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DOMICILIOS PARTICULARES (1960-1966).

4. Las prácticas docentes: Nuevas iniciativas

La nueva situación de los locales y la estrechez misma de las habitaciones usadas como aulas imponían unos innegables condicionamientos en la práctica de la enseñanza, si bien en cuanto a los contenidos, así como en la orientación pedagógica general, los cambios introducidos fueron muy pequeños y de escasa consideración, pudiéndose señalar que se repitieron los mismos métodos ya conocidos.

Como en la etapa anterior, el euskera seguía siendo el principal objetivo de la actividad docente; para el estudio y conocimiento del castellano ya encontraban los niños bastantes facilidades en la calle y en la sociedad en general.

Debido a los pocos metros cuadrados disponibles, gran parte de las actividades educativas se desarrollaban en el suelo, sentados en círculo tanto los niños como la propia andereño; las acciones que conllevaban algo de escritura se verificaban de pie frente a la mesa, apoyándose en la misma. Esto se hacía así en las habitaciones de estrechas dimensiones; en los domicilios de salas más amplias nunca faltaba una buena mesa en el centro, en torno a la cual se podían sentar los pequeños alumnos, en sillas individuales.

Para evitar ser localizados se tomaban varias precauciones, empezando por no hacer ruidos: Se cambiaba el calzado y se ponían las zapatillas una vez que se había entrado en el piso. Entre las consignas que más frecuentemente se impartían a los niños existía una que se refería a la forma de responder a los porteros o a cualquier persona extraña, en caso de ser interrogados acerca de qué hacían en el piso y de dónde venían:

«(...) Después de lo que pasó en Iralabarri, teníamos conciencia de ser diferentes del resto de los niños; diferentes, porque se hacía algo que estaba prohibido; teníamos la sensación de que éramos perseguidos.

Habíamos recibido ciertas consignas para casos de alguna dificultad; es decir, si alguien nos preguntaba sobre nuestra permanencia en el piso, debíamos decir que veníamos de jugar o de celebrar un cumpleaños. Nunca debíamos aludir a la ikastola. Al entrar en las casas, era preciso evitar hacerlo todos juntos y atropelladamente, a fin de que los vecinos no llegaran a sospechar nada. Al final, y como era nuestro deseo, no pasó nada importante, pero se tomaban todo tipo de precauciones» (21).

4.1. Las colonias vacacionales: Arrázola y Dicastillo

La organización de las colonias de verano fue una de las más importantes novedades que se pusieron en marcha en esta etapa, con la finalidad de practicar el euskera y pasarlo bien, durante unos días.

La iniciativa de esta experiencia partió, al parecer, del entonces párroco de Arrázola, José Antonio Retolaza, quien para su realización se puso en contacto con

(20) Cfr. Arantza Allur: Ikastolak eta irakasleak, en Gure Ikastola (Jakin) 1972, pág. 51. (21) Información de Jasone Irarragorri.

LAS IKASTOLAS DE BIZKAIA, 1957-1972

Peña. La primera colonia se preparó para el año 1960, actuando como directoras Estíbaliz Gereño y una amiga suya, Bakarne Ares, con la asistencia de unos 9 niños. Vistos los buenos resultados de esta actividad complementaria, se repitió la misma experiencia en los años siguientes.

El pueblo de Arrázola, distante de Bilbao unos 40 kms. y situado entre Elorrio, Axpe y el Valle de Aramayona, se asienta en un ribazo sobre la falda oriental de los peñascales de Amboto y Andasto; con una altitud media de 239 m., es un territorio por el que discurren los arroyos Amboto y Besaide. Por la época a que nos referimos, tenía 290 habitantes, dispersos por caseríos situados en los cuatro barrios de Arranturria- ga, Artecalle, Barrencalle y Goyerría.

La iglesia parroquial, dedicada a San Miguel Arcángel, está situada en la plaza principal, al lado del edificio del ayuntamiento y de las escuelas mixtas.

Desde 1957, fecha en que se ordenó sacerdote, atendía espiritualmente a esta feligresía el antes citado José Antonio Retolaza, cuyas iniciativas religiosas y culturales se dejaron sentir muy pronto en el entorno del pueblo. Amigo de los niños y de la juventud en general, junto con las lecciones de catecismo, se esmeró también en enseñarles el amor al euskera y la cultura vasca. Arregló y limpió la iglesia, con la ayuda del pueblo (22).

A menos de un km. del centro del pueblo se halla el hermoso caserío, de nombre K i p u t x e n a , que sirvió como centro de acogida para los componentes de la colonia escolar. Retolaza, que estaba muy relacionado con los dueños de esta casa, fue el encargado de hacer todos los necesarios preparativos, en la convicción de que el encuentro y la comunicación con la gente de Arrázola, pueblo euskaldún y acogedor, serviría de estímulo a los niños bilbainos para la práctica del euskera. Y así sucedió, de hecho.

El caserío Kiputxena reunía las condiciones necesarias para la acogida de los niños de las ikastolas de Bilbao, debido a que ya venía funcionando como pensión para cuantas personas llegadas de Gipuzkoa y Bizkaia se reunían allí, algunos fines de semana y durante las vacaciones; tenían también el servicio de un pequeño bar, abierto desde los tiempos de la explotación de las cercanas canteras de mármol y cuarzos.

Aunque el edificio se encuentra abandonado y bastante deteriorado en la actualidad, conserva la misma bella estructura de hace unas décadas; los materiales son de mampostería menos en una parte de la fachada, y tanto el acceso como los vanos son de estilo adintelado. Es una vivienda única, con cuadra en la planta baja.

(22) José Antonio Retolaza entró en el seminario cuando tenía dieciocho años; en su orientación vocacional tuvo mucho que ver Claudio Gallastegi. Ordenado sacerdote en 1957, fue destinado al pueblo de Arrázola, siguiendo la costumbre de destinar a los jóvenes sacerdotes euskaldunes a los pueblos rurales de la provincia. Hacia 1963 fue nombrado director de las escuelas creadas por Funcor en Elorrio, circunstancia que aprovechó para enseñar y desarrollar allí el euskera. Por esta dedicación suya a la lengua y cultura vascas, el entonces alcalde de Elorrio presentó contra él una denuncia ante el gobernador civil y el obispo, acusándolo de hacer política. La denuncia prosperó y Retolaza tuvo que abandonar las escuelas de Elorrio; en este momento dejó también la parroquia de Arrázola, y aprovechó para estudiar psicopedagogía en la escuela de la F.E.R.E. de Madrid.

Como lo recuerda con orgullo, el Año Nuevo de 1965 empezó a decir una misa pública en euskera en Bilbao, con gran asistencia de fieles. Y en 1966 inició la publicación de Kili-Kili, tal como se ha señalado en otro lugar.

Los inquilinos de la casa eran euskaldunes todos ellos: Elena Uribarren, natural de Aramayona y madre de cinco hijos, era una mujer laboriosa, de muy agradable trato y conversación, además de ser una excelente cocinera. Los niños estaban encantados de la comida que se les servía: Todavía recuerdan el buen pan del caserío y la abundancia de leche que consumían, durante los 15 días que duraba, aproximada- mente, su estancia en Arrázola, desde el 24 de junio hasta la segunda semana de agosto de cada año. Para el desayuno, tenían a su disposición leche, café con leche y colacao, La comida del mediodía consistía, básicamente, en un rico guisado, cambiando cada día sus principales componentes. Para la cena, había sopa, tortilla y un buen vaso de leche para los que lo quisieran.

Como se ha indicado un poco antes, la finalidad de estas colonias de verano era hablar en euskera, de ahí que la mayoría de los niños fueran nativos erdaldunes, si bien también iban niños euskaldunes. En segundo término, se pretendía la natural expansión física, a base de juegos libres y dirigidos, ya que durante el curso no se podía practicar este ejercicio físico con la necesaria intensidad y asiduidad.

Antes de las salidas, no se hacía una verdadera planificación de lo que iba a ser la colonia, pero el personal destacado para orientarla, generalmente andereños, elaboraban in situ un plan de funcionamiento normal de cada día. Generalmente, la jornada diaria se dividía en los siguientes horarios y actividades:

- Levantarse hacia las nueve; desayuno; a continuación, juegos; después, excur- sión a los montes cercanos y observación directa de los animales domésticos.

- Por la tarde, visita al pueblo, juegos y danzas vascas en el frontón. Retolaza, que también enseñaba estas danzas a los jóvenes de Arrázola, tenía la posibilidad de practicarlas durante unos días con los niños bilbaínos.

La última colonia organizada en Arrázola fue la de 1964; en ese año, y debido a que la familia que la habitaba hubo de ausentarse del lugar, se cerró la casa y dejó de funcionar aquella pensión.

X. Peña, uno de los organizadores de estas actividades vacacionales y detallista siempre, ha dejado consignados tanto los nombres de los 25 niños que tomaron parte (23), como los costes económicos por cada día y persona, en el año 1964. En esta ocasión, actuaron como directoras las andereños Mª Angeles Garai, Begoña Foruria y Mª Asun Zubiaur.

* * *

En los dos siguientes años, el lugar escogido para las colonias fue Dicastillo (Navarra); aquí se reunieron los niños procedentes de las ikastolas de Elorrio, Bermeo, Llodio y Bilbao, en un número bastante elevado. Funcor tuvo mucho que ver en la constitución de esta colonia.

Ocurrió que Jon Kuñado y Leopoldo Zugaza se propusieron organizar una gran colonia para los niños de Bizkaia y salieron un día en su busca, camino de Navarra,

(23) La pensión diaria de los niños costaba unas 80 pts. He aquí los nombres de los 25 pequeños que participaron en la colonia de Arrázola en 1964: Mª Jesús Amezaga; Begoña Gabiña; Begoña Zárate; Itziar, Mikel y Xabier Mesanza; Garbiñe Lublaur; Ander Beldarrain; Txaber Fernández Beldarrain; Xabier Andia; Iñaki, Rafael y Karmen Gamboa; Txarito y Antón Madariaga; Ander y Jon Aguirre; Lourdes Magra; José Luis Artetxe; Nerea y Patxi Iturriaga; Josu Markiegi; Arantza Foruria; Usune y Ane Retolaza.

LAS IKASTOLAS DE BIZKAIA, 1957-1972

a través de Vitoria; al llegar a Dicastillo, encontraron allí un castillo, rodeado de árboles, en un sitio estupendo. Les gustó el lugar y acordaron su uso con los dueños del edificio. Antes de llegar a este acuerdo, ellos expusieron claramente lo que pretendían: Querían reunir allí a los niños vizcaínos, para que pudiesen hablar en euskera.

Previamente, habían convencido también a Juliana Berrojalbiz y Tere Rotaetxe para que apoyaran el proyecto.

Durante el verano de 1965, se reunieron en Dicastillo unos 200 niños, a lo largo de 15 días; la mayoría de ellos eran de Elorrio. Funcor se preocupó del funcionamiento de la cocina y del establecimiento de las condiciones sanitarias. La planificación de las cuestiones euskéricas y recreativas corrió a cargo de las andereños y sus ayudantes. Como bien recuerda Jon Kuñado, se hacía muchísimo deporte y se pasaba francamente bien, sin olvidar, en la medida de las posibilidades, el objetivo lingüístico de estas actividades de verano.