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MADRID DESDE SUS ORÍGENES A SU ÉPOCA MEDIEVAL

I- 3 LA CASA DE CORREDOR EN LA HISTORIA DE MADRID

3.1 MADRID DESDE SUS ORÍGENES A SU ÉPOCA MEDIEVAL

En primer lugar, y como reseña etimológica del nombre de la ciudad, sabemos que Madrid deriva en su primer origen de la palabra Maguerito, formada por el sustantivo ritu (puente, vado) y el adjetivo mageto (grande), vocablos que designaron un posible primitivo asentamiento celta. [Menéndez Pidal, “La etimología de Madrid y la antigua Carpetania”]. Otros términos que encontramos, son: Majaderit, Magerit o Maxerit [Manuel Gómez Moreno] [19].

Según diversos autores, el nombre del Madrid premusulmán fue Matrice (en Latín, “arroyo madre”), término alusivo al arroyo de San Pedro que fluía por el vadejón existente entre las dos colinas (hoy calle Segovia), y que fue tapado por Felipe II en 1570. Esta denominación hacía referencia a un antiguo asentamiento visigodo de población estable en el s. VII (tal y como se deduce de las dos necrópolis visigodas encontradas cerca de la Casa de Campo) [19].

Con la ocupación árabe, el nombre cambió a Mayrit “ ”;ﻁ ﻱﺭﺝﻡ(mayra, término árabe que indica madre, matriz, más el sufijo ibero románico it, que indica lugar). Ambos términos (Matrice y Mayrit) convivieron, al igual que los pobladores árabes y mozárabes. Sin embargo, con la reconquista únicamente sobrevivió el término cristiano Matrit, que en el s. XIV se transformó en Madrit, y finalmente, tras evolucionar en varias formas, en Madrid. [19]

Las primeras referencias de la fundación de la ciudad se sitúan en el s. IX (entre el 850 y el 886), cuando el emir omeya de Córdoba Muhammad I (Mohammad ben Abd al-Rahmman) funda la primitiva ciudad de Mayrit, como enclave militar amurallado para la defensa contra los ejércitos cristianos que entraban por los puertos de la Sierra del Guadarrama en su avance hacia Toledo. Su ubicación coincidía con lo que después sería el Alcázar cristiano, lugar del actual Palacio Real. Esta edificación, poco más que una muralla y un escaso caserío, fue el inicio de la ciudad de Madrid [21].

En el s. X, el Madrid musulmán se estructuraba a través de una fortaleza que protegía las casas de los nobles situadas en la almudaina o ciudadela (donde hoy se sitúa el Palacio Real), la cual estaba rodeada por una muralla (primer recinto amurallado de Madrid) resultante de fortalecer la que ya existía (construida en el s. IX por el califa de Córdoba Abderramán III), y dos barrios residenciales extramuros: la medina, habitada por musulmanes, y el barrio mozárabe al otro lado del arroyo de San Pedro (hoy calle Segovia).

Fig. I-33: Primer recinto amurallado: la Muralla Musulmana (s. IX) y segundo recinto amurallado: la Muralla Cristiana (finales s. XI principios del s. XII) –sobre el plano del Madrid actual-

La reconquista de Madrid por Alfonso VI en 1083, tuvo como efectos inmediatos el desplazamiento de la población musulmana a los barrios del sur, la morería, zona que anteriormente había estado ocupada por la población cristiana, la cual pasó a ocupar el antiguo barrio musulmán de la medina.

Todos estos barrios fueron englobados por la nueva muralla cristiana (segundo recinto amurallado) cuya dilatada construcción se inició con Alfonso VI a finales del s. XI (con posterioridad a la conquista de Madrid) y se finalizó con Alfonso VII durante la segunda década del s. XII. Dicha muralla fue una muestra inequívoca de la gran inestabilidad existente en la frontera cristiana de la submeseta sur, y que tuvo como consecuencia que Madrid tuviese un bajo crecimiento de población.

La retícula urbana en este siglo (herencia de los árabes) es muy irregular, localizándose el primer arrabal en torno al convento de San Martín en 1126. Gracias a los privilegios otorgados por la Carta Puebla de 1125, dicho arrabal fue poblándose y ocupando los terrenos de sus inmediaciones, formando un pequeño núcleo urbano en torno a dos calles ortogonales entre sí y rodeado por un pequeño murete que discurría por los límites que marcaba dicha Carta.

En el plano legislativo, Alfonso VIII concedió a la Villa en 1202 el Fuero de Madrid, conjunto de normas que regularon por primera vez la ciudad y que fijaban por escrito el derecho local que debía regir la vida en la misma. Gracias a esto, pero fundamentalmente a la reducción de los ataques de los Almohades, se inició un tímido crecimiento de la población madrileña [21]. Sin embargo, el Fuero de Madrid únicamente contemplaba dos aspectos como son la limpieza de las calles y las obras de reconstrucción de las murallas. Tales ordenanzas estuvieron vigentes hasta el s. XIX, pues aunque posteriormente se redactaron numerosos tratados, éstas fueron las únicas que obtuvieron reconocimiento legal hasta que con la industrialización, las políticas higienistas obligaron a la redacción y aprobación de unas nuevas normas, tal y como sucedió en Barcelona (1856), Logroño (1863), Valladolid (1886) y Alicante (1898) [22].

En Madrid se aprobaron en 1847, después de un largo periodo en el que la actividad municipal se rigió únicamente por los tratados de Juan de Torija (1661) y posteriormente, por las ordenanzas de Teodoro de Ardemans (1719) [22].

A nivel administrativo, se dividió por primera vez el territorio en 10 collaciones o parroquias. Con los Reyes Católicos se aumenta a doce parroquias, y a 13 a finales del s. XVI [21]. Un importante hito lo constituye la victoria de Alfonso VIII en la Batalla de las Navas de Tolosa (1212). A partir de ese momento, Madrid deja de ser una ciudad fronteriza, con lo que se inicia un periodo estable de consolidación y crecimiento urbanos. Este proceso adoptará formas bien distintas que irán densificando poco a poco el espacio de las 33 Ha que comprendía por aquel entonces la muralla cristiana.

A lo largo de los siglos XIII y XIV, y como respuesta al crecimiento de la ciudad en un contexto de relativa estabilidad política, aparecerán varios arrabales como núcleos extramuros de población en torno a conventos y ermitas, cada uno de ellos con sus propias tierras de labranza. Al existente de San Martín le siguieron los arrabales del convento de Santo Domingo (1212), el de la iglesia de San Ginés (1358), el de Santa Cruz (s. XIII), el de San Francisco (1217) y el de San Millán (mediados del s. XV). Como se verá después, la proliferación de conventos será un hecho determinante en la morfología de la ciudad [21]. Hasta el s. XIV, los habitantes de Madrid vivían en casas propias, pero a partir de entonces hay constancia de los primeros alquileres, sobre todo en inmuebles que fueron propiedad de la iglesia, quien los cedía a la gente sin recursos, o bien utilizaba como fuente de ingresos. La práctica del alquiler fue consolidándose, llegando a ser muy habitual en el segundo cuarto del s. XV, cuando se cree que empezaron a construirse edificaciones que ya se proyectaban para ser destinadas al alquiler. [2].

Como se verá luego, el régimen de alquiler propiciará la construcción de viviendas minúsculas, normalmente agrupadas en torno a un patio, creando el caldo de cultivo idóneo para la adopción del modelo de casa de corredor.

Fig. I-35: Madrid en el s. XIV [20]

La expansión de los arrabales continuó hasta 1470, aunque ya en 1438 quedan confinados con la construcción de una muralla, llamada “Cerca del Arrabal” y que constituyó el tercer recinto amurallado de la Villa. Esta zona quedó compactada en 1490 [18].

El objeto de dicha cerca fue la protección de la población de los arrabales ante el contagio de la epidemia de peste que asoló la ciudad en torno a 1435. Es a raíz de ésta epidemia, por lo que los embajadores de Túnez, Navarra, Aragón y Francia se albergaron en casas a las afueras de Madrid (fuera de la cerca), incomunicados con la población afectada. A dicha zona se le conoció como barrio de los Embajadores [21], barrio que en la actualidad cuenta con el mayor número (y densidad) de casas de corredor de Madrid y que será objeto de estudio en esta tesis.

Durante la primera mitad del s. XV, la expansión de la ciudad continuó mediante la ocupación de las cavas de la muralla (ronda exterior) y los espacios entre los arrabales, utilizados hasta entonces como muladares (basureros), reforzando así la tendencia de crecimiento del siglo anterior.

La urbanización de estos espacios fue regulada por el Concejo Madrileño, aunque de forma bastante desigual, cediendo en primer lugar los solares públicos de los arrabales a la población judía y musulmana, para posteriormente (a partir de 1453), conceder a la oligarquía local los solares más valiosos y próximos al recinto amurallado.

Fig. I-36: Madrid en el s. XV (ca. 1450) [20]

Fig. I-37: Tercer recinto: Cerca del Arrabal (1438) –superpuesta sobre el plano actual-

Seguramente con posterioridad a 1463, y conocida como cerca de Enrique IV, se construyó una nueva cerca que incorporaba a la ciudad los nuevos tejidos urbanos que se habían ido formando en los arrabales, zona que quedó finalmente compactada en 1490. Actualmente, poco queda de estas cercas, que fueron poco a poco demolidas e invadidas por las nuevas edificaciones, por lo que se desconoce su trazado.

A finales del s. XV, Madrid ya contaba con 12.000 habitantes, y la práctica totalidad del suelo urbano (el delimitado por la cerca) estaba ocupado por nuevas edificaciones. Como consecuencia, se siguieron ocupando los escasos espacios que aun quedaban vacíos fuera de las murallas.

Este dinamismo fue provocado, entre otras cosas, por la aparición de nuevos mercados, entre los que cabe destacar el situado junto a la plaza del Alcázar, mercado franco que fue concedido por Enrique IV en 1463. También encontramos en ésta época actuaciones importantes como son los mataderos, las fraguas y los muladares o basureros.

Otras actuaciones de singular interés, fueron:

En 1530 se empedraron por primera vez algunas de las calles principales de Madrid. También, por primera vez, se prohibió el vertido de basuras y desperdicios por las ventanas, aunque desgraciadamente, esto no se llegó a cumplir hasta siglos después [21].

Años más tarde, en 1536, Carlos I comienza las obras de reforma y ampliación del Alcázar, que continúa su hijo Felipe II.

Fig. I-38: Reconstrucciones de la fachada principal del Alcázar después de las reformas de Carlos I y las realizadas por Felipe II (JLL & JRP, www.nova.es)

Fig. I-39: Recreación del Madrid de mediados del s. XVI, a partir de un grabado realizado por Juan Wingaerde entre 1556 y 1560