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Las modalidades de trabajo

In document Economia Colonial Temprano II (página 145-174)

Carmen Salazar-Soler

III. Las modalidades de trabajo

Con todo eso trabajan allá dentro, donde es perpetua oscuridad, sin saber poco ni mucho cuándo es día ni cuándo es noche; y como son lugares que nunca los visita el sol, no sólo hay perpetuas tinieblas, más también mucho frío, y un aire muy grueso y ajeno de la naturaleza humana [...] J. de Acosta, lib. IV, cap. VIII.

En la minería argentífera y tomando una vez más el ejemplo de Potosí, se puede decir que la gran división a nivel de trabajo era la que existía entre trabajadores del interior de la mina y los de superficie o, para ser más exactos, los que trabajaban en las purificadoras. En lo que se refiere a los primeros, el trabajo se realizaba de la si- guiente manera: el mineral era cortado por los barreteros con la ayuda de la barreta, instrumento del cual derivaba su nombre. Luego, era transportado en capachos de tela o cuero sobre los hombros de los cargadores indígenas llamados “apires” (del quechua apay, que quiere decir transportar), hasta las canchas o plataformas nivela- das, en las bocaminas. Allí, antes de ser llevado a las purificadoras, el mineral era se- leccionado para descartar el desecho, por los “palliris” (del verbo quechua pallay, que quiere decir coger del suelo o de árbol la cosecha o mies), quienes podían ser mujeres. Además de estos trabajadores, existían los siquepiches (término quechua que significa aproximadamente “los que van limpiando por detrás”), cuyo trabajo consistía en juntar y apartar escombros para mantener despejado el paso para los apires.

Si la mina exigía soportes internos, estos eran necesariamente de piedra, pues —como afirma Bakewell (1989)— los grandes maderos eran muy escasos en Potosí y eran preparados por los “pirquiris” (del verbo quechua pircani, que quiere decir hacer paredes). Este autor señala que los distintos trabajos especializados eran di- rigidos por cierto número de indios supervisores o pongos (de la palabra quechua punku, que quiere decir puerta o portada). Este término punku designó también a los indios que podemos considerar como mineros profesionales, quienes se bene- ficiaban directamente del mineral explotado, con el compromiso de ceder una parte del mismo al señor de minas. Estos trabajaban en las minas de forma inde- pendiente, con sus propias herramientas. El mineral extraído por estos punkus era colocado en el “gato” o mercado de metales de rescate, para luego ser beneficiado por fundición en las guairas. Estos punkus eran los equivalentes de los indios va- ras que eran trabajadores independientes, por lo general, yanaconas.78

Como podemos apreciar, la mano de obra que trabajaba en el interior de la mi- na no era calificada, a diferencia de la que se requería en los ingenios o purificado- ras. En lo que concierne a la especialización en la esfera del beneficio del mineral, antes de la introducción de la amalgamación, aparece claramente un solo especia- lista: el guairador, quien operaba el horno indígena. Al analizar el padrón de yana- conas de Potosí de 1575, L. Escobari (1992) encuentra que el 80% de los que vivían en Potosí eran guairadores. Probablemente, los primeros indígenas que se espe-cia- lizaron en alguna técnica española —como lo indica Bakewell—79 fueron aquellos que aprendieron a utilizar los hornos a viento, del tipo castellanos, en Porco.

Más tarde, con la amalgamación, la necesidad de una mano de obra más cali- ficada en las purificadoras corresponde también a la preponderancia de mano de obra voluntaria en estos establecimientos y a la presencia de mitayos en la extrac- ción. En los ingenios, trabajaban los indios morteros, quienes echaban el mineral para la trituración debajo de los martinetes de los molinos. Al parecer, también paleaban el mineral triturado sobre tamices inclinados y pasaban nuevamente por el molino el mineral no suficientemente fino para atravesar el tamiz. Capoche (1953) describe que se contrataba también a mujeres indias y jóvenes para tamizar mineral en los ingenios con tamices a mano.

La preparación para la amalgamación, es decir, la mezcla del mineral tritura- do con el mercurio que se realizaba seguidamente estaba a cargo del beneficiador o purificador. Su función era clave para la realización de la amalgamación. En la mayoría de los casos, encontramos a un español o a un mestizo desempeñando esta función, aunque según Bakewell, los manuscritos muestran, por lo menos, el caso de un indio beneficiador en el distrito de Potosí.80

El proceso físico del mezclado del mineral con las otras sustancias era realiza- do por los “repasiris” (de repasar), quienes podían realizar su tarea con la ayuda de unas paletas, aunque generalmente lo hacían con sus pies, pisando y revolvien- do la mezcla. Una vez formada la amalgama, los lavadores o tinadores se encarga- ban de lavarla para separar el desecho. Bakewell81 sostiene que, entre el personal indígena más especializado, un ingenio podía contar con un leñatero para recoger combustible (leña, madera para fuego), un carbonero para hacer carbón y un hor- nero, a veces llamado quemador, para supervisar el tostado del mineral sulfatado antes de la amalgamación y la producción del magistral mediante el tueste de piri- tas en el horno. Ese autor señala que un ingenio apartado en la provincia de

79. Bakewell 1989: 144.

80. Bakewell (1989) cita la Visita que el licenciado don Martín de Arriola hizo del ingenio de Nues- tra Señora de Guadalupe en 1634 (ANB, Minas, tomo 131, item 2), en el que se dice que el beneficiador en este ingenio era un indio de Porco llamado Pedro Hachata.

Chichas poseía incluso un especialista en la preparación de caperuzas de arcilla, para separar el mercurio de la amalgama.

Sobre las condiciones de trabajo de esta mano de obra, las peores en los yaci- mientos argentíferos en lo que se refiere al trabajo subterráneo, eran las de los apires, pues estaban expuestos a constantes cambios de temperatura (calor en el interior y frío a la salida), además de tener que transportar pesadas cargas de mi- neral sobre sus espaldas y de correr el peligro de una caída que podía ser fatal. Otras eran las dificultades en los ingenios: en primer lugar, los trabajadores reci- bían el polvo resultado de la trituración del mineral en los molinos, lo que ocasio- naba enfermedades tales como la silicosis. Pero el peligro más importante era el envenenamiento con el mercurio, sobre todo, para aquellos que trabajaban remo- viendo la mezcla con los pies o que se ocupaban de la destilación de la pella y la quema del lavado para recuperar mercurio. Las condiciones más nefastas parecen haberse dado en las minas de Huancavelica, donde los trabajadores no solo sufrie- ron intoxicaciones con el azogue (azogados), sino con otros gases tóxicos. Y, más aún, sabemos que se producían derrumbes, pues parece que las rocas que rodea- ban el mineral eran suaves e inestables (Bakewell 1989).

En cuanto a la mano de obra que laboró en las minas de Potosí, los primeros trabajadores fueron en gran medida yanaconas, enviados y conservados allí por sus amos españoles. A esto, siguió o acompañó el envío de indios de encomienda a las minas. Hasta 1550, existió una preponderancia de los indios encomendados sobre los yanaconas; sin embargo, en los dos decenios siguientes, esta tendencia se invirtió. ¿Quiénes eran estos indios yanaconas? El concepto de yanacona pertene- ce a tiempos prehispánicos. Al parecer, la calidad de yanacona hacía referencia a una persona que estaba aparte del cuerpo social, compuesto principalmente por la gente del común o hatunruna.

Los yanaconas, dice Bakewell (1989), eran una minoría configurada por per- sonas que no pertenecían a ningún ayllu ni formaban un ayllu propio. Constituían, en cierta medida, una población flotante. Pero los yanaconas incaicos estaban unidos, como personal de servicio, a las figuras dominantes de la sociedad como, por ejemplo, los nobles, los jefes militares, curacas locales y el mismo Sapa Inca. Esta característica de población flotante los hizo muy receptivos ante los conquis- tadores españoles. Parece que los conquistadores, aun antes de que se consolida- ran las encomiendas de indios del común, habían logrado agrupar yanaconas como personal de servicio. El proceso de formación de estos grupos es todavía muy confuso, a pesar de que en 1541 la Corona definió claramente la libertad de los yanaconas y que estos estaban exentos de tributos, igual que en los tiempos prehispánicos.82

La documentación colonial da cuenta de que estos yanaconas tenían la obli- gación de producir para sus amos medio kilo de plata por semana y lo que refina- sen de más quedaba para ellos. El resultado, aparentemente, fue que lograron constituir pequeñas fortunas, aun después de pagar los precios elevados de los alimentos en Potosí. Parece ser que muchos de los primeros yanaconas de Potosí vinieron desde las minas vecinas de Porco que habían comenzado a trabajar Gonzalo y Hernando Pizarro, junto con sus socios. Por lo tanto, dice Bakewell,83 se puede suponer que muchos hubieran trabajado para los incas en Porco.

Además de crecer el número de yanaconas, aumentó también su importancia en el proceso productivo. Gran parte de este proceso estaba en sus manos, pues parece que buena parte de estos yanaconas eran indios varas, es decir, aquellos a quienes los dueños de las minas arrendaban una parte de sus posesiones para tra- bajarlas. Según P. Bakewell,84 ellos fueron los primeros empresarios de Potosí. Los manuscritos coloniales nos dicen que, durante los primeros veinticinco años de la producción de Potosí, los españoles participaron a muy pequeña escala en la ex- tracción y procesado del mineral. La importancia de los yanaconas en el proceso productivo duró y creció durante el tiempo en que el beneficio de los minerales por guaira dio resultados favorables. Cuando esto dejó de ser así, como resultado de la reducción del mineral rico, los yanaconas comenzaron a retirarse de Potosí hacia huertas cercanas. La documentación señala que sus partidas se hicieron no- torias hacia 1560.85

Los años de 1546-1547 ven la llegada masiva a Potosí de los indios de enco- mienda. Estos eran enviados a las minas por sus encomenderos, por períodos que variaban entre algunos meses y varios años. En esa época, los encomenderos eran frecuentemente propietarios de minas. Desde el punto de vista de su organiza- ción, esta rotación de la mano de obra se inscribe en continuidad con la mita in- caica; pero difiere totalmente en su naturaleza económica y en su significación social. En 1550, los indios de encomienda (alrededor de 5,000 o entre 20,000 a 25,000 personas si se incluyen las familias) son más numerosos que los yanaconas. Esta tendencia, como hemos dicho, se invierte en seguida.

1572, el año clave de la introducción de la amalgamación, es también el año en que el virrey Toledo comienza a organizar el sistema de la mita. Heredera de las prácticas anteriores de los encomenderos, la mita de Toledo hace pensar en la mita incaica, por su carácter sistemático y centralizado. P. Bakewell86 afirma que, en el caso de Potosí, se hallaban ya emplazados precedentes sólidos para la mita, cuan- do Toledo llegó en diciembre de 1572. El primer antecedente lo podemos encon-

83. Ibídem. 84. Ibídem. 85. Ibídem. 86. Ibídem.

trar en el decenio de 1540, con el envío por parte de los encomenderos de trabajadores nativos a laborar por plazos fijos, aunque variables. En su organiza- ción, aunque no en su naturaleza económica, esta temprana rotación de mano de obra fue una continuación de la mita incaica y así parece que lo percibieron los indígenas.

Hacia 1550, aparece simultáneamente una rotación de tareas de los indios ad- ministrados por la Corona: 500 hombres de Chucuito se desplazaban anualmente a Potosí para la minería y otras tareas. Y, hacia los primeros años de 1570, el corre- gidor de Potosí distribuyó indios entre los mineros para extraer mineral. Según Bakewell,87 la mita de Toledo fue la culminación de muchas prácticas y concepcio- nes preexistentes. Toledo convirtió a la mita en un sistema totalmente oficial que funcionaba bajo la supervisión de los administradores centrales, distribuyó equi- tativamente la carga de la mita entre las provincias que debían contribuir y nor- malizó lo que hasta ese entonces era variable: la duración de la estadía en Potosí, las pagas y las condiciones de trabajo.

Gracias a diversos trabajos, hoy conocemos el contexto de la implantación del sistema de la mita en Potosí. Sabemos que, desde el inicio, el virrey Toledo fue consciente que era imprescindible contar con el apoyo de las autoridades indíge- nas para su implementación. Es así como, en su recorrido por los territorios pe- ruanos previo a la implantación de este sistema, logró obtener el consentimiento de las autoridades indígenas de enviar anualmente un contingente de mano de obra indígena desde sus comunidades hasta las minas de Potosí, a cambio de una organización de la distribución regional de los contingentes que respetara la cohe- rencia de los modelos tradicionales de ocupación y aprovechamiento del espacio. Es decir, a cambio de este reordenamiento y de la consolidación de los derechos territoriales, los caciques accedieron a la entrega periódica de los contingentes mitayos.

El índice más claro de la necesidad que tuvo Toledo de apoyarse en las autori- dades tradicionales para el reclutamiento de la mita, lo constituye la nominación de seis capitanes generales, que aumentaron luego a once, como responsables de conducir los contingentes de la migración anual. Así, logró establecer lo que se ha llamado “un pacto colonial” que garantizó la mano de obra para las empresas mi- neras. Para explicar la vinculación indígena al proyecto toledano, I. González Casasnovas88 agrega a este factor otro de igual importancia: el “control tecnológi- co que los indígenas ejercían sobre el yacimiento”. Ignorando los cambios técnicos en el tratamiento del mineral que el virrey quería introducir (la amalgamación), las autoridades nativas pensaron que podrían seguir beneficiándose de la activi- dad de los huayradores (los que hacían funcionar los hornos indígenas de fundi-

87. Ibídem.

ción) de Potosí. A esto se añaden los beneficios que obtenían algunos de ellos de la comercialización en la Villa Imperial de productos agrícolas, en un contexto en el cual se les presionaba cada vez más hacia la integración mercantil, a través de la monetización del tributo, por ejemplo.

En el caso de Potosí, el área de consignación fue de 1280 kilómetros hasta el norte del Cuzco, Tarija en el sur y 400 kilómetros hacia el oriente de los Andes, donde solamente fueron incluidas 16 de 30 provincias, dado que las provincias bajas del valle fueron excluidas debido al frío y a la altura, por temor a las enfer- medades. En las comunidades afectadas, el 14% (un séptimo) de la población tri- butaria (hombres entre 18 y 50 años) debía acudir anualmente a Potosí por un período de un año. De acuerdo al cálculo de Toledo, esto iba a abastecer a Potosí con 13,500 indios por año. Esta cantidad, es decir, el total de la población afectada por la mita fue llamada mita gruesa. Una vez en Potosí, esta mita gruesa era divi- dida en tres partes, cada una llamada mita ordinaria, que trabajaba por turnos de una semana sí y dos no; de tal manera, que, en todo momento, había 4,500 mita- yos activos en las minas (Bakewell 1989).

Toledo distribuyó los mitayos entre minas y haciendas de beneficio, de acuer- do al tamaño y necesidad, con los mismos procedimientos que siguieron otros virreyes. También fijó los jornales de la siguiente manera: para el interior de la mina, 3.5 reales; para el trabajo de cargar minerales al ingenio, 3 reales; y para el trabajo en el ingenio, 2.75 reales. Al inicio del sistema, la semana duraba seis días, pero pronto fue reducida a cinco, ya que el domingo fue considerado día de des- canso. El trabajo empezaba el martes por la mañana y terminaba el sábado por la tarde. Durante el lunes, los curacas de cada provincia reunían a la nueva mita or- dinaria de la semana para distribuirla. La reglamentación de Toledo estipuló la duración de la jornada hasta la caída del sol, pero pronto los propietarios de las minas establecieron una cuota por cantidad de mineral extraído, lo cual produjo que los indios continuaran el trabajo hasta el anochecer.

El cuadro siguiente ilustra las variaciones en la mita minera potosina. H. Noejovich89 ha calculado las variaciones en cada intervalo de años y la tasa anual de variación correspondiente a cada período.

CUADRO N.º 1

MITA ORDINARIA POTOSINA

Año Número de mitayos porcentual (%)Variación Años equivalente (%)Tasa anual

1573 4,733 ——— ——— ——— 1575 4,093 (-) 13.52 2 (-) 7.01 1599 4,634 (+) 14.68 14 (+) 0.52 1610 441 (-) 4.77 11 (-) 0.44 1618 4,294 (-) 2.70 8 (-) 0.34 1633 4,115 (-) 4.17 15 (-) 0.28 1651 2,800 (-) 31.96 18 (-) 2.11 1662 2,000 (-) 28.57 11 (-) 3.01 1671 1,816 (-) 9.20 9 (-) 1.07 1679 1,674 (-) 7.82 8 (-) 1.01 1685 2,829 (+) 69.00 6 (+) 9.14 1692 1,367 (-) 48.32 7 (-) 9.87

Fuente: Noejovich 1998: 193; Glave 1986: 114, citado por Noejovich.

Hasta los años setenta del siglo pasado, la literatura histórica insistió abun- dantemente sobre la importancia de la mano de obra forzada —la mita— en la la- bor minera; sin embargo, desde hace casi media década y gracias a los trabajos de historiadores de Potosí y en particular a los de P. Bakewell, conocemos la impor- tancia y el peso de la mano de obra voluntaria en las principales actividades mine- ras del Cerro Rico. Desde fines del siglo XVI, los mingas, es decir, aquellos trabajadores indígenas que sellaban “voluntariamente” un contrato con los seño- res de minas de Potosí parecen haber tenido un papel fundamental en las activi- dades productivas.

Capoche en su Relación (1953) es el primer autor en brindar pruebas de la existencia de una mano de obra contratada y del primer modelo de mingas para los años posteriores al virrey Toledo. Capoche detalla que, al hacer su reparti- miento de la mita en los primeros años del decenio de 1580, el virrey Enrí- quez asignó mitayos en una escala moderada para realizar la purificación de los metales argentíferos. Debido a ello, los señores de minas debían contratar min- gas, si querían hacer rendir a sus plantas de purificación. Al parecer, en esa época, los ingenios necesitaban contratar mingas, fuera de los mitayos que disponían. Gracias al autor, sabemos que los mingas eran muy solicitados tanto para las labo- res de extracción como para el purificado.

Para las tareas de purificado se contrataban mingas entre los hombres que estaban en huelga en la mita. Según este cronista, los mingas se reunían en varias

plazas de la ciudad y allí esperaban ser contratados. A diferencia de los contrata- dos por las refinerías, los empleados para la extracción no se concentraban en puntos de reunión en la ciudad, sino directamente en sus viviendas y rancherías. Esto seguramente respondía —sostiene Bakewell— a que las rancherías estaban al pie del Cerro, mientras que las refinerías estaban en dirección opuesta, hacia el norte, cruzando el centro de la ciudad.

Por lo general, los mingas desempeñaron las tareas especializadas, mientras que los mitayos ejercían los empleos puramente físicos. Las pagas al contado de los mingas eran más altas que la de los mitayos: por trabajar en la mina, 4 reales por día más mineral, frente a los 3.5 reales de los mitayos; y en el purificado, 4.25 reales por día más la coca en algunos casos, frente a los 2.75 reales de los mitayos. Bakewell (1989) sostiene que esta diferencia en la paga de los dos tipos de trabaja-

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