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LXXXV LOS CONSEJOS

In document El Judio Errante Tomo 2 (página 56-59)

Adriana de Cardoville se hallaba encerrada en la enfermería del doctor Baleinier, y aún con mayores precauciones, desde la tentativa nocturna de Agrícola y Dagoberto, de cuyas resultas fue herido éste de gravedad, y gracias a la valiente adhesión de su hijo, ayudado del heroico "Mala Sombra", pudo salvarse por la puertecita del jardín del convento y huir por el baluarte exterior con el joven herrero.

Las cuatro acababan de dar; desde el día anterior se hallaba Adriana en un cuarto del segundo piso de la enfermería. La joven, desde su entrevista con la Gibosa, esperaba de un momento a otro verse en libertad, por la intervención de sus amigos; pero afligíale una dolorosa inquietud por la suerte de Agrícola y Dagoberto. Estos nuevos incidentes aumentaban aún más los resentimientos que Adriana abrigaba contra la princesa de Saint-Dizier, el Padre d'Aigrigny y sus secuaces.

Sentada delante de una mesita, hojeaba un libro, cuando la puerta se abrió y entró en el cuarto del doctor Baleinier.

Ya dijimos que el doctor, jesuita de traje corto, instrumento dócil y pasivo de las voluntades de la Orden, no estaba sino medio enterado de los secretos del Padre d'Aigrigny y de la princesa de Saint-Dizier.

Al ver al doctor, la señorita de Cardoville no pudo disimular la aversión que aquel hombre le inspiraba. Mr. Baleinier, por el contrario, siempre risueño y amable, se acercó a Adriana con despejo y suma confianza, paróse a dos pasos de ella como para examinar atentamente las facciones de la joven, y dijo, cual si estuviese satisfecho de las observaciones que acababa de hacer:

¡Vamos! los desgraciados acontecimientos de ayer noche no tendrán tan malos resultados como presumía. Hay mejoría, el color es más natural, los ademanes más tranquilos, los ojos se conservan aún algo vivos, pero ya no brillan con aquel resplandor poco común.

La señorita de Cardoville no pudo menos de decirle, con sonrisa de amargo desprecio:

—¡Qué desvergonzada es vuestra probidad! ¡Qué descarado vuestro celo para ganar bien el dinero que os dan!

—¡Ay! —dijo el doctor en tono conmovido— ¡siempre la misma idea de figuraros que no necesitabais de mis cuidados!

—Así lo creo; sí, acércase el día en que seréis "juzgado como debéis serlo".

—¡Siempre esa otra idea! —dijo el doctor con una especie de conmiseración—. Vamos, sed razonable.

—¡Que renuncie a pedir a los tribunales reparación para mí y baldón para vos y vuestros cómplices! Nunca, señor, ¡oh! nunca.

—¡Bueno! —dijo el doctor encogiéndose de hombros—, cuando os halléis fuera de aquí, a Dios gracias, tendréis que ocuparos de otras cosas... mi bella enemiga.

—¿De qué cosas?

—Trátase de dos pobres diablos que, enviados sin duda por los que se titulan amigos vuestros, se introdujeron la otra noche en el vecino convento, y de allí pasaron a nuestro jardín. Los tiros que oísteis fueron dirigidos a ellos.

—¡Ay! ya lo presumía. ¡Y no han querido decirme si habían sido heridos! —dijo Adriana con dolorosa emoción.

—El uno de ellos lo fue, aunque no de gravedad, pues se hallaba en estado de poder caminar y logró escapar a las persecuciones de nuestra ronda.

—¡Alabado sea Dios! —exclamó la señorita de Cardoville juntando las manos.

—Loable es por cierto vuestra alegría al saber que se han salvado; pero ¿por qué singular contradicción deseáis ahora que la justicia siga sus huellas? ¡Extraño modo, en verdad, de reconocer su adhesión!

—¿Qué decís, señor? —preguntó Adriana.

—Porque, en fin, si los prenden —contestó el doctor Baleinier sin contestarle— como son reos de escalamiento y fractura a deshora de la noche, irían a galeras...

—¡Cielos! ¡y por mí!

—Por vos sería; y lo peor es que vos misma, sin querer, los condenaríais. —¡Ah, señor, sería horrible! No es posible:

—Al contrario, muy posible —contestó el doctor—. Mientras yo y la superiora del convento, que al cabo somos los únicos que tendríamos derecho para quejarnos, no queremos sino ocultar este desagradable asunto, vos, por quien esos desgraciados han aventurado el ir a galeras, vos seríais la que los entregase en manos de la justicia.

Sí bien la señorita de Cardoville no daba mucho crédito a lo que decía el jesuita de traje corto, conocía con todo que la clemencia con que estaban dispuestos a tratar a Dagoberto y a su hijo, dependía del partido que ella abrazase de reclamar o no de la justicia una venganza legítima. Efectivamente, Rodin, cuyas instrucciones seguía el doctor sin saberlo, era demasiado listo para mandar que dijesen a la señorita de Cardoville: "Si entablas alguna queja, denunciamos a Dagoberto y a su hijo".

—Pero, en fin —exclamó ésta sin poder reprimir su turbación— suponiendo que me halle dispuesta, sea cual fuere el motivo, a no entablar ninguna queja, olvidado el mal trato que he recibido, ¿cuándo saldré de aquí?

—Nada puedo afirmar, porque me es imposible saber a punto fijo cuándo estaréis curada radicalmente —dijo el doctor con benignidad—. Os halláis en buena senda, pero...

—¡Siempre la misma farsa insolente y estúpida! —exclamó la señorita de Cardoville interrumpiendo al doctor con indignación— . Os pregunto, y si preciso es, os suplico, que me digáis cuánto tiempo debo permanecer aún secuestrada en esta horrible casa, porque, en fin, supongo que saldré algún día.

—Seguramente, yo también lo creo así —contestó el jesuita de traje corto con tono compungido —, pero cuando os digo que lo ignoro...

Oyéronse en aquel momento pasos precipitados en la pieza contigua, y entró en el cuarto una guardiana de la casa, después de haber llamado.

—Señor —dijo al doctor con aire azorado—, abajo hay dos señores que desean veros al momento y también a la señorita.

Adriana levantó la cabeza, y abundantes lágrimas brotaban de sus ojos. —¿Cómo se llaman? —dijo el doctor muy sorprendido.

—Uno de ellos me dijo: "Id a prevenir al señor doctor que soy magistrado, y vengo aquí a ejercer una misión judicial respecto a la señorita de Cardoville".

—¡Un magistrado! —exclamó el jesuita de traje corto, encendiéndosele el rostro y no pudiendo

ocultar su sorpresa e inquietud.

—¡Ah! ¡alabado sea Dios! exclamó Adriana levantándose con viveza, y radiante el rostro de esperanza al través de sus lágrimas—. ¡Mis amigos han recibido mi aviso a tiempo! ¡La hora de la justicia ha llegado!

—Rogad a esas personas que suban —dijo el doctor Baleinier a la guardiana después de un momento de reflexión. En su fisonomía se leía su emoción creciente, y acercándose a Adriana con aire duro, casi amenazador, que contrastaba con la acostumbrada suavidad de su hipócrita sonrisa, la dijo en voz baja:

—¡Cuidado, señorita! ¡no os alegréis antes de tiempo!

—Ahora ya no os temo —contestó la señorita de Cardoville, cuyas miradas manifestaban su júbilo—. Sin duda el señor de Montbron ha vuelto a París, y enterado de lo que pasa viene con un magistrado para librarme —y añadió con acento de amarga ironía— : Os compadezco, señor, a vos y a los vuestros.

—Señorita —exclamó Baleinier—, os lo repito, mirad lo que hacéis.

—Aquí está el magistrado —dijo el doctor Baleinier oyendo pasos—. ¡Cuidado!

hombre vestido de negro, de fisonomía respetable y severa.

Rodin, en apoyo de sus proyectos y por motivos de astuta prudencia, en vez de prevenir al Padre d'Aigrigny y por consiguiente al doctor de la visita inesperada que pensaba hacer a la enfermería con un magistrado, había, por el contrario, como ya hemos dicho, mandado dar orden al doctor de encerrar con más rigor a la señorita de Cardoville. Así es que no debe extrañarse la sorpresa del doctor al ver al empleado judicial, cuya presencia imprevista e imponente fisonomía le daba que pensar, acompañado de Rodin, el humilde y oscuro secretario del abate d'Aigrigny.

Vestido Rodin siempre del mismo modo, paróse a la puerta, y con un ademán respetuoso y compasivo indicó al magistrado la señorita de Cardoville. Y mientras este último, que no pudo menos de hacer un movimiento de admiración al ver la gran belleza de Adriana, parecía examinarla con sorpresa e interés, el jesuita retrocedió modestamente algunos pasos. El doctor, que no sabía lo que le pasaba, confiado en que Rodin lo entendería, hízole varias señas de inteligencia, procurando interrogarle sobre la imprevista llegada del magistrado, pero quedó aún más sorprendido cuando observó que Rodin aparentaba no conocerle ni entender su expresiva pantomima, y le consideraba con afectado pasmo. Impaciente el doctor, emprendió de nuevo sus mudas preguntas, y acercándose Rodin, alargó su torcido pescuezo y dijo en voz alta:

—Desde que hemos llegado, el señor doctor me hace toda clase de señas misteriosas: supongo que tendrá algo muy importante que comunicarme. Como no me gustan los secretos, le suplico que lo diga sin rodeos.

Esta respuesta que el doctor Baleinier no esperaba, pronunciada en tono provocativo y acompañada de una fría mirada, le causó tal sorpresa, que permaneció algunos momentos sin saber qué responder. Chocóle indudablemente al magistrado aquel incidente y el silencio que guardó Baleinier, porque le dirigió una severa mirada. La señorita de Cardoville, que esperaba ver entrar al señor de Montbron, estaba también extrañamente sorprendida.

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