan las lluvias, porque lleva la cuenta de los días: es el encargado del calendario.

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Además utiliza trucos, el chamán o el médico brujo conoce algo de hierbas y sabe tal vez cómo curar una frac­ tura o detener una hemorragia. Es decir, tiene algunos conocimientos auténticos, los que le dan prestigio, y otros que no son auténticos.

Un ejemplo más actual de seudotécnica es la psiquia­ tría hablada, o psicoterapia. Hay dos clases de psiquiatría: la que supone que todas las perturbaciones mentales son perturbaciones del cerebro, y la que supone que son per­ turbaciones de un alma inmaterial que se pueden curar con la palabra.

Lo que se puede curar con la palabra son desórdenes de conducta, es decir, pautas de conducta no adaptativas o desviantes. Esto sí se puede cambiar a veces con la palabra, con la persuasión, con el consejo dado por una persona experimentada. Pero esto es modificar la manera en que trabaja cierta parte del cerebro.

Lo que no puede modificar la palabra en forma perma­ nente es la química del cerebro. Con meras palabras no se puede aumentar ni disminuir sino fugazmente la concentra­ ción de los neurotransmisores. Justamente de esto se ocupa la psiquiatría biológica: de modificarlos procesos químicos que intervienen en los procesos mentales, en particular los afectos, los sentimientos y las emociones.

Uno de los casos más trágicos es el de los maniaco- depresivos, que hasta los años 50 eran intratables. A partir de entonces no es que se los puede curar, pero sí se los puede tratar. Es decir, se puede corregir levemente la transmisión de ciertos neurotransmisores, tales como la serotonina, de modo tal que las fluctuaciones afectivas estén más o menos acotadas. Así se evita casi siempre que el paciente se deses­ pere y se suicide. U11 depresivo no tratado con fármacos no solo es incapaz de trabajar, sino que termina por suicidarse. Por siguiente, es irresponsable, e incluso criminal, enco­ mendar su tratamiento a psicoterapeutas, que creen en la omnipotencia del verbo y en cambio no creen que el cerebro tenga algo que ver en las perturbaciones mentales.

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Para poder aum entar la eficacia de la psiquiatría biológica es indispensable impulsar el cultivo de la neu- rociencia y de la psicología biológica, que aún están en la infancia. Por ejemplo, todos los años aparecen artículos que pretenden demostrar que la depresión y las psicosis son hereditarias. Poco tiempo después se publica una rec­ tificación. Ni siquiera está bien definida la esquizofrenia. Cada decenio se cambia la definición de este trastorno y, por lo tanto, su diagnóstico y su tratamiento.

Hay dos razones por las cuales la psiquiatría biológica está poco desarrollada. Una es que sigue dominando el mito del alma inmaterial, inventado por las religiones y reforzado por las filosofías idealistas. El segundo motivo es que la mayoría de los psiquiatras no tienen una forma­ ción científica adecuada. Tienen formación de médicos. Son entrenados para aplicar conocimientos biomédicos, no para contribuir a ellos.

Otra seudotécnica muy difundida es la homeopatía. Todos hemos oído hablar de los remedios homeopáticos, pero son pocos los que se han tomado la molestia de ave­ riguar si son eficaces. La evaluación de la homeopatía se puede hacer desde dos puntos de vista: el empírico y el científico. En el primer caso se procede a contar la frac­ ción de casos de curación que sigue a la administración de remedios homeopáticos. Si el porcentaje es bajo, se abriga la esperanza de que aparezcan remedios homeopáticos más eficaces.

Este procedimiento no es científico, y ello por dos ra­ zones. En primer lugar, involucra la conocida falacia del

post hoc, ergo propter hoc (después de ello, por lo tanto

a causa de ello). Segundo, siempre que se medique, bien o mal, obra el efecto placebo, o sea, la sugestión: si tengo fe en un remedio, me sentiré mejor. Si somos optimistas va­ mos a sobrellevar una enfermedad o una desgracia mucho mejor que si somos pesimistas. Es decir, la autosugestión, y en particular el efecto placebo, es real. En resumen, el razonamiento empirista es inválido.

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El único razonamiento válido es el del farmacólogo o bioquímico aplicado. Este nos dirá que al cabo de las numerosas diluciones sucesivas involucradas en la fabrica­ ción de un fármaco homeopático, solo queda algo así como una molécula de la llamada sustancia activa por centímetro cúbico. De modo que semejante fármaco carece de efecto biológico. Por lo tanto es absurdo seguir ensayando los presuntos remedios homeopáticos: son una engañifa. No sirven más que para enriquecer a los homeópatas y a los laboratorios homeopáticos. A propósito, el hecho de que casi ningún epistemólogo haya analizado ni denunciado esta estafa intelectual y comercial muestra que la mayoría de los epistemólogos viven muy lejos de aquello que dicen estudiar.

Hace poco menos que una década, un tal doctor Ben- veniste, director de un laboratorio de la Universidad de París, publicó un artículo en la revista científica británica

Nature. En él sostenía que, si bien es verdad que en un

presunto remedio homeopático prácticamente no queda nada de sustancia activa, el agua conserva el recuerdo de la misma. Pero, como no aclaró en qué consistía esa pre­ sunta memoria, lo que dijo no es sino bla-bla. El agua en estado líquido no tiene estructura suficiente para recordar lo que contuvo en el pasado. Es muy diferente del caso de una barra de hierro: si se la dobla, queda doblada, y si se la imanta queda imantada.

El artículo de marras fue objeto de una investigación por un equipo formado por el director de Nature, el célebre James Randy —un mago de espectáculos que se especializa en trucos mágicos— y un investigador del famoso instituto norteamericano de la salud. Los tres fueron al laboratorio de Benveniste y repitieron los experimentos de su equipo (que, casualmente, habían sido subvencionados por la industria homeopática francesa). La verdad, admitió el doctor Benveniste, es que los experimentos siempre dan bien cuando los hace la doctora fulana. Naturalmente, esto reforzó la sospecha de los visitantes. Estos repitieron los experimentos de acuerdo con los protocolos, y no encon­

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traron nada. Pocos años después, el gobierno francés cerró el laboratorio fraudulento.

Debido a la hora avanzada debemos terminar acá. Ahora el panel va a demoler todo lo que he dicho.

D iálo go

Luis Piscoya Hermoza

En principio quiero agradecer la invitación de que he sido objeto y expresar mi complacencia por tener esta oca­ sión de participar nuevamente en la mesa con el Dr. Bunge y con tan ilustres colegas.

En realidad hay varios puntos que merecerían un co­ mentario más minucioso. Voy a tratar de comentar y hacer preguntas en relación con algunas cuestiones que podrían ser tratadas con más detalle por el doctor Bunge a fin de que comprendamos mejor su punto de vista y podamos juzgar mejor la pertinencia de nuestras reservas en relación con tesis que revelan agudeza y validez al auditorio.

En lo referente a la definición de ciencia como una decatupla hay una cuestión que merece una consideración. Ella es que dentro de la decatupla hay componentes que podríamos llamar cognoscitivos, por ejemplo, un fondo formal, conocimiento acumulado, en fin cuestiones que no voy a detallar pero que están suficientemente explicadas en esta exposición. Pero también hay un componente que en algún sentido no es cognoscitivo y este es la comunidad científica, vale decir, los hombres que, hacen y producen ciencia.

Lo tradicional, y esto tiene que ver con la tradición positivista, ha sido definir el conocimiento en términos de teorías, en términos de proposiciones o en términos de sistemas hipotético-deductivos de enunciados. Luego se

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han encontrado algunos otros puntos de vista, como el de Kuhn, que ciertamente ha tenido impacto en la comunidad epistemológica. La tesis central del libro La estructura de

las revoluciones científicas es que las ciencias no pueden en­

tenderse adecuadamente como estructura de proposiciones sino a través de paradigmas que se revelan en la conducta de las comunidades científicas. La decisión del Dr. Bunge de incluir a la comunidad científica en la decatupla abre la pregunta: ¿está definiendo o caracterizando mediante la decatupla a la ciencia o a la actividad científica?

Tal vez debemos entender, en una primera aproxima­ ción, ambas expresiones como más o menos equivalentes, pero mi impresión es que de este modo se está caracterizan­ do en mayor medida la actividad científica y, ciertamente, habría que entender que cada disciplina como actividad satisfaría las condiciones de esta decatupla.

Pero dadas las variantes que ocurren con frecuencia y dado que estamos hablando de una familia de ciencias, que fue el punto inicial, entonces también cabe preguntarse realmente cómo resolvemos el problema de los diferentes grados en que cada disciplina satisface las condiciones de esta decatupla. Estos diferentes grados son justamente los que justifican la pretensión de establecer un criterio de demarcación o de cientificidad. En este caso, no sería una frontera entre filosofía y ciencia sino un intento de criterio de demarcación entre lo que es ciencia y lo que no es ciencia. Este criterio podría estar requerido por el hecho de que se puede pensar razonablemente, al menos desde mi punto de vista, que las diferentes disciplinas satisfarían en diferente grado los componentes de esta decatupla.

La matemática es siempre un caso especial y ha sido caracterizada en términos de que su solapamiento con otras ciencias no es claro o, en todo caso, no existe. Vale decir, todas las ciencias necesitan ciencias vecinas o ciencias de frontera, pero, hasta donde entendí, la matemática tiene un cierto grado de autonomía. El matemático no usa resultados del físico, ni del químico, ni de otros científicos empíricos.

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Al mismo tiempo se ha señalado que el principio de no contradicción es condición necesaria para hacer matemáti­ ca, vale decir, es posible hacer demostraciones matemáticas solamente a condición de que respetemos el principio de no contradicción y, obviamente, decir que es condición necesaria no excluye otras posibles condiciones necesa­ rias. Tal vez, esta sería la condición más relevante, lo que nos llevaría a deducir que la matemática no es autónoma porque la lógica es su condición necesaria y ciertamente, la lógica es una ciencia. Esto no implica ser logicista, porque no pretendo pensar que la lógica sea también condición suficiente de la matemática.

Ahora, ya no remitiéndome a la conferencia pero sí a un tema importante que sostiene el Dr. Bunge en sus obras. Él ha clasificado la racionalidad en: conceptual, lógica, gnoseológica, ontológica, etc. "Él puede rectificarme, pero el comentario va a lo siguiente: la racionalidad conceptual aparece como condición necesaria de la racionalidad lógica y juntas como condiciones necesarias de otras racionalida­ des. Vale decir, no se puede ser racional sin ser lógicamente racional y no se puede ser lógicamente racional sin ser con­ ceptualmente racional, ese es el argumento que pretendo reconstruir y examinar.

Si la racionalidad lógica es condición necesaria de la racionalidad matemática, habría que pensar que la concep- tualización matemática debe recurrir a otra racionalidad más profunda que es la racionalidad lógica o, tal vez, ésta y la conceptual son equivalentes. Yo no quisiera entrar en detalles técnicos, pero me parece que la recíproca de la im­ plicación que sostiene el Dr. Bunge también es sostenible. Entonces de ese modo, tendríamos que la racionalidad con­ ceptual y la racionalidad lógica podrían ser equivalentes y esta es ocasión para que el Dr. Bunge nos diga su opinión.

Mario Bunge

Muchas gracias, doctor Piscoya, por sus observaciones. En mi caracterización del concepto de ciencia pretendo que cubra tanto la ciencia como la investigación como proceso de

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búsqueda de la verdad, como los resultados de ese proceso y el entorno social. Uno de los componentes de la decatupla es la metódica, que interviene en el proceso de investigación. Pero otro componente es el conjunto de los conocimientos acumulados, los ya adquiridos. Y los dos primeros compo­ nentes —la comunidad de investigadores y la sociedad en que está embutida— son de naturaleza social. Por esto creo que mi caracterización de la ciencia da cuenta, aunque en forma muy esquemática, tanto de los aspectos cognoscitivos como de los sociales.

Este no es resultado de la influencia de Tomas Kuhn. A mí no me influencian los irracionalistas. Además, Tom no fue sociólogo ni filósofo de la ciencia: fue un historiador de la ciencia. Émile Durkheim y Robert K. Merton y sus colaboradores sí han hecho sociología de la ciencia. Kuhn se limitó a señalar la importancia de los aspectos sociales, cosa que ya conocían los sociólogos y algunos historiadores de la ciencia, tales como George Sarton.

Pero a Tom Kuhn se le fue la mano al sostener —por influencia de Fleclc y de su amigo Feyerabend— que no hay verdades objetivas y por lo tanto transculturales. De esto se sigue una consecuencia que Kuhn no vio, y es que no hay progreso científico. En particular, las revoluciones científicas no introducirían conocimientos más verdaderos, generales ni profundos. Todos los «paradigmas» serían mutuamente «inconmensurables» y equivalentes. Ninguno sería superior a los demás. Esta no es sino una aplicación del relativismo cultural inventado por algunos antropólogos entre las dos guerras mundiales.

El relativismo cultural total (o absoluto) no está de acuerdo con la historia de la ciencia: algunas teorías son superiores a otras, y ha habido épocas de progreso cientí­ fico. Es verdad que hay grados de satisfacción de cualquier condición, no solamente las que yo he estipulado para la ciencia, sino de cualesquiera otras. Hay disciplinas que son más científicas que otras. Por ejemplo, algunas ramas de la física, tales como la cosmología, son menos científicas que algunas ramas de las ciencias sociales, tales como la historia.

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Hay grados de avance de la ciencia o grados de satisfacción de las condiciones: esto es completamente cierto.

En cuanto a la demarcación entre ciencia y filosofía, yo nunca la he hecho. Justamente, a diferencia de los positivis­ tas y de Popper, yo sostengo, e intento probar, que no hay fronteras entre las dos. Y esto porque (a) toda investigación científica supone principios filosóficos, (b) toda filosofía que se pretenda científica recoge resultados de la investigación científica. No, para mí no hay fronteras entre ambos campos. La ciencia se solapa parcialmente con la filosofía.

En cuanto al estatus de la lógica, hoy día los matemáti­ cos consideran la lógica como un capítulo de la matemática. Por supuesto, no es un capítulo cualquiera, que pueda igno­ rar por completo un especialista en alguna otra rama de la matemática. La lógica forma parte de los fundamentos de la matemática. Es decir, cuando un matemático comienza una investigación, da por sentada una lógica (a su vez, la lógica puede ser objeto de un estudio matemático, como ocurre con el álgebra de la lógica).

Hoy día, los filósofos ya no están en situación de hacer contribuciones originales a la lógica. La lógica se ha com­ plicado de manera tal, y se ha conectado tan estrechamente con otras ramas de la matemática, que solamente algunos matemáticos están en condiciones de hacer contribuciones originales a la lógica. Lo más que pueden hacer los filósofos es contribuir a la filosofía de la lógica.

En cuanto al principio de no contradicción, es necesario pero no es suficiente para hacer matemática, porque cual­ quiera puede enunciar una pila de proposiciones triviales coherentes entre sí, pero que no tienen nada de matemática. Para hacer algo constructivo en matemática, en ciencias fácticas, o en filosofía, hay que agregar algo de carne a ese esqueleto matemático que es la lógica.

Respecto de la racionalidad, sostengo que no hay un solo concepto de racionalidad sino una docena. En ese trabajo que menciona el doctor Piscoya, distingo siete tipos dife­ rentes. En mi próximo libro, Finding philosophy in social

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Science, que va a salir dentro de un mes y medio, distingo

doce conceptos de racionalidad. Todos estos son designados por la palabra ambigua ‘racionalidad’, empezando por el concepto de racionalidad conceptual y terminando por el concepto de racionalidad moral.

¿En qué consiste la racionalidad conceptual? Consiste en utilizar o por lo menos proponerse utilizar solamente conceptos bien definidos, conceptos exactos, no conceptos vagos o imprecisos. La racionalidad lógica va más allá: exi­ ge además que se respete el principio de no contradicción entre proposiciones.

La lógica preposicional trata de proposiciones, no las analiza en conceptos. Los conceptos son los ladrillos de los que están constituidas las proposiciones. Por consiguiente, la racionalidad lógica implica a la conceptual, pero al revés no.

Holger Valqui

Voy a hablar de algunas preocupaciones que tiene, por ejemplo, un físico teórico (de un país subdesarrollado) y las preocupaciones que llevan a uno a tocar ciertos aspectos filosóficos; porque también el hombre de la calle, preocu­ pado por sus problemas, toca algunos problemas filosóficos, aunque con la desventaja de recurrir, como ha sido muchas veces mi caso, a un lenguaje no elaborado filosóficamente. Personalmente me cuesta mucho hablar con un filósofo, hablamos lenguajes muy distintos; ellos usan un lenguaje especial, con palabras que también suelo usar, pero con un significado que muchas veces no logro captar. En este senti­ do creo que es comprensible que yo vaya a usar términos que pueden parecer abusivos porque tienen el mismo sonido que las palabras que usan los filósofos, pero que eventualmente pueden tener otro significado; usaré esas palabras bajo un manto de ignorancia filosófica.

Una de las cosas que siempre me ha intrigado, y en este momento he sentido tal pregunta, es que uno habla de la

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ciencia y de su importancia, pero ¿para qué se hace cien­ cia? Es lo que pienso exponer ahora; un asunto que yo he hurgado, el punto de vista que he adoptado y quisiera, por

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