"Recuerda que cuando abandones esta tierra, no podrás llevar contigo nada de lo que has recibido, solamente lo que has dado: un corazón enriqueci- do por el servicio honesto, el amor, el sacrificio y el valor”
- San Francisco de Asís-
magine la siguiente escena: acaba de perder toda su fortuna por unas malas decisiones; se encuen- tra sin trabajo, sin hogar, sin nada para comer. Usted –un antiguo hombre de prestigio, “adinerado”, de fama por todos lados– ha caído en bancarrota, se encuentra endeu- dado por todos lados y no tiene siquiera para comprar la comida del día de hoy para alimentar a sus hijos. Con la ropa desgastada, sin haberse bañado, va de casa en casa –por donde antiguamente vivía– para pedir algo de dine- ro, o aunque sea un vaso con agua. Por su estado “irreco- nocible”, todos le cierran las puertas, recibe malos tratos y hasta uno que otro insulto.
¿Qué pasaría por su mente en esos momentos? Us- ted necesitaba, además de algo de comida, por lo menos
una palabra de aliento, apoyo moral para pasar por esa crisis tan tremenda que llegó a su vida.
Sin embargo, nadie se tomó la molestia de recibirlo, todos estaban en sus múltiples ocupaciones y, como no lo conocían, prefirieron decirle, “venga después”.
Viéndolo fríamente, a usted lo pasaron por alto, y nadie le dio nada, ¡ni siquiera un poco de tiempo!
Si volteáramos la escena y usted estuviera del otro lado, en cada uno de esos hogares, recibiendo a aquel hombre, ¿cómo hubiera reaccionado? ¿Qué tanto se hu- biera negado o qué tan bien lo hubiera recibido?
A lo mejor, ya que lo ve desde otra perspectiva y se da cuenta que usted podría estar en ese mismo lugar, hasta lo invitaría a su casa a tomar una taza de café y le daría todo el tiempo del que dispone, para conversar con aquella persona que lo necesita tanto.
Esta imagen es el espejo de lo que sucede día a día en la sociedad.
Seres humanos que van en busca de un apoyo, sea cual fuere, no necesariamente material, tocando puertas y puertas, mientras que del otro lado hay personas que prefieren su comodidad y egoísmo, que no se atreven a brindar una mano, a menos que haya un interés de por medio.
Por otra parte, sólo cuando vivimos en carne propia, la necesidad de algo primordial, somos capaces de enten- der a los demás. ¿Pero quién de nosotros ha tenido todo en esta vida? ¿Quién de nosotros no conoce la soledad, la tristeza, la desesperación de perder ciertos bienes?
Lo que sí sabemos es que, en esos momentos difí- ciles, agradeceríamos que por lo menos una persona nos abriera la puerta de su corazón; entonces, ¿por qué no dar siempre algo de nosotros mismos a los demás, aunque no nos lo pidan?
P O R F A V O R, S E A E X I T O S O 1 2 1
El momento de mayor satisfacción que he vivido en mi corta historia, fue cuando di algo de lo que tenía a otra persona, sin recibir nada a cambio. La alegría surge de haber sido un instrumento positivo en la vida de ese “desconocido” que, con el paso del tiempo, se convierte en la persona que más impacto te ha dejado.
Esta cultura de servicio la heredé de mis padres, que desde pequeño me enseñaron a dar siempre, no lo que me sobraba, sino lo que más me costaba, a conocidos y desconocidos. Lo digo con orgullo, porque gracias a eso formaron en mí una voluntad recia y generosa y, en con- secuencia, he tenido las mejores experiencias durante mi vida.
Siento que a la mayoría nos ha pasado: desde pe- queños nos inculcaron el gran valor del dar, desde la li- mosna al anciano que pasaba por la calle, hasta algunos de nuestros juguetes a otros niños en Navidad. ¡Cómo nos llenaba de alegría, el hecho de ver sonreír a un viejo o a un niño! ¡Era nuestro pago más importante! Todo por- que habíamos dado un pequeño porcentaje de lo que teníamos.
Sin embargo, parece que cuanto más avanza el tiempo, más lo olvidamos.
Porque estamos tan sumergidos en nuestras activi- dades cotidianas, que vamos perdiendo ese fin último, que es aportar algo a la sociedad; y muy pocas veces “ha- cemos un espacio” en nuestra apretada agenda para ayu- dar a alguien más.
Inclusive algunos, cuando se les habla de servir, te mencionan: “ni que fuera criado”. Es increíble cómo todos ansían el tan renombrado “cambio” y muy pocos se responsabilizan en dar lo que les corresponde, aunque sea por mera curiosidad.
Para que surja esta revolución de servicio, se nece- sita partir de la raíz principal: la persona y su calidad de vida.
Si no hay un ser que viva la humildad, no puede existir el servicio, porque siempre pondrá su soberbia o vanagloria personal por encima de todas las cosas.
Esta persona se creerá superior, o diferente a los demás y exigirá –en lugar de ofrecer– un trato especial por parte de todos. Es requisito indispensable que el hombre deje su egoísmo a un lado para poder servir, con todo lo que ello implica. Necesita olvidarse un momento de sus propios intereses para ver qué necesita la gente y cómo los puede ayudar.
El egoísmo nos ciega y cierra el horizonte hacia los demás, mientras que la humildad abre constantemente los caminos para lograr hechos prácticos y concretos de servicio.
Para poder dar, también necesitamos aceptar nues- tros defectos y virtudes; primero, debemos reconocernos como seres humanos –igual a todos los que conviven con nosotros– y de ese modo mostrar mayor tolerancia y res- peto en las actitudes de los demás, para saber hasta dón- de podemos intervenir brindándoles un valioso apoyo.
Así podremos ver a todos nuestros semejantes con afecto y los aceptaremos aún con sus diferencias; ellos, a su vez, nos verán igual a nosotros y encontrarán un punto firme donde apoyarse, levantarse y seguir caminando.
Tampoco se trata de ponernos la etiqueta de “sal- vadores del mundo” para transformarlo de un día para el otro.
Pero, si nos ponemos a ver, todos los días son opor- tunidades magníficas de servir.
Desde que nos levantamos hasta que apagamos la luz de nuestro cuarto para dormir, se nos presentan valio- sas oportunidades para dar; de nosotros depende estar
P O R F A V O R, S E A E X I T O S O 1 2 3
más atentos para aprovecharlas, y así poder brillar por nuestra capacidad de entrega.
Cualquier ser humano desea una palabra de aliento ante las situaciones difíciles, comprensión de los demás –aún cuando con buena voluntad se ha cometido una equivocación– que se fijen en lo positivo más que en los defectos, que también exista un tono de cordialidad en las familias y en el lugar donde se trabaja, una llamada por teléfono simplemente para saludarlo, una carta, un dulce, una sonrisa, una nota deseándole un buen día jus- to cuando más lo necesitaba, o unos boletos para ir a su concierto favorito.
Me podría pasar escribiendo todo un libro con los millones de oportunidades que USTED tiene para servir a alguien más. No hay excusas ni pretextos.
Lo único que necesita es estar consciente de que, todo lo que haga en el día, vaya enfocado a brindar ayuda para toda la sociedad.
Puede empezar haciendo una lista con cada uno de sus amigos, familiares, conocidos o hasta desconocidos con los que puede llegar a toparse, para ir enumerando los detalles que tendrá con cada uno de ellos.
Quizá les dará a sus hijos más de su tiempo durante la noche, a su vecino le obsequiará un presente, a su es- posa o esposo una increíble cena como hace mucho tiempo no tenían, al viejo que siempre está pidiendo limosna le puede comprar algo de ropa nueva. Utilice toda su imaginación y regálese a usted mismo la satisfac- ción de ayudar a cuanta gente le sea posible.
Muy probablemente USTED le cambie la vida a tantas personas, como nunca hubiera creído posible ha- cerlo. ¡Todo por el mágico don de servir!
Pero no vaya proclamando por los cuatro vientos que sirvió a alguien, sólo para levantar su imagen o inflar más su ego. Una persona que realmente es generosa con
los demás, aparece y desaparece en los momentos opor- tunos. Actúe de forma normal, con sencillez; como se da cuenta, no tiene que hacer grandes maravillas o aportar millones de dólares a obras de beneficencia para dar a los demás.
Mientras más discreto sea en su actuar, será mucho mejor; cuanto menos le agradezcan aquí, en la Tierra, no se preocupe, está haciendo que su vida tenga un sentido y una orientación valiosísimas y, cuando llegue a la vida eterna, que es lo que finalmente importa, tendrá sus ma- nos vacías.
No porque nunca hizo nada, sino porque todo lo que tenía lo entregó a cuanta gente pudo; y allá, créame que le darán las “gracias”, pero por toda la eternidad.
Ser generoso es algo que, muchas veces, requiere un esfuerzo extraordinario. Para vivir mejor este valor, es de gran utilidad poner en práctica las siguientes ideas:
• Sea accesible en sus gustos personales: permi-
ta a los demás que elijan la comida, película, lugar de diversión, pasatiempo, la hora y punto de reunión, aunque no deje de dar su punto de vista y opinión.
• Ceda la palabra, el paso, el lugar; además de
ser un acto de generosidad, denota educación y cortesía. En algunos casos es válido ceder el turno a quien tenga una urgencia real.
• Cumpla con sus obligaciones a pesar del can-
sancio y siempre con optimismo, buscando el beneficio ajeno.
• Use sus habilidades y conocimientos para
ayudar a los demás, explicando la clase a otros; colaborando en la organización de eventos; en- señando cómo hacer mejor el trabajo o la repa- ración de artículos domésticos; como instructor
P O R F A V O R, S E A E X I T O S O 1 2 5
de pintura, música, deportes en algún club in- fantil o juvenil.
• No demuestre prisa, cansancio, fastidio o im-
paciencia cuando se haya comprometido en al- guna actividad, o al atender a una persona; si es necesario, discúlpese y ofrezca otro momento para continuar.
• Atienda a toda persona que busque su con-
sejo o apoyo. Por más antipática o insignificante que le parezca, considera que usted es la per- sona adecuada para resolver su situación. Si a esta serie de ideas le agregamos rapidez, efica- cia y, por supuesto, alegría, tenemos una idea excelente de servicio y entrega a los demás.
Servir no es un constante martirio, en donde se tie- ne que sudar la gota gorda, y dejar todo lo que nos gusta para ayudar al otro. También se siente una inmensa paz interior al momento de ser generosos.
Nuestro éxito y realización personal también de- penderán de cuánto seamos capaces de amar a nuestros semejantes aunque hablen diferente, sean de otra raza, religión o sexo.
Recuerdo esta anécdota, en donde se descubre que también podemos sentir placer al servir:
En 1888, Mahatma Gandhi fue a Inglaterra, donde estudió Derecho. Una vez iba caminando por una calle de Londres, y fue sorprendido por un chaparrón de agua, dicen que en ese lugar llueve todos los días; Gandhi em- pezó a correr para huir de la lluvia y logró refugiarse de- bajo del alero de un lujoso hotel, ahí se quedó parado mientras pasaba el vendaval. A los pocos minutos apare- ció una lujosa limosina y de ella salió un magnate inglés,
le bajaron las maletas y el carro fue conducido hasta el estacionamiento.
–¡Oye tú! ¡Agárrame las maletas! –gritó el británico a Gandhi, quien no sabía que le hablaba a él.
Miró hacia los lados y hacia atrás para ver a quién se dirigía el magnate.
–¡Eh tú, hindú! –repitió el inglés con fuerza– ¡He dicho que me agarres las maletas!
Gandhi se dio cuenta de que era a él a quien ha- blaba el potentado, y entonces se acercó a cargarlas. El inglés le ordenó que lo siguiera hasta el cuarto piso; él subió por el ascensor y el hindú por las escaleras porque en esa época los hindúes eran considerados menos que los demás...
Una vez que Gandhi dejó las maletas en el sitio in- dicado, se dispuso a retirarse.
–¡Mira tú, indio! ¿Cuánto te debo? –dijo el magna- te.
–Señor, usted no me debe nada –Gandhi contestó cortésmente.
–¿Cuánto me vas a cobrar por subirme las maletas? –insistió el hombre.
–Señor –repitió Gandhi– yo no voy a cobrarle nada. –Tú trabajas aquí, ¿no?
–No señor, yo no trabajo aquí; yo estaba en la puer- ta esperando que dejara de llover para continuar mi ca- mino.
–Si tú no trabajas aquí, ¿por qué subiste las male- tas?
–Porque usted me pidió que lo hiciera... y lo hice. –¿Quién eres tú?
–Yo soy Mohandas Karamchand Gandhi, estudian- te de Derecho de la India.
P O R F A V O R, S E A E X I T O S O 1 2 7
–Señor, ya le dije, no le voy a cobrar nada y nunca pensé en cobrarle –dijo Gandhi.
–Si tú no pensabas cobrarme nada por subirme las maletas –dijo nuevamente el inglés– entonces ¿por qué lo hiciste?
–Señor –expresó el futuro Mahatma– yo le subí las maletas a usted por el inmenso placer que me causa el colaborar con los demás; por eso lo hice, porque para mí servir es un placer.
Después de esto, Gandhi nos dejaría este pensa- miento: "Todos los placeres y satisfacciones palidecen y
se convierten en nada ante el servicio abnegado que se presta con alegría".
Con este ejemplo sencillo pero de una profunda enseñanza, podemos afirmar: ¡SÍ, servir es un placer! ¡Y qué inmenso placer!
Si tan sólo usted se diera cuenta de la inmensa oportunidad que tiene en sus manos de ayudar a alguna persona el día de hoy, tal vez no lo dejaría pasar. No ne- cesita gastar su fortuna, inclusive no se le pide “todo” el tiempo, simplemente decídase a dar lo que usted tiene, a aquellos que más lo necesitan, que a lo mejor hasta con- viven bajo su propio techo.
Regale su tiempo, sus palabras, su oración; compar- ta un poco de su vida con los demás; no tenga miedo, acuérdese de los momentos difíciles en que le gustaría que alguien le acompañara.
Sea usted un “acompañante” en la vida de miles de personas que, aunque no se lo pidan cara a cara, le han estado pidiendo a gritos su ayuda desde hace muchos años.
129