nuye con el transcurso del tiempo. Este tipo de felicidad puede ejemplificarse, según Reiss, en la creación de relacio- nes estrechas y firmes o en la adopción de la estructura conceptual de una reli- gión o de una cosmovisión.
Mihaly Csikszentmihalyi, del depar- tamento de psicología de la Universidad de Chicago, abordó el tema desde una perspectiva totalmente distinta. Compro- bó que los sentimientos de felicidad pro- fundos y satisfactorios surgen cuando los individuos se implican concentrada- mente y con éxito en una misión exigen- te. Para este estado Csikszentmihalyi acuñó el concepto de fluencia o experien- cia óptima. Es una actividad en la que estamos tan inmersos que nos absorbe por completo y nos olvidamos de noso- tros mismos y del mundo a nuestro al- rededor. Se da sobre todo con el trabajo creativo — escribir una novela o pintar un cuadro—, así como con el juego y las tareas que requieren un alto grado de concentración y de esfuerzo intelectual.
Presión fatal por alcanzar la dicha
Las acciones que llevan a la fluencia se ejecutan sin otro objetivo que ellas mis- mas. Aquí el concepto de fluencia se ase- meja al concepto de felicidad basado en los valores, de Reiss. Dando un paso adelante Csikszentmihalyi se opone a una concepción muy extendida según la cual la felicidad depende de las ca- sualidades, sin que el individuo pueda influir en ella. Todo lo contrario: la fluen- cia se da con una acción encaminada a un fin. En todo caso el requisito de las experiencias de fluencia es tener el valor de enfrentarse a los desafíos. Lo que implica dejar de lado la seguridad y las rutinas protectoras cotidianas.
Sin embargo, los intentos psicológi- cos por aclarar estos fenómenos no abren las puertas a un camino real hacia la feli- cidad personal. Al final de todo, esa emo-
ción sigue siendo algo misterioso que no- sotros no podemos componer mediante un juego psicológico de construcciones. Por ejemplo: las sensaciones desbor- dantes al reencontrar a un pariente que se creía perdido hacía tiempo; o el sen- timiento de felicidad indescriptible de una persona locamente enamorada cuando se percata de que su amor es correspon- dido. Estos terremotos emocionales se sustraen en gran parte al estudio de los investigadores de la felicidad, por la sen- cilla razón de que son difícilmente repro- ducibles. Es decir, la felicidad es al fin y al cabo un estado reservado aparente- mente a momentos muy especiales de la vida y que se presenta cuando menos la esperamos o la añoramos.
Esta inasibilidad de la felicidad fascinó a Helene Deutsch (1884-1982). Según esta psicoanalista norteamericana de ori- gen austríaco y discípula de Freud, el sentimiento de felicidad presupone una armonía de la personalidad entera, una conjunción armónica de todos los com- ponentes del propio yo, que lleva a un sentimiento de unidad no obstaculizado por ninguna influencia interna ni externa. Con esta definición anticipó en parte el concepto de fluencia, medio siglo antes de que lo formulara Csikszentmihalyi.
En opinión de Deutsch, el ansia de fe- licidad emana siempre de una insatis- facción. La plena felicidad llevaría con- secuentemente a la paralización; si uno ya es feliz, ¿por qué cambiar las cosas? Por eso mucha gente experimenta una inmensa felicidad tras una fase de desgra- cia, estrés o sufrimiento anímico. Evi- dentemente ser feliz es siempre una expe- riencia de contrastes y se corresponde con las subidas y bajadas de la vida misma. La verdadera felicidad describe el proceso desde su origen, más que el estado de esa especial unidad entre el indi- viduo y el mundo. El camino a la fe- licidad ya es en sí la meta.
Esta característica de la felicidad aflora de modo especial en la sexualidad hu- mana. La aspiración humana a la felici- dad se refleja como fotos con cámara rápida en el ciclo del apetito sexual a lo largo de las fases de deseo, excitación, orgasmo y saciedad. La felicidad sexual se agota en cuanto sobreviene. A los filó- sofos no les deja de preocupar que la
máxima satisfacción coincida con su final y dé lugar al vacío, la saturación o la apatía, hasta que retorna la pulsión de satisfacción.
Es posible que la estricta reglamen- tación social de la sexualidad a lo largo de la historia de la humanidad no fuera sólo la obra de moralistas fanáticos. ¿No cabe la posibilidad de que esa reglamen- tación sea la que nos proporcione una ver- dadera felicidad sexual? Pascal Bruck- ner constata hoy en día una auténtica obligación, una necesidad de dicha, que afecta de manera muy especial a la sexua- lidad. Frente a esta realidad, él considera posible la felicidad sólo episódicamente y limitada en el tiempo.
Expresión facial de la felicidad
Aunque no sea un verdadero consuelo para los afectados parece que no se pue- den evitar los períodos de infelicidad. Quien tenga que soportar una de estas fases durante mucho tiempo debería estudiar de cerca los resultados de en- cuestas psicológicas hechas a indivi- duos con distintos tipos de felicidad. Según sus propias informaciones, las fuentes más importantes de la felicidad se resumen en evitar el estrés y buscar alternativas a las ocupaciones del día a día. Pero si todo esto no es suficiente, basta con un truco sencillo: mostrar conscientemente una expresión facial feliz irradiante de alegría. Y ya que la gesticulación puede repercutir en la ges- tación de emociones en nuestro cere- bro, una expresión facial determinada puede elevar a menudo el estado de ánimo, sin recurrir a las drogas o a cos- tosos programas de autoanálisis.
UWE HARTMANN, UDO SCHNEIDER y HINDERK M. EMRICH son catedráticos del departamento de psiquiatría clínica y psi- coterapia en la Facultad de Medicina de Hannover.
FLUENCIA. DAS GEHEIMNIS DES GLÜCKS. (8ª edic.). M. Csikszentmihalyi. Klett- Cotta; Stuttgart, 1999.
EMOTIONSPSYCHOLOGIE. Dirigido por J. H. Otto, H. A. Euler y H. Mandl. Beltz; Weinheim, 2000.
VERDAMMT ZUMGLÜCK- DERFLUCH DERMO- DERNE. P. Bruckner. Aufbau Verlag; Berlín, 2001.
DIE GLÜCKSFORMEL. S. Klein. Rowohlt; Reinbeck, 2002.
ANLEITUNG ZUM UNGLÜCKLICHSEIN. (24ª edic.). P.Watzlawick. Piper; Munich, 2002. Bibliografía complementaria
FUENTE
: P. ROAZEN,
FREUDS LIEBLING HELENE DEUTSCH
3.
INCONCEBIBLE.Según Helene Deutsch (1884-1982), psicoanalista norteamericana de origen austriaco, la aspiración a la felicidad tiene su punto de arranque en una creciente insatisfacción.
Lynn Dicks
S
e dice que, en cuestión de amo- res, los opuestos se atraen. Pero eso no coincide con los resulta- dos de las investigaciones diri- gidas por David Perrett. En el Instituto de Psicología de la Universidad de St. Andrews, los iguales atraen infalible- mente a los iguales. Y aunque aquí no se trate de atracción sexual, sino de estu- diantes mirando en las pantallas de los ordenadores a hipotéticos compañeros de pareja, los resultados de Perrett han levan- tado una auténtica polvareda.David Perrett es conocido por su habi- lidad en la transformación informática de rostros humanos; maestra fue su labor en la conversión gradual de Margaret Thatcher en John Major. Pero le intere- sa, sobre todo, aplicar esa capacidad con- figuradora a la investigación psicoló- gica. Desde hace más de diez años, Perrett y su equipo vienen realizando tests como el siguiente: colocan a grupos de estu- diantes ante las pantallas del ordenador y les presentan largas series de rostros. Deben luego responder preguntas sen- cillas, aunque elocuentes; por ejemplo: de los rostros observados, ¿quién es el que más te gusta?
Con su trabajo se proponen extraer las características comunes esenciales de rostros atractivos. Al igual que otros equipos de psicólogos, Perrett y sus cola- boradores se encontraron que las perso- nas de perfil normal tienen algo espe- cial que atrae a los demás. Entrecruzando muchas caras se obtiene una mezcla ano- dina, pero curiosamente atractiva. Y este resultado obtiene mejor calificación que incluso el más bello de todos los sem- blantes.
Como sucedió con los otros grupos de trabajo, a los psicólogos escoceses les llamó la atención que las valoraciones eran más altas cuando exageraban deter- minadas características de los rostros representantes del promedio. Si acen- tuaban la frente o la barbilla de un hom- bre o si aumentaban las proporciones del mentón, surtía de pronto el efecto seduc- tor del joven Marlon Brando. Si al mez- clar los rasgos del semblante femenino se hacía la cara un poco más plana y alar- gada, la barbilla más pequeña y se resal- taban los pómulos —piénsese en Audrey Hepburn— subían también bastante los valores en la escala de las preferencias. Todo esto apunta a que nuestros detec- tores de belleza están sintonizados para reaccionar ante una especie de rostro “ideal”.
Pero había ahí un fenómeno curioso. Si Perrett fotografiaba la cara de los pro- bandos y mediante un programa infor- mático modificaba los rasgos asociados al sexo, los probandos ¡se quedaban loca- mente prendados de su doble alterado! Con una peculiaridad asombrosa: jamás reconocían en la foto manipulada una versión feminizada o masculinizada de sí mismos. Sí sentían que presentaban un no sé qué que les atraía.
Los psicólogos creen ahora saber en qué consiste este enigmático factor de belleza. Sin tener de ello conciencia, no nos vemos a nosotros, sino a nuestros padres. Con lo que podría haber un átomo de verdad en la idea freudiana según la cual la huella de nuestros padres queda impresa durante la fase receptiva de nues- tra vida y buscamos, luego, compañeros