• No se han encontrado resultados

La ley de la sangre

Lo que resulta cierto en una foto lo es mucho más en la sangre, el líquido mágico por excelencia.

Desde que la transfusión de sangre se convirtió en una terapéutica corriente, se trata, para no inquietar a los donantes, de recordar esa verdad: El que recibe la sangre adquiere una misteriosa influencia sobre aquél que se la dio.

Podemos llamar a eso ridícula superstición. No lo es menos que la costumbre que existe entre amigos y amantes, que sellan su unión mezclando algunas gotas de sangre, verificando la eficacia de ese rito que no cayó en desuso. Añadiría que la iglesia compartió durante largo tiempo esa creencia y ese temor. La prueba es que las jóvenes

católicas quisieron, en comienzo del siglo 20, fundar una asociación caritativa que tiene por objeto ofrecer su sangre a los enfermos. El papa prohibió esa práctica de la caridad, nel temor de que los donantes cayesen bajo la dependencia de los que la reciben. Desde entonces la iglesia renunció a esa maternal solicitud, pero no es cierto que tuvo razón en lo hacer.

Doctor Joseph Roy, uno de los más grandes especialistas en sangre,20 no vaciló en afirmar: La mezcla de las sangres es una operación imprudente y un desconocimiento completo de las leyes de la vida. Hay que remarcar principalmente que bajo una aparente similitud del color, de composición histológica y química, cada sangre difiere de las otras, cada sangre es el elemento de una vida diferente.

Cada gota de sangre de un ser está en efecto, profundamente impregnada de afinidades y antipatías físicas de ese ser, afinidad por los alimentos, afinidad por los remedios, por un cierto suelo, por ese lugar al que cada uno fue destinado sobre la Tierra. Impregnada también de la sensibilidad enfermiza hacia los microbios.

Si las objeciones científicas a la transfusión sanguínea son de una fuerza convincente, las superan las constataciones que se hicieron en un dominio más inquietante todavía: El de la influencia a distancia de un ser sobre otro por una acción llamada mágica. Eso fue verificado un número incalculable de veces, sin cuestionamiento posible. La sangre dada y la sangre recibida (una gota basta) establecen relaciones de interdependencia entre el donante y el receptor.

Entonces la lógica y la prudencia deberían nos llevar a renunciar a la utilización de los bancos de sangre y a abandonar las prácticas de la transfusión sanguínea que, según escribe doctor Joseph Roy, es una operación contraria a la naturaleza específica e individual de la vida. No se trata de pedir que se deje sin socorro a las víctimas de hemorragia, a los anémicos y debilitados de cualquier clase. Pero, como lo precisa doctor Joseph Roy, pedir que se emplee otro medio de los socorrer, pedir que se vuelva a la inyección de sueros y plasmas artificiales, injustamente abandonados y que son susceptibles de un gran progreso.

Entre las innumerables anécdotas que podría citar en apoyo de mi opinión sobre el valor mágico de la sangre, retendré solamente dos, porque son las más breves.

Una artista muy célebre, un monstruo sagrado de la primera preguerra cayó bajo el dominio de un aventurero de tocador que la explotó hasta el fin de sus días. Causaba asombro que una mujer tan hermosa, tan refinada, pudiera ser así reducida a la esclavitud por un grosero rufián y necesitado. No creo traicionar un secreto si revelo que esa actriz cometió la imprudencia de escribir a ese amante de paso una carta de amor mojando su pluma en la sangre de su menstruación. Esa fantasía de mal gusto le costó su libertad, dicha, honor.

Aquí hay otro ejemplo, más antiguo, que nos muestra, bajo otro aspecto, la sangre como agente de curación a distancia:

El caballero de Digby, del siglo 17, tenía un procedimiento infalible para curar las más graves heridas a distancia. Con vitriolo calcinado hasta el blanco por el sol, componía un polvo de simpatía al cual disolvía en agua de lluvia en tal cantidad que si se sumergía allí un cuchillo de hierro pulido salía cambiado de color como si fuese de cobre. Bastaba sumergir en esa solución un lienzo manchado de sangre de la herida que se quería curar, y mantener el agua en una temperatura templada, para que enseguida la herida, por lejos que se encontrase del lugar de la experiencia, sintiese un gran alivio

20 Joseph Roy, autor de un libro apasionante, La sangre, potencia de vida, verdadera bomba anticonformista, que hace estallar la

que se continuaba hasta la cicatrización completa.

La dificultad de procurar vitriolo me impidió hasta el presente verificar la eficacia de ese remedio del cual tengo la receta. Pero no desespero hacer un día la experiencia. Si tiene éxito, será una prueba más de que, por la sangre dada, se puede actuar sobre la fuente humana de la cual proviene.

Si fracasa, tendrá una razón bastante buena para dudar del valor del remedio, pero también para destruir mí convicción, apoyada en innumerables constataciones, de que la sangre es el más seguro agente de trasmisión a la distancia, capaz de establecer relaciones de interdependencia entre dos seres alejados.