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Lenguajes científicos y profesionalización de la reforma

LA CUESTIÓN SOCIAL MODERNA Y EL IMPULSO REFORMISTA

2. REFORMA SOCIAL Y EL IMPULSO REFORMISTA

2.2. Lenguajes científicos y profesionalización de la reforma

96 ZIMMERMANN, 1995, 216 y ss. La tercera es "una corriente que asociaba sus intereses en la reforma

social a preocupaciones de regeneración político-institucional", Ibid.

97

SURIANO, 2004.

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En las propuestas que hemos recorrido hasta aquí, el lenguaje aparece como elemento fundamental del ámbito de la reforma; un nuevo lenguaje de lo social fue el producto y simultáneamente el punto en el que convergían los reformistas; fue forjado a través de la enunciación de problemas, diagnósticos y prescripciones, que cuando tuvieron éxito, “se convirtieron en un sentido común impuesto al resto de actores y campos”.99 Inseparable de la emergencia de las ciencias sociales,

obtenía de ellas legitimidad, un método y unos esquemas de observación100.

El lenguaje reformista estuvo fuertemente influido por las ideas de eficiencia y planeamiento racional y por el discurso del progreso; fundaba en ellos una pretendida objetividad y desinterés, o más bien la vehiculación de un interés superior que bien pudo ser el de la República (en el caso francés), la nación o el mismo progreso. Fue así intencionalmente despolitizador, la definición de los problemas sociales desde la ciencia social, los extraía del ámbito de la política; y frecuentemente en su nombre, se tendió a descalificar el proceso parlamentario tachándolo de ineficiente101.

Los debates en cuanto al alcance del consenso en torno a este lenguaje, se plantean en términos similares, y están vinculados, a los que tienen lugar con respecto a la pertinencia o no de hablar de un “campo” de reforma social (de hecho un lenguaje de lo social compartido constituiría una base para sustentar esta hipótesis). En general, los autores aceptan la existencia de ciertas categorías comunes a gran parte de la sociedad en el período del cambio de siglo, pero algunos prefieren remarcar que pese a compartir diagnósticos y técnicas, las finalidades últimas -y también los medios y la visión del Estado- eran muchas veces opuestas102. Evidentemente, e independientemente de la posición teórica que se elija para aproximarse al problema, las generalizaciones no son posibles ni en lo espacial ni en lo temporal.

Topalov sugiere que en la Europa de fines del siglo XIX, el consenso entre conservadores, liberales y movimiento obrero logrado a partir de un lenguaje

99 TOPALOV, 1999c. 100 Ibid., 40. 101 HORNE, 2002, 6. 102 SURIANO, 2004, 2.

61 científico asociado a la reforma, existió sobre las técnicas de gobierno en lo social y las normas de comportamiento, aunque no se compartieran los medios ni los cometidos en la aplicación de las medidas reformistas específicas, ni la formulación de las mismas. El lenguaje de la reforma hacia fines del XIX marcaba así el horizonte de lo posible103.

En un coloquio sobre la reforma social en Argentina entre 1900 y 1940104, el problema de la relación entre discurso y clase social, fue uno de los ejes que estructuró el debate. Entre otras cuestiones se buscaba responder a la pregunta de si los discursos contenían elementos unificadores -honestidad, higiene, conocimiento, orden, etc.- que tendían a diluir las diferencias de clase o si por el contrario estos nuevos discursos servían para redefinir las relaciones entre ellas.

Para el caso de la reforma penitenciaria que estudia Salvatore, el autor constata la existencia de “una serie de interconexiones entre los reformadores, el poder político, los anarquistas, y los disciplinadores (policías, carceleros), así como de posiciones comunes frente al crimen y la encarcelación que son difíciles de explicar con nuestros conceptos tradicionales de clase social e interés de clase” y agrega “tal vez la categoría discurso sirva para explicar estas paradojas”105; pero hace hincapié en la necesidad de estudiar –y esto aún no se ha hecho- la historia de la circulación y recepción de los discursos y no sólo su producción, “porque allí es donde se encuentran las inflexiones, las traducciones, las constelaciones, y las inversiones que los agentes subalternos son capaces de introducir a un determinado corpus textual”106.

En el mismo trabajo, Zimmerman, señala coincidencias en el costado moral de la cuestión social entre reformistas liberales, anarquistas y socialistas, en asuntos como el alcoholismo, la prostitución o la higiene. Diego Armus por su parte constata que “la higiene fue, aún más que la educación, un tema que invitaba al consenso”, en el que las ideologías políticas “contaban poco” y agrega que “el discurso de la cultura de la higiene y del hombre higiénico fue alentado por

103

TOPALOV, 1999c, 39.

104 SALVATORE, ed. 1992b. 105

Entiende discurso como ‘sistema de proposiciones localizadas en un campo común y organizadas por reglas de admisión y formación mas o menos estables’ SALVATORE, 1992a, 39.

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educadores, médicos, políticos y burócratas, y por liberales, anarquistas, socialistas, radicales, católicos y hasta conservadores activos en la reforma social107. El señalar la especificidad del discurso higiénico, supone asumir que en otros ámbitos las tensiones políticas y sociales sí podían impedir un consenso.

Como acabamos de ver, las ciencias sociales en formación, y las ciencias en general, proveyeron en buena parte las categorías y métodos para pensar y actuar sobre lo social. La confianza en la ciencia, el método científico como modo de aprehender la realidad, la observación y experimentación como herramientas privilegiadas, y la adopción de modelos de las ciencias naturales para abordar el mundo social, eran los principios que gozaban de legitimidad para hablar sobre lo social.

Desde la Sociología científica, la Economía social o la Antropología criminal se fueron desgajando “problemas sociales” a partir de una cuestión social, con el convencimiento de fragmentar así la realidad en áreas sobre las que intervenir y sobre las que aplicar soluciones científicas. La causalidad fue desplazándose desde lo moral o lo político, al ambiente y las condiciones sociales, que eran ahora objetivadas.

Diversos autores subrayan la necesidad de evitar autonomizar en demasía el desarrollo de las ciencias sociales108, las razones más evidentes son los vínculos directos de quienes desarrollaron las ideas con los contextos sociales y políticos inmediatos, en este caso la emergencia de la cuestión social, el conflicto capital/trabajo y la amenaza de los fundamentos de la sociedad liberal. Sobre el vínculo estrecho entre formulaciones de la teoría sociológica y la realidad social en la que fueron producidas, podemos citar un ejemplo clásico provisto por Donzelot: la noción durkheimiana de solidaridad pensada como “invención estratégica”, y en última instancia una racionalización de las políticas empíricas de la III República francesa; y el solidarismo, como el marco filosófico del proyecto republicano109, frente al liberalismo y el socialismo.

107 ARMUS, 2000, 544- 545. 108

Ver entre otros, DONZELOT, 1994, TOPALOV, 1990, BOURDIEU, 1994, DONZELOT, 1994. Para Argentina, SURIANO, 2004.

63 Pero también, y esto interesa particularmente en nuestro trabajo, es productivo pensar las ciencias sociales como grupos o enclaves sociales (social

groups)110, e incluir en nuestro análisis los “intereses”, en términos de Bourdieu, y agendas particulares de aquellos que las practicaban, porque también estos intereses estuvieron presentes en los procesos de elaboración del pensamiento social y, en última instancia, del mismo Estado social. La insistencia por parte de los reformadores en la necesidad de abordar los problemas sociales de manera científica, y la confianza en la potencialidad de la ciencia para ofrecer soluciones prácticas a la sociedad, eran también, independientemente de la honestidad de quienes las profesaban, maneras de hacerse necesarios en la elaboración y puesta en marcha de medidas de intervención.

La lógica profesional que hemos introducido en un apartado anterior se articula contemporáneamente y opera en el ámbito de la reforma social. Ha quedado anticipado con el ejemplo de los médicos higienistas citado y la referencia a un nuevo ethos profesional como componente de la reforma.

Topalov, siguiendo con la lógica de su modelo para la Francia de entresiglos, inscribe la “inversión” en reforma de técnicos y expertos, en el movimiento mas largo que lleva a las “capacidades” a constituirse como poder social, y en los esfuerzos de las antiguas “profesiones liberales” para “organizar su autonomía, regular sus competencias internas y conquistar monopolios”111. De allí que las agendas ocultas y las presiones de aquellos expertos que buscaban definir sus jurisdicciones e identidades profesionales hayan jugado también un papel en el ámbito reformador. Horne cita como ejemplo de esta vinculación la sección de Higiene social del Musée Social , que “se convirtió en un trampolín profesional tanto como fue un laboratorio de ideas de reforma urbana”112.

Pero además de las profesiones liberales que tenían tras de sí cierta trayectoria, la reforma misma fue el ámbito en que nuevas profesiones y disciplinas surgieron o encontraron su legitimidad. Ahora bien, parafraseando una vez más a Topalov, en el período en que nos encontramos, no existía frontera fija entre las

110 RUESCHEMEYER y SKOCPOL, 1996b, 3. 111 TOPALOV, 1999c, 467-68. 112 HORNE, 2002, 273.

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ciencias sociales o los saberes técnicos en vías de constitución y la acción reformadora113, puede hablarse así para este momento “predisciplinar” de “profesionales de la reforma”; algunas de las herramientas de análisis propia del estudio de los grupos profesionales pueden ser apropiadas entonces para estudiar a los reformadores.

El caso de Argentina es diferente al del ejemplo francés estudiado, ya que las ciencias sociales no tuvieron un desarrollo endógeno sino que fueron introducidas desde el exterior y luego adaptadas114; tener presente el contexto europeo y sus condiciones de origen no es sin embargo algo menor cuando inscribimos al MSA en unos circuitos reformadores internacionales.