LA ALIMENTACIÓN COMO PRÁCTICA COTIDIANA
5.1. Los grupos de consumo como entramados relacionales
La particularidad de las relaciones que se conforman en este espacio pone en evi- dencia muchos de los problemas que supone partir de la noción de grupo como categoría analítica. Antes de entrar en el análisis de estas prácticas nos parece importante aclarar esta cuestión dado que, al ser éste el nombre con el que se designa a esta realidad (grupo de consumo), corremos el riesgo de confundir esta caracterización «emic» con un concepto teórico. La noción de grupo remite a un conjunto de individuos con una serie de motivaciones, expectativas y conciencia comunes, dando a veces por sentado el tipo de relación que se establece entre ellos. El grupo se presenta como una suerte de sujeto colectivo, dotado de una entidad que es inexistente como tal.
En el campo, de hecho, se suele emplear la distinción entre «grupos de consumo» (organizados) y «puntos de recogida de productos», para subrayar la diferencia en-
tre un espacio al que la gente acude sólo a recoger los pedidos y lo que sería un ver- dadero grupo. Éste se caracterizaría por:
- Coordinación entre sus miembros para el pedido, recepción, distribución y pago de los alimentos mediante una serie de tareas rotativas.
- Contar con identidad y objetivos comunes, explicitados y consensuados.
- Reuniones periódicas para gestionar los asuntos cotidianos y trabajar en la cons- trucción de esa identidad común.
- Conocimiento de sus miembros y contacto cotidiano entre ellos a través de diferen- tes medios como e-mails, teléfono, etc. A estos grupos se les supone una mayor conciencia con respecto a la importancia y al porqué de la agroecología, por lo que además se entiende que facilitan la tarea al agricultor (se organizan mejor, comprenden las particularidades de la verdura de la huerta, se solidarizan más con los problemas, etc.) El grupo de la Parroquia que acabamos de presentar encajaría dentro de la cate- goría de «punto de reparto», dado que no existe ninguna coordinación entre sus miembros, ni se hacen cargo de ninguna labor aparte de la recogida de la cesta (que ni siquiera montan ellos), ni se reúnen, ni tienen ningún tipo de identidad grupal. Pero si empleáramos acríticamente esta distinción, pudiera parecer que, frente a «grupos organizados», en este espacio no hubiera ningún tipo de vinculación entre los consumidores o que estos acudieran al reparto únicamente a recoger sus verdu- ras. Como hemos visto, nada más ajeno a su realidad.
Otro de los grupos de consumo conectados a este agricultor, el adscrito al centro social Tabacalera, sí encajaría en principio en ese ideal de «grupo organizado». En él se realizan asambleas, se coordinan entre sí para realizar pedidos y organizar las cestas, hay cargos rotativos de organización, se vinculan a redes más amplias de co- ordinación, parece haber cierto discurso grupal sobre el deber ser de la agroecología, etc. No obstante, muchos de sus miembros no se conocen entre sí, muchos consumi- dores acuden a los repartos a recoger su cesta y se marchan y algunos llegan incluso cuando las cestas ya están montadas y el agricultor y la mayoría de sus compañeros de grupo han abandonado el local. Si asumiéramos esa distinción afirmando que la Tabacalera es un grupo porque están organizados y tienen identidad compartida y la Parroquia no es un grupo porque no se organizan entre ellos ni probablemente se consideren a sí mismos como integrantes de un grupo, ¿dónde dejaríamos el estudio de las diferentes formas de adscripción, par- ticipación y relación que configuran cada uno de estos espacios? No hemos de olvidar que hablamos de un universo social con una amplia diversidad de agentes, intereses, motivaciones y formas de pertenencia, y esto es independiente del tipo de grupo del que hablemos. En «grupos organizados» hay quien no se interesa por la huerta ni por el agricultor, y en «puntos de recogida» hay quien ha desarrollado un compromiso muy fuerte. Algunos grupos de consumo se coordinan para el pedido y la recepción de verdu- ras pero no tienen asambleas periódicas, otros, sin embargo, sí dan un peso importante a estas reuniones pero no se comprometen a recibir una cesta fija del agricultor... CAPÍTuLO 5 PUNTOS DE PARTIDA
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Dado que el término «grupo» no informa por sí mismo ni a nivel objetivo ni sub- jetivo de las relaciones que lo constituyen, hemos creído conveniente en esta inves- tigación plantear los grupos como realidades relacionales, de forma que, siguiendo a Cucó (2004) el modelo de pertenencia y relación se convierta en un aspecto a inves- tigar y no en un aspecto dado. Por ejemplo, en el caso del grupo de la Parroquia, el grueso del colectivo lo conforman amigos y familiares de las personas que iniciaron el proyecto agrícola (especialmente padres y hermanos). Este rasgo es fundamental a la hora de entender el tipo de relaciones que se establecen entre productor y consu- midor y entre los consumidores entre sí. Aquí el agricultor es más «hijo», «amigo de mi hijo», «amigo de mi hermano» o directamente «amigo», que productor. Los con- sumidores, a su vez, son más «padres», «amigos» y «padres de amigos», que con- sumidores. Las personas que no tienen esta relación directa no se alejan mucho de esta tipificación ya que suelen ser los «vecinos de los padres de…», «el primo de…», «la amiga de la hermana de…», etc. En cuanto a los consumidores entre sí, hablamos también en muchas ocasiones de los padres de amigos de sus hijos, algunos de los cuales ya se conocían (al ser amistades que comenzaron durante el colegio), y otros que, pese a no conocerse directamente, sí conocían a los hijos (más habitual entre los amigos del barrio). El grupo de consumo ha supuesto en este caso un refuerzo de esas relaciones y una profundización en el conocimiento de unos y otros, que ha vuelto más cercanas también a estas dos generaciones.
Así, partiríamos de unos vínculos y una confianza que, si bien se transforma y rede- fine en esta actividad, se había conformado en otros espacios sociales, previamente a la puesta en marcha del grupo de consumo. Aquí la relación productor-consumidor ha sido desde el inicio una relación diferente a la estrictamente mercantil. Esto no impide, por supuesto, que en según en qué situaciones, se privilegie el aspecto eco- nómico de la relación. Este rasgo marca una diferencia importante con respecto al resto de los grupos de consumo vinculados a este agricultor, aunque generalmente en todos hay algún contacto personal: o bien algún amigo/conocido directo, o, en segundo grado, algún amigo de un conocido/amigo/familiar suyo (se ha dado el caso de grupos que se han puesto en contacto con él por haber visto anunciada su página web en algún lugar, pero, hasta la fecha, ninguno de estos ha llegado a buen puerto). Otros de sus grupos están conformados por amigos que se juntan para comprarle la verdura, otros por compañeros de trabajo, otros por madres y padres de colegio, otros por vecinos de un mismo pueblo, otros por estudiantes y profesores de una misma universidad, otro por militantes vinculados a un centro social… En cada uno de estos casos hay dife- rentes vinculaciones con el espacio y diferentes relaciones entre los miembros y con el agricultor, y estas especificidades pueden verse oscurecidas al emplear el término de grupo como categoría de análisis. Pero esto no impide la relevancia del estudio del grupo en tanto objeto de cons- trucción por parte de los sujetos. Esto es, preguntas como ¿cuándo y para quién se torna importante ser o no ser un grupo?, ¿de qué forma se intenta construir una identidad grupal?, o ¿en qué medida ciertas actividades van dirigidas a la forma- ción de una conciencia común entre los miembros de los grupos?, han sido impor- PARTE 2 LA ALIMENTACIÓN COMO PRÁCTICA COTIDIANA
tantes en la investigación. Tengamos en cuenta que en la misma definición de qué es y qué no es un grupo aparecen otra serie de intereses y rivalidades propias de este campo de estudio.
Estas formas de clasificación van acompañadas de una jerarquización en una escala valorativa y remiten también a mecanismos identitarios. Además, estos tér- minos connotan diferentes realidades según las posiciones desde las que se emitan los discursos. Al igual que hemos mencionado la diferenciación entre grupos de consumo y puntos de recogida, en otros espacios se vuelve importante la contra- posición entre cooperativas y grupos de consumo. De forma análoga a la anterior, a las primeras se les presupone mayor implicación de los consumidores, organiza- ción y trabajo político, que a los segundos. Pero, sin negar la parte objetiva de esta afirmación, hay que tener en cuenta que en las cooperativas también hay consumi- dores que no tienen mayor implicación que el pago y la recogida de la cesta. Esto es, la ya mencionada heterogeneidad de los participantes de los grupos haría difícil de por sí sostener este tipo de posición, pero también fijándonos a nivel colectivo esta presunción se vuelve problemática.
Tomemos de nuevo el caso del grupo de la Parroquia. De todos los grupos a los que reparte este productor éste es probablemente en el que se da más espacio a con- versaciones que trascienden las cuestiones de la huerta y las cestas, y en el que las relaciones consumidores-productor son más densas afectivamente. Aun cuando el compromiso con el agricultor no mane de una fuente político/ideológica, no por ello es menos consistente que en otros grupos (de hecho es el más longevo) y, pese a que las relaciones entre los consumidores no pasen por una gestión compartida de su ali- mentación, en los repartos y en las visitas a las huertas se generan importantes lazos afectivos entre ellos. Del mismo modo, la relación productor-consumidor, como ya hemos apuntado, no sólo se mueve en términos económicos, algo que se entiende como uno de los ideales de cambio político en los grupos de consumo organizados o de las cooperativas.
Como estamos viendo, estos términos y estas clasificaciones no sólo se emplean para definir determinadas relaciones, sino que en ocasiones vienen de la mano de una presunción de motivaciones, preocupaciones y posiciones ideológicas de los miembros. Por ejemplo, en una de las cooperativas con las que he trabajado, los puntos de recogida (entendidos como agregados de «consumidores individua- les») se asociaban con esa figura del «eco-yuppie» a la que ya me he referido en alguna ocasión, mientras que los grupos organizados lo hacían con la del consu- midor responsable.
Si vamos un paso más allá, podríamos cuestionar no sólo que los grupos organiza- dos/autogestionados estén conformados por consumidores responsables mientras que esos puntos de recogida lo estén por eco-yuppies o personas poco concienciadas con la agroecología, sino el hecho de que las prácticas alimentarias puedan ser leí- das en estos términos. Es decir, ¿podemos explicar la participación en un grupo de consumo en base a un compromiso con un consumo responsable proveniente de una decisión derivada del conocimiento de los problemas del sistema agroalimentario hegemónico?, ¿las prácticas de los sujetos pueden diferenciarse en función de su CAPÍTuLO 5 PUNTOS DE PARTIDA
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mayor o menor responsabilidad como consumidor?, ¿el uso de un término como consumidor responsable presupone una determinada relación con la cotidianeidad de la alimentación?, ¿no está acaso la alimentación sometida a otro tipo de lógicas sociales y de condicionantes más allá de la voluntad, la reflexión y las elecciones de los consumidores?