En mi juventud me ocurrió que transgredí cierta prohibición supersticiosa, y fui castigado durante largos años. Historia particular de la que se puede extraer una moraleja general. Como si yo describiese un accidente de automóvil del cual sería la víctima, para ilustrar un artículo del reglamento de ruta.
Es una aventura de profanador de tumba, que viví hace mucho tiempo. Estaba entonces en Colombia, donde buscaba filones auríferos en compañía de un ingeniero francés llamado V. Nos detuvimos en un pueblito ubicado como un montón de barro al borde de una malsana laguna. Era el último punto habitado nel límite de la selva virgen, la selva tropical que recubre con su enorme marea las pendientes de la cordillera de los Andes. Punto de partida de nuestra expedición, fue allí donde contratamos los mandaderos que nos acompañarían en nuestro viaje de exploración que debía durar varias semanas.
Elegimos cuatro muchachos7 fuertes, mestizos, de pequeña estatura, delgados y nerviosos. Reemplazaban ventajosamente a las bestias de carga que avanzan
difícilmente en la selva montañosa. Cada hombre tenía que llevar una especie de larga canasta sostenida por una correa, que la mantenía en equilibrio sobre las espaldas. Esas canastas, una vez cargadas de provisión (harina de maíz, arroz, poroto colorado, caja de cartucho, pala y pico, batea para lavar el aluvión, y nuestras hamacas para dormir) pesaban, cada, 20kg.
Terminado el preparativo, partiríamos, cuando el alcalde del pueblo dijo: — Tendrían que llevar con al Mudo.
— ¿Qué? ¡El perro de los muertos! — Exclamó V, bruscamente. — ¡Muchas gracias! ¡Ese comedor de carroña nos traería mala suerte!
— ¡Bah!, replicó el alcalde. La gente del pueblo es supersticiosa. Tiene miedo del Mudo porque su garganta está cerrada y habla como los animales. Se lo acusa de ser necrófago y lo llaman el perro de los muertos, porque tiene un olfato extraordinario para descubrir los viejos cementerios indígenas cubiertos por la selva. Justamente la región que iréis a visitar está llena de ésos. Si abriendo las tumbas se encontraría allí más polvo de oro que lavando el aluvión al pie de la Teta, añadió mientras señalaba el pico lejano que tenía la forma de un seno de gigante y que dominaba la cadena de montañas cerrando el horizonte al oeste. Creed, el Mudo es un valiente muchacho y su servicio os será más útil que toda esa ciencia de buscador de oro.
Oí hablar sobre los cementerios de los indios precolombinos. Son los únicos vestigios de las tribus que vivieron en la cordillera antes de la conquista española. Los arqueólogos que tienen la suerte de descubrir tales sepulturas pueden hacer allí asombrosos descubrimientos. La costumbre entre los indígenas consistía en enterrar al muerto con todas sus riquezas: El pro en polvo o en pepitas, sus armas, sus vestidos, las alhajas, las herramientas, los utensilios de uso casero. En esas regiones actualmente inhabitadas e inexploradas, las tribus se extinguieron hace varios siglos sin dejar rastro ni herencia. Sólo quedan los antiguos cementerios, inviolados mientras no son conocidos. Es difícil los encontrar bajo la marea vegetal que los recubre. Es nel lugar cuando se los comienza a reconocer: Siempre están ubicados sobre una elevación del terreno que hace de línea divisoria ubicados entre varios valles, con una abertura hacia el leste y hacia el oeste.
Un guía se ofrecía para nos conducir al terreno mismo. No había que lo rechazar con el ridículo pretexto de que tenía el mal de ojo. Insistí esforzadamente ante V, para llevar Mudo con nosotros.
No sin dificultad, mi amigo consintió:
— De acuerdo. Pero que la maldición caiga solamente sobre ti. Es un sacrilegio turbar a los muertos en su último sueño, sobre todo cuando se trata de sepultura precolombina, vestigio de una civilización impregnada de magia, protegidos por los encantamientos que los siglos refuerzan en vez de disipar.
Esa amenaza me hizo sonreír, y acepté sin remordimiento el hecho de asumir todo el riesgo.
Vestido de harapo, tocado por un sombrero de paja deshilachada, rengo, de una delgadez inquietante, el Mudo tenía el aspecto temeroso y erizado de un perro perseguido.
—¿Vienes con nosotros? Asintió con un gesto.
— ¿Puedes llevar una carga?
Señalando uno de los cestos, hizo señas de que no. Pero mientras tocaba con respeto el fusil que yo llevaba en bandolera, hizo señas de que sí.
— ¿Sabes adónde vamos? — Dijo V — Hasta el pie de la Teta. ¿Conoces algunos cementerios allí?
Su mímica significó Puede ser.
— La región está deshabitada. ¿No es cierto. No hay indio en ese paraje? Como toda respuesta, el Mudo se puso a reír y rascó el suelo con el pie. — Está bien. — Concluyó V — Un peso por día y la comida. En marcha.
El sacrilegio
Luego de tres días de marcha dejáramos la zona de jungla inextricable donde sólo se podía avanzar cortando camino a machete. La vegetación es tan lujuriosa, tan hostil, tan viva, que al usar el machete se tiene la sensación de herir a un ser monstruoso. Entonces llegamos a los primeros contrafuertes de la cordillera, nel dominio de la auténtica selva virgen que no se parece a la imagen que uno puede formar leyendo las novelas de aventura y las tiras ilustradas. En realidad es una oquedad gigantesca, una barahúnda de enormes troncos cuya cúpula de opaco verdor, cerrada a 50m hacia el cielo, impide el paso de los rayos solares. Una oscuridad casi completa reina al pie de los árboles. Solamente los más fuertes para crecer hasta la luz sobreviven. Todas las otras plantas mueren ahogadas y depositan nel suelo un colchón cada vez más espeso de podredumbre vegetal, un humus que forma el más blando y más sordo tapiz.
Al séptimo día de marcha, desembocamos al salir de la selva en una planicie rocosa, especie de sabana de hierba seca que el sol devoraba. El Mudo, que hasta entonces nos siguió dócilmente, comenzó a se agitar. Husmeaba el aire como un perro, temblaba rascando el suelo con el pie desnudo. Corrió tras V, que guiaba nuestra marcha con la brújula, le tiró de la manga y le hizo seña de doblar hacia el sur.
Seguimos al rengo. Nos condujo a un montículo desnudo desde donde se descubrían tres valles, toda la inmensidad de la selva que acabábamos de atravesar y de aquella que nos separaba todavía de la Teta, punto culminante de la cadena tras de la cual se ponía el Sol.
Mudo lanzó un gruñido de placer. Una gran risa silenciosa descubrió sus dientes podridos.
— ¡Indios! Pudo articular mientras señalaba con su dedo tembloroso pequeñas elevaciones de terreno casi imperceptibles, esparcidas como al azar sobre el montículo.
— ¿Cómo sabe que es el emplazamiento de un antiguo cementerio? —pregunté a V — Ningún ser humano puso el pie en esa región desde hace siglos.
— ¿Qué importa cómo sabe? Lo que es seguro es que sabe. Si todavía estás de acuerdo en desafiar la maldición, verificaremos y a abriremos las tumbas que indicar.
Elegimos la elevación más importante y mejor situada. V pretendía que ésa era, seguramente, la tumba de un jefe y que descubriríamos en ella un tesoro. Los muchachos, con alguna repugnancia, se pusieron a trabajar.
Un sordo malestar se apoderó de mí cuando los primeros golpes de pico atacaron el túmulo. ¿Escrúpulo? Sería digno de risa. El sueño de aquellos muertos no podía ser turbado. Confundido con la tierra, el fino polvo que los siglos formó con sus huesos y su carne ni sería reconocible. ¡Adelante entonces, nada de remordimiento!
Comenzamos dos cortes perpendiculares que debían se unir nel centro del túmulo, nel lugar donde, sin duda, fue enterrado el jefe indio.
De acuerdo con las tribus, la manera de sepultar es diferente. A veces el muerto era ubicado en una especie de pequeña rotonda, en las paredes de la cual había huecos a manera de estantes donde se depositaban las riquezas de los difuntos, sus armas y sus cacharros. Otras simplemente se lo extendía nel suelo y se lo recubría de un montículo de piedras y de tierra mezclada.
Luego de una jornada de grande esfuerzo, los cortes se unieron con el nicho redondo que sirvió de tumba. Podíamos delimitar exactamente su contorno.
El Mudo, que era presa de una agitación extraordinaria, no quiso dejar a alguien el trabajo de levantar el escombro. Resoplaba como un perro, rascaba el suelo con pequeños golpes precipitados, gruñía, hipaba, bajo la mirada reprobatoria de los muchachos. Bajo sus garras apareció un diminuto cacharro con delicadas molduras. V saltó y se apoderó de ella. Con precaución, arrojó la tierra que contenía en una batea. Un polvo amarillento rodó mezclado con la arenilla y el mantillo. V profirió un grito de victoria: ¡Oro. Oro! En efecto, era polvo de oro, toda la fortuna que sirvió al jefe indio para comprar un buen pasaje al otro mundo.
Encontramos también algunos sílex tallados que servirían como puntas de flecha, un guijarro groseramente esculpido en forma de corazón, y finalmente un objeto alargado y chato, de oro duro, cincelado con arte, que podía ser un talismán o una fíbula.
Todas las tumbas de ese pequeño cementerio fueron abiertas sucesivamente. Algunas estaban vacías, otras contenían algunos objetos y un poco de polvo de oro.