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LOS ASIOAMERICANOS Y EL IDEAL EXTROVERTIDO

In document El poder de los introvertidos.pdf (página 144-161)

Es posible sacudir el mundo con un gesto apacible. MAHATMA GANDHI

Un día soleado de la primavera de 2006, Mike Wei, estudiante de los cursos superiores del Instituto Lynbrook, centro de educación secundaria cercano a la ciudad californiana de Cupertino, me refiere su experiencia en calidad de alumno asioamericano[1]. Viste el atuendo deportivo propio de la juventud estadounidense: pantalones de lona de color caqui, cazadora y gorra de béisbol; pero su rostro afable y serio y el bigotillo ralo le confieren el aire de un filósofo en cierne, y el tono de voz que emplea es tan suave que me veo obligada a inclinarme hacia delante para oírlo.

«En clase —asevera— me interesa mucho más escuchar lo que dice el profesor y ser aplicado que hacer de payaso de la clase o relacionarme con mis compañeros. Si el ser sociable, gritar o dar la nota van a afectar a la educación que estoy recibiendo, más me vale centrarme». Lo dice como si nada, aunque todo apunta a que sabe bien que entre los estadounidenses no es corriente su actitud, que él afirma deber a sus padres. «Si tengo que elegir entre hacer algo por mi cuenta, como salir con los amigos, y quedarme estudiando en casa, pienso en ellos, y eso me da la fuerza necesaria para seguir esforzándome. Mi padre me dice que, si su trabajo es la programación informática, el mío es estudiar».

Su madre le ha enseñado lo mismo. Esta antigua profesora de matemáticas, que ejerció de criada cuando su familia emigró a Norteamérica y memorizaba palabras del vocabulario inglés mientras fregaba los platos, es, a su decir, una persona tan callada como resuelta. «Es muy propio de la cultura china cuidar así de tu propia educación. Mi madre tiene la clase de fuerza que es invisible a muchos». Todo apunta a que el señor y la señora Wei están orgullosos de su hijo. El nombre de usuario de su correo electrónico es A-student («alumno de sobresaliente»), y acaba de ganarse un puesto, por demás codiciado, en la Universidad de Stanford para el curso que viene. Pertenece a la clase de alumno reflexivo y entregado del que podría estar satisfecha cualquier comunidad académica; y sin embargo, al decir de un artículo titulado «The New White Flight». («El nuevo éxodo blanco»), aparecido seis meses antes en The Wall Street Journal, las familias blancas están abandonando Cupertino a la desbandada precisamente por muchachos como él. Lo que impele su huida es el temor a los impresionantes hábitos de estudio de los alumnos asioamericanos y a las calificaciones que obtienen, que tan alto ponen el listón a sus hijos. «Allí —refería, al parecer, cierto alumno procedente de un instituto de la ciudad—, si eres asiático, tienes que confirmar que eres listo, y si eres blanco, tienes que demostrarlo[2]».

Sin embargo, el artículo no se detenía a analizar lo que subyacía a tan espectacular rendimiento académico, y la curiosidad por determinar si semejante tendencia era reflejo de una cultura ajena a los peores excesos del ideal extrovertido —y, de ser así, qué rasgos presentaría— hizo que me resolviera a viajar allí para averiguarlo.

De entrada, Cupertino parece la encarnación del sueño estadounidense. En sus distritos empresariales consagrados al ámbito tecnológico viven y trabajan muchos inmigrantes asiáticos de primera y segunda generación. El cuartel general de la Apple Computer está en el número 1 de la calle Infinite Loop, y para llegar al de Google, sito en Mountain View, apenas hay que bajar una carretera. Recorren sus avenidas automóviles cuidados con pasmoso esmero, y los pocos peatones que se ven llevan ropa recién planchada de colores vivos y blancos agradables. Las casas, bajas y no muy atractivas, cuestan un ojo de la cara; pero quienes las compran lo hacen convencidos de no estar pagando un precio muy elevado si sus hijos pueden beneficiarse del afamado sistema de enseñanza pública de la ciudad, conformado por criaturas destinadas a matricularse en las universidades de la Liga de la Hiedra.

De los 615 alumnos que se graduaron en 2010 en el instituto de Monta Vista (de los cuales el 77 por 100 está conformado por asioamericanos, conforme a los datos que ofrece la página web del centro, disponible también en chino), 53 llegaron a la semifinal del programa nacional encargado de valorar los méritos escolares y conceder becas a los estudiantes más destacados[3]. La nota media combinada de todos los estudiantes de dicha escuela que se presentaron a las pruebas de acceso a la universidad en 2009 alcanzó los 1.916 de 2.400, lo que supone un 27 por 100 más que la media nacional.

Los alumnos más respetados de este instituto no son necesariamente atléticos ni vivaces, a juzgar por los que allí conozco, sino estudiosos y, en ocasiones, callados. «Aquí se admira la inteligencia, y da igual que uno sea raro», me asegura un alumno de segundo curso de ascendencia coreana llamado Chris. Me refiere la experiencia de un amigo suyo cuya familia pasó dos años en una ciudad de Tennessee en la que apenas vivían personas de origen asiático. Al muchacho le gustó, pero sufrió un tremendo choque cultural. En el destino nuevo «había gente inteligentísima, pero siempre estaba sola, y aquí los más listos suelen tener un montón de amigos porque pueden echarles una mano con los estudios».

La biblioteca es en Cupertino lo mismo que el centro comercial o el campo de fútbol en otras ciudades: uno de los centros no oficiales de la actividad civil. Los adolescentes se refieren en tono jocoso al hecho de estudiar como «hacer el rarito». Jugar al fútbol americano o hacer de animadora no constituyen actividades particularmente respetadas. «Nuestro equipo da pena», señala Chris de buen humor. Aunque los últimos resultados son más impresionantes de lo que da a entender, todo apunta a que para él reviste una significación simbólica el hecho de no destacar en deportes.

«Hasta cuesta decir que sean jugadores si los ves fuera del campo —explica—: ni siquiera llevan chaqueta y se juntan con todos. En la graduación de un amigo mío pusieron un vídeo, y él me decía: “No puedo creerme que hayan sacado a los jugadores y a las animadoras”. Aquí no nos mueve mucho eso».

Lo mismo me dice Ted Shinta, profesor y monitor del grupo de robótica de Monta Vista: «Cuando yo estudiaba, ni siquiera te sentías con derecho a votar en las elecciones del instituto si no llevabas la chaqueta de una universidad. En la mayoría de los centros había un grupo popular que avasallaba a los demás; pero aquí, los que pertenecen a ese conjunto no ejercen ningún poder sobre sus compañeros. El alumnado está demasiado centrado en lo académico para eso». Cierta orientadora universitaria local llamada Purvi

Modi se muestra de acuerdo con él: «Aquí nadie desprecia a los introvertidos. No solo los aceptan, sino que en algunos casos hasta los respetan y los admiran. Está bien visto ser campeón de ajedrez o tocar en la banda». Como en todas partes, se da también todo un abanico de personalidades extrovertidas e introvertidas; pero se diría que aquí la población tienda un tanto más al extremo retraído de la escala. Cierta joven chinoamericana que está a punto de comenzar la carrera en una universidad de la Costa Este ha reparado en este fenómeno después de mantener contacto en línea con algunos de sus futuros compañeros, y no puede menos de preocuparse por lo que le deparará la vida fuera de Cupertino. «He conocido a un par de personas en Facebook, y es verdad que son muy diferentes — reconoce—. Yo soy muy callada; no soy precisamente de las que organizan fiestas o tienen una vida social animada, y allí todo el mundo parece ser muy sociable y todo eso. Con mis amigos, la cosa es muy diferente. De hecho, ni siquiera estoy segura de que vaya a tener amigos cuando llegue allí».

Una de las personas con las que se escribe en Facebook vive en Palo Alto, no muy lejos de Cupertino, y cuando le pregunto qué diría si propusiera que se viesen este verano, me responde: «Lo más seguro es que le contestase que no. Sería interesante, supongo; pero mi madre no quiere que salga mucho, porque tengo que estudiar». Me maravillan su sentido del deber filial y el hecho de que anteponga las obligaciones académicas a su vida social, aunque lo cierto es que tal cosa no es extraña en esta ciudad. Aquí hay muchos asioamericanos que dicen pasarse el verano estudiando a petición de sus padres, y hasta declinan invitaciones a fiestas de cumpleaños celebradas en julio a fin de poder destacar en las clases de cálculo en octubre. «Debe de ser nuestra cultura — explica Tiffany Liao, estudiante de aire sereno y ascendencia taiwanesa, que estudia su último año de instituto y está destinada a matricularse en la Swarthmore—. “Estudia, afánate y no des la nota”. Lo de ser más callados nos es innato. Cuando era una cría e iba a casa de los amigos de mis padres, no me hacía ninguna gracia hablar. Entonces, me llevaba un libro. Lo usaba como un escudo, y ellos decían: “¡Mira que es estudiosa!”. Y se entendía como un halago».

Resulta difícil imaginar a un matrimonio estadounidense de fuera de Cupertino mirar sonriente a un niño por leer en público mientras los demás se reúnen en torno a la barbacoa. Sin embargo, los padres que se educaron hace una generación en países asiáticos debieron de aprender a adoptar esta actitud callada durante la infancia. En muchas escuelas orientales, los planes de estudios tradicionales concedían una gran importancia a la capacidad para escuchar, escribir, leer y memorizar.

Hablar no forma parte de los objetivos académicos, y de hecho, hasta llega a desaprobarse[4]. «Allí la enseñanza es muy diferente —asevera Hung Wei Chien, madre residente en Cupertino que llegó a Estados Unidos desde Taiwán en 1979 para asistir a cursos de posgrado en la Universidad de California en Los Ángeles—: uno se aprende la materia y se examina de ella. Al menos en mis tiempos, no se apartaban demasiado de la asignatura ni permitían divagar a los alumnos. Al que se ponía en pie para decir una sandez le caía una buena reprimenda».

Hung es una de las personas más divertidas y extrovertidas que he conocido en mi vida. Gesticula con profusión y de un modo expansivo, y no reprime una sola carcajada. Lleva pantalones cortos de atletismo, zapatillas de deporte y adornos de ámbar, y al encontrarse conmigo, me da un abrazo fortísimo antes de llevarme a una confitería para

desayunar. Una vez allí, acompañamos los pasteles con una charla amigable. No deja de ser revelador que hasta ella recuerde el choque cultural que le produjo la primera clase a la que asistió en Estados Unidos. Le pareció muy poco respetuoso participar en el aula por considerar que haría perder el tiempo a sus compañeros. «Yo era la persona más callada del campus —admite riendo—.

El profesor empezaba la clase diciendo: “¡Vamos a debatir!”. Yo miraba a mis compañeros y los veía decir una tontería tras otra, y el profesor los escuchaba a todos con una paciencia infinita. — Mueve la cabeza con un gesto cómico con el que remeda la actitud respetuosa en exceso de sus docentes—. Recuerdo el asombro que me produjo aquello.

Estábamos en clase de lingüística, y los alumnos ¡ni siquiera estaban hablando de lingüística! Yo pensé: “¡Vaya! En Estados Unidos, lo único que hay que hacer para cumplir es echarse a hablar”».

Si ella quedó maravillada por el género de participación que imperaba en las aulas estadounidenses, es probable que sus profesores sintieran la misma perplejidad ante su renuencia a tomar la palabra. Veinte años después de su llegada a Estados Unidos, el San Jose Mercury News publicó un artículo titulado «East West Teaching Traditions Collide». («El choque de las tradiciones docentes en Oriente y Occidente») en el que se analiza la consternación del profesorado ante la actitud remisa que muestran los alumnos de origen asiático como Hung a la hora de participar en las aulas universitarias de California[5]. Uno de ellos ponía de relieve la «barrera de deferencia» creada por la consideración que profesaban a sus enseñantes, y otro proponía hacer que la participación en clase formara parte de la nota de una asignatura a fin de estimularlos a hablar. «Se espera de uno que se rebaje a enseñar como se hace en China por el simple hecho de que haya tantos pensadores que lo superen en grandeza —señala un tercero—. Este es el problema eterno de las clases en las que predominan los alumnos asioamericanos».

El artículo suscitó una reacción apasionada en la comunidad aludida. Hubo quien opinaba que las universidades tenían razón al subrayar la necesidad de que los estudiantes asiáticos se adaptasen a las normas del sistema educativo occidental. «Los asioamericanos están dejando que los pisoteen con su silencio», señalaba un lector del portal de la Red llamado, no sin sarcasmo, ModelMinority.com («minoría ejemplar»). Otros, en cambio, opinaban que no deberían sentirse obligados a hablar y ajustarse al modelo de Occidente.

«Quizá las universidades deberían aprender a escuchar el sonido de su silencio en lugar de tratar de cambiar sus costumbres», escribía Heejung Kim, experto en psicología cultural de la Universidad de Stanford, en un artículo en el que defendía que el de hablar no es siempre un acto positivo[6].

¿Cómo es posible que, a la hora de definir el mismo género de interacción académica, hablen los occidentales de «participación en el aula» y los asiáticos de «decir sandeces»? A guisa de respuesta a esta pregunta, el Journal of Research in Personality ha publicado un mapamundi elaborado por el psicólogo Robert McCrae[7]. Es semejante al que podríamos encontrar en cualquier manual de geografía, aunque no da cuenta «de pluviosidades ni densidades de población, sino de la medida en que se dan los rasgos de

personalidad», y los grises claros y oscuros que lo conforman —estos para representar la extroversión, y aquellos, para la introversión— revelan un panorama «que no deja lugar a dudas: Asia […] es introvertida, y Europa, extrovertida». De haberse incluido también en el mapa, Estados Unidos habría aparecido de gris oscuro: los estadounidenses se cuentan entre las gentes más extrovertidas del planeta[8].

La representación de McCrae podría parecer un ejercicio colosal de estereotipación cultural. Caracterizar un continente entero conforme a determinado tipo de personalidad es incurrir en una burda generalización, pues en la China continental resulta tan fácil dar con gente escandalosa como en Atlanta (Georgia). El mapa tampoco da cuenta de los matices culturales que existen dentro de un mismo país o región. Los pequineses se distinguen de los de Shanghái, y unos y otros, de los seuleses o los tokiotas. De igual manera, describir a los asiáticos como una «minoría ejemplar», aun cuando se haga con intención de halagar, resulta tan limitador y condescendiente como cualquier descripción que reduzca a los individuos a un conjunto de características colectivas. Tal vez tampoco esté exento de controversia caracterizar la ciudad de Cupertino como incubadora de eminencias académicas, por adulador que pueda resultar a algunos.

Sin embargo, aunque no quisiera fomentar ninguna clase de encasillamiento nacional o étnico inflexible, lo cierto es que sería una lástima evitar por entero el tema de la diferencia cultural y la introversión, pues son muchos los aspectos de la personalidad y la civilización asiáticas de los que podría y debería aprender el resto del mundo. Los estudiosos llevan décadas analizando esta diversidad, en particular en lo que atañe a Oriente y Occidente, y sobre todo en lo tocante a la introversión y la extroversión, el único par de rasgos que consideran los psicólogos —quienes en muy contadas ocasiones se ponen de acuerdo llegada la hora de catalogar la personalidad del ser humano— consideran destacado y mensurable en todo el planeta.

Buena parte de estas investigaciones ha ofrecido los mismos resultados que el mapa de McCrae. Así, por ejemplo, cierto estudio que compara a niños de ocho a diez años de Shanghái y del sur de Ontario dio con que los mismos alumnos tímidos y sensibles que se ven discriminados por sus compañeros en Canadá gozan de su admiración en China, en donde es más probable, además, que los nombren delegados y capitanes[9]. Asimismo, de los críos chinos que son sensibles y reservados se dice que son dongshi («comprensivos»), término que constituye un elogio común.

De igual modo, los estudiantes de secundaria chinos aseguran a los investigadores que prefieren amigos humildes y altruistas, honrados y trabajadores, en tanto que los americanos los quieren divertidos, entusiastas y sociables. «El contraste llama mucho la atención —escribe Michael Harris Bond, especialista en psicología cultural comparada que ha centrado en China buena parte de su obra—. Los norteamericanos hacen hincapié en el carácter expansivo y aprecian los atributos que propician asociaciones fáciles y joviales, y los chinos conceden más importancia a cualidades más hondas y se centran, por ende, en logros y en virtudes morales[10]».

En otro estudio se pidió a dos grupos de estadounidenses de ascendencia asiática y europea que pensasen en voz alta mientras resolvían una serie de problemas de razonamiento, y resultó que los del primero ofrecieron un rendimiento mucho mejor cuando les permitieron permanecer en silencio; cosa que no ocurrió a los del segundo[11].

Resultados así no sorprenderán a nadie que conozca las actitudes que se dan en la tradición asiática respecto de la palabra hablada, concebida para comunicar información necesaria frente al silencio y la introspección, signos del pensamiento elevado y la verdad superior. Las palabras son armas peligrosas capaces de revelar lo que vale más callar, de herir a otros y buscar no pocos problemas a quien las articula[12].

Considérense, por ejemplo, los siguientes proverbios orientales[13]:

Mucho aúlla el viento y la montaña calla. Adagio japonés

Los que saben no hablan, y los que no saben hablan.

LAO TSE, Tao Te Chi

Aunque no haga nada en especial por observar la disciplina del silencio, la vida solitaria me aparta, de forma automática, del pecado del habla.

KAMO NO CHOMEI, eremita nipón del siglo XII

Y compárense con estos de Occidente:

Que quien desee ser fuerte domine la palabra, porque en la lengua del hombre está su fuerza

y el habla es más poderosa que la lucha.

PTAHHOTEP, Máximas, 2400 a. C.

El discurso es la civilización misma. La palabra, aun la más contradictoria, preserva el contacto: es el silencio lo que aísla.

THOMAS MANN, La montaña mágica

Niño que no llora, teta que no mama.

¿Qué subyace bajo actitudes tan diferentes? La respuesta podría estar en la veneración generalizada que profesan a la educación los asiáticos, y en particular los de las naciones del «cinturón confuciano», como China, Japón, Corea o Vietnam. En nuestros días pueden contemplarse aún en algunos pueblos chinos estatuas de estudiantes que aprobaron los penosísimos exámenes imperiales (jinshi) hace cientos de años, en tiempos de la dinastía Ming[14]. Huelga decir que resulta mucho más fácil alcanzar este género de distinción si, como algunos de los muchachos de Cupertino, se aplica uno durante todo el verano.

Otra posible explicación podría hallarse en la identidad colectiva. Muchas culturas asiáticas están orientadas al trabajo en equipo, aunque no del modo como se concibe en

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