• No se han encontrado resultados

LXXXVIII LA SIMPATÍA

In document El Judio Errante Tomo 2 (página 67-69)

Si hubieran quedado a la señorita de Cardoville algunas sospechas sobre la sincera adhesión de Rodin, habrían desaparecido ante este razonamiento por desgracia muy natural y casi irrefragable: ¿.Cómo se había de suponer que existiese la más mínima inteligencia entre el abate d'Aigrigny y su secretario, cuando éste, descubriendo todas las maquinaciones de aquel, le entregaba a los tribunales?

Cuando Rodin iba mucho más allá de lo que pudiera ir la misma señorita de Cardoville, ¿qué segunda intención podría suponerse al jesuita?

A lo agradecida que la señorita de Cardoville estaba a Rodin, uníase un sentimiento raro, extraña mezcla de sorpresa e interés; con todo, reconociendo bajo esta humilde figura un talento superior, ocurrióle una grave duda.

—Señor —dijo a Rodin—, confieso siempre a las personas a quienes aprecio los recelos que me inspiran, para que así se justifiquen y me disimulen si me engaño.

Rodin miró a la señorita de Cardoville con sorpresa y pareciendo calcular mentalmente las sospechas que había podido inspirarle, respondió después de un momento de silencio:

—¿Quizás aludís a mi viaje a Cardoville, y a las infames proposiciones a vuestro bondadoso mayordomo? ¡Dios mío! yo...

—No, no —dijo Adriana interrumpiéndole—, esa confesión me la hicisteis espontáneamente, y ya comprendo que no conociendo al abate d'Aigrigny, ejecutasteis pasivamente instrucciones que repugnan a la honradez. ¿Pero cómo es que con vuestros conocimientos incontestables hace tanto tiempo que ocupabais a su lado un lugar tan subalterno?

—Es muy cierto —dijo Rodin sonriéndose— , y debe sorprenderos desagradablemente, mi querida señorita; porque un hombre de alguna capacidad que permanece por mucho tiempo en una condición ínfima, prueba que adolece de algún vicio radical, alguna pasión mala o baja. —Eso... generalmente es cierto.

—Y con respecto a mí, lo es. —¿Según eso, señor, confesáis? ...

—¡Ay! confieso que me domina una mala pasión, a la que hace cuarenta años sacrifico todas las probabilidades de lograr una posición ventajosa.

—¿Y qué pasión es esa?

—Ya que es preciso haceros esta odiosa confesión... es la pereza... sí, la pereza... la aversión a la actividad del entendimiento, a la responsabilidad moral y a la iniciativa. Con los mil quinientos francos que me daba el abate d'Aigrigny, era el hombre más feliz del mundo: confiaba en la rectitud de sus miras y su pensamiento era mío y mía su voluntad. Terminado mi trabajo, me encerraba en mi cuartito, comía algunas raíces, y cogiendo luego un libro de filosofía no muy conocida, reflexionaba sobre ella, dando libre rienda a mi imaginación. Entonces, desde la altura de mi inteligencia remontada sabe Dios dónde, por la audacia de mis ideas, me parecía dominar a mi amo y a los grandes genios de la tierra.

—Pero, señor; sin apreciar demasiado las comodidades de la vida, hay cierto bienestar que la edad exige, y al cual renunciáis completamente.

—Os equivocáis, mi querida señorita —dijo Rodin sonriéndose— soy muy sibarita.

—¿Y ahora que os halláis sin empleo, cómo vais a vivir? —dijo Adriana cada vez más interesada por la singularidad de aquel hombre, y queriendo poner a prueba su desinterés.

—Tengo un bolsillito con que poder pasar hasta que haya desenredado todos los hilos de esta trama insidiosa del Padre d'Aigrigny, deber que me impongo por haberme dejado engañar. Espero que dentro de tres o cuatro días habré terminado mi trabajo. Después de esto tengo la seguridad de obtener un modesto empleo en una provincia en casa de un recaudador particular de contribuciones.

completamente falsas a la señorita de Cardoville, que ya ningún recelo abrigaba.

—¡Cómo, señor! —dijo al jesuita con interés— ¿dentro de tres o cuatro días os marcharéis de París?

—Así lo creo, mi querida señorita —dijo en tono grave y conmovido, contemplando a Adriana con enternecimiento.

Compadeciéndole Adriana al pensar que un hombre de su edad y conocimientos se hallaba en una posición tan precaria, le dijo con su natural afabilidad:

—Un hombre de vuestro talento y sentimientos no debe estar a merced del capricho de las circunstancias; algunas ideas vuestras han presentado a mi vista nuevos horizontes; conozco que sobre muchos puntos, vuestros consejos pueden serme útiles para lo futuro; sacándome de esta casa y sirviendo a otras personas de mi familia, me habéis dado pruebas de cariño que no puedo olvidar sin mostrarme ingrata. Habéis perdido un empleo modesto, pero seguro... permitidme que...

—No digáis una palabra más, mi querida señorita —dijo Rodin interrumpiéndola con aire apesadumbrado— siento por vos una fuerte simpatía; creo firmemente que algún día tendréis que pedir consejos a este viejo Filósofo; y por eso mismo, debo y quiero conservar para con vos la más completa independencia.

—Pero, señor, muy al contrario, sería yo la que tendría que quedaros agradecida, si quisieseis aceptar lo que tanto deseo ofreceros.

—¡Oh! señorita; sé que vuestra generosidad sabrá siempre hacer que el reconocimiento sea suave y ligero, pero os repito que nada puedo aceptar de vos. Quizás algún día sepáis por qué.

—¿Algún día?

—No puedo explicarme. Y además, suponed que os debiera alguna obligación, ¿cómo podría deciros entonces lo bueno y hermoso que hay en vos? Más adelante, si me debierais algo por mis consejos, tanto mejor, pues de ese modo podría reprenderos con más franqueza sí conociese que lo necesitabais.

—Pero, señor, entonces no me es dado mostraros mi agradecimiento.

—Sí... sí... —dijo Rodin con aparente emoción—: ¡Oh creedme: llegará un momento solemne en que podréis satisfacer esta deuda de un modo digno de vos y de mí!

Interrumpió esta conversación una guardiana que entró en el cuarto diciendo: —Señorita, abajo hay una costurera contrahecha que desea hablaros.

—Que suba —dijo Adriana vivamente, conociendo que era la Gibosa por las señas que le daba la guardiana— que suba.

—El señor doctor ha mandado también que el coche estuviese a vuestra disposición. ¿Queréis que enganchen?

—Sí; dentro de un cuarto de hora —respondió Adriana a la guardiana, que se marchó; y dirigiéndose a Rodin, añadió—: Me parece que el magistrado no puede tardar en llegar con las señoritas Simón.

—Así lo supongo, mi querida señorita; ¿pero quién es esa trabajadora jorobada? —preguntó Rodin con aire indiferente.

—Es la hermana adoptiva de un honrado artesano que todo lo ha aventurado por sacarme de esta casa —dijo Adriana con emoción—. Esta joven costurera es una criatura excelente:

LXXXIX

In document El Judio Errante Tomo 2 (página 67-69)