Los trabajaderos de maíz, frijol y arroz estaban en los claros abiertos en la montaña pero no siendo de las CPR uno no salía al claro, se mantenía bajo la montaña. En el trabajo de “los SM” y en los primeros años, poco íbamos a los trabajaderos, así que un día me sorprendí al encontrarme en un claro. La unidad militar regresaba de unos operativos al otro lado del rio Xalbal, era media tarde y tomamos un bordito donde pasar la noche. Junto al bordito una joyada sembrada de milpa y de repente la impresión de estar desnudo al verme en un espacio abierto, el sol toda- vía estaba fuerte en el ocaso y la claridad me des- lumbraba.
Dormir a la vera del trabajadero y sin necesidad de toldo, me dio la posibilidad de apreciar el cielo en su inmensidad, el puzle completo de la vía láctea. Y es que bajo la montaña, entre las copas de los árbo- les lo que uno apreciaba como máximo era una pieza del puzle infinito. Al hablar con otros “SM” su impre- sión era similar.
La población aún cuando sobre todos los hombres estaban más en contacto con los espacios abiertos de los trabajaderos también tuvieron la misma im- presión en “la salida al claro”. Los grandes espacios abiertos daban la impresión de indefensión, de des- nudez y sobrecogimiento ante la incertidumbre de no controlar el espacio.
• “Cristina”, Serafina Pablo Pablo, mam
Siempre tenía frío, por su edad y sus tareas familiares no salía de la comunidad. Siempre sentía frío, echaba en falta el sol, y pedía medicamentos para su frío, el complejo B, el calcio intravenoso. Su remedio era buscar los rayos de sol que entraban en la comunidad “bajo la montaña”, seguir su camino, caminar con el rayo de sol hasta que salía de la comunidad.
Las personas mayores y para sus fríos habían en tiempos anteriores acostumbrado a aplicarse inye- cciones de calcio intravenoso y lo pedían insistentemente. “Los SM” y el Equipo de salud de las CPR lo des- cartábamos ponerlo en el listado de medicamentos pero saber cómo las conseguían. Por más que les explicábamos de los riesgos de su aplicación…
Otro medicamento suministrador de calor era el complejo B intramuscular. Sus bondades superaban la literatura médica así que algún día quizás se encuentre alguna explicación a ello, más allá del placebo. Tris- teza, hormigueos en las plantas de los pies y piernas, frío, lumbalgias… mejoraban con el complejo B in- yectable. Dolían, las inyecciones intramusculares de 2 cc no se olvidaban fácilmente, aplicadas en las nalgas lo dejaban a uno adolorido y renqueando… no estaba para salir corriendo en una emergencia. ¿Cuánto más dolía más efecto tenía? Aparentemente sí, en un efecto concatenado de un clavo quita otro clavo, y un dolor quita otro dolor. Años después me he preguntado por experiencia propia si algunos adultos mayores tenían déficit de vitamina B y/o mala absorción de la misma y de investigar si el supuesto efecto placebo del complejo B no era algo más, e igualmente la posible y engañosa rareza de que un colmoyote enquistado produzca un dermatofibrosarcoma protuberens. Rareza en un país de clima templado y de servicio público de salud universal, pero y ¿en un país situado en el trópico y con servicios públicos a cargo de un Ministe- rio de inmunizaciones y poco más? quizás es más frecuente que lo referido en la literatura médica y el com- plejo B es algo más que un placebo en una población con sus peculiaridades de alimentación y de parasitosis.
También había quienes desde hacía años se habían aplicado anualmente un litro de suero intravenoso, salino o Hartmann, pues los médicos en la vida legal les habían asegurado que era estrictamente necesa- rio para recuperar su fuerza y energía. Ahora empezaban a sentirse mal al llevar varios años sin ponerse y ya tocaba de nuevo reiniciarlos…
• Irene, mam
Hija de “Evaristo”, Luis Pérez, encargado de salud, y de “Elida”, Alejandra Calmo. Tenía cinco años, sus huesos comenzaron a doblarse y los extremos de los huesos largos a engrosarse… le dábamos sol, que to- mara el sol con su abuela, en los pequeños claros entre la montaña o diez minutos en los trabajaderos… resultó difícil. También le dábamos calcio efervescente. Nos temimos que de mayor pudiera al quedar em- barazada tener problemas para un parto natural, pero no, vive en Primavera y no ha tenido problemas para tener sus hijos.
• Y los espejos eran mágicos, hipnóticos.
Y es que ¿Cómo nos sentiríamos si no supiéramos qué cara tenemos? Pues algo de eso pasaba en la montaña… uno olvidaba su aspecto fácil aunque su imagen se reflejaba en los ríos, pozos y plásticos con agua. No era suficiente, así que en cuanto aparecieron los espejitos de bolsillo, redondos y pequeños, hi- cieron furor entre jóvenes y no tan jóvenes.
Las y los jóvenes alzados y de la población podían pasarse horas interminables mirándose la cara, un granito, una ampollita, un grupo de células… Si uno se entretenía en la posta mirando como trabajaban las hormigas y peleándose con los zancudos, me temo que más de dos y tres se pasaban mirándose al espe- jito mágico.
• Saliendo de la montaña en una pequeña ciudad me encontré con “Donal”, Francisco Esteban, yo iba comiéndome un paquete de galletas María con las que había soñado tanto y le invité, metí la pata, al ofre- cerle el paquete para que agarrara unas cuantas se quedó con todo. Y al rato al pasar por una zapatería, ¡zas!, de repente me vi reflejado en el cristal, entre los zapatos, llevaba tantos años sin ver mi cara y verme entero, que me dio por reir. No me creía que ese fuera yo.
• La luz nacía de las cucayas y nos ayudaban a iluminar el camino, no para grandes distancias pero sí para llegar a la letrina sin perdernos. Las cucayas en los trabajaderos iluminaban los árboles como si fue- ran navideños. A las cucayas les atraía la luz en su búsqueda de pareja, nuestro fuego les atraía y caían en las ollas donde cocinábamos el frijol o el nixtamal.
La luz nacía en el ocote, para guiarnos en el camino y para encender el fuego para cocinar.
La luz nacía en los focos, linternas, pero para ello eran necesarias las baterías, pilas, y para darle más vida se asoleaban por un tiempo largo o hervían por un tiempo corto.
La luz también estaba en los ojos de la población que caminaba tranquilamente por la montaña sin foco dilataban las pupilas. Nosotros colocábamos una hoja en pudrición en la mochila o espalda de quien fuera adelante y seguíamos a la hoja fosforescente para arriba, abajo, derecha o izquierda; ¡ojo si el de adelante se caía!