Myc:¿Podría ilustrar estas reflexiones con un ejemplo?
Maturana: Pongamos el ejemplo de un
vuelo a ciegas. Imagínese un piloto que, sentado en su cabina, dirige un avión en medio de una obscuridad total. No tiene acceso inmediato al mundo exterior, no ve el suelo a sus pies ni los posibles obs- táculos, por ejemplo, las montañas. Pero tampoco lo necesita, pues actúa por lo que le indican los instrumentos de a bor- do. Si los datos cambian, el piloto hace un uso adecuado de sus instrumentos.
Myc:¿Está diciendo que vuela con segu- ridad sin orientarse por el mundo exterior?
Maturana: Exacto. Si el piloto aterriza
sano y salvo, empiezan a aparecer los ami- gos y colegas que, observadores inde- pendientes y externos, han seguido lo ocurrido. Le felicitan por el feliz aterri- zaje y le hablan de la espesa niebla y peli- grosa tormenta que tan brillantemente ha superado. Probablemente nuestro piloto responda sorprendido: “¿Qué tormenta? ¿Qué niebla? ¡Yo simplemente me he li- mitado a utilizar mis instrumentos!”
Es decir, el suceso exterior, tal como lo perciben los observadores externos, ha sido del todo irrelevante para el desarro- llo en el interior del avión. Con este ejem- plo se aclaran los límites de nuestro cono- cimiento.
Myc:¿Insinúa usted que todos nosotros pasamos por la vida como pilotos en una cabina de avión y que, por tanto, esta- mos encerrados en mundos separados? ¿Se asemeja el conocimiento a un vuelo a ciegas permanente?
Maturana: En cierto sentido, sí.
Myc:Pero, ¿cómo lo sabe? Pues, si no podemos identificar los límites del cono- cimiento, entonces no habría límites.
Maturana: Exacto. Sólo hay una condi-
ción que nos permite caer en la cuenta de nuestra ceguera: hemos de conocer las limitaciones de la percepción. Así pues, no debemos seguir estando ciegos a esta concepción. Pero en mi ejemplo no se trataba de esto. Para el piloto del vuelo a ciegas, que simplemente se sirve de sus instrumentos, no existen en absoluto lími- tes del conocimiento. Sólo un observa- dor externo puede hablar de un límite; alguien que tiene acceso a su propio mundo como también a lo que sucede en la cabina del piloto. Este observador ha de com- parar las condiciones en el interior de la cabina del avión con lo que sucede en el mundo exterior y relacionarlos entre sí. O sea que, en cierto sentido, tiene un doble punto de vista o doble visión.
Myc: Pero este observador que puede des-
cribir los límites perceptivos del piloto encapsulado, ¿sería un realista en el sen- tido tradicional o no? Al fin y al cabo, conoce la realidad que está oculta al piloto, por ejemplo, la niebla en el exte- rior del avión.
Maturana: ¡Ojo! ¿Cómo sabe el obser-
vador que él mismo no está sentado en una especie de cabina en un mundo en el que existen pilotos de vuelo a ciegas, a los que se puede observar con una doble visión? Tan sólo si se puede excluir con absoluta seguridad esta posibilidad, podría hablar de un saber limitado del piloto. Sólo en ese caso podría, de ver- dad, fijar los límites del conocer. Sin embargo, yo le podría objetar que él se limita a comparar dos ámbitos distintos, pero no un mundo real y un mundo pura- mente construido.
HUMBERTO MATURANA investiga la base fisiológica de nuestra capacidad cognitiva.
INSTITUTO PARA LA FORMACION Y TUTORIA SISTEMATICAS, 1
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Olaf Schmidt
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os molinos de Dios muelen des- pacio, reza un adagio alemán. A veces, la ciencia opera también de acuerdo con ese principio. Hasta hace poco, admitíase que en el cerebro de un mamífero adulto no podían formarse células nuevas; y ello, a pesar de que hace ya cuarenta años aparecieron infor- mes que contradecían tan arraigado dogma. Vino luego a aceptarse que, en dos regiones cerebrales al menos, se de- sarrollaban, a partir de células madre, nuevas neuronas en edades avanzadas de la vida; se trata del área olfatoria, que recibe y procesa la información de las células olfatorias, y del llamado hipo- campo, que desempeña un importante papel en los procesos de aprendizaje y de memoria.Sigue abierto el debate sobre la posi- bilidad de neurogénesis en otros luga-
res. En particular, si se da en la corteza cerebral. No es cuestión baladí: allí inter- vienen las funciones superiores, es decir, el habla, la planificación del futuro y la conciencia del yo.
En realidad, la formación de células nuevas en la corteza no entraña sin- gularidad alguna. En 1999, Elizabeth Gould y su grupo, de la Universidad de Princeton, afirmaron haber hallado indi- cios de neurogénesis en la corteza cere- bral de mamíferos adultos. Inyectaron intravenosamente en macacos adultos bromodesoxiuridina (BrdU), molécula que acostumbra emplearse para iden- tificar células de reciente formación. Cuando una célula del organismo se di- vide y duplica su ADN, la BrdU se in- troduce en el material genético recién constituido. En consecuencia, después de una inyección de BrdU todas las célu- las neoformadas portan esta sustancia en sus núcleos. Si observamos con el microscopio un corte tisular, podemos identificar las nuevas células; basta uti- lizar una sustancia fluorescente que se fija exclusivamente a las moléculas de BrdU.
Con ayuda de otros marcadores que se fijan específicamente en las neuronas, los investigadores sostienen haber des- cubierto neuronas entre las células neo- formadas en la corteza de monos. Afirman que determinadas células precursoras, procedentes de otras regiones del cere- bro, emigran a la corteza y allí maduran hasta convertirse en neuronas.
Este descubrimiento afecta a las bases biológicas de nuestras facultades supe- riores. Nada tiene de extraño que haya despertado interés y escepticismo, a par- tes iguales. David Kornak, del hospital clínico de la Universidad de Rochester,
y Pasko Rakic, de la Universidad de Yale, repitieron los experimentos de los neu- rólogos de Princeton. Trabajaron también con macacos y aplicaron los mismos métodos de marcado de ADN y de célu- las; corroboraron la presencia de neu- ronas.
Se tambalea una imagen del mundo
Con esa ratificación, parecía, en princi- pio, confirmarse los descubrimientos de Gould. Sin embargo, un estudio tridimen- sional meticuloso a través del micros- copio confocal demostró que lo que se- mejaban neuronas neoformadas eran, en realidad, grupos celulares muy com- pactos, donde había células de diversos tipos.
El marcador celular había teñido las neuronas, pero la BrdU se encontraba sólo en las vecinas células de microglía. Estas últimas no son neuronas, sino otras célu- las del sistema nervioso central que les ayudan en sus funciones. Se trata de célu- las que, se sabía, se renuevan incluso en animales adultos.
Muchos neurólogos respiraron ali- viados. No tenían que cuestionarse la doctrina recibida. Lo contrario sí plan- teaba problemas. Por regla general, des- pués de sufrir heridas u otras alteraciones quedan en la corteza daños irreparables. Si crecieran allí nuevas neuronas cabría esperar que, al menos en parte, la lesión pudiera restañarse.
Pero la cuestión no está cerrada. Fred Gage, del Instituto Salk de La Jolla, apunta que, con los métodos actuales, no es posible explorar todos los lugares del cerebro donde puedan formarse neuro- nas. Espera que en el futuro se disponga de mejores procedimientos.
Casi como efecto colateral vuelve a centrarse la atención en las condiciones vitales de los animales de experimen- tación. Un entorno estimulante puede suponer un fuerte estímulo para la neu- rogénesis en el hipocampo. En cautivi- dad, los monos suelen hallarse confi- nados en aburridas jaulas, que no incitan a nada.
MULTIPLICACION CELULAR EN EL CEREBRO DE LOS MONOS. Es evidente que un ambiente natural estimula a los macacos más que una aburrida jaula. La libertad pudiera instar la neoformación de células cerebrales.
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