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LXXXIX LAS SOSPECHAS

In document El Judio Errante Tomo 2 (página 69-72)

La señorita de Cardoville se adelantó a recibir a la Gibosa con los brazos abiertos, le dijo con voz conmovida:

— ¡Venid, venid, ahora ya no hay reja que nos separe!

Esta alusión que recordaba a la joven costurera que no hacía mucho que aquella bella y rica patricia había besado con respeto su mano pobre, pero laboriosa, la hizo experimentar un sentimiento inefable y orgulloso a la par. Como no supiese qué responder a la cordial acogida de Adriana, esta la abrazó con tierna efusión.

—¡Qué buena sois! Fue lo único que pudo decir la costurera.

—Miradla... señor —dijo Adriana a Rodin, que se acercó— Es un tesoro que he descubierto. Miradla, señor, y amadla como yo la amo, honradla como yo la honro.

—Y como los hallamos, a Dios gracias, mi querida señorita —dijo Rodin a Adriana saludando a la costurera.

Levantó ésta lentamente la vista para mirar al jesuita y al ver aquel rostro cadavérico que le sonreía con benignidad, la joven se estremeció. ¡Cosa extraña! nunca había visto a este hombre, y al momento sintió casi la misma impresión de temor y recelo que acababa de sentir él. La Gibosa, por lo regular tímida, no podía apartar su vista de la de Rodin. Este, demasiado fisonomista para no echar de ver la terrible impresión que causaba, sintió aumentarse su instintiva repugnancia contra la costurera; y en vez de bajar la vista, examinábala con tanta atención que la señorita de Cardoville lo advirtió.

—Perdonad, mi querida hija —dijo Rodin aparentando reunir sus ideas y dirigiéndose a la Gibosa— perdonad, pero creo no engañarme. ¿No habéis estado hace pocos días en el convento de Santa María... aquí cerca?

—Sí, señor.

—Ya no me queda duda; sois vos... ¿En dónde tenía la cabeza? —exclamó Rodin. —¿De qué se trata señor? —preguntó Adriana.

—¡Ah! razón teníais, mi querida señorita —dijo indicando a la Gibosa—. Eso si que es un corazón, un corazón noble. ¡Si supieseis con qué dignidad, con qué valor esa pobre niña, que no tenía trabajo, y esto para ella es carecer de todo, desechó el vergonzoso salario que la superiora del convenio cometió la infamia de ofrecerle para que espiase a las personas de la casa en donde quería colocarla!

—¡Ah! ¡es indigno! —exclamo la señorita de Cardoville con desagrado.

—Señorita —dijo la Gibosa con amargura— no tenía trabajo, era pobre, no me conocían, y creyeron poder proponerme cualquier cosa.

—Y yo digo —contestó Rodin— que es mayor infamia en la superiora el querer valerse de vuestra posición, y para vos mucho más digno de elogio el haberos negado a ello.

—¡Señor! —exclamó la Gibosa con modesta turbación.

—Pero ahora que me acuerdo y algo tarde es, ¿qué es lo que me proporciona la alegría de veros? —Esta mañana, el Sr. Dagoberto recibió una carta en que le rogaban que se presentase aquí, en donde ofrecían darle buenas noticias de lo que más le interesa en este mundo. Suponiendo que aludirían a las señoritas Simón, me dijo: "Gibosa, os habéis interesado tanto por esas niñas queridas, que es necesario que vengáis conmigo; presenciaréis mi alegría al recobrarlas, y esto os servirá de recompensa".

Adriana miró á Rodin, y haciéndole éste una seña afirmativa con la cabeza, la dijo:

—Sí. sí señorita, yo fui el que escribí a ese valiente soldado, pero sin afirmar ni dar explicaciones; ya os diré por qué.

—Entonces, mi querida hija, ¿cómo es que habéis venido sola? —dijo Adriana.

—¡Ay! señorita, cuando entré, conmovióme de tal modo vuestro recibimiento, que no he podido manifestaros mis temores.

—¿Qué temores? —preguntó Rodin.

—Sabiendo que estabais aquí, señorita, supuse que erais vos los que habíais escrito la carta al Sr. Dagoberto; se lo dije y fue de mi parecer. Cuando llegamos aquí era tanta su impaciencia, que en la puerta preguntó ya si las huérfanas estaban en casa, y habiendo dado sus señas, le contestaron que no. Entonces, a pesar de mis súplicas, se empeño en ir al convento a preguntar por ellas. —¡Qué imprudencia! —exclamó Adriana.

— ¡Después de lo ocurrido la otra noche! —añadió Rodin encogiéndose de hombros.

—Fue en vano todo lo que le dije —respondió la Gibosa — que la carta no anunciaba positivamente que le entregarían las huérfanas, sino que quizás le darían noticias de ellas; pero no quiso escucharme, y me dijo: "si no puedo alcanzar nada, volveré aquí, pero anteayer estaban en el convento, ahora que todo se ha descubierto no pueden negármelas".

—Con una cabeza semejante —dijo Rodin sonriéndose— no hay reflexiones que valgan.

—¡Con tal que no le reconozcan! —dijo Adriana pensando en las amenazas del doctor Baleinier. —No es presumible —respondió Rodin— lo más que creo le suceda es que le nieguen la entrada: además, el magistrado no puede tardar en volver con esas jóvenes. Aquí ya no soy necesario: otras cosas me quedan que hacer. Es indispensable que me informe del paradero del príncipe Djalma; así tened la bondad de decir cuándo y en dónde podré volveros a ver, mi querida señorita, para teneros al corriente del éxito de mis pesquisas y acordar lo que convenga respecto al joven príncipe, sí, como lo creo, logro dar con él.

—Me hallaréis en mi nueva habitación, adonde iré a parar saliendo de aquí; calle de Anjou, es el antiguo palacio de Beaulieu; pero ahora que me acuerdo —dijo de pronto Adriana después de algunos momentos de reflexión— no me parece prudente, por varias razones, hospedar al príncipe Djalma en el pabellón que yo ocupaba en el palacio de Saint-Dizier. No hace mucho que he visto para alquilar una hermosa casita amueblada, la cual, agregándole algunos adornos que pueden proporcionarse en veinticuatro horas, sería una bonita habitación; sí, esto es mil veces preferible —añadió la señorita de Cardoville después de un momento de silencio— y de este modo podré con más seguridad conservar el incógnito.

—¡Cómo! exclamó Rodin, a quien esta determinación de la joven desbaratada todos sus proyectos— queréis que ignore...

—Quiero que el príncipe Djalma no sepa quién es el amigo desconocido que le auxilia, deseo que mi nombre no se pronuncie delante de él, y que ignore que existo, a lo menos por ahora. Más adelante... quizás dentro de un mes... veré; las circunstancias me guiarán.

—Pero ese incógnito —dijo Rodin ocultando lo mucho que le contrariaba —¿no será difícil de guardar?

—Si el príncipe habitase en el pabellón, convengo en ello, la vecindad de mi tía podría enterarle, y este recelo es uno de los motivos que me hacen renunciar a mi primer proyecto. Mas el príncipe habitará un barrio bastante separado, la calle Blanca. ¿Quién puede informarle de lo que debe ignorar? Uno de mis antiguos amigos, Mr. Norval, vos, señor, y esta buena niña, e indicó a la Gibosa, en cuya discreción puedo confiar como en la vuestra, seréis los únicos que sabréis mis secretos... por consiguiente estará bien guardado. Mañana hablaremos extensamente sobre este asunto; primero conviene saber el paradero de ese desgraciado príncipe.

Rodin, aunque muy contrariado por la repentina determinación de Adriana con respecto a Djalma, procuró disimular, y respondió:

—Cumpliré puntualmente vuestros deseos, señorita, y mañana, si me lo permitís, iré a daros razón de lo que no hace mucho os dignabais llamar mi misión providencial.

—Hasta mañana; os esperaré con impaciencia —dijo Adriana a Rodin afectuosamente . — Permitid que cuente siempre con vos, como de hoy en adelante podéis contar conmigo. — Preciso será que os manifestéis indulgente, porque preveo que tendré aún que solicitaros muchos consejos y servicios, cuando ya os debo tantos.

—Nunca me deberéis bastante, mi querida señorita, nunca bastante —dijo Rodin dirigiéndose discretamente hacia la puerta, después de saludar a Adriana. Cuando iba a salir del cuarto, hallóse cara a cara con Dagoberto.

—¡Ah! ¡ya tengo uno! —exclamó el soldado sujetando al jesuita por el cuello de la levita con mano vigorosa.

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