El Mito: Viendo sus hermanos que su padre le amaba más que a todos, llegaron a odiarle, y no podían hablarle amistosamente. Tuvo también José un sueño, que contó a sus hermanos y que acrecentó más todavía el odio de éstos contra éL.Viéronle ellos desde lejos, antes de que a ellos se aproximara, y concibieron el proyecto de matarle. Dijéronse unos a otros:
«Mirad, ahí viene el de los sueños; vamos a matarle y le arrojaremos a uno de estos pozos, y diremos que le ha devorado una fiera; así veremos de qué le sirven sus sueños». Rubén, que esto oía, quería librarle de sus manos, y les dijo: «Matarle no, no vertáis sangre; arrojadle a ese pozo que hay en el desierto y no pongáis la mano sobre él». Quería librarle de sus manos para devolverlo a su padre. Cuando llegó José hasta sus hermanos, le despojaron de la túnica talar que llevaba, y agarrándole, le arrojaron al pozo, un poco vacío, que no tenía agua.
Sentáronse a comer, y alzando los ojos, vieron venir una caravana de ismaelitas que venía de Galad, cuyos camellos iban cargados de especias y bálsamo y mirra, que llevaban a Egipto; y dijo Judá a sus hermanos: «¿Qué sacaríamos de matar a nuestro hermano y ocultar su sangre? Vamos a ven- dérselo a esos ismaelitas y no pongamos en él nuestra mano, pues es hermano nuestro y carne nuestra». Asintieron sus hermanos; y cuando pasaban los mercaderes madianitas, sacaron a José, subiéndole del pozo, y por veinte monedas de plata se lo vendieron a los ismaelitas, que lo llevaron a Egipto (Gn 37, 4-5:18-28).
La Realidad: El relato del conflicto de José con sus once hermanos está inspirado en una leyenda egipcia sobre doce reyes.
El relato de José y sus hermanos plantea uno de los relatos más con- movedores y dramáticos de todos los relatos de la Biblia. Al igual que muchas sagas antiguas, reúne numerosas obras independientes sobre distintos personajes y los teje en una única narración, mezclando una variedad de identidades en personajes independientes. Aunque se presenta principalmente como la obra de un único autor, el relato contiene algunos indicios de las disputas políticas entre Rubén y Judá que tuvieron lugar posteriormente, donde uno y otro compiten para ser el menos culpable de la maldad hacia su hermano José.
Al igual que en los ciclos anteriores sobre los hijos de Abraham y luego los hijos de Isaac, el relato continúa con el tema de las contiendas tribales y la envidia entre los hermanos. En este relato, José, el hijo preferido de Jacob, tiene numerosos sueños que predicen que él se convertirá en el cabeza de familia y
que incluso sus padres se inclinarán ante él.
En las primeras etapas, José se presenta como un joven algo pomposo y odioso, con una actitud del tipo «yo soy José y tú no». En un relato, insiste en contarles a sus hermanos este sueño: «Estábamos nosotros en el campo atando haces, y vi que se levantaba mi haz y se tenía en pie, y los vuestros lo rodeaban y se inclinaban ante el mío, adorándolo» (Gn 37, 7).
Pero un solo sueño no bastaba. Él tenía que machacarles con más visiones del futuro: «Mirad, he tenido otro sueño, y he visto que el Sol, la Luna y once estrellas me adoraban» (Gn 37,9).
No es de extrañar que sus hermanos «le odiaran todavía más» (Gn 37,8). Poco después de que José les contase a sus hermanos sus sueños, los otros once hijos de Jacob conspiran para deshacerse de su engreído hermano. En principio planean matarle y tirar su cuerpo a un pozo. Pero Rubén no quiere mancharse las manos de sangre y sugiere que sólo lo arrojen al pozo, supuestamente hasta que se muera de hambre. Sin duda, algún escriba bíblico consideró esta acción de Rubén como más humana,
o menos culpable.
Tras arrojarle al pozo, Judá, para no ser menos que Rubén en su repentino arranque de compasión, dice: « Vamos a vendérselo a esos ismaelitas y no pongamos en él nuestra mano, pues es hermano nuestro y carne nuestra». Asintieron sus hermanos (Gn 37, 27).
Así pues, José se convierte en esclavo y es llevado a Egipto, donde gracias a sus dotes para la interpretación de los sueños consigue llegar hasta la cima de la jerarquía social del faraón.
Esta parte del relato de José comparte unas similitudes sorprendentes con un relato egipcio que se conserva en los escritos de Heródoto en su historia de Egipto. Según este historiador griego:
Tras el reinado de Setos (es decir, Set), el sacerdote de Hefesto (es decir, Ptah), los egipcios estuvieron libres durante un tiempo del gobierno monárquico. Sin embargo, al ser incapaces de estar sin rey durante mucho tiempo, dividieron Egipto en doce regiones y nombraron a un rey para cada una de ellas. Unidos por matrimonios, los doce reyes reinaron bajo amistad mutua con el entendimiento de que ninguno de ellos debía intentar expulsar a ninguno de los otros, o querer aumentar su poder a expensas de los demás. Llegaron a un acuerdo y velaron para que los acuerdos se mantuvieran rigurosamente, porque en la época en que se establecieron los doce reinos, un oráculo declaró que el que ofreciera una libación del cáliz de bronce del templo de Hefesto (Ptah) se convertiría en amo de todo Egipto.
Heródoto continua relatando otros acontecimientos de la historia de Egipto, pero después retoma la narración anterior:
molestarse los unos a los otros, se reunieron para ofrecer un sacrificio en el templo de Hefesto. Era el último día del festival, y cuando llegó el momento de verter la libación, el sumo sacerdote, al ir a buscar los cálices de oro que siempre se usaban para ese propósito, se equivocó y trajo uno de menos, de modo que Sometico, al encontrase sin cáliz, muy inocentemente y sin segundas intenciones, se quitó el casco, lo extendió para recibir el vino y así realizó su libación. Los otros reyes enseguida asociaron este acto con el oráculo, que había declarado que el que vertiera su libación de un cáliz de bronce se convertiría en el único monarca de Egipto. Lo interrogaron, y cuando se sintieron convencidos de que había actuado sin malicia, decidieron no matarle, pero lo despojaron de gran parte de su poder y lo desterraron a las marismas, prohibiéndole que las abandonara ni que tuviera ninguna comunicación con el resto de Egipto.
Tras ofrecer algunos detalles acerca del pasado de Samético y sobre un segundo oráculo que predecía que unos hombres de bronce llegarían del mar para ayudar al rey, Heródoto cuenta que el monarca exiliado se encontró con un grupo de invasores marinos armados que se habían visto obligados a amarrar en tierras egipcias. Viendo esto como el cumplimiento de la profecía, dice Heródoto que Samético trabó amistad con los invasores y los «persuadió para que estuvieran a su servicio, y mediante su ayuda y la ayuda de sus fieles en Egipto, consiguió derrotar y echar a sus once enemigos».
Deben observarse los numerosos paralelismos entre el relato bíblico y el egipcio. En ambos, un grupo de doce hombres relacionados por matrimonios entre familias, viven en un estado que no está presidido por ningún rey; una profecía predice que uno de los doce reinará sobre los demás;
cuando los once descubren quien será el nuevo líder, al principio planean asesinarle, pero luego cambian de idea y lo destierran de su territorio; tras ser desterrado, el héroe entra en Egipto acompañado de forasteros; el héroe consigue una posición de poder en Egipto; y cumpliendo la profecía original, el héroe reina sobre los once rivales.
Existe otro paralelismo. En el relato egipcio, un cáliz que pertenece al odiado rey es protagonista. De igual manera, un cáliz perteneciente a José desempeña un papel fundamental en el relato bíblico. Tras convertirse en primer ministro de Egipto y viendo que sus hermanos aparecen ante él para comprar trigo, José los pone a prueba escondiendo su cáliz de plata en la bolsa de Benjamín. Mientras que el cáliz simboliza el poder de José, el que portaba el cáliz, Benjamín, se convirtió en el.antecesor del primer rey de Israel, finalizando así el periodo de no-monar-quía en Israel.
El Samético (o Psamético) de Heródoto podría estar basado en una figura histórica del mismo nombre que gobernó en Egipto en el siglo vil a.C. El rey de Israel en esa época era Josías, el gran reformista religioso bajo el cual pudo haberse escrito el Deuteronomio, y cuya administración tuvo un interés activo en reescribir la historia antigua de Israel. Al igual que José, Josías era un niño cuando fue colocado en una posición de lide-razgo, ocupando el trono a la edad
de ocho años.
El sucesor de Samético, Necao II, mató a Josías en una batalla y conquistó Jerusalén y gran parte de Canaán. Instaló a un vasallo egipcio, Joaquim, como rey de Judá. Los escribas hebreos de esa época habrían estado familiarizados con los relatos sobre Samético.
Aunque los paralelismos entre los relatos de la Biblia y Egipto tienen una trama similar, sigue existiendo un interrogante acerca de si el relato de Heródoto de los doce reyes era historia o ficción, y si originariamente se refería a Samético o a algún rey anterior.
El relato de Heródoto comienza diciendo que, antes de Samético, Egipto protagonizó una época sin reyes y que antes de esto reinaba un rey llamado Setos. Esto no coincide con la historia de Egipto del siglo vil a.C. Ni hubo un periodo sin reyes ni existió un rey Setos en ese espacio de tiempo (en el siglo vil a.C., Setos, o sea Set, tenía fuertes connotaciones negativas como símbolo malévolo).
El último rey Setos que se conoce es Setos II, y antes de él Setos I, ambos de la XIX dinastía en el siglo xm a.C. Tampoco hubo ningún periodo sin reyes anterior a los dos reinos.
A lo largo de la historia de Egipto de Heródoto, éste a menudo distorsiona y registra de manera errónea la cronología dinástica, colocando dinastías anteriores detrás de las posteriores. De hecho, Heródoto sitúa a los antecesores de Samético de la XII dinastía inmediatamente después de los reyes de la IV dinastía, cometiendo así un error de casi dos mil años.
Esto sugiere que el rey Setos de Heródoto y un periodo sin reyes pertenecen más bien al periodo de los hicsos, cuando los extranjeros adoradores de Set desplazaron a los dirigentes tebanos legítimos. Los egipcios consideraban que el periodo hicso careció de rey egipcio legítimo.
Tanto si el relato egipcio de los doce reyes tuvo su origen en el siglo xvi a.C del periodo hicso como en el siglo vil del periodo samético, hubo muchas oportunidades para que el relato influenciara a los escritores de la Biblia, quienes acabaron de redactar el texto bíblico.