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LXXXII LA GUARIDA

In document El Judio Errante Tomo 2 (página 48-50)

La fisonomía de Rodin al entrar en la cueva de la madre Arsenia, manifestaba la más cándida sencillez; apoyando ambas manos en el puño de su paraguas, le dijo:

—Siento mucho, mi querida señora, el haberos despertado tan temprano esta mañana. —No venís sino muy rara vez, para que tenga por lo que quejarme.

—¡Qué queréis, mi querida señora! vivo en el campo, y no puedo venir sino algún día que otro a mi aposento para arreglar mis asuntos.

—Ahora que hablamos de esto: la carta que esperabais ayer me la han entregado esta mañana. Aquí la tenéis.

—Gracias, mi querida señora —dijo Rodin tomando la carta con aparente indiferencia. —¿Subiréis a vuestro cuarto, señor?

—Sí, mi querida señora.

—Entonces os prepararé vuestras provisiones —dijo la madre Arsenia—. ¿Cómo de costumbre, mi digno señor?

—Siempre lo mismo.

—En un abrir y cerrar de ojos estará pronto—. Y tomando la revendedora un viejo cesto echó en él tres o cuatro pedazos de zumaque para quemar, sacó de un baúl un pan grande y redondo, cortó una rebanada, y escogiendo un magnífico rábano, lo dividió en dos, hizo en él un agujero que llenó de sal negra, y volviendo a unir los dos pedazos los colocó con mucho cuidado al lado del pan, puso en una concha algunas brasas de su hornillo, cubriólas con ceniza, y poniéndola también en el cesto, subió la madre Arsenia las tres gradas de su escalera diciendo a Rodin—; Señor, aquí tenéis vuestro cesto.

— Mil gracias, dentro de un rato, os devolveré vuestro cesto, como de costumbre. —A vuestra disposición —contestó la madre Arsenia.

Rodin sacó del bolsillo una llave con la que abrió la primera puerta que volvió a cerrar con mucho cuidado. En el primer cuarto no se veía ningún mueble, y en cuanto al segundo, difícil sería imaginarse otro de aspecto más triste y miserable.

Después de haber cerrado la puerta, puso en el suelo el cesto, sacó el pan y el rábano, que colocó sobre la mesa, y arrodillándose delante de la estufa, la atestó de combustibles, encendiéndole con las brasas de la concha que soplaba con su robusto y poderoso pulmón. Cuando la estufa estuvo encendida. Rodin corrió los pañuelos sobre el bramante, y creyéndose a cubierto de las indiscretas miradas, sacó del bolsillo de su levita la carta que le había entregado la madre Arsenia, y con ella diferentes papeles y objetos; uno de aquellos papeles, sucio y ajado, doblado como un paquetito, que al caer sobre la mesa se abrió, encerraba una cruz de la Legión de Honor de plata ennegrecida por el tiempo; la cinta encarnada casi había perdido el color.

Después de un momento de reflexión, disponíase a romper el sello, cuando la arrojó bruscamente sobre la mesa, como si, por un extraño capricho, quisiese prolongar por algunos momentos la angustia de una terrible incertidumbre, tan fuerte como la emoción del juego.

Se tendrá presente que al principio de esta historia, cuando Rodin escribía a Roma que el Padre d'Aigrigny, habiendo recibido la orden de salir de Francia sin ver a su madre moribunda, "había" titubeado en partir, Rodin añadió a modo de posdata al pie de la carta que denunciaba al general de la orden la duda del Padre d'Aigrigny: "Decid al cardenal príncipe que puede contar conmigo, pero que en cambio me sirva con actividad".

Después de algunos momentos Rodin volvió a acercarse lentamente a la mesa en que estaba la carta, que a pesar de su gran curiosidad, había dejado de abrir por una especie de capricho supersticioso. Hizo metódicamente los preparativos de su frugal almuerzo, arregló sobre la mesa el pan y rábano, al lado de un tintero con plumas; sentóse en el taburete con la estufa casi entre las piernas, sacó del bolsillo una navaja con mango de cuerno, cuya hoja afilada había ya perdido sus tres cuartas partes; cortó alternativamente un pedazo de pan y otro de rábano y dio principio

a su frugal desayuno con buen apetito. Terminado el desayuno, Rodin rompió con mano trémula el sobre, que encerraba dos cartas. De la primera pareció quedar medianamente satisfecho, porque al cabo de algunos minutos, encogióse de hombros, dio un golpe en la mesa con el mango de su navaja, y desvió la carta desdeñosamente con el reverso de su mano grasienta; recorriendo la segunda misiva, la mano perdió de pronto su movimiento; a medida que leía, Rodin parecía interesarse y sorprenderse cada vez más.

Levantóse al fin bruscamente acercándose a la ventana, como para asegurarse por medio de un segundo examen que las cifras de la carta decían lo que había leído; tan inesperado le parecía lo que le anunciaban. Sin duda Rodin se convenció de que "había descifrado bien", porque dejó caer los brazos, no con abatimiento, sino con el pasmo de una satisfacción tan imprevista como extraordinaria, permaneciendo largo rato con la cabeza baja y la vista fija; la única señal que daba de alegría manifestábase con una aspiración sonora, frecuente y prolongada.

Pasada su primera impresión, que no era otra cosa que una especie de modestia de ambición, una desconfianza de sí mismo, bastante común en los hombres verdaderamente superiores, Rodin consideró las cosas con más lógica serenidad, echándose en cara su sorpresa.

Rodin colocó la carta delante para volverla a leer, y fijando en ella la vista, empezó a morder con una especie de alegre furor su pan duro y su rábano, entonando unas antiguas letanías.

* * *

Era extraña, grande y sobre todo imponente esta grande ambición, ya casi justificada por los acontecimientos, y encerrada, por decirlo así, en una miserable guardilla. El Padre d'Aigrigny, si no de gran capacidad, a lo menos de un valor verdadero, de elevada cuna, orgulloso, admitido entre la sociedad más escogida, nunca se hubiera atrevido a abrigar la idea de pretender lo que Rodin quería de golpe; la única del Padre d'Aigrigny, y aún la miraba como imposible, era llegar algún día a ser elegido general de su Orden, de aquella sociedad que abarcaba el mundo.

Durante la escena muda que acabamos de describir, Rodin no había notado que las cortinas de una de las ventanas del tercer piso del edificio que dominaba el suyo se habían separado, dejando ver a medias la carilla traviesa de Rosa Pompón y el rostro de Sileno de Nini Moulin. De consiguiente, Rodin, a pesar de su parapeto de pañuelos, no se había librado del examen indiscreto de los dos corifeos del Tulipán borrascoso.

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