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Rompamos las cadenas

Las comunidades de oración, en cuya eficacia muy poderosa creo, no se deben confundir con esas ridículas cadenas epistolares a las cuales las personas crédulas y pusilánimes se creen obligadas a proseguir para que circulen alrededor del mundo.

Se trata siempre de una carta anónima que encarga a su destinatario la confección de decenas de copias para las enviar a parientes y amigos. Si se lleva a cabo esa tarea con los plazos previstos se recibirá una agradable sorpresa tal como mejoría substancial de la situación, importantes ganancias en la lotería, éxitos sentimentales, qué sé yo... Si no, se prometen las peores catástrofes, como las desgracias cuyos ejemplos cito: M Tartempion, que rompió la cadena, vio su casa destruida por un incendio y sus padres morir carbonizados. Señor Machin, escéptico o descuidado, no envió el número de copias requerido y fue muy pronto castigado perdiendo su trabajo. Tales son algunos de los castigos que se abatirán sobre los que rechazaron ceder a ese irrisorio chantaje a la superstición. Chantaje que no cae, ¡ay!, bajo el castigo de la ley, y al que a menudo las personas supersticiosas no se animan a resistir, así perdiendo tiempo en copiar decenas de veces un texto absurdo, y su dinero para estampillar ese correo que será utilizado en buscar nuevas víctimas.

Nel origen de esas tonterías hay siempre un bromista. Pero como él no obtiene satisfacción ni provecho de su broma, de la que no puede constatar los efectos ni las desgracias sobre los destinatarios sucesivos, tenemos derecho a pensar que ese bromista es una especie de enfermo mental, un vicioso, un perverso, gozando con la imaginación (la mala pasada) que juega a millares de personas.

Algunos humoristas afirman que el ministro de correo y telecomunicación en persona sería el inspirador de esas cadenas que hacen ganar tanto dinero a su administración. Quienquiera que sea, en tanto se encuentre con personas supersticiosas que acepten se plegar a sujeciones de ese género, las cadenas siguen dando vueltas alrededor de la Tierra. ¡Rompámoslas cuando pasen a nuestro alcance. No lo dudemos! Aseguro que no seremos castigados, sino más bien recompensados por un rebrote de suerte, por haber detenido la propagación de una estupidez y sacudido el yugo de un conformismo supersticioso.

La última cadena que recibí y arrojé al canasto tenía una originalidad: Venía supuestamente desde Venezuela y fue escrita por san Antonio y por sus misioneros

llegados al sur. Es difícil conservar la seriedad leyendo tales estupideces. Pero creo que

no es inútil aparte de la diversión que encontramos en eso, llevar más a fondo el análisis de esos textos.

Una vez más nos encontramos aquí confrontados con una de esas verdades convertidas en locuras de las cuales hablaba GK Chesterton. Pues esas cadenas no son más que una forma abusiva y deformada de la cadena de plegaria cuya eficacia, nel plano religioso, no es cuestionable.

Es cierto que el poder de la plegaria se multiplica con el número de los orantes. La plegaria en común es más fuerte que la plegaria solitaria. Más numerosos son los fieles reunidos para rezar con una misma voz y una misma intención, más probabilidad tiene su plegaria de ser satisfecha. Los peregrinajes no tienen otra razón de ser, los milagros son allí más fáciles, pues un verdadero campo de fuerza, como dicen los físicos, es creado por las vibraciones, el estremecimiento de millares de sensibilidades exacerbadas por la fe y las invocaciones. Las reuniones de fieles en una iglesia, como la reunión de los adeptos de una secta, produce una resonancia y un impulso análogos a los que un acontecimiento deportivo o político puede provocar en la multitud de un estadio o de un mitin.

Si bajamos la tonalidad de esas manifestaciones hasta el grupo de amigos reunidos porque desean en común la realización de algo bien preciso llegamos al círculo mesmeriano o a la egregor, que es la unidad de trabajo más cara a los ocultistas.

Los poderes de tal egregor son inmensos. En cuanto a los resultados de los esfuerzos cumplidos en común, dependen de la intensidad con la que las voluntades se apliquen a la concordancia o más bien de la armonía que se establezca (natural o artificialmente) en las longitudes de onda y las modulaciones de frecuencia de los diferentes participantes, y finalmente de la pureza de sus intenciones.

Habiendo dado esas precisiones, de una manera de la que no pudieron ser excluidas la pedantería y la impropiedad, se comprenderá mejor por qué y cómo almas piadosas llegaron a inventar esas cadenas destinadas en principio a encerrar la Tierra en una red de plegaria, a conjugar los llamados y las invocaciones de millones de suplicantes hasta que obtengan satisfacción.

Es una invención poética bastante conmovedora, extraño proyecto, a la vez loco y realista, esa búsqueda a gracia por correspondencia, esa bola de nieve de plegaria, más una avalancha capaz de acabar con todas las reticencias, de obligar a Dios a las satisfacer.

Desdichadamente, la primitiva cadena de plegaria fue suplantada por la superstición. Un texto absurdo, adecuado a un chantaje a la suerte, una empresa que no tiene sentido, que a nadie compromete y que no puede conducir a logro beneficioso.