II. Presentación y descripción de los resultados: análisis descriptivo
1. Los principios de la educación del Colegio
3. La formación académica.
4. La complementariedad de la formación académica y la formación pastoral. La formación integral.
5. Los docentes.
6. La gestión institucional.
1. Los principios de la educación del Colegio
Uno de los aspectos más consolidados de la propuesta educativa ignaciana, dice relación con los fundamentos y principios que la sustentan. La rica tradición educativa de los colegios jesuitas ha permitido ir consolidando una concepción educativa, 107 con un fuerte sustento espiritual y una clara visión epistemológica, didáctica, pedagógica y de los aprendizajes. Los diversos documentos que, a lo largo de los años, han ido plasmando esta visión, permiten conocer cuáles son los fines que la sustentan, los medios que la hacen posible, la opción curricular por la que ha optado, así también como el lugar que les cabe a todos y cada uno de los actores participantes de su proceso.
107 Ver CD Anexo. “El PPI en la Educación” Apuntes para la reflexión del profesor Esteban Ocampo”. PPT.
Es bajo ese contexto que es posible reconocer que la institución cuenta en la actualidad, con un marco conceptual consolidado, que le da sentido y significado a su quehacer. Desde los primeros documentos (Ratio Studiorum) hasta los más recientes (Pedagogía Ignaciana e incluso la nueva formulación del Proyecto Educativo), el tema de las bases conceptuales ha sido resuelto de buen modo. Todo lo anterior, para efectos de este estudio, permite la búsqueda de relaciones entre lo declarado y la realidad; entre lo escrito y lo vivenciado; entre lo que contienen los documentos corporativos y fundacionales y lo que las personas conocen realmente. A continuación se establecerán algunas interpretaciones sobre la base de estas interrogantes.
En primer término, es importante señalar que en ninguna de las consultas efectuadas aparecen voces que pongan dudas sobre el los fundamentos de la educación que se imparte. En palabras de los actuales participantes de la comunidad escolar, se reconoce “claridad en los sustentos teóricos y conceptuales que están a la base de la propuesta educativa ignaciana”. Quizás el hecho de ser una institución jesuita, o la larga tradición que le antecede, o el tipo de estudiantes que a lo largo de los años ha egresado del Colegio o quizás las múltiples experiencias que se ofrecen, sean el respaldo suficiente para no tener dudas de los cimientos de esta educación.
Con todo, es posible desprender de las observaciones de los estudiantes y más particularmente de los profesores, que el manejo conceptual de la formación impartida tiene asomos de “respuestas hechas”, “sentido común”, “tópicos anclados
en la memoria colectiva”, más que en formulaciones con fondo teórico. Lo anterior no pretende ser entendido como una crítica negativa, sino que más bien como un hecho de la causa. Es probable que allí se encuentre la respuesta al consenso que alcanza entre profesores, estudiantes y directivos, el identificar al principio formativo “persona para los demás”, como el principal referente teórico al cual se alude cuando se pregunta por las metas institucionales o por los principios de la formación pastoral y/o institucional. Con mucha distancia aparecen otros aspectos como son
“la formación valórica, humana o personal”, “el Magis” o la “formación en la excelencia”.
En segundo término, si se trata de reconocer cuáles son los principios de la educación ignaciana que los encuestados (estudiantes de octavo básico y cuarto medio) ven más reflejados en su experiencia personal, existe consenso que éstos son “el crecimiento integral”, “el aporte a la superación personal” y “el conocimiento
personal y comunitario”.
Un aspecto no menor es la fuerza y consistencia con la que los estudiantes de la generación de cuarto medio se refieren a los principios formativos, asociados al ámbito apostólico-social que han recibido del Colegio. Si bien no necesariamente con mucho fondo teórico, estos estudiantes son capaces de reconocer qué es lo central de las experiencias asociadas a este ámbito, qué buscan formar en ellos e incluso cuáles son los frutos que éstas han tenido en sus propias vidas. Los altos
porcentajes de logro que expresa esta generación en cada una de este tipo de actividades, le confieren a esta formación un lugar de preponderancia que viene a confirmar lo que por años ha sido una línea formativa central de la educación impartida: “la formación de hombres, para los demás”. En los datos arrojados por esta investigación, la valoración de estas experiencias se expresa en que ellas
“logran aprendizajes por medio de la experiencia”, “los mueve al servicio”, “les permite reflexionar sobre la realidad social” y “les permite luchar por un mundo más humano”.
Como contraparte, emerge con la misma fuerza la insatisfacción que existe en medio de los encuestados sobre otro pilar de la educación ignaciana: la formación de la fe y la espiritualidad, que tiene en las experiencias litúrgicas y sacramentales su modo de expresión. En especial no existe satisfacción en este punto entre los estudiantes de octavo básico, los profesores y entre los directivos. De las respuestas de orden cualitativo que se entregaron es posible reconocer dos tensiones no resueltas en este punto.
Por una parte, existe un llamado de atención a la propuesta que el Colegio hace en este ámbito. Afirmaciones tales como “experiencias aburridas”, “mucha acción, poca
reflexión”, “no consideran al tipo de estudiante con los que actualmente cuenta el Colegio” o “actividades poco motivadoras”, entregan cuota de responsabilidad a los responsables de inculcar y educar en este aspecto. Por tanto, este foco de atención se refiere al actuar de los educadores.
El segundo aspecto que emerge quizás es el más preocupante o interesante de analizar. Las respuestas dejan entrever que la dificultad tiene que ver con el nivel de interés y validez que le asignan a este ámbito, de modo particular los estudiantes, y como materia de estudio y mayor profundización, los propios docentes. Algunas evidencias. Cuando a los estudiantes se les pregunta que vinculen los principios educativos del Colegio con su propia experiencia de formación, la valoración más baja está relacionada con aquellos principios vinculados al quehacer espiritual y trascendental. Son los mismos estudiantes los que le asignan a las experiencias vinculadas a la formación espiritual, litúrgica y sacramental el menor valor de entre todas las actividades formativas que reciben. Por su parte, entre los docentes tampoco existe una buena valoración de este tipo de experiencias. A la consideración de “debilidad” de estas experiencias, emerge un aspecto que la realidad actual evidencia: “la ausencia de sacerdotes y religiosos”.
Sobre la base de lo anteriormente expuesto es posible concluir lo siguiente. Al existir claridad de los principios y fundamentos educativos de la educación que se imparte en el Colegio, el foco de atención institucional debería ser puesto en los medios de los que se vale para el logro de estos fines.
Si bien está el desafío de socializar de mejor manera sus principios educativos, quizás a través de una campaña informativa y “pedagógica”, de modo de generar no sólo apropiación “afectiva”, sino que también “cognitiva”, su atención y preocupación deberán ser puestas en las actividades y experiencias que desarrolla, de modo de
expresar fidelidad y coherencia entre lo que declara y lo que, “intencionadamente”, realiza. Especial atención habrá que poner a la formación espiritual, litúrgica y sacramental, pilar de la formación ignaciana. Si en la formación impartida por el Colegio se pierde el rostro de Jesús, se pierde el sentido de esta propuesta educativa.