3. Establecimiento del corpus
3.3. Tem´ atica secundaria
3.3.2. Los Pueblos Inmundos
La eventualidad de una invasi´on por parte de los b´arbaros fue un hecho al que se vieron confrontados los pueblos de la Antig¨uedad y, por extensi´on, los de la Edad Media. En ocasiones, sin embargo, dicha eventualidad se hace realidad, y a su vez se transforma en un elemento m´as de la literatura apocal´ıptica. Este es el caso de la invasi´on musulmana de Siria en el siglo VIII, que se vio reflejada en el Apocalipsis de Pseudo-Metodio, quien asoci´o los ej´ercitos musulmanes a la leyenda de los Pueblos Inmundos (Garstad, 2012: 7). Esta inseguridad constante hace que, como en el caso de los Signos del Juicio, toda actividad natural o humana pueda ser considerada como signo precursor de un evento futuro43.
41Ha sido parcialmente editado por Dur´an y Requessens en 1997.
42Se encuentra, no obstante, en autores franceses y castellanos que escrib´ıan en lat´ın, como
por ejemplo Arnau de Vilanova (Serra, 2007: 346)
43Giordano (1983: 138) analiza estos signos como una ruptura del equilibrio entre la naturaleza
64 Cap´ıtulo 3 Establecimiento del corpus Aqu´ı empieza lo que nos ocupa, los movimientos amplios de sociedades humanas, como fueron las hordas mongolas en el siglo XIII (Gil, 1995: 13-ss), son r´apida- mente definidos como el avance de los Pueblos Inmundos.
Este es el origen del t´ermino y de aquello que definen, si bien el origen de la leyenda hay que buscarlo en Ezequiel (Ez 38, 14-16, 18) y, posteriormente, en el Apocalipsis de Juan (Ap 20, 8-9). En ´ultima instancia, el Apocalipsis de Pseudo- Metodio (Garstad, 2012: 2-139), verdadera piedra angular del edificio escatol´ogico medieval, rescata a los Pueblos Inmundos de las profec´ıas de Ezequiel y las visiones de Juan y equipara las invasiones musulmanas de la Siria natal del autor, durante el siglo VII EC, con los reinos que formar´an las huestes del Anticristo durante los ´Ultimos D´ıas. El hecho de que el autor de dicho Apocalipsis tuviera en mente estas invasiones b´arbaras, pero sin hacer referencia expl´ıcita a ellos, limit´andose a la imprecisi´on de la alegor´ıa y los vaticinia ex eventu, permiti´o que el texto pudiera ser trasladado y adaptado a cualquier movimiento humano, a cualquier invasi´on de extranjeros.
En Francia y en Castilla, los testimonios de los Pueblos Inmundos aparecen en el Livre des Merveilles du monde de Jean de Mandeville, como un episodio dentro del Libro del Anticristo de Mart´ınez de Ampi´es y en las traducciones del Libro de Ale- xandre y el Roman d’Alexandre basadas, esencialmente, en una versi´on tard´ıa del libro Vida y Haza˜nas de Alejandro de Macedonia, de Pseudo-Cal´ıstenes44. Tam-
bi´en contamos con un fragmento de la Profec´ıa de la Sibila Tiburtina que aparece
en el Tercer Tomo de la General Estoria45 de Alfonso X y que ha sido editado
por S´anchez Prieto (2009: 491-492). Esta profec´ıa, como ya hemos visto, engloba todos los temas tratados en este estudio.
En todos ellos, la aparici´on de los Pueblos Inmundos est´a subordinada a la historia principal del texto correspondiente: las revelaciones de Pseudo-Metodio acerca del fin del mundo; la cartograf´ıa del mundo en el caso de Jean de Mandeville; la vida del Anticristo en lo que se refiere a Mart´ınez de Ampi´es; y, finalmente, el episodio escatol´ogico dentro de la biograf´ıa novelada de Alejandro Magno que forma el Libro de Alexandre.
44En concreto, los manuscritos B y M de dicha obra (Garc´ıa Gual, 2002: 177).
45El fragmento correspondiente a Alejandro Magno en la General Estoria que sale de los scrip-
toria alfons´ıes tambi´en se basa en Pseudo-Metodio, e incluyen las referencias a dichos Pueblos, al igual que la novela de Pseudo-Cal´ıstenes.
Cap´ıtulo 3 Establecimiento del corpus 65 En todo caso, la leyenda de Alejandro Magno y su biograf´ıa novelada se contamin´o con la leyenda de los Pueblos Inmundos. Dicha contaminaci´on tuvo lugar a partir de una versi´on tard´ıa del Pseudo-Cal´ıstenes, la versi´on que aparece en los manus- critos B y M de dicha obra, los ´unicos donde se incluye el cap´ıtulo III.29 (Garc´ıa Gual, 2002: 177-178). Este cap´ıtulo est´a basado pr´acticamente en su totalidad en el pasaje similar del Apocalipsis de Pseudo-Metodio (Garstad, 2012: 23-27). De modo que, a pesar de la difusi´on que tuvo la leyenda de los Pueblos Inmundos en la Edad Media europea, no tuvo, como vemos, demasiado eco en las literaturas castellana y francesa. La gran mayor´ıa de textos en castellano y franc´es lo tra- tan, sobre todo, en relaci´on con la leyenda de Alejandro Magno y con el aspecto historiogr´afico y cartogr´afico de la historia (Anderson, 1932).
La mayor diferencia la establece, una vez m´as, el Libro del Anticristo, en el que Mart´ınez de Ampi´es introduce a los Pueblos Inmundos no en los momentos finales del mundo, como huestes del Anticristo, sino como los primeros reinos que se someten a su poder terrenal. Mart´ınez de Ampi´es dedica dos cap´ıtulos al tema de los Pueblos Inmundos: el XXV (C´omo las gentes paganas de Got y Magot, Egipto, Ethiop´ıa, con otros muchos, demandar´an al Anticristo por le adorar como a su dios) y el XXVI (C´omo los reyes ya dichos en el cap´ıtulo ante de ´este querr´an ver los milagros del Anticristo, seg´un sus disciplos havr´an predicado).
Este corpus de obras apocal´ıpticas en franc´es y castellano nos permitir´a ver la evoluci´on de dicha tem´atica, el camino recorrido desde las fuentes latinas hasta los manuscritos e incunables en ambas lenguas. Aqu´ı hemos apuntado las primeras caracter´ısticas de nuestra base documental: en primer lugar, casi toda la literatura apocal´ıptica en castellano y franc´es pertenece a la tem´atica principal, esto es, la llegada del Anticristo, los Signos del Juicio y el Juicio Final. La tem´atica secundaria (los Pueblos Inmundos, el ´Ultimo Emperador y el Pastor Angelicus quien est´a supeditado, en franc´es y castellano, al ´Ultimo Emperador) tuvieron, por otra parte, una representaci´on mucho menor en castellano y franc´es.
En segundo lugar, los manuscritos conservados: de los dos pa´ıses, Francia es la que conserva un mayor n´umero de manuscritos de la tem´atica principal (diecisiete manuscritos que ilustran el tema del Anticristo, treinta y dos del poema de Quinze Signes du Jugement Dernier, y seis del Juicio Final) mientras que en Castilla su n´umero es bastante m´as reducido (tres manuscritos para el Anticristo, dos para los Signos del Juicio, y dos referidos al Juicio Final, a los que se a˜nade el
66 Cap´ıtulo 3 Establecimiento del corpus incunable de Mart´ınez de Ampi´es, que contiene los tres temas). En el caso de la tem´atica secundaria, sus temas no acabaron de enraizar en las literaturas castellana y francesa, a pesar de que en los ambientes latinos tanto franceses como castellanos y aragoneses hallamos suficientes ejemplos (v´ease m´as adelante el cap´ıtulo 4). Las razones que permitir´ıan explicar esta disparidad a la hora de conservar los documentos medievales, m´as all´a de la p´erdida de los textos —que no deja de ser una raz´on de peso— ser´an expuestas m´as adelante, en el cap´ıtulo 5, donde esta- bleceremos los par´ametros de difusi´on y recepci´on de dichas obras en el conjunto de la sociedad medieval.
En tercer y ´ultimo lugar, los temas apocal´ıpticos no se difundieron de igual ma- nera en Castilla como en Francia. Por regla general, un mayor n´umero de manus- critos supone una mayor difusi´on: este es el caso del poema Des Quinze Signes du Jugement Dernier, del que encontramos testimonios documentales en Francia, Inglaterra, Holanda, B´elgica y Suiza. Sin embargo, ninguno atraves´o los Pirineos siguiendo el Camino de Santiago. Por esta raz´on nos preguntamos, en primer lu- gar, qu´e hizo que la Edad Media espa˜nola fuera, al menos desde el punto de vista documental, tan diferente a la francesa y, en segundo lugar, por qu´e la Edad Media francesa fue tan proclive a la producci´on y a la conservaci´on de sus textos.
Parte II
Cap´ıtulo 4
El Anticristo
El Anticristo constituye uno de los personajes principales de la escatolog´ıa medieval y ello a pesar de los escasos testimonios al respecto que aparecen en la literatura neotestamentaria. Las referencias a este personaje, cuyo simple nombre encarnaba toda la maldad, son muy limitadas en el Nuevo Testamento: s´olo cinco referencias (v´ease m´as adelante, en la secci´on dedicada a los antecedentes literarios).
A partir del siglo II el Anticristo pas´o a ocupar un lugar destacado dentro de la literatura apocal´ıptica cristiana y aquellas primeras referencias llamaron la aten- ci´on de un gran n´umero de ex´egetas, quienes desarrollaron, durante la Antig¨uedad tard´ıa y la Edad Media, un personaje apocal´ıptico completamente caracterizado, sobre todo, en el Tratado del Anticristo de Adso de Montier-en-Der.
Durante la Baja Edad Media la leyenda del Anticristo comenz´o a difundirse tam- bi´en en las lenguas romances y a captar la atenci´on, si nos atenemos al n´umero de documentos conservados, de las capas sociales que no ten´ıan acceso a la cultura en lengua latina. Un ejemplo de dicha difusi´on son los sermones que Vicente Ferrer predic´o sobre el Anticristo y la inminencia del fin del mundo y el Juicio Final1,
a finales del siglo XIV y principios del XV, a lo largo y ancho de los reinos de Castilla y Arag´on.
1Los sermones que Vicente Ferrer predic´o en Castilla fueron publicados por Pedro de C´atedra
70 Cap´ıtulo 4 El Anticristo
4.1.
Antecedentes literarios
El Anticristo no se caracterizar´a como personaje apocal´ıptico hasta la Edad Media, pues hasta entonces su definici´on se debat´ıa, realmente, entre el “anti-cristo” como concepto, esto es, algo o alguien que se enfrentar´a a Cristo y ser´a su alter ego, y el “Anti-cristo” como personaje propiamente dicho, como entidad real que surgir´a al final de los tiempos.
En este sentido, el Anticristo es, hasta finales de la Edad Media, un personaje en construcci´on. Dada su ambig¨uedad original —recordemos, como concepto y como protagonista escatol´ogico—, el Anticristo va form´andose a medida que las ex´egesis y las especulaciones al respecto van a˜nadi´endole caracter´ısticas seg´un el modelo escogido.
La primera vez que aparece el t´ermino Anticristo en la literatura cristiana, lo hace en las ep´ıstolas juaninas: cuatro veces en la primera y una vez en la segunda (1 Io 2, 18-22; 1 Io 4, 3; 2 Io 7). Aunque se considera que Pablo tambi´en habla del Anticristo en una de sus ep´ıstolas —la segunda a los Tesalonicenses—, no lo nombra como tal en ning´un momento, sino que para ello usa dos im´agenes previas pertenecientes al imaginario apocal´ıptico del profeta Daniel: filius perditionis y homo peccatis2. Estas im´agenes presuponen, sin nombrarlo, al Anticristo a la vez
que entroncan con el esp´ıritu apocal´ıptico jud´ıo.
Poco m´as tarde, y al igual que sucediera con la carta de Pablo a los Tesalonicenses, el Apocalipsis no nombra expresamente al Anticristo aunque s´ı permite una lec- tura entre l´ıneas, precisamente por la vaguedad de su personificaci´on del mal. Las im´agenes de la bestia del mar y la bestia de la tierra y el falso profeta (Ap 13), as´ı como la del diablo encadenado (Ap 20) son aquellas que, durante la Antig¨uedad tard´ıa y la Edad Media, m´as se usar´an para definir al Anticristo, ya que responde a las expectativas escatol´ogicas que ten´ıan los cristianos.
Volviendo a las ep´ıstolas del Nuevo Testamento, las tres se incluyen en esa corriente de curiosidad exacerbada por parte de los primeros cristianos sobre el fin del mundo
2“De ninguna manera se dejen enga˜nar. Porque ese d´ıa no vendr´a sin que antes venga la
apostas´ıa, y se manifieste el hombre de pecado, es decir, el hijo de perdici´on, el cual se opone y se enfrenta a todo lo que se llama Dios o es objeto de culto. Llega al grado de sentarse en el templo de Dios y de ocupar su lugar, haci´endose pasar por Dios” (II Tes 2, 5) (las cursivas son nuestras).
Cap´ıtulo 4 El Anticristo 71 que surge de las palabras del propio Jes´us recogidas en los evangelios sin´opticos3.
Esta expectaci´on apocal´ıptica se entiende mejor bajo la luz del mesianismo esenio (Pi˜nero, 2009) que, de manera natural, se inscribe en el apocalipticismo jud´ıo. M´as precisamente, la segunda ep´ıstola de Pablo a los Tesalonicenses en su conjunto tiene como tema general la segunda venida de Cristo, la Parus´ıa, especialmente el principio del segundo cap´ıtulo (II Tes 2, 1-10):
Pero con respecto a la venida de nuestro Se˜nor Jesucristo, y nuestra reuni´on con ´el, os rogamos, hermanos, que no os dej´eis mover f´acilmente de vuestro modo de pensar, ni os conturb´eis, ni por esp´ıritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra, en el sentido de que el d´ıa del Se˜nor est´a cerca. Nadie os enga˜ne en ninguna manera; porque no vendr´a sin que antes venga la apostas´ıa, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdici´on, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haci´endose pasar por Dios. ¿No os acord´ais que cuando yo estaba todav´ıa con vosotros, os dec´ıa esto? Y ahora vosotros sab´eis lo que lo detiene, a fin de que a su debido tiempo se manifieste. Porque ya est´a en acci´on el misterio de la iniquidad; s´olo que hay quien al presente lo detiene, hasta que ´el a su vez sea quitado de en medio. Y entonces se manifestar´a aquel inicuo, a quien el Se˜nor matar´a con el esp´ıritu de su boca, y destruir´a con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satan´as, con gran poder y se˜nales y prodigios mentirosos, y con todo enga˜no de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos.
Este fragmento pone de relieve, en cierto modo, una parte significativa de la ex´ege- sis apocal´ıptica medieval. Marca, como ning´un otro texto apocal´ıptico, las carac- ter´ısticas b´asicas del apocalipticismo cristiano, separ´andolo as´ı de su inmediato predecesor jud´ıo.
3“Y estando ´el sentado en el monte de los Olivos, los disc´ıpulos se le acercaron aparte, diciendo:
Dinos, ¿cu´ando ser´an estas cosas, y qu´e se˜nal habr´a de tu venida, y del fin del siglo? Respondiendo Jes´us, les dijo: Mirad que nadie os enga˜ne. Porque vendr´an muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos enga˜nar´an” (Mt 24, 3-5; Mc 13, 4; Mt 24, 3 y Lc 21, 7)
72 Cap´ıtulo 4 El Anticristo En primer lugar mantiene que, para que se produzca la Parus´ıa, la segunda venida de Cristo, se tienen que dar dos condiciones: por una parte la apostas´ıa generali- zada, esto es, que los cristianos abandonen la fe de Cristo (II Tes 2, 3); y por otra parte, la manifestaci´on del Imp´ıo (II Tes 2, 7).
En segundo lugar, y de manera ligeramente cr´ıptica, pues se refiere a una comuni- caci´on anterior de la que no se tiene noticia, se˜nala que el Filius perditionis est´a ya en activo, pero existe algo (o alguien) que le impide manifestarse abiertamente. Como veremos a lo largo de este ep´ıgrafe dedicado al Anticristo, estos dos puntos constituir´an las inc´ognitas sobre las que se construir´a, tanto en la Antig¨uedad tard´ıa como a lo largo de la Edad Media, la especulaci´on apocal´ıptica: ¿Cu´ando tendr´a lugar la tan temida apostas´ıa? ¿Qui´en (o qu´e) impide que el Anticristo se manifieste y se d´e a conocer? ¿C´omo ser´an los prodigios y milagros que har´a el Anticristo?
De este modo, se suscitan, en gran medida a partir de esta ep´ıstola, las dos futuras vertientes dentro de la Iglesia Cat´olica en lo que concierne el fin de los d´ıas: la primera, aquella que espera el fin inmediato de los tiempos y la Parus´ıa de Cristo, expectativa que se mantiene desde los primeros cristianos; y la segunda, aquella que pone el acento sobre la ignorancia humana acerca del fin del mundo, dado que es un conocimiento exclusivo de Dios, no de los hombres.
Es decir, los textos b´asicos de la apocal´ıptica neotestamentaria son, por este orden, la segunda carta de Pablo a los tesalonicenses, las dos ep´ıstolas de Juan y, en menor medida, el Apocalipsis de Juan, el ´unico de su g´enero en formar parte del canon b´ıblico4. Las ep´ıstolas sugieren las amenazas a las que se enfrentar´an los cristianos en los ´ultimos d´ıas, el Apocalipsis muestra c´omo ser´an dichas amenazas, como har´a el Beato de Li´ebana con sus ilustraciones en el siglo VIII (Eco, 1982: 2-20). El Anticristo queda, pues, caracterizado como el enemigo ´ultimo de la Cristiandad. Sin embargo, no queda claro, a la luz de los textos que acabamos de se˜nalar, si se trata de un personaje ´unico o de un grupo5. En lo que s´ı est´an de acuerdo Juan
y Pablo, y esto se mantendr´a como una constante en la literatura apocal´ıptica
4A pesar de ello, hubo numerosos Apocalipsis circulando en los c´ırculos cristianos de la ´epoca,
algunos de ellos conservados gracias a las antolog´ıas de textos gn´osticos y de los manuscritos de Nag Hammadi (Pi˜nero, 2009).
5De hecho, en I Ju 2, 18, Juan habla de un grupo de her´eticos, a los que se refiere como
Cap´ıtulo 4 El Anticristo 73 cristiana, es que la Parus´ıa no tendr´a lugar hasta que el Anticristo aparezca y “evangelice” al mundo, esto es, se produzca la gran Apostas´ıa.
Durante la mayor parte de la etapa patr´ıstica, el tema del Anticristo se mantiene circunscrito geogr´aficamente a la Iglesia oriental, hasta la aparici´on de Agust´ın de Hipona, quien lo traslada a la primera l´ınea de las preocupaciones teol´ogicas occi- dentales. En cuanto al aspecto tem´atico, son escasas las innovaciones que surgen en este periodo con respecto a la caracterizaci´on que se hizo en la etapa anterior. Como ya hemos visto, en el Apocalipsis de Juan no hay ninguna referencia directa al Anticristo, al contrario que en las ep´ıstolas juaninas. No obstante, los princi- pales ex´egetas de este periodo se basar´an principalmente en ´el para establecer las caracter´ısticas b´asicas del Anticristo, especialmente los cap´ıtulos 13 y 17.
As´ı, estos primeros escritores, inspirados en cierta manera en las atrocidades futu- ras del Anticristo, intentar´an establecer sus caracter´ısticas principales, al tiempo que describen, con cada vez mayor n´umero de detalles, todos los aspectos de su m´as que probable existencia. Usar´an para ello, como dijimos, el aspecto intelec- tual que subyace en las ep´ıstolas de Juan y Pablo, y le agregar´an la fuerza de las im´agenes del Apocalipsis y de la tradici´on apocal´ıptica previa.
La ambig¨uedad que los libros neotestamentarios otorgan al Anticristo —recorde- mos, cualquiera que se enfrente a la Iglesia, por un lado, y personaje principal del fin de los tiempos, por el otro— propiciar´a la doble lectura de este personaje