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Mónica: conseguir un contrato estable y tener que marcharse

del profesorado Universitario

2. Mónica: conseguir un contrato estable y tener que marcharse

Mónica es una profesora contratada doctora en la UCM desde el año 2007. En el momento de la entrevista se halla en una situación particular, pues está en exce- dencia voluntaria, y desarrolla su trabajo en otra institución universitaria.

Su largo recorrido investigador y de docencia comienza con una beca para realizar la tesis al acabar la carrera, estuvo luego en distintas universidades y se acreditó en la ANECA en 2013. En este momento tiene un contrato de profesora titular en su nueva institución. Y algo más de cuarenta años de edad.

No es un caso habitual, y por eso le preguntamos por las razones del cambio, dejar transitoriamente la UCM. Este cambio es especialmente llamativo en una persona que defiende la universidad pública. “La situación de la universidad complutense es que cobraba 2.000 euros de profesor contratado doctor, que no tenía ninguna ayuda del departamento para investigar, me tenía que pagar yo mis estancias de investiga- ción en el extranjero, me tenía que pagar mis congresos de investigación... Entonces tenía que..., con la hipoteca, [los hijos]..., es que es imposible. Yo soy de universidad pública, yo creo en la universidad pública, yo siempre he estudiado, colegio, insti- tuto..., todo en la enseñanza pública; lo que pasa es que llega un momento de tu vida en el que te encuentras con una oportunidad de seguir creciendo. Entonces, en la complutense tenía las alas cortadas. Y, luego, mi departamento es muy especial”. Pero las consideraciones que hace Mónica sobre el funcionamiento de su departa- mento a lo largo de la entrevista nos llevan a recordar lo que ya hemos argumen- tado en otros lugares de esta investigación: la importancia de tener presentes las circunstancias concretas, a veces no tan excepcionales, y muy reales, que pueden ser un factor decisivo para entender las posibilidades y los límites de desarrollo de una carrera académica.

Tomar esa decisión de irse de la UCM, aunque sea temporalmente, fue muy difícil: “muy dura, muchos meses de reflexión, de pensar ‘yo creo en la educación pública, yo creo en la educación pública’, pero es que es mi vida, también. Entonces, cuando tienes que plantearte seguir viviendo y teniendo que pensar en [los] hijos... Y, querer seguir avanzando, o sea, es que mi objetivo es seguir creciendo, seguir publicando, seguir... Pero es que allí me veía que no podía, como no eras profesor titular, por ejemplo, los proyectos de I+D del ministerio (…), hemos solicitado proyectos de investigación del ministerio y nos los han puntuado fenomenal, lo que es el proyecto, pero luego, el equipo..., no. Claro, somos jóvenes, contratados doctores, ayudantes doctores, ayudantes, y es que no te financian, porque no creen en ti si no avanzas”. Pero en su nueva institución, el cambio es total. Para empezar su salario, en sus pro- pias palabras “es mucho más”. Pero, además, tiene “apoyo de todo lo que necesites, tanto de congresos, como de formación, como de... Necesitas cualquier artículo, lo tienes al día siguiente; como si tienes una estancia en el extranjero, te financian la estancia; flexibilidad de horarios, de si quieres un cuatrimestre juntar tu docencia, o quieres juntar en dos; la asignatura que quieras dar..., cómo lo quieras dar”. Muchas ventajas que pueden hacer soñar con estar en un lugar ideal para investigar y enseñar. Tanto que le cuesta identificar pegas. Pero, aun así, repetirá varias veces en la entrevista que “me ha costado mucho esta decisión”.

“A mí me ha costado mucho decidirme, porque..., por eso, porque te sientes com- plutense, y sientes que hay una responsabilidad con la sociedad en general. Lo que pasa es que, bueno, tu granito de arena también lo puedes aportar aquí”.

Cuando le preguntamos por las horas de trabajo, por semana, ella repregunta. “Pero ¿qué es trabajar? Es que en este trabajo no tenemos hora, no tenemos, ‘de ocho a cuatro y luego ya nada’, porque contestar los correos es trabajar, ¿no? Yo por las tardes no trabajo, yo de cinco a diez no trabajo”. “Mi vida va por un lado y [el trabajo por otra]. Ese tiempo lo dedica a su familia. Y es muy rigurosa en ello, porque cree que, por otro lado, repercute en un buen trabajo de enseñanza e investigación: ‘al final es mi ventaja, es esa desconexión con mi familia. Es decir, [mi familia] es lo que me ha ayudado a desconectar y a poder estar concentrada el tiempo que estás aquí’. La rutina diaria es complicada, y se ha ido modificando con los años: “Yo suelo tra- bajar de mañana. Entonces, me levanto a las 6, saco al perro (se ríe). Llego aquí a las siete y cuarto, así no pillo atasco. A las siete y cuarto ya estoy trabajando. Enton- ces, pues estoy hasta las dos o las tres. Y luego después de comer, pues un ratito, consultar correos y cualquier cosa así en casa rápido, y luego, por la tarde, pues hacer tareas, ayudar en física y química, en historia, pues eso, el ayudar en casa. La verdad que mi marido colabora mucho. Hasta este año he trabajado mucho de noche (…). Entonces, me dedicaba a la docencia [por las mañanas] y luego a la investigación por las noches”.

Y Mónica tiene una visión muy certera de lo diferente que son las perspectivas mas- culina y femenina sobre esta relación vida-trabajo. Porque, según su argumento, el tener que atender a sus hijos les obliga a organizarse muy bien, tanto en casa como en el trabajo. Y, dice, “lo noto, por ejemplo, ahora, con las investigadoras madres, o sea, con las personas que son madres que investigan. Nos pasa lo mismo. Somos súper eficientes. No quiere decir que hagamos las cosas bien, pero somos muy eficientes”. En contraste con esta visión –como hemos encontrado en esta investigación–, y según Mónica, los hombres, en las mismas circunstancias están a gusto con hora- rios tardíos: “Tranquilamente. Si encima preguntas, ‘¿oye, cuándo pones la docen- cia?’. ‘Es que yo pongo la docencia por la tarde’. ‘Anda, ¿y eso?, pero si tus hijos van al cole por la mañana, ¿cuándo los ves?’. ‘Por la noche, o los fines de semana’. Claro, pero ya adrede estás poniendo la docencia por la tarde. ¿Para qué?, para tener la mañana para hacer tus cosas y luego por la tarde ya, es que impepinablemente no me puedo ir a casa, tengo que quedarme a dar clase”.

Para Mónica, que vive con una persona que comparte y participa en las tareas domésticas y el cuidado de los hijos, lo que podría ser, para otros, especialmente un problema, su vida privada, ha sido “el pilar que me da sentido a mi vida es mi fami- lia, entonces, yo he tenido claro que después de trabajar (…) esos momentos eran para ellos. Y yo ahí, afortunadamente, no siento el decir ‘lo he hecho mal’, que algu- nas veces hay mucha sensación de frustración, sobre todo por parte de las mujeres, porque el hombre está aquí investigando toda la tarde y le da lo mismo. Porque yo he trabajado, inicialmente, mucho con hombres, no sé por qué, con hombres que tenían familia pero que les daba lo mismo. Y yo he tenido problemas ahí a la hora de, por ejemplo, trabajar con dos personas que yo admiro mucho y que me hubiese gustado seguir trabajando. No he podido seguir trabajando con ellos porque me han exigido un grado de responsabilidad en plazos que yo no he podido cumplir. Porque ellos [aunque] llueva, caigan chuzos de punta, los niños tengan gripe, da

igual, hay que llegar a esos plazos. Ahora trabajo con mujeres, más o menos que tienen la misma edad que yo, que tienen hijos y que entienden que si un día, tú tienes que ir al médico..., somos todas muy responsables, pero llega un momento en el que ha pasado algo, lo entienden, cosa que los hombres no entienden”.

¿Y el futuro? “Quién sabe”, responde Mónica. “Yo, bueno, en miras tengo..., hay que ser honesta, ¿no?, creo que tengo opciones de conseguir la cátedra, entonces, si tengo opciones, por qué no, por qué no lo voy a intentar. Entonces, quizás tenga suerte este año y salgan buenas publicaciones y en un par de años yo creo que podré tener la acreditación a cátedra. Un par de años..., quien dice dos, dice tres, dice cuatro, dice cinco, dice seis. Pero, bueno, si tienes la capacidad y los méritos, ¿por qué no? Y me veo quedándome aquí un tiempo hasta que aquello de allí [el departamento] se vaya filtrando, vaya jubilándose gente que ha de jubilarse, y... No sé, a mí personalmente, sí que me haría ilusión volver a la complutense como catedrática, pero no sé si va a ser posible. Porque aquí estoy muy bien. Yo aquí estoy tranquila, es que no llevo los problemas del departamento a casa, porque aquí, en realidad, no hay problemas. Pero yo a nivel personal he sufrido muchísimo. Que te llamen, es que coincidió un día que yo tenía un cargo en el departamento y tuvimos una reunión de esas de diez horas, de hacer la carta docente. Y les dije a mis padres que vinieran a ayudarme con las niñas y mis padres vinieron. Estábamos cenando, que eran las once de la noche, yo llegaba a las diez y media o por ahí, o las diez, del consejo del departamento. Y de repente que te llamen a tu casa y te empiecen a amenazar de que tú has hecho, de que tú has dejado de hacer, de que tal, porque esa persona no había podido venir al consejo” y le habían asignado una carga docente que no le gustaba.

“Cada vez que ibas al departamento te entraba urticaria, estás callándote cosas que..., y viendo cosas que están mal hechas y no pudiendo decir nada”. “Es impoten- cia, una impotencia brutal, de muchas injusticias de muchas cosas que... Y es una pena para la universidad pública y, así, nos va como nos va”.

“Claro, porque que la gente no se pueda acreditar, no pueda seguir con su trabajo..., ¡haciendo su trabajo bien! Porque ha habido personas de mi departamento que han tenido que irse [por no haberse acreditado a tiempo]. Ellas han hecho bien su tra- bajo. Son excelentes docentes, han hecho bien su trabajo, pero, claro, nadie les ha dicho, tienes que ir por este lado, tiene que hacer esto, tienes que hacer lo otro. Entonces, jolín, da mucha rabia. Me tengo que ir”.

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